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LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

Status: En proceso
Genre:Casos sin resolver / Maldición / Terror
Popularitas:368
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22 — La puerta de Roma

La mujer permanecía al otro lado de la puerta, inmóvil bajo la luz amarillenta de los faroles. Su rostro era idéntico al de Valeria, pero su expresión transmitía una seguridad que ninguna de las otras copias había mostrado. Hablaba italiano con naturalidad, y aunque Valeria no comprendía sus palabras, la forma en que miraba a Gabriel dejaba claro que ambos se conocían.

Gabriel se quedó paralizado.

—No puede ser.

Valeria lo miró.

—¿La conoces?

—Sí.

—¿Quién es?

Gabriel tardó unos segundos en responder.

—Se llama Alessia.

La mujer sonrió al escuchar su nombre.

—Gabriel.

Su voz era tranquila.

Valeria miró a su padre.

—¿Qué quiere?

—Quiere que vayamos con ella.

—¿A Roma?

Gabriel asintió.

—Sí.

Samuel se acercó a la puerta.

—No sabemos qué hay del otro lado.

Alessia respondió en italiano.

—Non avete molto tempo.

Gabriel palideció.

—¿Qué dijo?

—Que no tenemos mucho tiempo.

Valeria observó la calle.

Las seis puertas que habían aparecido detrás de Alessia seguían abiertas. Cada una mostraba un lugar diferente: una habitación cubierta de nieve, un bosque oscuro, un edificio abandonado, una iglesia vacía, una estación de tren y un pasillo lleno de espejos.

—¿Son las otras casas?

Gabriel asintió.

—Son las otras puertas.

Vera se acercó.

—¿Y por qué están abiertas?

Alessia miró a Vera y respondió en italiano.

Gabriel tradujo:

—Dice que la casa que destruimos era la última cerradura.

Valeria frunció el ceño.

—¿Y al destruirla las abrimos todas?

—Sí.

Samuel negó.

—Entonces cometimos un error.

Alessia volvió a hablar.

—No fue un error.

Gabriel la escuchó con atención.

—Dice que tenía que suceder.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

Alessia señaló el libro que Valeria llevaba en las manos.

—Dice que ese libro contiene el nombre de la persona que abrió las puertas.

Valeria miró las páginas.

—Mi nombre no estaba allí por casualidad.

Gabriel negó.

—No.

—¿Entonces quién me escribió?

Alessia levantó una mano y señaló a Gabriel.

Valeria se volvió hacia su padre.

—¿Tú?

Gabriel no respondió.

—Papá.

—Sí.

Valeria retrocedió.

—¿Tú escribiste mi nombre?

—Hace muchos años.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba que alguien pudiera cerrar las puertas algún día.

—¿Y decidiste que sería yo?

—No sabía que serías tú.

—Pero lo escribiste.

—Porque Isabel me obligó.

Valeria apretó el libro.

—Siempre hay alguien más culpable.

Gabriel bajó la cabeza.

—Esta vez no.

—Entonces dime la verdad.

Gabriel miró a Alessia.

—Ella fue quien me ayudó a escapar.

Valeria la observó.

—¿Una de las copias?

Alessia negó.

Gabriel respondió:

—No es una copia.

—Entonces ¿qué es?

—Es una guardiana.

Alessia volvió a hablar en italiano.

Gabriel tradujo:

—Dice que cada puerta tiene una guardiana.

Valeria miró las otras seis entradas.

—¿Y las otras mujeres?

—También.

—Entonces las siete no eran copias.

—No completamente.

—¿Qué eran?

Gabriel respiró profundamente.

—Personas elegidas para custodiar las puertas.

Valeria recordó a las mujeres de la mansión.

—Entonces la casa las convirtió en monstruos.

—No. La casa las convirtió en prisioneras.

Vera preguntó:

—¿Y Alessia?

Gabriel la miró.

—Ella escapó antes de que pudiera atraparla.

Alessia extendió la mano hacia Valeria.

—Vieni.

