Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14
...Nina....
El lobby del hotel olía a desinfectante barato y a café recalentado. Eran las once de la noche y yo cargaba el peso de una ventana, un escape ridículo y la certeza de que Santiago Reverte guardaba gotas de camelia en su maletín de vuelo.
Camila me esperaba en uno de los sillones cerca de la recepción, con mi mochila entre las piernas y su celular pegado a la cara.
—¿Y esa cara? —dijo sin levantar la vista—. Pareces gato mojado.
—No preguntes.
—Ya pregunté.
Me dejé caer a su lado. Tenía el pelo húmedo, los brazos raspados por el marco de la ventana, y una pregunta masticándome por dentro que no iba a soltar todavía. Camelia. Gotas de camelia. El chico del laboratorio de química que me prestó colirio cuando se me irritaron los ojos en segundo año. El que nunca me dejó ver su cara porque yo tenía los ojos cerrados, hinchados, llorando como idiota.
—Dame mi mochila —dije—. Necesito revisar el material de mañana.
Camila la empujó hacia mí con el pie.
—Oye, un tipo raro estuvo merodeando por aquí hace rato. Le dije que se largara.
—¿Qué tipo?
—Uno borracho. O haciéndose el borracho. Quién sabe.
No le di importancia. Abrí la mochila, saqué la laptop, la puse sobre mis rodillas. Encendí. La pantalla parpadeo con normalidad. Los archivos del dron estaban ahí: doscientos gigas de tomas aéreas del festival, la edición a medio terminar para el cliente de Oaxaca, el video que le debía a mis seguidores desde hacía cuatro días.
—Voy al baño —dijo Camila—. No te muevas.
Se fue.
Yo me quedé ahí, con la laptop abierta, repasando la línea de tiempo del video. Tenía hasta mañana a mediodía. Podía lograrlo si no dormía.
El golpe vino de atrás.
Una mano enorme me arrancó la laptop de las piernas. La correa de la mochila se enganchó en mi muñeca y me jaló hacia adelante. Caí del sillón. Vi una espalda ancha, una chamarra oscura, el tipo tambaleándose como si tuviera tres botellas encima.
—¡Oiga! —grité—. ¡Mi computadora!
El hombre tropezó. La laptop se le resbaló. Cayó contra el piso de mármol con un crujido que me heló la sangre. La pantalla se partió en diagonal. El tipo pateó la mochila y siguió caminando hacia la salida como si nada hubiera pasado.
Me quedé de rodillas en el piso, con los pedazos de mi pantalla entre las manos.
La recepcionista se asomó.
—¿Señorita, se encuentra bien?
No me encontraba bien. Tenía doscientos gigas de trabajo en un disco duro que ahora sonaba como maraca. Tenía un cliente esperando. Tenía seguidores preguntando dónde estaba el video prometido. Tenía las rodillas ardiendo contra el mármol frío.
Camila volvió corriendo.
—¡¿Qué pasó?!
—Mi laptop —fue lo único que pude decir.
Se agachó a mi lado. Vio la pantalla rota, el marco torcido, la bisagra reventada.
—Hija de su... ¿el borracho?
Asentí.
—Te dije que estaba raro. ¡Le dije a la recepcionista y no hizo nada!
Camila empezó a gritar. Yo dejé de escucharla. Estaba haciendo cuentas en mi cabeza: cuánto costaba una laptop nueva, cuánto tiempo tomaba recuperar archivos de un disco duro dañado, cuántas horas me quedaban antes de que el cliente cancelara el contrato.
Los números no cuadraban de ninguna manera.
Mi celular vibró veinte minutos después. Estaba sentada en el piso del pasillo del cuarto piso, con la laptop muerta envuelta en una toalla como si fuera un animalito atropellado.
Julián Ríos.
«Nina, Camila me contó lo que pasó. Qué horror. Oye, yo tengo mi MacBook aquí, es la de edición, tiene todo: Premiere, DaVinci, todo. Si quieres baja a mi cuarto y edita lo que necesites. Estoy en el 814.»
Miré el mensaje. Miré la laptop muerta. Miré el techo.
Otro mensaje:
«Es en serio. No me molesta. Puedo salir un rato si te incomoda que esté ahí.»
