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MI ESTUPIDO NIÑERO

MI ESTUPIDO NIÑERO

Status: Terminada
Genre:Romance / Niñero / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa




Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.

Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.

Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.

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Capitulo 4

El coche negro se detuvo frente a la puerta principal justo cuando el reloj marcaba las cuatro de la tarde. Mariana estaba de pie en la escalera, con los brazos cruzados y la mirada fría, sin bajar ni un escalón. Sus padres la esperaban a su lado, con sonrisas ansiosas.

—Ahí llega —dijo su madre, alisándose la falda—. Por favor, Mariana, sé amable.

—Seré educada —respondió ella sin moverse—. No prometo más.

La puerta del coche se abrió y él salió. Valentino Vivaldi. Alto, de porte elegante, con ropa sencilla pero impecable y una maleta en la mano. Miró la casa con calma, luego levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de ella. Tenía una mirada serena, segura, sin rastro de duda. Caminó hacia la puerta con paso firme.

—¡Valentino, hijo! —exclamó el padre de Mariana, acercándose a recibirlo con un abrazo—. Qué alegría verte.

—Gracias, señor De Santis —respondió él con voz suave y educada—. Gracias por recibirme.

—No hay de qué —dijo la madre, sonriéndole—. Eres bienvenido, como siempre. Pasa, por favor.

Valentino entró en el vestíbulo, dejó su maleta en un rincón y entonces la miró a ella.

—Hola, Mariana —dijo, con una sonrisa tranquila—. Hace mucho que no nos vemos. Estás muy bien.

Ella no se movió. No sonrió. Lo miró de arriba abajo con frialdad.

—Hola —respondió, cortante—. No sé por qué te tomas la molestia de decir eso. Sabes que no te quiero aquí.

Sus padres se apresuraron a intervenir.

—Mariana, por favor… —empezó su madre.

—No, déjala —dijo Valentino suavemente, sin perder la calma—. Lo entiendo. Sé que esto no es lo que querías.

—¿Lo entiendes de verdad? —preguntó ella, bajando despacio los escalones hasta quedar a su altura—. ¿Entiendes que no soy una niña que necesita que la cuiden? ¿Que no te necesito?

—Entiendo que te sientes así —respondió él, sosteniéndole la mirada sin apartar la vista—. Pero también entiendo que tus padres confían en mí y yo he dado mi palabra. Cumpliré lo que me pidieron.

Mariana soltó una risa seca.

—Qué noble. Qué dedicación. ¿Y si te digo que no voy a ponértelo fácil?

—Lo esperaba —dijo él con serenidad—. Estoy dispuesto a intentarlo de todos modos.

—Pues prepárate —lo desafió ella, acercándose un poco más—. No voy a hacer lo que digas. No voy a darte explicaciones. Y si quieres saber algo de mí, tendrás que buscarme. Porque no estaré aquí esperándote.

Valentino asintió lentamente, sin alterarse.

—Escuché bien. Pero te pido algo a cambio: cuando salgas, avísame a dónde vas y a qué hora volverás. Solo eso. Para no preocuparme.

—¿Darle cuentas a ti? —repitió ella, indignada—. ¡Ni hablar!

—No es dar cuentas —respondió él con calma—. Es seguridad. Si algo te pasa, yo soy el responsable.

—Ese es tu problema, no el mío —replicó ella, dándole la espalda—. Yo hago lo que quiero.

—Mariana —intervino su padre con firmeza—. Te pedimos que respetes las reglas que él te dé mientras no estemos.

—¿Reglas? —se giró ella de golpe—. ¿Él pone las reglas en mi casa?

—Las ponemos nosotros —dijo su madre—. Y él las hará cumplir.

Mariana miró a Valentino, buscando algún rastro de incomodidad o duda en su rostro. Pero no lo encontró. Seguía allí, tranquilo, firme, esperando.

—Bien —dijo ella con voz gélida—. Ya veremos quién hace cumplir qué.

