Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
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Capítulo 15
...Nina....
Abuelita abrió la puerta antes de que yo tocara.
—Te vi desde la ventana. Subías tan despacio que pensé que venías cargando un muerto.
—Solo traigo pan de elote.
—Eso sí es resucitar a alguien.
Me jaló adentro. El departamento olía a canela y a cempasúchil —abuelita siempre ponía flores en la mesa aunque no fuera noviembre, porque decía que los muertos no tenían calendario.
Dejé la bolsa en la cocina y la abracé. Era tan pequeña. Cada vez más pequeña. Un día iba a abrazarla y mis brazos iban a cerrarse sobre aire.
—¿Comiste?
—Sí, abuelita.
—Mentirosa. Siéntate.
Me senté.
Afuera empezaba a nublarse. Yo había caminado desde el metro —veinte minutos, quizá veinticinco. El barrio de abuelita era viejo, con calles estrechas y grafiti en las cortinas de metal. Me gustaba. Me recordaba a cuando papá vivía y veníamos los domingos.
No miré atrás en todo el camino.
Debí hacerlo.
...Santi....
La seguí desde que salió del edificio.
Una cuadra. Siempre una cuadra. En la prepa era media cuadra porque las calles eran más cortas y yo tenía quince años y no sabía calcular distancias. Ahora sabía. Ahora era un oficio.
Nina caminaba rápido. Llevaba una bolsa de papel contra el pecho y el pelo suelto. De vez en cuando giraba la cabeza —no para buscarme, nunca para buscarme— sino para ver los puestos, o los perros, o las nubes que se acumulaban como moretones sobre los edificios.
Yo la miraba a ella.
Y alguien más la miraba a ella.
Lo vi a la altura de la calle Hidalgo. Gorra negra. Chamarra oscura en pleno calor. Caminaba pegado a la pared, demasiado cerca, con ese ritmo que yo conocía —el ritmo de alguien que sigue, que ajusta sus pasos a los de otra persona.
K.
Nina dobló a la derecha. K dobló a la derecha. Yo crucé la calle.
Había un callejón entre una tintorería cerrada y un depósito de agua. K pasó frente a él. Yo lo agarré del brazo y lo metí adentro.
No gritó. Abrió la boca pero no salió nada.
Lo empujé contra la pared. El ladrillo le raspó la espalda. Me miró con los ojos abiertos, muy abiertos, los ojos de alguien que sabe exactamente por qué está aquí.
—La seguiste hasta su puerta —dije. Tranquilo. Enunciando cada palabra—. La seguiste hasta el aeropuerto. La seguiste hoy.
—Yo solo...
Le pegué.
El primer golpe fue en la mandíbula. Sentí el hueso contra mis nudillos. K se dobló. Le agarré la gorra y se la quité —quería ver su cara. Un tipo flaco, pálido, con acné viejo en las mejillas. Patético.
El segundo golpe fue en el estómago. Se dobló más. Cayó de rodillas.
No estaba enojado. Eso era lo peor —lo sabía, lo sentía. Debería estar furioso. Pero yo llevaba semanas sin dormir bien, semanas cuidando puertas y ventanas, y lo que sentía ahora no era rabia sino algo quirúrgico. Un procedimiento.
Lo levanté del cuello de la chamarra. Tosía. Le salía sangre de la nariz.
—Si te veo cerca de ella otra vez —dije, y mi voz sonaba como la de alguien que lee una receta, plana, sin inflexión—, no voy a usar los puños.
Lo solté. Se desplomó.
Empezó a llover.
Salí del callejón. Me dolían las manos. Tenía sangre en los nudillos —mía, suya, no sabía. Caminé las tres cuadras que faltaban hasta el edificio de la abuela de Nina con la lluvia cayéndome encima y el agua metiéndose por el cuello de la camisa.
Toqué el timbre.
...Nina....
Alguien tocó la puerta.
Abuelita estaba en la cocina calentando chocolate. Fui yo quien abrió.
Santiago.
Empapado. El pelo pegado a la frente, la camisa transparente de tan mojada, los zapatos escurriendo charcos en el pasillo. Tenía los brazos caídos a los lados del cuerpo y los nudillos rojos, hinchados, reventados.
