Amanda fue regalada a la familia Smirnov para saldar las deudas de su padre, Vladimir Smirnov el patriarca intenta entregarla a su hijo para por fin tener un nieto, pero no todo sale como lo esperaban: un romance apasionado y el secreto del heredero de la familia.
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Capítulo 2: La llamada de los acreedores
La tarde cayó sobre el barrio con una pesadez grisácea. Lloviznaba, y el agua goteaba rítmicamente desde el canalón roto del techo de la casa de los familia. Dentro, el ambiente era insoportable. Nadie hablaba. Lorena se había encerrado nuevamente en su habitación a rezar en silencio, mientras Héctor caminaba de un lado a otro del diminuto salón, mordiéndose las uñas hasta hacerse sangre.
Amanda permanecía sentada junto a la ventana, observando las gotas deslizarse por el cristal sucio. En su mente, las matemáticas no mentían. La deuda original de su padre con los prestamistas menores ascendía a miles de dólares, pero la cifra prestada por los rusos era astronómica, inflada además por intereses usureros imposibles de saldar en una vida entera de trabajo honrado.
—Tienen que darme una prórroga —mutitó Héctor, deteniéndose frente al espejo roto del pasillo para peinarse con los dedos en un intento patético de lucir presentable—. Les explicaré que la economía está mal, que estoy esperando el pago de una liquidación antigua...
—No te van a creer, papá —dijo Amanda con voz fría, ensimismada—. Un grupo como los Smirnov no hace finanzas basadas en la fe. Ellos solo entienden de activos y liquidaciones. Y nosotros no tenemos ningún activo.
—¡Cállate! ¡Cállate de una vez, Amanda! —estalló Héctor, volviéndose hacia ella con el rostro rojo de ira y miedo—. ¡Siempre tienes esa actitud fría! ¡Eres mi hija, deberías estar apoyándome en lugar de juzgarme!
—Te he apoyado desde que tengo uso de razón —respondió Amanda sin alterar el tono, aunque sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que apretaba sus propias manos—. Apagué los incendios que dejaste cuando empeñaste las joyas de la abuela. Gestioné las compras para que comiéramos arroz durante semanas mientras tú te bebías el dinero en los garitos de la calle cuarta. Te he salvado la cara mil veces. Pero esto... esto supera cualquier cosa.
En ese preciso instante, el motor de un vehículo pesado interrumpió la discusión. No era el sonido gastado de los autos viejos del vecindario, sino el rugido sordo y elegante de un motor V8 de alta gama.
Amanda se incorporó lentamente y miró por la cortina. Un sedán negro blindado, de cristales tintados y carrocería impecable, acababa de estacionar justo frente a la entrada de su casa, bloqueando el estrecho camino de tierra. Detrás de él, una camioneta del mismo color se detuvo a pocos metros.
El corazón de Amanda dio un vuelco violento contra sus costillas. El miedo, ese monstruo primario que había intentado mantener a raya con lógica y números, inundó sus venas.
—Ya están aquí —dijo en un susurro que sonó a sentencia.
Héctor dio dos pasos hacia atrás, tropiezando con la mesa auxiliar y derribando una lámpara de pie que se estrelló contra el suelo. El cristal de la bombilla se hizo añicos.
—No... no, no puede ser. Dijeron que me daban hasta el fin de semana —balbuceó el hombre, perdiendo todo el color de la cara, convertido en un guiñapo tembloroso.
De la camioneta bajaron dos hombres corpulentos vestidos con trajes oscuros y cortes de pelo militar, quienes rápidamente tomaron posiciones a los lados de la puerta principal. Del sedán negro descendió un hombre mayor, de porte imponente, cabello canoso peinado hacia atrás con precisión y una mirada gris como el acero que parecía analizar cada grieta del humilde vecindario con profundo desprecio.
Era Vladimir Smirnov. El patriarca.
La puerta principal no fue derribada, pero el toque en la madera fue tan firme, seco y autoritario que pareció retumbar en toda la estructura de la vivienda. Lorena dejó escapar un ahogado grito desde la habitación trasera.
—Abre, Héctor —dijo Amanda, sintiendo que una calma extraña y peligrosa se apoderaba de ella. La suerte estaba echada—. Abre antes de que tiren la puerta abajo.
Héctor no se movía; estaba paralizado por el terror, con las manos temblando incontrolablemente. Viendo que su padre era incapaz de dar un solo paso, Amanda respiró hondo, ajustó el sencillo suéter tejido que llevaba puesto y avanzó con firmeza hacia el pasillo.
—Amanda, no... —alcanzó a musitar Héctor, pero era tarde.
La joven giró el picaporte y abrió la puerta.