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Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Status: En proceso
Genre:Niñero / Padre soltero / Madre por contrato / La Vida Después del Adiós / Reencuentro
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

"¿Tú sigues viva?"

El primer día como mamá oficial —ya no de prueba, sino con contrato firmado y mudanza completa a Hacienda Nocedal, con mi ropa colgada en un clóset que olía a madera de cedro— empezó con Leo peleándose con sus calcetines, convencido de que las costuras le raspaban de un modo insoportable, y Luna negándose a soltar mi mano ni para desayunar, comiendo su pan con una sola mano mientras con la otra se sujetaba de mi manga.

Los llevé al Colegio Estrella con el corazón todavía flotando en una nube extraña, entre el vértigo y algo parecido a la felicidad. Tres meses. Puedo hacer esto tres meses, me repetía, aunque una parte de mí ya sospechaba que la cuenta no iba a durar tanto tiempo intacta.

En la entrada del colegio, entre el bullicio de mamás con vasos de café para llevar y niños arrastrando mochilas más grandes que ellos mismos, la vi.

Una mujer de maquillaje pesado, vestida con una elegancia que rozaba lo excesivo para un martes cualquiera, que se acercaba con la sonrisa ya puesta, la sonrisa de quien ha ensayado su papel de "tía cariñosa" demasiadas veces frente al espejo. Se detuvo en seco al verme, a medio paso, como si hubiera chocado contra un cristal invisible.

La sonrisa se le cayó de la cara como si alguien se la hubiera arrancado de un tirón.

—¿Tú… —susurró, con los ojos abiertos de par en par, el color huyéndole del rostro hasta dejarla casi tan pálida como su blusa—. Tú sigues viva?

¿Qué?

—Perdón, ¿nos conocemos? —pregunté, genuinamente desconcertada, dando un paso hacia ella sin pensarlo.

Ella no respondió. Retrocedió un paso, luego otro, con la respiración entrecortada, la mano izquierda apretando el bolso contra el pecho como un escudo, y antes de que pudiera insistir, dio media vuelta y prácticamente corrió hacia su auto, los tacones repiqueteando en un ritmo desesperado, dejando atrás el eco de su huida sobre el pavimento.

—Ésa es Camila —me informó Luna, sin darle mayor importancia, tironeando de mi mano hacia la entrada del colegio igual que si aquella escena fuera parte del paisaje habitual—. Viene a veces. No nos gusta. Tiene la boca muy roja.

Camila. El nombre me sonó a algo, un eco sin forma, como una palabra que se dice en sueños y se olvida al despertar, dejando solo la sensación de haberla oído antes, en algún lugar de ese hueco negro que era mi memoria. Sacudí la cabeza. No había tiempo para acertijos: un niño de la clase de Leo, gordito y con cara de sobrado, se había acercado a burlarse de los zapatos de Luna, señalándolos con un dedo mientras otros niños reían.

—Tus zapatos son de niña pobre —canturreó, con esa crueldad limpia y despreocupada que solo tienen los niños que nunca han pasado hambre.

—Y tú tienes la boca más grande que el cerebro —le dije, cortante, plantándome frente a él con toda la autoridad que pude reunir en ese instante—. Ella es mi hija ahora, y si vuelvo a oírte decirle algo así, hablo con tu maestra y con tus papás. ¿Entendido? Clarito y sin peros.

El niño se quedó pasmado, la boca todavía abierta a medias. Leo, a mi lado, sonrió con una satisfacción tan orgullosa, tan enorme para su carita, que me arrancó una carcajada a pesar de todo.

—¡Dijo que somos tus hijos! —exclamó, feliz, en cuanto nos alejamos, brincando a mi lado.

Se me salió sin pensar. Y sin embargo, no me arrepentí de haberlo dicho ni un segundo, aunque el pecho se me apretó de un modo nuevo, mitad ternura, mitad advertencia.

Antes de subir al auto, alcancé a ver a la maestra de Leo cuchicheando con otra madre cerca de la reja, ambas mirándome de reojo con esa curiosidad disfrazada de amabilidad que ya empezaba a reconocer. Fingí no notarlo. Tenía práctica en eso: fingir que las miradas ajenas no me pesaban, aunque siempre lo hicieran.

