Cristine Gómez es una talentosa diseñadora de Queens que acaba de conseguir el trabajo de sus sueños. Para celebrarlo, viaja a Las Vegas con su novio, sin imaginar que él planea emborracharla para casarse por interés. En el mismo registro civil se encuentra Jacob Fernández, el frío y arrogante heredero del imperio textil Vanguard, quien asiste bajo el chantaje de su ambiciosa prometida.
Un error administrativo de la capilla, sumado a una severa resaca etílica, hace que Jacob y Cristine firmen el acta equivocada. Al despertar, están legalmente casados.
Cuando la foto del escándalo llega a la prensa de Nueva York, las acciones de la multinacional se desploman. Para salvar el imperio, Jacob obliga a Cristine a firmar un contrato de convivencia forzada y fingir que se aman ante la alta sociedad. En un ático lleno de lujo, desprecio e hilos de una pasión secreta e intensa, descubrirán que el peor error de sus vidas fue el diseño perfecto del destino.
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CAPITULO 18. LA CENA DE LA DISCORDIA
El gran comedor de la mansión de Long Island destilaba una opulencia que pretendía intimidar. Bajo una inmensa lámpara de araña de cristal de roca, la mesa estaba dispuesta para seis comensales con cubertería de plata, vajilla de porcelana fina y copas de Baccarat. El silencio que se instaló en la sala cuando Jacob y Cristine entraron cogidos de la mano fue tenso, gélido y denso.
Charles y Beatriz presidían la mesa. La madre de Jacob miró a Cristine con una mezcla de sorpresa y curiosidad aristocrática, mientras que Charles mantenía su semblante severo de director de orquesta. En el flanco opuesto, sentados uno al lado del otro, David y Sara observaban la llegada de la pareja con miradas que destilaban puro veneno corporativo.
Sara lucía un vestido de seda rojo pasión de Valentino y joyas de diamantes que captaban la luz de la sala, pero su rostro impecablemente maquillado era una máscara de absoluta humillación y rabia contenida. Ver a la chica de Queens con el vestido verde esmeralda de Vanguard Textiles, del brazo del hombre que la había chantajeado y con la alianza de plata brillando en su dedo, le revolvió la bilis.
—Buenas noches a todos —saludó Jacob con una voz profunda, gélida y segura, retirando la silla para que Cristine se sentara con una caballerosidad impecable antes de ocupar su propio lugar.
—Buenas noches… si es que se pueden llamar así —rompió el fuego Sara con una voz falsamente melodiosa, entornando sus ojos pintados con desprecio—. Debo confesar, Charles, Beatriz, que todavía estoy en shock. El lunes por la mañana abro las revistas de sociedad de Nueva York y me encuentro con que mi prometido de tres años se ha casado en una capilla de paso en Las Vegas. Y lo más divertido de todo… —añadió, clavando su mirada felina en Cristine—, es que la novia es la última diseñadora junior que ha entrado de prácticas en la empresa de mi padre.
David, el socio mayoritario de Vanguard Textiles, dejó caer los cubiertos sobre el plato con un tintineo cortante, respaldando la ofensiva de su hija.
—Es una absoluta falta de respeto para el consejo de administración, Jacob. Las acciones de la compañía han abierto a la baja esta mañana por culpa de vuestra "locura" en los casinos de Nevada. Exijo una explicación coherente antes de que la junta de accionistas del próximo mes pida tu destitución como heredero de la presidencia.
Cristine sintió el nudo en el estómago, pero en su mente resonaron con fuerza las palabras que su madre Melani le había dicho minutos antes en el coche: “Camina con la espalda recta, mírale a los ojos a esa Sara y recuerda que el apellido Gómez no se humilla ante nadie”.
La joven de Queens apoyó las manos sobre la mesa, entrelazando sus dedos con una calma que descolocó por completo a los comensales adinerados. Miró a Sara directamente a los ojos, sin parpadear.