No dijo nada.
Yo no dije nada.
Lo dejé pasar.
Abuelita asomó la cabeza desde la cocina, lo vio, y dijo:
—Otro muerto. Voy por más pan.
Le di una toalla. Santiago se secó el pelo sin mirarme. Tenía un corte pequeño en el labio —se lo habría mordido. Le temblaban las manos.
—¿Qué te pasó en las manos?
—Me caí.
—Santiago.
—Me caí varias veces.
No insistí. Sabía que no iba a decirme. Sabía, en algún lugar debajo de la irritación, que no quería saber.
Abuelita le trajo chocolate caliente y unas chanclas viejas de mi abuelo. Santiago se cambió la camisa por una sudadera que encontré en un cajón —le quedaba chica, se le marcaban los hombros— y se sentó en el sillón con la taza entre las manos.
—¿Y tú quién eres, mijo? —preguntó abuelita.
—Santiago Reverte. Esposo de Nina.
Casi se me cae el plato que estaba secando.
Abuelita me miró. Me miró a mí. Con esos ojos que tenía, chiquitos y negros y capaces de radiografiar una mentira a kilómetros.
—¿Esposo?
—Es complicado, abuelita.
—¿Complicado cómo? ¿Está guapo, es educado y te trajo hasta acá? ¿Qué tiene de complicado?
Santiago tomó un sorbo de chocolate. No sonrió, pero casi.
—Gracias por el chocolate, señora.
—Dime abuelita. Si eres esposo, eres nieto.
Me quería morir.
Abuelita solo tenía una recámara. Una cama individual que olía a lavanda y a naftalina. En la salita había un sillón que se hacía cama, pero abuelita insistió:
—Los esposos duermen juntos. Es pecado separar lo que Dios unió.
—Abuelita, Dios no los unió. Un juez los unió. Y ni siquiera estoy segura de que estuviera sobrio.
—Mismo resultado. A la cama.
Santiago no discutió. Se acostó del lado de la pared, de espaldas a mí, y se hizo tan chico como pudo —que no era mucho, porque la cama era para una persona y él medía uno ochenta y pico.
Apagué la luz.
La lluvia golpeaba la ventana. Yo estaba acostada de lado, mirando su espalda. La sudadera se le subía un poco y se le veía la cintura. La piel ahí era pálida, con una cicatriz delgada que no le conocía.
«No lo mires.»
Cerré los ojos.
A las dos de la mañana, me desperté porque algo me quemaba el brazo.
Santiago ardía. Literalmente. Su piel irradiaba calor como un motor. Tenía la frente empapada de sudor y respiraba rápido, entrecortado, con la boca abierta.
Fiebre. Alta.
—Santiago. —Lo sacudí—. Santiago, despierta.
No despertó. Se giró hacia mí. Me agarró de la cintura y me jaló contra él. Su cara quedó enterrada en mi cuello. Su aliento era fuego contra mi piel.
—Nina... —murmuró. Dormido. Delirante.
Traté de soltarme. Sus brazos eran como grilletes.
—Nina...
Buscó mi boca. Con los ojos cerrados, torpemente, buscó mi boca. Sus labios rozaron mi mejilla, la comisura de mis labios. Ardían.
Lo empujé. Con las dos manos, contra el pecho, lo empujé.
Se separó. Abrió los ojos.
Rojos. Vidriosos. Húmedos. Los ojos de alguien que tiene cuarenta grados de fiebre y el corazón roto, y ya no puede distinguir entre las dos cosas.
...Santi....
La vi.
A través de la fiebre, a través del sudor y el temblor y el dolor en las manos, la vi. Nina. Sentada en la cama, con las manos todavía extendidas, con esa expresión que yo conocía —la de «no te acerques». La misma de siempre. La de los diez últimos años de mi vida.
Me senté. El cuarto daba vueltas. Todo daba vueltas menos ella.
—¿Tanto me odias?
Mi voz se quebró.
No como una grieta. Como un vidrio que llevas diez años pegando con cinta y por fin alguien le pone un dedo encima.
