Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
#Contiene: #RomanceProhibido #DirectorYAlumna #DiferenciaDeEdad
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capitulo 12:Más cerca de él
Justo como se lo esperaba el director, Fabián preguntó el motivo, y él no estaba dispuesto a seguir con preguntas innecesarias. Por eso, tomó una decisión rápida para dejar el asunto claro de una vez.
—Yo voy a ir en su lugar, Fabián —dijo el director, tomando su chaqueta del respaldo de la silla y dirigiéndose a la puerta.
Antes de salir, regresó unos pasos y añadió con firmeza—. Y no me pregunte más. Quédese acá.
El tono del director lo espantó a tal punto que Fabián no se atrevió a decir nada más. Se acomodó en la oficina y, medio sonriendo, pensó: Bueno por lo menos hoy descanso, jajaja.
El director entró en el aula 122, y en cuestión de segundos todos los estudiantes se enderezaron en sus asientos.
—Buenas tardes, estudiantes —saludó, mientras dejaba que su mirada se deslizara por el salón hasta encontrar a Micaela. Ella hablaba con Diego, quien, por supuesto, no se despegaba de su lado.
El director pensó entonces: Y este siempre pegado. Parece una garrapata.
—Director De la Vega, qué agradable sorpresa tenerlo por aquí. ¿Usted dará la clase? —preguntó la resbalosa de Kenta, acompañando sus palabras con una sonrisa coqueta.
—Sí, señorita Moon. Saquen el libro ahora. Y usted, joven, deje de hablar, que ya voy a empezar —ordenó, mirando a Diego, que junto a Micaela no se había dado cuenta de su llegada. Al escucharlo, Micaela se tensó y levantó la vista, encontrándose con los ojos del director, lo que la puso aún más nerviosa. Diego se quedó en silencio y le guiñó un ojo, como diciéndole que después continuarían.
Ese gesto despertó en el director una rabia inexplicable. Se sentó, abrió el libro y revisó hasta hallar preguntas verdaderamente complejas, de esas que desestabilizan a cualquiera.
—Bien. Voy a hacer una prueba oral para evaluar qué tanto saben del contenido visto. Empezamos con… Diego Miranda —pronunció su nombre haciendo creer que lo había escogido al azar, aunque ya lo tenía planeado desde el primer segundo.
Diego lo observó con seguridad. Aunque no era el mejor estudiante, Micaela le había estado explicando los temas últimamente y eso le daba un poco más de confianza.
—Dígame, director, estoy listo —respondió, mirando a Micaela con una sonrisa relajada.
—Muy bien, señor Miranda. Ya que parece tan confiado, empecemos con algo “simple”. Explíqueme qué es una analepsis y póngame un ejemplo en una narración.
—La analepsis es cuando la historia pega un viajecito al pasado, director. Viste, tipo flashback. Como cuando el protagonista recuerda algo que le pasó hace banda y eso te explica por qué está tan cruzado Ahora—respondió, y de paso le regaló a Micaela una sonrisita sobradora.
El director no aclaró si la respuesta era correcta. Solo apretó la mandíbula con fuerza y volvió al libro, intentando ocultar la molestia.
—Sigamos. Dígame cuál es la diferencia entre un narrador homodiegético y uno heterodiegético. Y, de paso, tome una sinestesia y conviértala en un oxímoron —remató el director, seguro de que con eso lo iba a descolocar.
Y no se equivocó. Diego quedó en silencio, porque para él esa pregunta era realmente difícil. Miró a Micaela de reojo, buscando apoyo, un poco nervioso. Entonces ella le dedicó una pequeña sonrisa alentadora y un leve gesto con la cabeza, como diciendo: Tú puedes, Diego.
Aquello le dio a Diego el empujón que necesitaba; inspiró profundo y habló.
—Bueno, el narrador homodiegético es el que está dentro de la historia, viste, como protagonista o testigo. En cambio, el heterodiegético cuenta todo desde afuera, sin ser parte de lo que pasa. Y una sinestesia podría ser “el sonido dulce”, que si la pasás a oxímoron sería “el sonido amargo”, ¿entendés? —terminó su explicación guiñándole un ojo a Micaela.