—◆—

El regreso a Hacienda Nocedal debía tomar veinte minutos. Íbamos a la mitad del camino, con Leo cantando desafinado una canción que se había inventado sobre la marcha y Luna dormitando contra mi brazo, la cabeza pesada de sueño, cuando noté el auto negro que llevaba tres cuadras siguiéndonos con demasiada paciencia, manteniendo siempre la misma distancia, doblando exactamente cuando yo doblaba.

No es coincidencia.

Aceleré, con el pulso disparándose de golpe. El auto negro aceleró con nosotros, sin esconder ya su intención. Y entonces, en la siguiente curva, otro auto idéntico apareció por delante, cerrándonos el paso con una maniobra tan calculada que solo pudo haber sido planeada de antemano.

—¡Sujétense fuerte! —grité, girando el volante con todas mis fuerzas para esquivar el impacto directo, el corazón subiéndome hasta la garganta.

Las llantas chillaron contra el asfalto. El mundo se sacudió, los vasos de agua rodando por el piso del auto. Por el retrovisor vi bajar a tres hombres de traje oscuro, con el paso decidido de quien ha hecho esto antes, sin apuro, sin miedo a ser vistos.

—Somos de la señora Renata —anunció el que iba al frente, sin apuro, como si el nombre debiera bastar para que yo entregara a los niños sin pelear, como si fuera un trámite más—. Entregue a los niños y no se hará daño. Es lo más sencillo para todos.

Renata.

El nombre me atravesó como una descarga eléctrica, un dolor sin memoria, un miedo tan profundo que no tenía origen visible pero que me subió por la columna como agua helada. No supe por qué. Solo supe que mi cuerpo entero se puso en guardia, protector, feroz, igual que si algo dormido dentro de mí hubiera despertado de pronto reconociendo ese nombre.

—Ni lo sueñe —dije, y salí del auto para plantarme entre ellos y mis hijos, con las piernas temblando pero la voz firme, la lluvia que empezaba a caer mojándome la blusa en segundos.

—No queremos hacerle daño a usted, señorita, pero tenemos órdenes claras. —El hombre dio un paso más, con las manos abiertas, en un gesto que quería parecer conciliador y solo lograba resultar amenazante—. Entréguelos por las buenas. La señora Renata puede ser generosa si usted coopera.

—¿Generosa? —Solté una risa amarga que ni yo reconocí—. No sé quién es esa mujer, no la recuerdo, pero con solo oír su nombre siento que se me hiela la sangre. Y eso, para mí, ya dice todo lo que necesito saber.

Mis hijos. La palabra me salió sola, natural como respirar, y no tuve tiempo de preguntarme por qué, ni de cuestionar la certeza absoluta con la que la sentí en la boca.

El primer hombre se abalanzó. Lo esquivé, giré, lo golpeé en las costillas con el mismo instinto que había derribado al guardia días atrás, un instinto que ya no me sorprendía tanto. El segundo intentó rodearme por detrás; alcancé a girarme justo a tiempo para bloquear su golpe con el antebrazo, aunque el impacto me hizo trastabillar contra la carrocería, un dolor sordo subiéndome desde el codo.

—¡Mamá! —gritó Leo desde dentro del auto, con Luna llorando a su lado, ambos con las caritas pegadas al cristal.

Ese grito me dio fuerzas que no sabía que tenía. Golpeé, esquivé, pateé, con la lluvia de adrenalina nublándome cualquier otro pensamiento que no fuera protegerlos, protegerlos, protegerlos, una letanía que se repetía en mi cabeza al ritmo de cada golpe.

El tercer hombre, viendo que sus compañeros no avanzaban, saltó al volante de su propio auto y lo lanzó directo contra el mío, el motor rugiendo en una aceleración brutal.

El impacto me tomó de costado. Alcancé a lanzarme hacia la puerta trasera justo cuando el cristal estalló en mil pedazos, un estruendo que llenó el mundo entero, y en ese último instante, con todo convertido en un estruendo de metal y vidrio, hice lo único que pude hacer: me arrojé sobre el asiento trasero, cubriendo con mi propio cuerpo a Leo y a Luna, mientras la lluvia de cristales caía sobre mi espalda como agujas ardientes, una por una, clavándose en la tela y en la piel.

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