—¿Tanto me odias, Nina?
Ella no dijo nada. Me miraba con los ojos muy abiertos. Yo sentía las lágrimas mezclarse con el sudor y no me importaba. Llevaba diez años controlándome. Controlando cada gesto, cada palabra, cada respiración cerca de ella. Diez años de caminar una cuadra atrás, de sentarme fuera de sus puertas, de sangrar por ella sin que lo supiera y sonreír cuando preguntaban si estaba bien.
Ya no podía.
Me levanté. Me temblaban las piernas. Llegué a la puerta, la abrí, salí.
La cerré detrás de mí.
El piso del pasillo estaba frío. Me dejé caer contra la pared, al lado de la puerta. El piso me quemaba y me helaba al mismo tiempo, o tal vez era la fiebre. Me abracé las rodillas.
«Está bien. No pasa nada. Llevas diez años con esto. Un poco más no te va a matar.»
Tosí. Me dolía el pecho. No sabía si era la fiebre o lo otro —lo otro que me dolía siempre, el lugar donde guardaba todo lo que nunca le dije.
Del otro lado de la puerta, silencio.
Recargué la cabeza contra la pared y cerré los ojos.
«Aunque me odie. Aunque me empuje. Aquí me quedo.»
...Nina....
Lo escuchaba.
Cada tos. Cada respiración. A través de la puerta delgada de abuelita, cada sonido.
«¿Tanto me odias?»
Me tapé la cara con la almohada.
No podía dormir. Me di vuelta. Me di vuelta otra vez. La cama estaba vacía del lado de la pared y todavía se sentía el calor que él había dejado. Quemaba.
«¿Tanto me odias?»
No te odio. Quise decirlo. Quise abrir la puerta y decirlo. Pero las palabras se me atoraban en algún lugar entre el estómago y la garganta, como siempre, como todo lo que tenía que ver con Santiago Reverte.
Se me atoró otra cosa también: la imagen de sus ojos. Rojos, húmedos, mirándome como si yo fuera la fiebre y la cura al mismo tiempo.
A las cuatro de la mañana, la tos paró. Me levanté descalza, abrí la puerta muy despacio.
Santiago dormía en el piso. Sentado, con la cabeza caída hacia un lado, con la boca entreabierta. Le toqué la frente —seguía caliente, pero menos. La fiebre estaba bajando.
No lo desperté.
Fui por una cobija y se la puse encima. Él se movió. Murmuró algo que no entendí. Su mano encontró la esquina de la cobija y la apretó como un niño aprieta un peluche.
Volví a la cama.
No dormí.
Por la mañana, Santiago estaba en el sillón de la sala envuelto en la cobija como un tamal enfermo. Abuelita le había preparado caldo de pollo y lo supervisaba con expresión de generala.
—Come más.
—Ya comí dos platos, señora.
—Abuelita.
—Abuelita.
—Tres platos. Estás flaco.
Yo estaba en la cocina lavando los trastes cuando tocaron la puerta. Abrí.
Julián.
Traía una bolsa de frutas y la guitarra colgada en la espalda. Sonrió al verme —esa sonrisa amplia, fácil, de dientes perfectos.
—Me dijiste que ibas a estar con tu abuelita. Traje mangos.
—Julián, yo...
No terminé. Julián ya estaba mirando por encima de mi hombro. Su sonrisa se fue apagando como una vela.
Santiago. En el sillón. Envuelto en la cobija. Con el pelo revuelto, ojeras moradas, la piel del color de la ceniza. Parecía un fantasma resentido que alguien había abandonado en la sala.
—Pasa —dije, porque no podía no decirlo.
Julián pasó. Se sentó en la silla de abuelita. Dejó la bolsa de mangos en la mesa. No se quitó la guitarra de la espalda.
—¿Qué te pasó? —le preguntó a Santiago.
—Lluvia —dijo Santiago. Tenía los ojos cerrados.
—La lluvia no deja los nudillos así.
Santiago no contestó.
Abuelita trajo café para Julián. Yo me senté en el borde del sillón, cerca de Santiago, sin pensarlo —simplemente me senté ahí porque era el lugar más cercano.
