Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.
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El frío de la mañana y los gritos en la calle
El sol matutino de Bogotá apenas lograba colar sus rayos a través de la densa capa de niebla y smog sobre la Avenida Caracas. Desde la ventana del apartamento 402, en la torre residencial contigua al bloque de urgencias del Hospital San José, el olor a café recién pasado solía ser el único presagio de la rutina diaria. Para Sofía y Mateo, aquella mañana de martes prometía ser como cualquier otra. Mateo revisaba unos esquemas en su laptop sobre la calibración de monitores de signos vitales, mientras Sofía terminaba de digitalizar una serie de ilustraciones para una marca local.
Llevaban cuatro años de casados, una relación cimentada en la complicidad de quien conoce los silencios del otro tan bien como sus palabras. Vivir en ese edificio tenía sus ventajas logísticas: Mateo estaba a solo unos pasos del hospital donde prestaba servicios como ingeniero biomédico contratista, y el apartamento, de techos altos y ventanales amplios, les daba una vista privilegiada del centro de la ciudad.
Sin embargo, a las 8:14 a.m., el sonido del tráfico cotidiano comenzó a mutar en algo estridente e inarmónico.
—¿Escuchaste eso? —preguntó Sofía, soltando el lápiz digitalizador.
Mateo no respondió de inmediato. Tenía la vista fija en la calle desde el balcón. Abajo, el flujo vehicular se había detenido de golpe. Sirenas de ambulancias aullaban desde varias direcciones a la vez, chocando entre sí en un eco ensordecedor. Pero lo que realmente heló la sangre de Sofía no fue el ruido metálico de las colisiones, sino los gritos humanos: aullidos desgarradores de pánico puro que trepaban por la fachada de concreto.
—Sofía, no te acerques a la ventana —dijo Mateo, con la voz anormalmente baja y tensa.
Ignorando la advertencia, ella caminó hacia él. Abajo, el panorama era desolador. Decenas de personas corrían desesperadas invadiendo el carril exclusivo del sistema de transporte masivo. Detrás de ellas, figuras de movimientos erráticos y convulsivos se abalanzaban sobre los transeúntes con una ferocidad bestial. No había intentos de robo ni discusiones; las figuras atacantes caían sobre los cuellos y rostros de quienes tropezaban, despedazando piel y tejido muscular a dentelladas puras. La sangre manchaba el asfalto frío en manchas oscuras y dilatadas.
—Tenemos que salir de aquí. Ahora mismo —sentenció Mateo, tomándola firmemente por los hombros. Su instinto biomédico y práctico tomó el control—. Si la calle está invadida, el hospital al lado debe ser un hervidero. Hay que bajar al parqueadero subterráneo o salir por la puerta posterior del pasadizo vehicular.
Tomaron sus chaquetas, los documentos de identidad, las llaves de la camioneta y dos botellas de agua. No hubo tiempo para reflexionar. Cruzaron el umbral del apartamento 402 y salieron al pasillo.
Al llegar a la zona de circulación vertical, se encontraron con el primer gran obstáculo. El conjunto contaba con dos ascensores principales en el hall central (el Ascensor A y el Ascensor B) y una escalera de emergencia de concreto en el extremo del pasillo. Llevados por el reflejo de conservación en caso de emergencias, Mateo empujó la puerta pesada de las escaleras.
Al asomarse hacia abajo, un olor nauseabundo a hierro, óxido quemado y descompresión los golpeó de lleno. El tramo de escaleras que conectaba del piso 4 al piso 3 colapsó por completo: un enorme pedazo de losa de concreto se había desprendido tras una reciente falla estructural no reparada en la cimentación del edificio contiguo, dejando al descubierto cabillas de acero retorcidas y un vacío abismal que caía en penumbras. Era imposible bajar a pie. El paso estaba totalmente bloqueado.
—No hay forma —dijo Sofía, dando dos pasos atrás, ahogando un ahogo de pavor—. Las escaleras son una trampa.
—Nos queda el elevador —respondió Mateo, arrastrándola de regreso al hall.
En la pared brillante de acero inoxidable, el botón de llamada del Ascensor A estaba encendido en luz verde. Las puertas se abrieron suavemente. Dentro, la cabina lucía iluminada y espaciosa. Sin pensarlo dos veces, subieron. Mateo presionó el botón del Nivel 1 (Vestíbulo Principal). El ascensor descendió sin problemas.
Al abrirse las puertas en la planta baja, el infierno exterior ya había roto los cristales de la fachada.