Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 21: El camino hacia el Corazón
El camino hacia el Corazón
El sendero iluminado no era un camino natural.
Las losas de piedra negra se elevaban del polvo del Nido una tras otra a medida que Kael y Damien avanzaban, como si la voluntad de la sangre real obligara al lugar a abrirles paso. La luz ámbar que las bañaba provenía de la gema unificada en el cuello de Kael y se reflejaba en los ojos de Damien, convirtiendo a ambos en faros móviles dentro de la inmensidad oscura.
No hablaban mucho. No hacía falta. El vínculo llevaba todo: el cansancio profundo, la alerta constante, la certeza de que cada paso los acercaba a una decisión que ya no podría deshacerse. De vez en cuando Damien apretaba la mano de Kael con más fuerza, un recordatorio silencioso de que seguía allí. Kael respondía del mismo modo.
El paisaje a su alrededor cambiaba. Las ruinas se volvían más densas y más extrañas. Había arcos que no conducían a ninguna parte, escaleras que subían hacia techos inexistentes y estatuas de figuras que no eran del todo vampiros ni del todo otra cosa. Algunas de las estatuas tenían el rostro cubierto. Otras miraban directamente al camino con ojos vacíos que, por momentos, parecían seguirlos.
—Nos observan —murmuró Damien.
—Lo sé —respondió Kael—. No son los Primeros todavía. Son… ecos. Residuos de los que ya fueron destruidos o sellados. Todavía sienten la sangre real.
Una de las estatuas giró la cabeza al pasar ellos. Damien expuso los colmillos por reflejo, pero la figura no se movió más. Solo los observó hasta que la luz de la gema los dejó atrás.
El frío dentro de Kael había dejado de sentirse como una invasión. Ahora formaba parte de su centro. Le permitía pensar con una claridad cortante, sin el ruido del pánico que antes lo habría paralizado. Pero también le robaba algo. Cada vez que miraba a Damien y sentía la oleada de posesión y necesidad a través del vínculo, una parte de él se preguntaba cuánto de esa emoción seguía siendo completamente humana y cuánto era ya la sangre real hablando.
Damien lo notó. Por supuesto que lo notó.
—Deja de analizarlo tanto —dijo en voz baja, sin mirarlo—. Sientes lo que sientes. Yo lo siento contigo. Eso es suficiente.
Kael asintió. No había forma de discutir con esa verdad.
Después de un tiempo que pudo haber sido una hora o un día, el camino comenzó a descender en una espiral amplia. El aire se volvió más denso. Más antiguo. El olor a poder concentrado era tan fuerte que casi se podía morder. Damien se detuvo un segundo y cerró los ojos, extendiendo los sentidos.
—Estamos cerca. El Corazón está justo debajo. Y no está solo.
Kael ya lo sabía. A través de la gema podía sentir una presencia inmensa, quieta, esperando. No tenía la misma rabia de la entidad colosal que habían destruido. Era más fría. Más paciente. Como un juez que lleva siglos escuchando pruebas.
La espiral terminó frente a un lago de un líquido negro y quieto. No reflejaba la luz de la gema. La absorbía. En el centro del lago se elevaba una isla de piedra lisa, y sobre ella… un trono. No era el trono sencillo de la cámara de la reina. Este era enorme, tallado directamente en la roca viva, y estaba ocupado.
La figura que lo ocupaba no se parecía a nada que hubieran enfrentado. Era de una belleza terrible: alta, andrógina, con piel del color de la obsidiana y cabello blanco que flotaba como si estuviera bajo el agua. Sus ojos eran completamente ámbar, sin pupila ni blanco. Cuando habló, la voz resonó dentro de sus cabezas y en el aire al mismo tiempo.
—Al fin. La sangre que lleva el veneno y el ancla que aceptó pagar el precio.
Damien se colocó un paso delante de Kael, aunque ambos sabían que la protección física ya no era lo más importante.
—¿Quién eres? —preguntó el alfa.
La figura sonrió con lentitud.
—Soy el Primero que nunca fue sellado. El que la reina no pudo alcanzar. El que esperó. Pueden llamarme como quieran. Yo solo soy el que hará la pregunta final.
Se levantó del trono. Al hacerlo, el lago negro se agitó, aunque no había viento.
