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La satisfacción de ser subestimada

La satisfacción de ser subestimada

Status: Terminada
Genre:Doctor / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:205
Nilai: 5
nombre de autor: Rere ernie

Ariana Montero es, a los ojos de todos, una esposa insignificante.

Su suegra la humilla en cada cena. Su esposo, Simón Valverde, la exhibe como un adorno inútil mientras pasea a su amante del brazo frente a la familia. Nadie le pregunta adónde va por las noches. Nadie sospecha que debajo del vestido sencillo y el silencio calculado se esconde una de las cirujanas cardíacas más brillantes del país.

Cuando un misterioso inversionista llamado Santiago Guerrero la recluta para dirigir un ambicioso proyecto médico, los dos mundos de Ariana comienzan a colisionar. En el hospital es la "Doctora Genio", una leyenda anónima cuyos dedos han salvado vidas que otros daban por perdidas. En casa sigue siendo la mujer a la que nadie toma en serio.

Pero los secretos tienen fecha de caducidad.

A medida que su identidad se resquebraja, Ariana descubre algo mucho más peligroso que un matrimonio roto: la muerte de sus padres —dos médicos célebres que perecieron en un supuesto accidente automovilístico— fue un asesinato orquestado por las mismas familias que hoy la rodean. Un hombre con el rostro marcado por cicatrices, un tío político con las manos sucias y una suegra cuya elegancia esconde complicidad van tejiendo un rompecabezas que lleva veinticinco años enterrado.

Entre conspiraciones familiares, traiciones inesperadas, bisturís y balas, Ariana deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para honrar la memoria de quienes le dieron la vida... y si el hombre que le ofrece protección merece también su confianza.

Porque en esta historia, ser subestimada no es una debilidad.

Es una ventaja.

NovelToon tiene autorización de Rere ernie para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

La mañana llegó con lentitud al Hospital Horizonte.

Los rayos del sol se filtraban por los amplios ventanales del corredor, proyectando una luz cálida sobre el mármol reluciente. El hospital había retomado su ajetreo habitual: médicos caminaban a paso rápido con carpetas en mano, las enfermeras entraban y salían de las habitaciones, y el sonido de los monitores médicos repicaba en varias salas.

Pero en la sala de descanso, la calma aún reinaba.

Ariana abrió los ojos poco a poco.

Durante unos segundos se limitó a mirar el techo, tratando de recordar dónde se encontraba. Tenía el cuerpo algo entumecido por haber dormido en el sofá toda la noche.

Entonces notó algo.

Una manta la cubría.

Ariana se incorporó despacio y pasó los dedos por la tela. Recordaba con claridad que la noche anterior se había quedado dormida por el agotamiento, sin tiempo siquiera de buscar algo con qué taparse. Su expresión cambió ligeramente: alguien debió entrar a la habitación.

No dijo nada, pero su instinto ya le daba la respuesta. Esa persona era... Santiago. Dobló la manta con pulcritud y se levantó para asearse.

Al salir de la sala de descanso, varios médicos que pasaban la miraron con expresiones distintas a las habituales.

Unos con admiración.

Otros con curiosidad.

Algunos visiblemente incómodos.

Los susurros empezaron a correr.

—Es ella...

—La doctora que salvó a la señora Guerrero, la madre de don Santiago, anoche.

—Dicen que ella misma elaboró el antídoto...

Ariana caminó sin prestar atención a los cuchicheos.

Ya estaba acostumbrada.

Cuando entró a la sala de observación, varios médicos se pusieron de pie con una actitud más formal de lo acostumbrado.

—Doctora Ariana —la saludó uno de ellos.

Ariana asintió brevemente.

—¿Estado de la paciente?

—Estable desde la madrugada —respondió el médico con prontitud—. No hubo ninguna reacción posterior a la toxina.

Ariana revisó el monitor médico unos instantes; las cifras en pantalla indicaban una condición mucho mejor que la de la noche anterior.

Asintió despacio.

—Continúen con la observación durante veinticuatro horas.

—Sí, doctora.

