Ella renace en un mundo mágico, pero no cambia su forma de ver la vida, sigue siendo ella buscando la felicidad en pequeños detalles.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Oscuridad 1
Ella siempre había sido una mujer alegre.
No de esas personas que parecían felices porque todo en su vida había salido perfectamente bien, sino de las que habían aprendido a sonreír incluso después de que la vida les hubiera dado suficientes razones para no hacerlo.
Era optimista.
Muy optimista.
A veces, incluso demasiado.
—Todo va a salir bien
se decía cada vez que algo salía mal.
Y cuando algo salía realmente mal..
—Bueno… podría haber sido peor.
Y cuando definitivamente no podía ser peor..
—¡Al menos aprendí algo!
Su terapeuta decía que aquello era una señal positiva.
—Has desarrollado una capacidad muy importante para encontrar esperanza en situaciones difíciles.
Ella había asentido con una sonrisa.
—Sí. Soy como una planta.
Su terapeuta había parpadeado.
—¿Una planta?
—Sí. Me pueden pisotear, dejar sin agua, ponerme en un rincón oscuro… pero cuando me dan un poquito de sol, vuelvo a crecer.
La terapeuta había sonreído.
—Eso es bastante bonito.
Ella se había acomodado en el sillón.
—Aunque preferiría ser una planta con flores.
—¿Por qué?
—Porque las flores son más bonitas.
Así era ella.
Alegre.
Ilusionada.
Optimista.
Y también estaba en terapia.
Porque su infancia no había sido precisamente maravillosa.
Había aprendido desde pequeña que había cosas que debía dejar de desear porque simplemente no podía tenerlas.
Juguetes que veía en las vitrinas.
Libretas bonitas.
Lápices con colores especiales.
Cajas de lápices llenas de brillantina.
Estuches rosados.
Pegatinas.
Accesorios.
Pequeñas cosas que para otros niños parecían insignificantes, pero que para ella podían convertirse en el deseo de toda una semana.
Muchas veces había mirado esos objetos detrás de las vitrinas y había pensado..
[Algún día voy a tener dinero y voy a comprarme todo lo que quiera.]
Y finalmente había llegado ese día.
Bueno…
Más o menos.
Porque ahora era una mujer adulta.
Trabajaba en una oficina.
Tenía sueldo.
Pagaba sus cuentas.
Tenía responsabilidades.
Y, según ella, eso significaba que podía hacer con su dinero exactamente lo que quisiera.
Por eso, sobre su escritorio de oficina había una pequeña revolución rosada.
Su agenda era rosa.
Su estuche era rosa.
Sus lápices tenían brillantina.
Su botella de agua tenía pequeñas estrellas.
Su calendario tenía corazones.
Incluso los separadores de documentos tenían diseños de pequeñas flores.
Un compañero de trabajo una vez había mirado su escritorio durante unos segundos y había preguntado..
—¿Te gusta el rosa?
Ella lo había mirado con absoluta seriedad.
—No.
El compañero había levantado una ceja.
Ella había sonreído.
—Lo necesito.
Y había continuado trabajando.
Su terapeuta había descrito aquello como una forma de sanar a su niña interior.
—Estás dándole ahora las cosas que no pudiste darle cuando eras pequeña.
A ella le había encantado aquella explicación.
—Entonces estoy haciendo un excelente trabajo.
—¿En qué sentido?
—En consentirla.
La terapeuta había reído.
—Quizás podrías intentar encontrar un equilibrio entre consentirte y cuidar tus finanzas.
Ella había quedado en silencio.
—¿Qué?
—Tus gastos.
—Ah.
—Me comentaste que este mes gastaste más de lo que ganaste.
Ella había sonreído tranquilamente.
—Detalles.
—No son exactamente detalles.
—Mire, sobreviví cuando tenía poco dinero.
—Sí.
—Entonces ahora que tengo un poco más…
Hizo una pausa dramática.
—Quiero comprar cosas.
—¿Aunque no las necesites?
—Exactamente.
Su terapeuta suspiró.
Ella sonrió.
[Soy una adulta independiente.]
Eso era lo importante.
Era una adulta independiente.
Podía decidir.
Podía comprar.
Podía darse pequeños gustos.
Y, sobre todo, podía comprar todas aquellas cosas rosadas y brillantes que alguna vez había mirado desde lejos.
No necesitaba una excusa.
Aunque siempre encontraba una.
[Esta libreta es para organizarme mejor.]
[Este lápiz me ayudará a concentrarme.]
[Este estuche es demasiado bonito para dejarlo en la tienda.]
[Estas pegatinas… definitivamente son necesarias.]
Y así pasaban los días.
Hasta que una tarde ocurrió algo que cambiaría su vida.
