Valeria Ríos lo dio todo por su matrimonio con Rodrigo Montero: su juventud, su paciencia y su dignidad. Durante años soportó las humillaciones de Carmen, su suegra, que la tachaba de estéril y de mala suerte. Resistió la indiferencia de un esposo que prefería las noches de trabajo al calor de su hogar. Tragó lágrimas mientras Valentina, la examante de Rodrigo, se paseaba por su vida dejando destrucción a cada paso.
Hasta que un día, Valeria descubre lo que su cuerpo ya sabía: tiene leucemia.
Enferma, sola y sin fuerzas para seguir fingiendo, Valeria toma la decisión más difícil de su vida: pedirle el divorcio a Rodrigo. Pero lo que comienza como un acto de rendición se transforma en el inicio de su verdadera historia.
Julián Navarro —brillante médico especialista, heredero de una familia acaudalada y desesperadamente torpe en cuestiones del corazón— lleva años enamorado en silencio de Valeria. Cuando ella se derrumba, él se convierte en su pilar: la acompaña a las quimioterapias, pelea con el sistema para conseguirle un donante de médula, y le demuestra con hechos que el amor no se proclama a gritos sino que se construye en los detalles.
Mientras tanto, Rodrigo descubre demasiado tarde el precio de dar por sentado a quien más lo amaba. La ruina económica, la traición de Valentina, los secretos familiares que explotan uno tras otro y la revelación de que Valeria estuvo muriendo frente a sus ojos sin que él lo notara le destrozan la arrogancia que alguna vez confundió con fortaleza.
A su alrededor, vidas paralelas se entrelazan con la suya: Martín y Sofía, un matrimonio congelado por el orgullo, encuentran la chispa gracias al ultimátum adorablemente absurdo de su hijo Mateo; Daniel, un hombre marcado por la culpa, lucha por recuperar la relación con Nicolás, el hijo que no supo criar; y Carmen enfrenta la devastadora verdad de que su crueldad destruyó lo único valioso que tenía su familia.
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Cap. 5
Los pasos de Valeria se sentían ligeros y vacíos al mismo tiempo al salir de la consulta externa del hospital. Sus manos seguían aferradas a la carpeta de resultados, como si esas hojas finas fueran capaces de sostener un cuerpo que se desmoronaba poco a poco.
El aire acondicionado del hospital le helaba la piel, pero no tanto como la realidad que acababa de escuchar hacía unos minutos.
"Tal vez… unos meses."
La frase no dejaba de resonarle en la cabeza. Valeria caminó despacio por el pasillo concurrido. La gente pasaba a su alrededor: algunos acompañados por su pareja, su familia o sus amigos.
Y ella, siempre sola.
Estaba a punto de pedir un taxi cuando sus pasos se detuvieron en seco. La respiración se le cortó. Al final del pasillo, cerca del área de pediatría, reconoció una figura inconfundible.
Rodrigo.
Estaba de pie con el pequeño Nicolás en brazos. El niño lucía pálido, con la cabeza recargada en el hombro de Rodrigo, mientras Valentina permanecía a su lado con expresión angustiada.
Pero lo que le estrujó el pecho a Valeria no fue su presencia. Fue la sonrisa de Rodrigo. Cálida. Llena de ternura.
Una sonrisa que antes solo le pertenecía a ella.
—Rodrigo… —susurró sin darse cuenta.
Los ojos le ardieron al instante.
Hacía mucho que Rodrigo no la miraba con esa dulzura. Hacía mucho que no le sonreía así.
Pero ahora, esa sonrisa era para otra mujer y su hijo.
Valeria se mordió el labio inferior con fuerza para no quebrarse ahí mismo. El pecho le dolía. Le dolía muchísimo.
Estaba parada ahí, sola, acabando de escuchar que le quedaban quizá unos meses de vida, mientras su esposo se ocupaba de acompañar a otra mujer.
Nicolás soltó una risita cuando Rodrigo le acarició el cabello con suavidad. Valentina también sonrió, aliviada al ver que su hijo se calmaba. Los tres parecían una familia completa.
Rodrigo encajaba a la perfección entre ellos. Como si el lugar de Valeria en la vida de ese hombre se estuviera borrando poco a poco.
Las manos le temblaron al sacar el teléfono. Sin saber bien por qué, de pronto necesitaba con desesperación que alguien le recordara que aún tenía un lugar en el corazón de su marido.
Sus dedos teclearon despacio.
[Rodrigo, ¿dónde estás? ¿Te puedo pedir un favor?]
Valeria contempló la pantalla con una esperanza frágil. Quizá Rodrigo le preguntaría qué le pasaba. Quizá se daría cuenta de que algo no estaba bien.
El teléfono vibró. La respuesta llegó rápido.
El pulso se le aceleró al abrir el mensaje.
[Estoy llevando a Nicolás al hospital. Le volvió la fiebre. Valentina estaba desesperada y no pude dejarla sola. ¿Qué necesitas?]
Valeria se quedó inmóvil, leyendo el mensaje una y otra vez. Después, muy despacio, sus labios esbozaron una sonrisa amarga.
Por supuesto. Otra vez Valentina y Nicolás. Y otra vez Rodrigo los elegía a ellos. Sin siquiera darse cuenta.
Las lágrimas empezaron a acumularse, pero se las limpió rápido antes de que cayeran. No iba a llorar en medio de un hospital como una mujer patética.
Aunque, en el fondo, eso era exactamente lo que era.
Con las manos temblorosas, le respondió a su esposo.
