El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.
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Capítulo XXI Falso arrepentimiento
Punto de vista de Victoria
Estaba concentrada revisando la proyección de costos del proyecto Onetto cuando tres golpes suaves en la puerta interrumpieron mi lectura. Antes de que pudiera dar la orden de entrar, la puerta se abrió lentamente.
No era Adriana. Era Selene.
En lugar del rostro altanero, la barbilla levantada y la mirada cargada de veneno a la que me tenía acostumbrada desde que éramos niñas, mi hermana cruzó el umbral con la cabeza sutilmente inclinada, los hombros caídos y una expresión de pesadumbre tan ensayada que me provocó una punzada de desconfianza instantánea.
—Victoria... ¿puedo hablar contigo un momento? —preguntó con una voz suave, casi tímida, que sonaba ridícula en sus labios.
Apoyé los bolígrafos sobre el escritorio y me eché hacia atrás en mi sillón, cruzando los brazos sobre el pecho. La sorda molestia en mi vientre amenazaba con volver, pero me obligué a mantener la postura impecable.
—Si vienes a discutir por la junta del consejo, Selene, te sugiero que te ahorres el aliento —dije con frialdad—. Don Aurelio Castañeda ya firmó la alianza y no hay nada que tú o mi madre puedan hacer para revertirlo.
Selene dio unos pasos hacia mí y cerró la puerta con delicadeza. Sacudió la cabeza despacio, dejando ver unos ojos sospechosamente húmedos.
—No vengo a pelear por la firma, ni por la junta, ni por las acciones —murmuró, deteniéndose al otro lado de mi escritorio—. Vengo a pedirte perdón.
Solté una risa breve y amarga.
—¿Perdón? ¿Tú? —la miré fijamente, buscando la trampa en sus facciones—. Selene, nos conocemos de toda la vida. Hace menos de veinticuatro horas intentaste derrocarme frente a todo el consejo directivo y me vendiste a la prensa. No me vengas con discursos dramáticos.
—Sé cómo suena, Victoria, y sé que me merezco tu desprecio —interrumpió, dando un paso más y apoyando las manos temblorosas sobre el borde de la madera—. Pero he estado pensando mucho desde ayer. Mamá me ha estado presionando para actuar en tu contra, llenándome la cabeza de amargura. Me di cuenta de que estamos destruyendo lo único que nos queda como familia por un orgullo estúpido.
Escuchar el nombre de mi madre en sus labios me hizo entornar los ojos.
—No quiero que estemos distanciadas —continuó Selene, esforzándose por sostener una mirada de supuesta culpa—. Trabajas demasiado, te ves agotada y me di cuenta de que te he dejado sola con toda la carga de la empresa. Si vas a llevar a cabo la fusión con Sebastián Alarcón... quiero apoyarte. Quiero ayudarte en la transición para que no tengas que destruirte la salud trabajando dieciséis horas al día.
Me quedé estudiando su actitud en absoluto silencio durante diez segundos que parecieron eternos.
Mi mente, afilada por años de traiciones familiares, detectó la inconsistencia de inmediato. Selene no cambia de la noche a la mañana; no posee la capacidad empática para arrepentirse de nada. Sin embargo, en mi estado actual, sabiendo que mis días estaban contados y que no me quedaba energía para mantener dos frentes de guerra abiertos, la perspectiva de una Selene dócil era un recurso que podía explotar a mi favor.
—Si esto es otra de tus jugadas para intentar acceder a los archivos del proyecto Onetto, te advierto que no vas a lograr nada —sentencié con voz pausada.
—No es una jugada, te lo juro por la memoria de nuestro padre —dijo, usando el único chantaje emocional que sabía que me tocaba las fibras sensibles—. Solo déjame demostrarte que puedo ser la hermana que necesitas a tu lado. Si necesitas delegar revisar informes, si necesitas que me encargue de las reuniones secundarias... aquí estoy.
Me puse de pie lentamente, ajustándome el saco del traje para no delatar la fragilidad de mi cuerpo.
—Está bien, Selene —respondí, clavándole una mirada que la hizo dar un paso atrás—. Voy a aceptar tu tregua. Empezarás revisando los anexos secundarios del contrato de Alarcón Corp. Pero a la primera sospecha de filtración o jugada sucia, te dejo fuera de la firma definitivamente y sin derecho a réplica.
—No te vas a arrepentir, Victoria. Te lo prometo —dijo, esbozando una sonrisa tibia que no llegó a tocarle los ojos.
Dio media vuelta y salió de la oficina a paso firme. Cuando la puerta se cerró, me dejé caer de nuevo en el sillón, soltando un suspiro cargado de cansancio. No le creía ni una sola palabra. Sabía que detrás de esa rendición incondicional había una sombra, pero en mi reloj imaginario de noventa días, no tenía tiempo para adivinar qué maquinaban ella y Catalina.