O, más exactamente…
La terminaría.
Todo comenzó con una libreta.
Era una tarde normal.
Salio de su oficina a comprar algo para almorzar.
Frente a su trabajo habia una tienda que era su favorita.
Era una pequeña tienda de artículos de papelería.
Ella ya la conocía.
Pero ahora estaba cerrada, con un pequeño letrero que decía que regresaban pronto.
De hecho, esa tienda, era peligrosamente familiar para su tarjeta bancaria.
Había comprado allí anteriormente.
Varias veces.
Demasiadas veces.
Pero aquella tarde vio algo nuevo. A través del vidrio.
Una libreta.
Rosa.
Con brillantina.
No.
No era simplemente una libreta rosa con brillantina.
Tenía muchísima brillantina.
Más que todas las otras.
La luz del atardecer golpeaba la portada y provocaba pequeños destellos.
Ella se quedó mirándola.
Sus ojos se abrieron lentamente.
[No.]
Tuvo que volver al trabajo, pero ya no se concentraba.
Intentó volver a mirar su computador.
No pudo.
[No la necesito.]
Volvió a mirar el computador.
Cinco segundos.
Diez.
Quince.
Volvió a pensar en la libreta.
[Pero es preciosa.]
Se levantó lentamente de su silla.
Se acercó a la ventana.
La libreta dentro de la tienda seguía allí.
Brillando.
Como si la estuviera llamando.
[Tengo demasiadas libretas.]
La libreta brilló.
[Muchísimas.]
Brilló otra vez.
[Y esta tiene exactamente el mismo tamaño que las que tengo.]
Otro destello.
Ella entrecerró los ojos.
[Pero tiene más brillo.]
Silencio.
[Muchísimo más brillo.]
—Apenas salga del trabajo, la compro.
Y volvió a sentarse.
La decisión estaba tomada.
Sin embargo, el universo parecía tener otros planes.
Cuando llegó la hora de salida, ella miró el reloj.
Sus ojos se abrieron.
—¡No!
La tienda cerraba pronto.
Agarró su bolso.
—¡Tengo que correr!
Salió de la oficina prácticamente disparada.
Bajó las escaleras.
Atravesó la entrada.
Y salió a la calle.
Corría.
Corría como si su vida dependiera de ello.
Lo cual, irónicamente, era bastante cierto.
Pero ella no lo sabía.
Solo pensaba en aquella libreta.
[¡No pueden venderla antes de que llegue!]
[¡Tiene demasiado brillo!]
[¡Si otra persona se la lleva, nunca me lo perdonaré!]
Apretó el bolso contra su cuerpo y aceleró.
No escuchó el primer bocinazo.
Ni el segundo.
Ni el tercero.
El ruido de los vehículos se mezclaba con sus propios pasos.
Ella estaba demasiado concentrada.
La tienda estaba allí.
Solo tenía que cruzar.
Solo unos metros más.
Entonces ocurrió.
Un automóvil pasó una luz roja.
Otro vehículo intentó esquivarlo.
Hubo un estruendo.
Un golpe seco.
Metal contra metal.
Vidrios que estallaron.
El segundo automóvil perdió el control y salió disparado hacia la vereda.
Ella apenas alcanzó a levantar la cabeza.
—¿Eh…?
El automóvil chocó contra un árbol.
El impacto hizo temblar el tronco.
Durante una fracción de segundo, todo pareció quedarse suspendido.
Ella miró hacia arriba.
El árbol comenzó a caer.
—Ah.
[Eso… no parece bueno.]
Después, oscuridad.
No hubo tiempo para sentir miedo.
No hubo tiempo para gritar.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Cuando volvió a ser consciente de algo, estaba tendida en el suelo.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Los sonidos parecían lejanos.
Las voces de las personas se mezclaban unas con otras.
Las sirenas se escuchaban a lo lejos.
Su visión comenzó a nublarse.
El cielo se veía cada vez más oscuro.
Y, curiosamente, lo último que vio fue la vitrina de la tienda.
La libreta seguía allí.
Rosa.
Brillante.
Hermosa.
Ella sonrió.
[Bueno…]
Respiró con dificultad.
[Si salgo de esta…]
Cerró los ojos por un instante.
[Me compraré tres.]
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
[Una rosa…]
Su conciencia comenzó a desaparecer.
[Una morada…]
Todo se volvió más oscuro.
[Y una azul.]
Y entonces añadió su último pensamiento..
[Con muchísimo brillo.]
La oscuridad la envolvió por completo.
Y así terminó su primera vida.
Por una libreta.
Una libreta que, para ser sinceros…
Ni siquiera necesitaba.
El Rey ya está perdido.
Desde ahora debes de vijilarla más 😏🤣