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Solo su cuerpo la desea

Solo su cuerpo la desea

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor a primera vista
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.

Hasta que la ve a ella.

Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.

De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.

Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.

¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?

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Capítulo 13

Capítulo 13. Merezco algo bueno

Fernanda llegó por ella en su coche, puntualísima, tocando el claxon dos veces desde la esquina para no meterse a la colonia con ese carro que llamaba la atención como un anuncio de neón.

—¡Súbete, comadre, que hoy te secuestro! —gritó por la ventanilla, con los lentes de sol en la cabeza y una sonrisa de oreja a oreja.

Lucía se subió, y en cuanto cerró la puerta y el aire acondicionado la envolvió, sintió que dejaba atrás algo más que una calle. Fernanda arrancó, se metió al tráfico como quien baila, y empezó a hablar sin freno, que era su manera de querer.

—A ver, cuéntame. ¿Ya firmaste lo del departamento? Porque yo te dije: de esa casa te sales, aunque sea a un cuarto de azotea. Y si te falta para el depósito, yo te presto y ni me lo pagas, faltaba más. Para eso están las amigas, no para andarse haciendo del rogar.

—Fer, no te voy a quitar dinero.

—No me lo quitas, te lo doy. Es distinto. —Fernanda la miró un segundo, seria por primera vez—. Óyeme, Lucía. Llevo años viéndote cargar a esa familia en la espalda. Años. Y nunca te he oído pedir nada para ti. Ni una sola vez. Así que hoy te callas y me dejas consentirte, ¿estamos?

—Estamos —cedió Lucía, con una risita rendida.

—Además —siguió Fernanda, cambiando de carril sin poner la direccional, como toda buena chilanga—, ya era hora de que te movieras. Yo te lo dije desde que gané la beca y me fui de mi casa: una no sabe lo que pesa la familia hasta que se la quita de encima. De repente respiras. De repente el aire sabe distinto. Ya vas a ver.

—Es que tú tenías a dónde ir, Fer. Tu familia te apoyó.

—Y tú te lo estás construyendo sola, que tiene más mérito. —La miró de reojo, con un cariño feroz—. Deja de compararte hacia abajo, comadre. Tú vales oro y todavía no te lo crees.

Lucía se quedó callada, con los ojos un poco húmedos, mirando la ciudad pasar por la ventanilla. No supo qué contestar a eso. En su casa, la comparación siempre era hacia abajo: nunca hacías lo suficiente, nunca dabas lo suficiente. Oír a alguien decir lo contrario, así, de pasada, entre bocinazos, le movió algo por dentro.

Llegaron a un restaurante que Lucía solo habría mirado desde afuera. Manteles de verdad, meseros de saco, una carta sin precios a la vista porque, como dijo Fernanda muerta de risa, "si preguntas cuánto cuesta, no es para ti, y hoy sí es para ti". Pidió por las dos: entradas, lo más rico del menú, agua de jamaica en copa como si fuera vino.

Lucía miró alrededor con un pudor que no lograba disimular. Se acomodó la blusa, revisó de reojo que sus zapatos gastados no se notaran debajo de la mesa, y por un instante volvió a sentirse la de siempre: la costurera que no encajaba, la que estaba de prestado en un mundo que no era el suyo.

—Deja de hacer eso —le dijo Fernanda, sin levantar la vista del menú.

—¿Qué cosa?

—Encogerte. Lo haces cuando entras a un lugar bonito. Como si pidieras permiso para existir. —La miró por encima de la carta—. Tú perteneces aquí igual que cualquiera de estos. Más, porque tú sí sabes hacer algo con las manos. La mitad de los que están aquí solo saben heredar.

Lucía se rio, sorprendida, y se dio cuenta de que, en efecto, había estado encogiéndose. Enderezó despacio la espalda.

—Hoy comes rico —dijo, extendiendo la servilleta sobre las piernas de Lucía como si fuera su mamá—. Y sin culpa. Nada de "ay, es mucho, ay, no debería". Te lo mereces. Punto.

Te lo mereces.

Fueron dos palabras, nada más. Pero le cayeron a Lucía en un lugar que llevaba mucho tiempo vacío. Porque en su casa nunca le habían dicho que mereciera nada. En su casa, lo que le tocaba era lo que sobraba, cuando sobraba. Y de pronto, sentada en ese lugar bonito, con una amiga que la trataba como si fuera valiosa, algo se le acomodó por dentro con un clic silencioso.

Merezco algo bueno, pensó, probándolo con cuidado, como quien se prueba un vestido que no cree que le va a quedar. Yo también merezco algo bueno.

No solo un plato caro. Un lugar donde vivir sin miedo. Un trabajo que la hiciera feliz. Y, aunque todavía no se atrevía a nombrarlo, alguien que la mirara como la había mirado ese cliente de traje oscuro: como si fuera lo único que valiera la pena en toda una sala.

Sacudió la cabeza para espantar el pensamiento y, en cambio, se desahogó. Le contó todo a Fernanda, sin filtros, cosa que jamás hacía. Lo del enganche que había pagado y que le negaban. Lo del cuarto que le quitaban para el sobrino. Lo de las citas a ciegas con señores como Ubaldo. Lo de esa cena convertida en tribunal.

—Y lo peor —dijo, jugando con el tenedor— no es que me hayan quitado el dinero. Es que ni siquiera les da vergüenza. Lo dicen con toda la cara: "fue un regalo". Como si yo se los debiera. Como si respirar bajo su techo se pagara con todo lo que gano.

—¿Y tu papá? ¿No dijo nada?

—Mi papá dijo que estaba armando un escándalo por dinero. Que qué feo. —Lucía soltó una risa sin gracia—. Mi propio papá, Fer. Le pareció más feo que yo pidiera lo mío que ellos quedarse con lo mío.

Fernanda la escuchaba con el ceño cada vez más fruncido, apretando el tenedor, soltando de vez en cuando un "no manches" o un "esa Brenda, ganas me dan de ir a jalarle las greñas". A ratos abría la boca para opinar y la volvía a cerrar, porque entendía, con la sabiduría de las buenas amigas, que en ese momento Lucía no necesitaba consejos. Necesitaba que alguien la oyera sin cobrarle la cuenta después.

Y al final, cuando ya lo había dicho casi todo, Lucía puso en palabras lo que nunca le había dicho a nadie. Lo hizo mirando su copa, en voz baja.

—¿Sabes qué he sido para ellos, Fer? Utilería. Un objeto que paga y se calla. Mientras servía para dar, era de la familia. El día que pedí algo para mí, me volví la mala.

Fernanda dejó el tenedor. Se le humedecieron los ojos, y a ella, que todo lo tomaba a broma, se le puso la cara seria de golpe.

—Escúchame bien. —Le tomó la mano por encima de la mesa—. Se acabó. Se acabó lo de ser la utilería de nadie. De hoy en adelante, la que pague por gusto y la que se calle porque quiera, no porque la obliguen. ¿Me oíste?

—Te oí. —Lucía sonrió, temblorosa.

—Y hablando de cuidarte… —Fernanda bajó la voz, de pronto cargada de otra cosa, mirando algo por encima del hombro de Lucía—. Hay algo que te tengo que advertir. Un chisme del medio. De un cliente.

Pero no alcanzó a terminar la frase.

Porque en ese momento, por la otra punta del restaurante, entró un grupo de hombres. Y aunque Lucía, de espaldas, no volteó, Fernanda sí los vio. Y se quedó con la advertencia a medio camino, en la boca abierta.

1
Maria Elena Gomez
Bueno
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