Divierte
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El viaje equivado
Un día, Doña Candelaria mandó a Don Pancracio al pueblo vecino a comprar unas semillas especiales y unos remedios para el burrito Pelusa.
—Ten mucho cuidado, Pancracio —le dijo ella, dándole el dinero bien guardado en el bolsillo—. Toma el autobús que dice "San Gabriel", no te confundas. ¡Y no te distraigas platicando!
—¡Tranquila, mujer! —respondió él, muy seguro de sí mismo—. ¡Ya soy grandecito para perderme!
Pero al llegar a la parada, había dos autobuses juntos. Don Pancracio, que andaba pensando en Doña Cleotilde y en el burrito, no se fijó bien en el letrero, subió al primero que llegó y se acomodó cerca de la ventana. Iba tan tranquilo mirando el paisaje, que se quedó dormido. Cuando despertó, miró por la ventana y no reconoció nada.
—¡Oiga, chofer! —preguntó asustado—. ¿Este es San Gabriel?
—¡No, señor! —le respondieron—. ¡Estamos llegando a San Cucufate del Valle!
—¡¿SAN CUCUFATE?! —gritó Don Pancracio, poniéndose pálido—. ¡Eso queda al otro lado de las montañas! ¡Me subí al autobús equivocado!
Bajó de un salto en cuanto el autobús se detuvo. Estaba en un pueblo que no conocía, sin saber por dónde andaba, y con muy poco dinero en el bolsillo. ¡Estaba perdido! Caminó de un lado a otro, preguntando por el camino de regreso, pero nadie le sabía indicar bien. Ya estaba anocheciendo y Don Pancracio sentía que se le iba a caer el mundo encima.
—¡Ay de mí! —se lamentaba—. ¡Qué tonto soy! ¡Candelaria me lo dijo y yo no hice caso! ¡Seguro andan todos preocupados buscándome!
De pronto, vio que por el camino avanzaba despacio una carreta de bueyes, tirada por dos bueyes grandes y tranquilos, cargada de leña y verduras. El carretero era un campesino muy amable de barba blanca.
—¿Va usted hacia el pueblo de San José? —le preguntó Don Pancracio con voz suave.
—¡Sí, joven! —le respondió el hombre—. Suba si quiere, aunque vamos muy despacio.
Don Pancracio no lo pensó dos veces. Subió a la carreta y se sentó en un lado, balanceando las piernas. Así comenzó su viaje de regreso: sin prisa, bajo las estrellas, acompañado solo por el sonido lento de las ruedas y el paso pausado de los bueyes. Iba tan lento que parecía que el tiempo se había detenido. Don Pancracio miraba el cielo y se decía: "Menos mal que estos bueyes sí saben por dónde van, a diferencia de mí".
Mientras tanto, en casa, todos estaban muy preocupados. Habían avisado a Don Filemón y Doña Filomena, a Doña Loli y Don Basilio, a los primos Toribio, Eustaquio y Chonita, y hasta el Padre Juan había ido a rezar por él. Doña Candelaria andaba de un lado a otro sin poder sentarse, llorando y diciendo:
—¡Sé que se perdió! ¡Es tan despistado como terco! ¡Pobre de mi viejo querido!
Y justo cuando ya estaba por oscurecer por completo, se escuchó a lo lejos el ruido de una carreta... ¡y una voz que cantaba desafinadamente!
—¡Ya llegó! ¡Es él! —gritó Doña Chonita.
Todos salieron corriendo. Allí venía Don Pancracio, llegando en la carreta de bueyes, todo polvoriento, con el sombrero torcido y una cara de cansado enorme, pero sano y salvo. Se bajó con dificultad y Doña Candelaria corrió a abrazarlo llorando de alegría.
—¡Perdóname, Candelaria! —le dijo él, abrazándola fuerte—. ¡Me subí al autobús equivocado y terminé en San Cucufate! ¡Tuve que venirme en carreta todo el camino! ¡Pero aquí estoy, gracias a Dios!
—¡Lo importante es que estás de vuelta! —le dijo ella, limpiándole la cara—. ¡Pero te prometo que la próxima vez te acompaño yo! ¡Para que no te vuelvas a perder!
Don Basilio se acercó y le dijo con una sonrisa:
—Veo, Pancracio, que hasta en los viajes te salen aventuras. ¡Menos mal que llegaste bien!
—¡Sí! —respondió él frotándose la espalda, que le dolía del viaje—. ¡Prefiero caminar descalzo mil veces antes que volver a tomar un autobús sin mirar el letrero! ¡Y menos mal que los bueyes van despacio, pero nunca se equivocan de camino!
Esa noche cenaron todos juntos, contando la aventura entre risas. Don Pancracio prometió que de ahora en adelante miraría tres veces antes de subir a cualquier parte. Y hasta Doña Cleotilde le pareció cacarear de alegría al ver que su dueño había regresado sano y salvo de tan largo y extraño viaje.