Camila leyó por encima de mi hombro.
—Ni se te ocurra.
—Tengo un deadline mañana.
—Edita en el celular.
—¿Doscientos gigas de footage aéreo en el celular, Camila? ¿Con qué app? ¿Con CapCut?
—Pues busca un café internet.
—Son las once y media de la noche.
—Entonces mañana temprano.
—Mañana a mediodía se vence el plazo.
Camila me miró con esa cara que ponía cuando sabía que tenía razón pero no le gustaba.
—A Julián le conviene esto —dijo—. ¿No lo ves? Se le rompe tu compu justo cuando él está aquí. Te ofrece su cuarto de noche. Es una trampa con moño.
Yo también lo pensé. Pero pensar no me devolvía los archivos.
—Tengo el respaldo en la nube —dije—. Solo necesito una máquina con software. Bajo, exporto, me voy.
—Voy contigo.
—Tú tienes vuelo a las seis de la mañana.
—No me importa.
—Camila. Duérmete. Puedo manejar a Julián Ríos con los ojos cerrados.
Eso era mentira. Pero era una mentira necesaria.
...Santi....
Aterricé en base a las nueve de la noche. Protocolo post-vuelo, entrega de documentación, firma del libro de registro. Lo hice todo en automático. Seguía viendo el baño vacío, la ventana abierta, la cortina moviéndose con el viento. Se fue por la ventana. Tercer piso. Se fue por la ventana para que Julián no la viera salir de mi cuarto.
El celular sonó cuando estaba guardando mi maleta en el auto.
Marcos.
—Hermano —su voz tenía ese tono que usaba antes de dar malas noticias en el campo—. Siéntate.
—Estoy parado.
—Siéntate igual.
—Habla, Marcos.
—Le rompieron la computadora a Nina. Un supuesto borracho en el lobby. Camila dice que el tipo ya estaba ahí cuando ella llegó, como esperando.
Me quedé quieto. La llave del auto en la mano.
—¿Está bien?
—Ella sí. La laptop no. Y ahora viene lo bueno: Julián le ofreció su computadora para que edite. En su cuarto. De noche.
Silencio.
—Santi. ¿Sigues ahí?
—Sigo.
—La cosa es que Nina tiene un deadline mañana y no tiene equipo. Camila intentó frenarla pero tú conoces a Nina. Es capaz de editar video en una calculadora si le da la gana.
—¿En qué hotel está Julián?
—En el mismo. Piso ocho.
Apreté la llave hasta que el metal me mordió la palma. Calculé distancias. Calculé horarios. El último vuelo comercial salía a las diez cuarenta. Si manejaba al aeropuerto civil en veinte minutos, si había asientos disponibles, si no había retrasos...
—No —dijo Marcos, adivinándome—. No, no, no. Acabas de volar ocho horas. No puedes subirte a un avión comercial ahora mismo. Santi. Santi, escúchame...
—¿Tienes algún conocido en la ciudad que pueda prestar una laptop con software de edición?
—¿A las once de la noche? Déjame ver... puede que Fermín, el del taller de video. Pero va a tardar.
—Consíguelo. Yo voy para allá.
—¡Acabas de llegar! ¡Vas a tomar un vuelo comercial después de un turno completo! ¡Eso va contra el manual de...!
Colgué.
Manejé al aeropuerto. Compré el último asiento en el último vuelo. Ventanilla. Clase turista. Las rodillas contra el asiento de adelante. El uniforme todavía puesto porque no tuve tiempo de cambiarme.
La azafata me reconoció.
—¿Capitán Reverte? ¿Va de pasajero?
—Sí.
—¿Quiere que le consiga un lugar en primera?
—No. Gracias.
Me senté. Cerré los ojos. El avión despegó y yo pensé en una ventana abierta en un tercer piso y en lo fácil que habría sido resbalar.
Marcos me esperaba en el aeropuerto con una bolsa negra.
—Fermín dice que la devuelvas antes del jueves. Tiene Premiere y DaVinci instalados. La contraseña es "dron2025", todo junto, sin mayúsculas. —Me miró de arriba abajo—. Sigues de uniforme.
—No tuve tiempo.