—Señor David, señorita Sara… entiendo perfectamente su sorpresa y lamento el impacto que la portada haya podido causar en la cotización matutina de la empresa —habló Cristine con una voz clara, pausada y de una elegancia que asombró al propio Charles—. Pero etiquetar nuestro matrimonio como una "locura de casino" es un error. Jacob y yo llevamos meses manteniendo nuestra relación en el más estricto secreto dentro de la torre de diseño para evitar rumores de favoritismo o conflictos de interés mientras yo terminaba mis prácticas de fin de grado.
Sara soltó una carcajada estridente y amarga, apretando la copa de vino entre sus dedos.
—¡Por favor! ¿Meses en secreto? ¡No me hagas reír, cenicienta! Eres una muerta de hambre de Queens cuyos padres tienen una cafetería de mala muerte. ¿De verdad pretendes que este consejo se crea que Jacob se enamoró de ti entre patrones de costura? Eres solo un error borracho de una noche en Las Vegas, y Jacob ha firmado ese contrato de convivencia obligatoria porque su padre le ha puesto la espada y la pared con la sucesión. ¡Todo Nueva York sabe que tú no pintas nada en este estatus!
El insulto hacia la cafetería de sus padres encendió el orgullo de Cristine. La sumisión desapareció de sus ojos marrones, dando paso a una dignidad inquebrantable.
—El estatus del que usted habla, señorita Sara, se compra con dinero y acciones, pero el talento y la valía se ganan con esfuerzo —le espetó Cristine con una firmeza de acero que hizo que Beatriz abriera los ojos sutilmente—. Mis padres tienen una cafetería honrada en Queens con la que me han enseñado el valor del trabajo diario. Ese mismo esfuerzo es el que me llevó a graduarme con honores y a conseguir el contrato como diseñadora junior en Vanguard Textiles por mérito propio, no por un apellido heredado. Jacob no se casó conmigo por una noche de casino; se casó conmigo porque compartimos la misma pasión por la innovación textil y porque estaba cansado de la superficialidad de un compromiso que solo buscaba el control de los despachos de la Quinta Avenida. Nuestra boda en Nevada fue un impulso pasional, sí, pero legal y real ante la ley de este país.
Un silencio sepulcral cayó sobre el gran comedor. Sara se quedó completamente muda, con las mejillas encendidas por la humillación de haber sido contestada de esa manera por alguien del extrarradio. David frunció el ceño, dándose cuenta de que la chica de Queens no era el eslabón débil que esperaban triturar.
Jacob contemplaba a Cristine de reojo, y una oleada de profunda admiración y un calor salvaje le recorrieron el pecho. La chica de la sudadera gris acababa de destruir el veneno de Sara con la elegancia de una reina. Se reclinó en su silla, clavando sus ojos claros en David y en su ex-prometida, dando el golpe de gracia corporativo.
—Mi esposa ha sido muy clara, David —sentenció Jacob con una voz baja, letalmente ejecutiva—. La farsa de nuestro compromiso con Sara se acabó en el registro civil de Las Vegas. La portada de la revista Society NY ya está en la calle, y si el lunes pretendéis usar esto en el consejo para iniciar una guerra por la presidencia, os aseguro que seréis vosotros los que saldréis perdiendo ante los inversores. La farsa se ha convertido en nuestra realidad oficial. Cristine se muda a mi ático de Manhattan de inmediato y asumirá su puesto en Vanguard Textiles como la mujer del futuro presidente. Sugiero que terminemos la cena en paz, porque de lo contrario, seré yo quien revise los fondos de Inversiones de la Vega antes de que abra la bolsa mañana por la mañana.
Charles esbozó una sonrisa mansa y casi imperceptible al final de la mesa, complacido por la contundencia con la que su hijo y su nueva nuera habían blindado el imperio textil frente a los socios. La primera gran prueba de fuego en Long Island se había consumado con una victoria total. Sara miraba a Cristine con un odio que prometía venganza, pero armada con los valores de su familia y el escudo del amor forzado que empezaba a tejerse entre ellos, la humilde diseñadora junior acababa de demostrar que estaba lista para reescribir las reglas del juego de la alta sociedad de Nueva York para siempre.