El director optó por no seguir preguntando, pues cada vez que Diego respondía terminaba mirando a Micaela y guiñándole un ojo. Eso lo irritaba tanto que decidió detenerse y cambiar a Diego de lugar. Mientras tanto, los demás estudiantes lo observaron, confundidos, durante el resto de la clase.
Más tarde, al acabar la clase, entró a su oficina y encontró a Fabián con las piernas sobre el escritorio, revisando una revista SoHo de su colección privada. La escena lo enfureció todavía más.
—¿Qué hace con las piernas sobre mi escritorio, Fabián? —dijo enfadado, quitándole la revista de un tirón, lo que hizo que Fabián se sobresaltara—. ¡No sea abusivo!
—Cójala suave, mi querido director. Mejor dígame, ¿qué pasó en ese salón para que su genio se pusiera así de intenso?—preguntó, viendo que el director estaba todavía más enojado que antes.
—Sabe qué, Fabián, hágame un favor: salga ya mismo de la oficina —dijo, entregándole la revista—. Tómela, es toda suya.
Acostumbrado al genio del director, Fabián no mostró sorpresa. Ni tímido ni perezoso, tomó la revista y se marchó pensando: “Bueno, al menos me llevo la SoHo”.
Más tarde, Micaela cenaba con sus padres en un silencio absoluto, hasta que su padre cruzó la mirada con su madre, como si fuera a decir algo importante.
—Raquel, escúchame bien. Mañana temprano parto a Caña Veral a cumplir un trabajo del jefe y voy a estar fuera tres días. Durante ese tiempo, quiero que cuides de Micaela y que no ande haciendo lo que quiera. Salgo demasiado temprano, así que no habrá manera de llevarla; aquí tienes la plata para la buseta.—Dijo, dejando el dinero sobre la mesa con gesto serio.
—Sí, mijo, no te preocupes—respondió Raquel, con ese nerviosismo que siempre la acompañaba cuando él se dirigía a ella.
—Recuerde, Micaela, obedecer y comportarse como debe —sentenció, mirando a su hija con seriedad. De inmediato, Micaela asintió sin replicar.
A la mañana siguiente, su padre se fue temprano en su viejo carro al trabajo, tal como había dicho, y su madre estuvo con Micaela durante el trayecto en bus, llevándola directamente hasta la universidad.
—Hija, recuerda lo que te dijo tu padre —le recordó su madre.
Micaela asintió, se despidió y entró a la universidad, sintiendo que su mundo estaba completamente bajo control.
Al caer la tarde, se acercaba una gran tormenta, por lo que el director dio la orden de que todos salieran temprano. Micaela salió de la universidad, lista para tomar la buseta, pero como no lo tenía previsto, no le avisó a su madre y tendría que regresar sola.
Lo que ella no sabía era que el director ya la había visto desde el interior del edificio. Verla así, con el viento pegándole la ropa al cuerpo, le generó preocupación y no dudó en acercarse hasta ella.
—Señorita Chávez, ¿todavía aquí? —dijo el director—. Con la tormenta que se avecina, ya debería estar en casa.
Al oír la voz del director detrás de ella, Micaela dio un pequeño salto y se giró.
—Estoy esperando la buseta, señor director —respondió Micaela, nerviosa, esperando que esas palabras lo hicieran alejarse.
—Con esta tormenta, la buseta no llegará; déjeme llevarla —se ofreció el director, preocupado de que ella quedara sola o que Narizario se le adelantara
—No, señor director, esperaré. Gracias —contestó Micaela.
La lluvia se intensificó de repente. Sin dudar, el director tomó a Micaela del brazo y la condujo hasta su carro.
—No dejaré que se moje —dijo, ayudándola a subir—. Micaela lo miró sorprendida, sin esperar tal atención. Sin poder negarse, fue con él, dado que desde niña le daban miedo las tormentas; además, si Malú hubiera ido a la universidad ese día, no habría tenido que ir con el director, y todo eso le hacía sentir que el destino la acercaba más a él.