[No importa, déjalo para después. Salúdame a Valentina. Ojalá Nicolás se mejore pronto. Cuando pueda, paso a verlo]
Después apagó la pantalla.
Porque sabía que si seguía mirando ese mensaje, iba a desmoronarse.
Levantó los ojos una última vez hacia Rodrigo. Ahora caminaba con Nicolás en brazos; el niño empezaba a dormirse. Valentina iba a su lado, diciéndole algo de vez en cuando. Y Rodrigo la escuchaba con paciencia.
Valeria bajó la cabeza rápido porque el pecho se le cerraba más y más. Antes, Rodrigo también era así con ella. Antes, siempre la escuchaba.
Ahora no tenía tiempo ni para desayunar juntos.
Se abrazó a sí misma. Intentando darse fuerzas, como siempre.
Aguanta, Valeria. Quizá Nicolás lo necesita más que tú.
¿Y no era verdad? Nicolás era un niño pequeño. Había perdido a su padre.
Mientras que Valeria solo estaba perdiendo la atención de su esposo.
Debería ser más madura. Debería entender.
Pero entonces, ¿por qué dolía tanto? ¿Por qué se sentía como si estuviera viendo a su marido vivir feliz con otra familia mientras a ella la iban olvidando?
Las lágrimas cayeron al fin. Una gota. Después, muchas más.
Valeria giró sobre sus talones antes de que Rodrigo la viera. Si él supiera que estaba ahí, le preguntaría qué hacía en el hospital.
Y todavía no estaba lista para mentirle mirándolo a los ojos.
Caminó deprisa hacia la salida con pasos tambaleantes. La vista se le fue borrando por las lágrimas que no paraban.
Algunas personas la miraron extrañadas al ver a esa mujer bonita llorando sola mientras caminaba con la cabeza gacha.
—¿Señora, se encuentra bien? —le preguntó alguien al pasar.
—Sí —respondió Valeria sin voltear.
Pero nadie sabía que aquella mujer acababa de recibir una sentencia de unos cuantos meses de vida. Y que la persona que más amaba estaba ocupada cuidando al hijo de otra.
* * *
Esa noche, el cuerpo de Valeria estaba completamente destrozado. Desde que volvió del hospital a mediodía, no había salido de la habitación. La cabeza le palpitaba con violencia después de haber llorado demasiado en el taxi. Incluso ahora los ojos le ardían, todavía hinchados.
No sabía cuántas horas había dormido cuando el golpe de la puerta al abrirse la despertó de sobresalto.
Abrió los ojos despacio.
Rodrigo estaba parado en el umbral con el rostro frío y la mandíbula tensa.
—¿Por qué no me contestas el teléfono? —Su voz sonó cortante—. Te llamé varias veces, Valeria.
Recién entonces se dio cuenta de que el celular estaba junto a la almohada, en silencio. Tenía varias llamadas perdidas de Rodrigo.
—Me quedé dormida… —respondió en voz baja—. Perdón.
Pero en lugar de entender, Rodrigo chasqueó la lengua con fastidio.
—Excusas.
El corazón de Valeria volvió a punzar.
—De verdad me dormí…
—Últimamente puras excusas, Valeria.
Ella bajó la mirada. Si tan solo Rodrigo supiera que venía de una consulta en el hospital. Si supiera que su cuerpo se debilitaba un poco más cada día.
Pero le daba demasiado miedo decirlo todo. Le daba miedo convertirse en una carga.
—Perdón —repitió quedamente.
Y otra vez, eso fue lo único que pudo decir.
Rodrigo soltó el aire con brusquedad mientras se quitaba el reloj.
—Me cansa que cada vez que te necesito, me salgas con esto.
Valeria se mordió el labio. Qué irónico. Su esposo decía que estaba cansado de buscarla, cuando últimamente era ella la que se sentía abandonada.
—Yo iba a decirte que…
—Ya no importa —la cortó Rodrigo.
Entró a la habitación sin fijarse realmente en la palidez de su esposa.
—Hay otra cosa más importante. Mañana llega mi mamá. —Abrió el armario mientras hablaba—. Va a quedarse unos días. Prepara la habitación de invitados.
—Está bien.
La respuesta fue tan queda, tan sumisa, que Rodrigo se detuvo un instante. Normalmente Valeria habría preguntado a qué hora llegaba su madre, cuál era su comida favorita o cualquier otro detalle con entusiasmo.
Pero esa noche, su esposa estaba demasiado callada.
Valeria volvió a recostarse despacio, dándole la espalda, y se cubrió con la sábana hasta los hombros.
—¿Te vas a dormir otra vez? —preguntó Rodrigo con sequedad.
—Sí.
—¿Estás enferma?
Esa pregunta tan simple estuvo a punto de hacerla llorar. Porque al fin Rodrigo notaba que algo andaba mal.
Pero antes de que pudiera albergar esperanzas, él añadió:
—No dejes que mi mamá te vea así de apagada.
La esperanza se hizo pedazos al instante. Valeria cerró los ojos con fuerza.
—Sí, Rodrigo.
Él frunció levemente el ceño al ver la espalda de su esposa, que esa noche le parecía tan pequeña. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué Valeria de pronto se había vuelto tan callada?
Normalmente ella habría protestado, hecho berrinche o se habría enojado si la ignoraban. Pero ahora parecía haber perdido hasta las fuerzas para defender cualquier cosa.
Y, por alguna razón, eso le produjo a Rodrigo una leve incomodidad en el pecho.