—Os he observado desde que el omega despertó la primera gota de poder. Vi cómo el Voss lo reclamó. Vi cómo el vínculo se completó. Vi cómo bebió el veneno. Y ahora están aquí, en el umbral de mi dominio, creyendo que todavía tienen opciones.
Kael dio un paso al frente, colocándose a la altura de Damien.
—Las tenemos. La reina nos las mostró.
El Primero inclinó la cabeza, interesado.
—La reina era sentimental. Siempre dejó puertas abiertas. Yo no. Aquí solo hay dos caminos reales, sangre de su sangre. El primero: me reconoces como soberano de lo que queda de los antiguos, me entregas el poder de la gema y el veneno residual, y te dejo vivir como mi heraldo en el mundo de arriba. Tu Voss podrá acompañarte… bajo mi control.
Damien gruñó bajo. El vínculo se llenó de una negativa feroz.
—El segundo camino —continuó el Primero, ignorando la reacción—: intentan sellarme. Usan todo lo que tienen, el vínculo absoluto, el veneno, la sangre real unificada… y se convierten en el muro eterno. Desaparecen de la historia. El Nido se cierra. El mundo de arriba sigue su patética existencia un poco más. Y ustedes dos… quedan atrapados entre el latido de un segundo y el siguiente, conscientes, juntos, y sin posibilidad de regreso.
Kael sintió que el peso de esas palabras se posaba sobre sus hombros. A través del vínculo buscó a Damien. El alfa ya lo estaba mirando. No había miedo en él. Solo una determinación quieta y absoluta.
—No vamos a entregarte nada —dijo Kael con voz clara.
El Primero sonrió. La expresión era casi amable.
—Entonces solo queda el sello. Pero hay un detalle que la reina no te contó, pequeño heredero. Para cerrar el Nido de forma permanente se necesita más que poder y veneno. Se necesita el consentimiento completo de ambos. No solo la voluntad de pelear. La voluntad de dejar de existir como individuos. Si uno de los dos duda aunque sea un segundo… el sello fallará. Y yo me quedaré con lo que quede de ustedes.
El lago negro comenzó a elevarse alrededor de la isla, formando paredes de líquido oscuro. El espacio se cerraba.
Damien tomó el rostro de Kael con ambas manos, obligándolo a mirarlo solo a él.
—Escúchame —dijo con voz baja y urgente—. Yo ya elegí. Desde el momento en que te marqué en ese callejón. Desde que bebí tu sangre y te ofrecí la mía. Desde que crucé cada puerta detrás de ti. Si el precio es quedarme atrapado contigo por la eternidad… lo pago. Sin dudarlo. La pregunta es si tú puedes decir lo mismo sin que el frío que ahora llevas dentro te haga dudar.
Kael sostuvo su mirada. El vínculo estaba completamente abierto. No había secretos. Damien podía sentir cada rincón de lo que quedaba de él: el miedo, la posesión, el amor oscuro y absoluto que había crecido entre ellos, y también el vacío que el veneno había dejado donde antes había más humanidad.
Pero en el centro de todo eso… estaba la certeza.
—No dudo —respondió Kael—. No de ti. No de esto. Si tenemos que convertirnos en el muro… lo hacemos juntos. Y si hay que pelear hasta el último segundo antes de sellar… también.
Damien apoyó la frente contra la de él. Un segundo. Solo un segundo. Luego se separó y se giró hacia el Primero.
—Ya oíste la respuesta.
El Primero extendió ambos brazos. El lago negro se elevó como un tsunami congelado a su alrededor. Su voz llenó el Nido entero.
—Entonces demostradlo. Sobrevivid a lo que soy. Y cuando no os quede nada… intentad el sello. Veremos si vuestra voluntad es tan absoluta como pretendéis.
El líquido negro se lanzó hacia ellos.
Damien y Kael no retrocedieron. El poder del vínculo y de la sangre real se expandió a su alrededor en un escudo imperfecto. El impacto fue como ser golpeados por un océano de vacío. Ambos fueron empujados hacia atrás, los pies derrapando sobre la piedra. El frío dentro de Kael respondió con violencia, empujando el veneno residual hacia fuera en forma de lanzas de luz negra y ámbar.
El combate verdadero por el Corazón del Primero… había comenzado.