Julián empezó a hablar. Me contó del ensayo del viernes, de una canción nueva que estaba escribiendo, de un productor que le había escrito por Instagram. Hablaba bien. Hablaba bonito. Yo le contestaba, lo miraba, asentía.
Entonces Santiago dejó caer su cabeza en mi hombro.
Despacio. Como si pesara demasiado para sostenerla. Su pelo todavía olía a lluvia y a sudor. Sentí su frente caliente contra mi cuello.
—Santiago, ¿estás bien?
No contestó. Julián se quedó callado a media frase.
Seguí hablando con Julián. Algo sobre la canción, no me acuerdo. Giré la cabeza hacia él, le pregunté algo. Santiago seguía recargado en mi hombro, inmóvil.
Y entonces se escuchó el golpe.
Santiago había echado la cabeza para atrás y se la había pegado contra la pared detrás del sillón. Fuerte. Con ganas.
—¡¿Qué haces?!
Lo miró. No me miró. Tenía los ojos cerrados y una media sonrisa que no le llegaba a ningún lado.
Se pegó otra vez.
—¡Santiago! ¡Estás loco! ¡Para!
Le agarré la cabeza con las dos manos. La jalé hacia mí, le busqué el chichón con los dedos, le revisé detrás de la oreja.
—¿Te duele? ¿Cuántas veces te pegaste? Déjame ver...
—Ya estás viéndome —dijo, con los ojos todavía cerrados. La sonrisa seguía ahí, apenas, como algo que se había roto pero no terminaba de caerse—. Ahora sí me estás viendo.
Se me heló el estómago.
Julián dejó la taza de café en la mesa. El sonido fue seco, preciso, como un punto final.
—¿Soy invisible para ti?
Lo miré. Tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en mis manos —mis manos que seguían en la cabeza de Santiago, acunándole el cráneo, con los dedos enredados en su pelo.
—Julián, no es...
—No me des explicaciones. —Se levantó. La silla raspó el piso—. Es bastante claro.
—Julián.
Ya estaba en la puerta. No se despidió de abuelita. No me miró otra vez. Cerró la puerta con cuidado, que era peor que un portazo —un portazo es rabia, cerrar con cuidado es decisión.
Me quedé con las manos en la cabeza de Santiago. Él abrió un ojo.
—Se fue.
—Sí, se fue. ¿Estás contento?
Cerró el ojo.
—No me pegué tan fuerte.
—Tienes un chichón del tamaño de una nuez.
—Ha valido la pena.
Le solté la cabeza. Se la solté de golpe, a propósito, y él hizo una mueca de dolor dramática que probablemente era ochenta por ciento teatro y veinte por ciento chichón real.
Abuelita observaba todo desde la puerta de la cocina con su taza de café y su expresión de «mi telenovela es mejor que las de la tele».
Me paré. Fui a la cocina. Abrí el refrigerador y me quedé mirando adentro sin ver nada.
«Julián me preguntó algo y no tengo respuesta. Me preguntó si era invisible y la verdad es que en el momento en que Santiago se pegó contra la pared, Julián desapareció. Se borró. Como si alguien hubiera cerrado una pestaña en mi cabeza y solo quedara una —la de este idiota que se golpea el cráneo contra la pared para que yo lo mire.»
No elegí a Santiago. Lo que hice fue peor: lo elegí sin darme cuenta. Sin pensarlo. Como se respira. Como se parpadea.
Cerré el refrigerador.
En la sala, Santiago se había quedado dormido otra vez, envuelto en su cobija, con la cabeza ligeramente inclinada hacia el lugar donde yo había estado sentada.
Abuelita se me acercó.
—Ese muchacho —dijo, bajito— tiene cara de querer morirse y ganas de vivir nomás por ti.
—Abuelita.
—No me digas abuelita con ese tono. Tengo ochenta y dos años y reconozco a un hombre enamorado cuando lo tengo babeando el sillón.
No contesté.
Me senté otra vez junto a él. No lo toqué. Solo me senté ahí. Cerca.
Santiago, dormido, encontró mi hombro otra vez.
Esta vez no se lo quité.
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