—Pareces sacado de una película mala.
—La laptop.
Me la dio. La metí en mi maletín de vuelo. Marcos caminó a mi lado por el estacionamiento.
—¿Cuál es el plan? —preguntó—. ¿Llegas, le tocas la puerta, le dices "hola, mi esposa secreta, te traje una computadora porque me muero de celos"?
—Tú se la mandaste. Un amigo tuyo la prestó. Tú no pudiste ir porque tenías algo urgente y me pediste que la llevara.
Marcos se detuvo.
—Eso es lo más patético que me has dicho en veinticinco años de amistad.
—¿Funciona?
—No. Pero ella va a necesitar la laptop, así que va a aceptar la historia aunque no le crea. —Suspiró—. ¿Sabes que vuelas mañana a las siete?
—Sé.
—¿Que son las doce y cuarto de la mañana?
—Sé.
—¿Que no vas a dormir nada?
No contesté. Marcos se pasó la mano por la cara.
—Vete. Antes de que me arrepienta de ayudarte.
...Nina....
Estaba acostada en la cama editando un clip de treinta segundos en la pantalla del celular. Los dedos me dolían. La resolución era un chiste. Camila roncaba en la cama de al lado con el antifaz puesto y los audífonos de cancelación de ruido que la hacían inmune al apocalipsis.
Tres golpes en la puerta.
Miré la hora. Doce y media de la noche.
Me levanté. Pegué el ojo a la mirilla.
Santiago Reverte. Uniforme de capitán. Azul oscuro, charreteras doradas, camisa blanca impecable, corbata perfectamente anudada. El maletín de vuelo en una mano. Una bolsa negra en la otra. Ojeras como trincheras.
Abrí.
Él me miró un segundo. Dos. Tres. Como si estuviera verificando algo. Como si necesitara confirmar que yo estaba ahí, en mi cuarto, y no en el octavo piso.
—Marcos te manda esto —dijo. Su voz era grave y pareja, como siempre. Como si no pasara nada. Como si fuera perfectamente normal que un piloto apareciera a medianoche en otro estado, todavía de uniforme, para entregar una laptop—. Se la pidió a un amigo. Tiene software de edición. La contraseña es "dron2025".
Me tendió la bolsa.
La tomé. Pesaba. Adentro había una laptop plateada, usada pero en buen estado. La saqué. La abrí. Premiere Pro. DaVinci Resolve. Pantalla calibrada.
Lo miré.
—¿Marcos te pidió que vinieras a esta hora?
—Tenía algo urgente. No podía venir él.
—¿Y tú no volaste hoy?
—Ya terminé mi turno.
—Tu turno termina en otra ciudad.
Silencio. Santiago no se movió. No cambió la expresión. Pero algo en sus ojos —algo diminuto, casi imperceptible— se tensó.
—Había un vuelo conveniente —dijo.
—¿Un vuelo conveniente a las diez de la noche para traer una laptop?
—Marcos insistió.
Nos miramos. Él en el pasillo, yo en el marco de la puerta, la laptop entre los dos como una excusa con teclas y pantalla. Yo sabía que estaba mintiendo. Él sabía que yo sabía. Pero ninguno de los dos iba a decirlo.
—Gracias —dije.
—De nada. Buenas noches.
Se dio la vuelta.
—Santiago.
Se detuvo. No volteó. Solo ladeó la cabeza, apenas, como los pilotos cuando escuchan algo en la frecuencia.
—¿Por qué tienes gotas de camelia en tu maletín de vuelo?
Ahora sí volteó. Despacio. Su cara no cambió pero sus manos sí: el puño izquierdo se cerró una fracción de segundo antes de relajarse.
—Ojos secos —dijo—. Pasan muchas horas en cabina. Aire presurizado.
—Hay diez marcas de gotas para ojos secos. Esas son de camelia. Son difíciles de conseguir.
—Me las recomendaron.
Otra mentira. Otra mentira cuidadosamente construida que se sostenía sola si no la mirabas de cerca. Pero yo había empezado a mirar de cerca.
—Descansa, Nina —dijo—. Tienes un deadline.
Se fue por el pasillo. Escuché sus pasos: firmes, regulares, de piloto acostumbrado a caminar sobre nubes.