Al darse la vuelta para salir, casi chocó con Santiago. El hombre se encontraba en el umbral de la puerta, con traje impecable, como si llevara un buen rato en el hospital.

—Buenos días —dijo Santiago.

Ariana lo miró un instante.

—Buenos días.

Santiago observó el rostro de la mujer durante unos segundos.

—Dormiste en la sala de descanso.

—Sí.

—Y te levantaste sin dar las gracias.

Ariana enarcó una ceja apenas.

—¿Las gracias por qué?

Santiago esbozó una sonrisa leve.

—Por la manta.

Ariana calló unos segundos, con la misma expresión serena de siempre.

—En ese caso... gracias.

Santiago rio por lo bajo.

Caminaron juntos por el corredor del hospital. Algunas personas que los vieron volvieron a murmurar. Los rumores sobre la cercanía entre el dueño del hospital y la jefa del equipo del proyecto cobraban cada vez más fuerza.

Pero a Ariana parecía no importarle.

—Tenemos que hablar —dijo Santiago al fin.

—¿Sobre?

—El veneno de anoche.

El paso de Ariana se ralentizó un poco.

Santiago prosiguió con voz grave.

—Le pedí al equipo de seguridad que revisara las grabaciones de las cámaras de la fiesta, y... —Se volvió hacia Ariana—. Hay algo extraño.

—¿Qué?

—Unos minutos antes de que mi madre se desmayara... se ve a alguien muy cerca de la mesa de las bebidas.

Ariana lo miró fijamente.

—¿Quién?

Santiago sacó el teléfono y le mostró una imagen de la grabación. En la pantalla se distinguía la silueta de una mujer con vestido de gala, pero no la reconocieron.

—Estoy buscándola. Parece haberse esfumado sin más —dijo Santiago.

Pero antes de que pudiera agregar algo, una enfermera llegó corriendo por el pasillo.

—¡Don Santiago!

Santiago giró.

—¿Qué pasa?

La enfermera le extendió un objeto.

—Llegó un paquete al hospital... para la doctora Ariana.

Ariana frunció el ceño.

—¿Un paquete?

—Sí, doctora. El remitente... no incluyó nombre.

Minutos después se encontraban en la oficina de administración del hospital. Sobre la mesa descansaba una caja pequeña de color negro. Lucía sencilla, pero por algún motivo transmitía una sensación inquietante.

Ariana la contempló unos segundos antes de levantar la tapa con lentitud. Al abrirla, su mano se detuvo. En el interior había un collar de plata con un pequeño dije en forma de hoja.

Su respiración se entrecortó ligeramente: era el collar de su madre. El collar que creía perdido para siempre desde la tragedia de veinticinco años atrás.

Santiago percibió el cambio en su expresión.

—¿Reconoces ese objeto?

Ariana no respondió de inmediato. Sus ojos permanecieron clavados en el collar con una mirada mucho más fría que la habitual.

Dentro de la caja también había una tarjeta pequeña.

Ariana la tomó.

Solo contenía una frase:

«No puedo esperar para verte en persona.»

Sin nombre.

Ariana cerró la caja despacio.

Santiago advirtió algo en la forma en que ella miraba el objeto.

—Quien envió esto... ¿es la misma persona del mensaje misterioso?

Ariana soltó un suspiro apenas perceptible.

—No sé quién es.

Pero una cosa era absolutamente clara: esa persona conocía su pasado a fondo. Y con toda probabilidad, era el asesino de sus padres.

Ariana cerró la caja con calma; su mirada se afiló.

—Quienquiera que sea...

Dijo en voz baja:

—...está intentando provocarme.

Santiago la miró con seriedad.

—¿Qué vas a hacer?

Ariana guardó silencio. No tenía una respuesta definitiva.

Muy lejos de allí, sobre el océano, un avión privado surcaba el cielo rumbo a Japón. Kenzo permanecía de pie junto a la ventanilla, contemplando las nubes con una sonrisa apenas esbozada.

—¿Ya recibiste mi regalo, Ariana?

Susurró con un brillo extraño en los ojos. El juego de largo aliento que llevaba veinticinco años esperando... por fin comenzaba.

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