Se acercó más a él, lo miró directo a los ojos y añadió en voz baja, solo para que él la oyera:

—No te confíes. Pensarás que es fácil, pero no lo es. Haré que te vayas antes de que tus padres regresen. Te lo prometo.

Valentino la miró fijamente un instante. No se enfadó. No retrocedió. Solo dijo, con la misma calma de siempre:

—Veremos, Mariana. Yo también cumplo mis promesas.

La tensión en el aire era densa, como si una chispa pudiera encenderlo todo en cualquier momento. Sus padres, sin saber muy bien qué decir, intercambiaron una mirada preocupada.

—Bueno… —dijo la madre, rompiendo el silencio—. Valentino, te enseñaremos tu habitación. Está al lado de la de Mariana, por si necesitas algo.

—Perfecto, gracias —respondió él, sin apartar los ojos de ella—. Estaré cerca.

—Demasiado cerca —murmuró Mariana, girándose para subir las escaleras—. Prepárate, Vivaldi. Esto apenas empieza.

Valentino la vio marchar, con la cabeza alta y la espalda erguida, y susurró tan bajo que solo él lo oyó:

—Yo también estoy preparado, Mariana. Más de lo que crees.

Valentino siguió a los padres de Mariana hacia la escalera, pero ella se detuvo de golpe en el primer descansillo y se giró:

—Oye —lo llamó, con voz baja pero cortante—. No creas que por estar al lado de mi puerta vas a vigilarme.

Él se detuvo y la miró sin alterarse:

—No vine para vigilarte, Mariana. Vine para cuidarte. Hay una diferencia muy grande.

—Para mí es lo mismo —respondió ella, bajando un escalón—. ¿Y sabes qué? No necesito que nadie me cuide. Menos tú.

—Lo sé —dijo él suavemente—. Me lo has dejado claro. Pero aquí estoy. Y no pienso irme a los dos días porque tú me lo pidas.

Mariana apretó los puños:

—¿Ah no? Pues veremos cuánto aguantas. Voy a hacerte la vida tan difícil que tú mismo querrás huir.

Valentino dio un paso hacia ella, sin amenazar, pero firme:

—Escúchame bien. No me asustan tus retos ni tus berrinches. Vine porque confían en mí. Y porque… —hizo una pausa breve—, porque me importas.

Mariana soltó una risa burlona:

—¿Me importas? ¡Ni siquiera me conoces!

—Te conozco desde que eras pequeña —respondió él con calma—. Sé que eres terca, impulsiva… y mucho más valiente de lo que crees.

—Pues no me definas —cortó ella, apartando la mirada—. No sabes nada de mí ahora. Y no vas a aprender nada. Porque no te voy a hablar. No te voy a decir a dónde voy. No te voy a dar ni una sola razón para quedarte.

—Está bien —asintió él—. No tienes que hablarme. Pero sí tienes que avisarme cuando salgas. Y decirme a qué hora vuelves. Eso no lo decido yo, lo acordamos con tus padres.

—¿Me estás dando órdenes? —se acercó ella, con la barbilla levantada.

—Te estoy pidiendo que seas responsable —respondió él sin ceder—. Si no lo haces, tendré que acompañarte. Y no creo que quieras eso.

Mariana lo miró con furia contenida:

—Eres insoportable. Igual que pensaba.

—Y tú eres mucho más testaruda de lo que me contaron —respondió él, con un rastro de sonrisa que la enfureció más—. Nos llevaremos bien, ya lo verás.

—¡Jamás! —exclamó ella, girándose de golpe y subiendo corriendo hasta su piso—. ¡No cuentes con eso!

Cerró su puerta con un golpe seco. Valentino suspiró, miró la puerta un instante y luego siguió su camino hacia su propia habitación, murmurando para sí mismo:

—Veremos, Mariana. Veremos.

 

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Tere Jimenez
empieza muy interesante gracias
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