Cerré la puerta. Me senté en la cama con la laptop prestada sobre las piernas. La encendí. Funcionaba perfectamente.
Empecé a editar. Pero cada tres minutos miraba la puerta.
...Santi....
No fui a mi cuarto. No tenía cuarto. No había reservado nada.
Me senté en el piso del pasillo, a cuatro metros de la puerta de Nina. El suelo estaba frío. El pasillo estaba vacío. La iluminación era esa cosa mortecina de los hoteles baratos a la una de la mañana.
Saqué un cigarro. Lo encendí. Le di una fumada larga.
Me preguntó por las gotas de camelia. Me preguntó. Eso significaba que las encontró en el baño, cuando se escondió, cuando revisó mi maletín. Lo cual significaba que ahora sabía que yo las cargaba. Lo cual significaba que faltaba un solo paso para que conectara el maletín con el laboratorio de química y el laboratorio de química con el chico que nunca le dejó ver la cara.
Un solo paso.
El cigarro me quemó los dedos. Lo apagué contra la suela del zapato.
Pensé en lo que hice hoy. Volé ocho horas. Manejé al aeropuerto. Compré un boleto con la tarjeta de crédito. Me subí a un avión de pasajero con el uniforme puesto, con las rodillas contra el asiento, con el orgullo en el piso. Crucé el país para traer una laptop prestada. Porque Julián Ríos la invitó a su cuarto de noche.
Marcos tenía razón: era patético.
Me recargué contra la pared. Cerré los ojos. Escuché, a través de la puerta, el sonido casi inaudible de una edición de video: clics, pausas, el arrastre de un cursor en una línea de tiempo.
Estaba trabajando. Estaba bien. Estaba en su cuarto.
A las dos y cuarto escuché pasos en el pasillo. Abrí los ojos.
Julián Ríos. Caminaba con esa seguridad de escenario que nunca se le quitaba, ni siquiera en un pasillo de hotel vacío. Llevaba el pelo suelto. La chamarra de cuero que usaba en sus fotos de prensa. Olía a colonia cara.
No me vio. Yo estaba sentado más allá de la curva del pasillo, en el tramo oscuro donde la luz del techo estaba fundida.
Se detuvo frente a la puerta de Nina. Tocó tres veces. Suave. Tocó otra vez.
Nada.
Sacó el celular. Le mandó un mensaje. Esperó. Pegó la oreja a la puerta. Nada. Se habrá quedado dormida sobre la laptop, pensé. Con los dedos todavía en el trackpad, la línea de tiempo abierta, el cursor parpadeando.
Julián se grabó un audio. Lo escuché desde donde estaba porque el pasillo magnificaba los sonidos.
—Nina, soy yo. Vi lo de tu compu. Mañana te presto la mía sin falta, ¿dale? Avísame cuando despiertes.
Guardó el celular. Se quedó un momento más frente a la puerta. Luego se fue.
Lo vi alejarse por el pasillo. Cada paso suyo era un alivio que me aflojaba los huesos. Esperé hasta que dobló la esquina. Hasta que escuché el elevador. Hasta que escuché las puertas cerrarse.
Entonces solté el aire.
Me quedé ahí. El piso frío, la espalda contra la pared, el uniforme arrugándose de una manera que mi copiloto no me iba a perdonar mañana. En seis horas tenía que estar en el aeropuerto. En siete, en cabina. En ocho, a doce mil metros de altura con trescientas personas detrás de mí confiando en que había dormido lo suficiente.
No me moví.
Porque al otro lado de esa puerta, Nina Salcedo dormía sobre una laptop que yo le traje, y no sobre la computadora de Julián Ríos, y no en el cuarto de Julián Ríos, y no cerca de Julián Ríos.
Y eso era suficiente.
Encendí otro cigarro. Lo fumé hasta el filtro. Cuando lo apagué, el pasillo estaba completamente en silencio.
Me quedé hasta que la luz del amanecer se coló por la ventana del fondo del corredor. Entonces me levanté, me sacudí el uniforme, agarré mi maletín y caminé hacia el elevador.
Tenía un avión que volar.
—————————————————————————————————