Valeria no entendió la palabra.

Gabriel explicó:

—Dice que vayas con ella.

Valeria miró a Vera.

—No pienso dejarla.

Alessia volvió a hablar.

Gabriel tradujo:

—Dice que Vera también debe venir.

Valeria negó.

—No.

Alessia respondió con firmeza.

Gabriel palideció.

—Dice que Vera es la única persona que puede entrar y salir de las puertas sin ser afectada.

Valeria miró a su hermana.

—¿Por qué?

—Porque nunca perteneció a la casa.

Vera dio un paso atrás.

—Yo no quiero ir.

Valeria se arrodilló frente a ella.

—No tienes que hacer nada que no quieras.

Alessia se acercó lentamente.

Por primera vez habló directamente en español, aunque con un marcado acento italiano.

—Ella no tiene que entrar.

Valeria la miró sorprendida.

—¿Hablas español?

—Lo suficiente.

La mujer observó a Valeria.

—Pero tú sí debes hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque las puertas te reconocen.

—¿Y si no entro?

Alessia miró el libro.

—Entonces vendrán por ti.

Un ruido llegó desde la distancia.

Después otro.

Y otro.

Las siete puertas comenzaron a vibrar.

Alessia perdió la calma.

—Ya comenzaron.

Gabriel tomó a Valeria del brazo.

—Tenemos que cruzar.

—¿A Roma?

—Sí.

—¿Y después?

—Después cerraremos las otras seis.

Samuel negó.

—¿Solo nosotros?

Alessia respondió:

—No.

Detrás de ella aparecieron tres personas más.

Un hombre joven, una mujer mayor y un sacerdote.

Todos llevaban símbolos idénticos alrededor del cuello.

Gabriel los reconoció.

—Son los guardianes.

Valeria miró a Alessia.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

Alessia observó el cielo.

—Hasta que salga el sol.

—¿Y después?

La mujer la miró directamente.

—Después, las siete puertas permanecerán abiertas para siempre.

Valeria cerró el libro.

—Entonces no esperaremos al amanecer.

Entró en la puerta.

Vera la siguió.

Samuel fue detrás de ellas.

Gabriel cruzó el último.

Alessia permaneció unos segundos observando la casa destruida.

Después entró.

La puerta se cerró.

Cuando Valeria abrió los ojos, ya no estaba en la mansión.

Estaba en una antigua calle de Roma.

La ciudad dormía.

Pero al final de la calle había una enorme iglesia.

Sobre sus puertas aparecía el mismo símbolo de la habitación cero.

Valeria miró a Gabriel.

—¿Qué hay ahí?

Gabriel respiró profundamente.

—La primera puerta.

—Pensé que la primera era la de nuestra casa.

—No.

—Entonces ¿cuál?

Gabriel señaló la iglesia.

—La que creó todas las demás.

Valeria sintió un escalofrío.

Las campanas comenzaron a sonar.

Una.

Dos.

Tres.

Hasta llegar a siete.

Y entonces alguien salió de la iglesia.

Era un hombre vestido completamente de negro.

Se detuvo frente a ellos y sonrió.

—Benvenuti.

Alessia palideció.

Gabriel susurró:

—No puede ser.

Valeria lo miró.

—¿Quién es?

Gabriel no respondió.

El hombre comenzó a caminar hacia ellos.

Y cuando estuvo lo suficientemente cerca, Valeria reconoció su rostro.

Era el rostro de la niña de la habitación cero.

Pero ahora tenía cuerpo de adulto.

—Él era el primer guardián —susurró Alessia.

El hombre miró a Valeria.

—Y tú eres la última.

Valeria sintió que el frío le recorría el cuerpo.

—¿Última de qué?

El hombre sonrió.

—De las siete puertas.

Detrás de ellos, las seis puertas comenzaron a cerrarse.

Y la iglesia abrió sus enormes puertas.

Dentro no había un altar.

Había siete habitaciones.

Y en cada una había una mujer esperando.

Todas tenían el rostro de Valeria.

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