Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor
Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.
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El smoking
THIAGO
A cien días de la boda, la sastrería de Brioni, en Via Montenapoleone, olía a cuero nuevo, madera oscura y perfume caro.
Pero aquella tarde también olía a testosterona en guerra.
Si la boutique de Vera Wang, donde Luna había estado apenas unas horas antes, había sido un campo de peonías, lágrimas y vestidos de princesa, aquel lugar era completamente diferente.
Aquí no había tul.
No había flores.
No había música suave.
Aquí había trajes negros, copas de whisky, hombres observándose en espejos demasiado grandes y silencios que podían cortar la piel.
Thiago Del Monte estaba de pie sobre un pequeño pedestal mientras un sastre italiano ajustaba las mangas de su saco.
Traje negro de tres piezas.
Camisa blanca.
Corbata negra.
Zapatos perfectamente lustrados.
Todo hecho a su medida.
Todo perfecto.
Todo impecable.
Todo como se suponía que debía verse un hombre a cien días de convertirse en esposo.
Thiago observó su reflejo.
Por fuera parecía exactamente lo que todos esperaban de él.
El heredero Del Monte.
El hombre que había crecido rodeado de dinero, poder y responsabilidades.
El futuro esposo de Luna Bianchi.
El hombre que estaba a punto de unir dos de las familias más poderosas.
Pero por dentro...
Por dentro se sentía miserable.
Porque había una sola persona a la que quería ver mirándolo.
Luna.
Su Luna.
Y ella probablemente estaba deseando arrancarle los ojos.
—Por fin te ves como un hombre casado, hijo.
La voz de Adriano Del Monte lo sacó de sus pensamientos.
Su padre estaba detrás de él.
Adriano era un hombre que parecía una versión envejecida de Thiago. Los mismos ojos oscuros, la misma mandíbula marcada, la misma presencia intimidante.
Solo que Adriano tenía treinta años más.
Y mucha menos paciencia.
Le dio una palmada en la espalda.
—Dejaste de vestirte como el niño que se pasaba todo el día en la casa de los Bianchi jugando videojuegos. Ahora vas a ser un hombre con esposa.
Thiago apenas curvó los labios.
—Eso parece.
Adriano frunció el ceño.
—¿Eso parece?
—Estoy pensando.
—¿En qué?
Thiago volvió a mirar el espejo.
En Luna.
En la forma en que ella lo miraba últimamente.
En el odio.
En aquella mirada que alguna vez había sido su lugar favorito del mundo y que ahora parecía una sentencia.
—En nada.
Adriano negó con la cabeza.
—Siempre fuiste demasiado serio.
Thiago no respondió.
Porque si decía lo que realmente estaba pensando, probablemente su padre no entendería.
Ojalá Luna me viera así.
Ojalá pudiera verme y pensar que estoy guapo.
Ojalá me sonriera.
Ojalá no me odiara.
Pero el último pensamiento era el que más le dolía.
Porque él mismo había provocado ese odio.
Sentado en uno de los sillones de cuero, con una copa de whisky entre los dedos, estaba Gabriel Bianchi.
El padre de Luna.
El hombre que durante años había sido casi un segundo padre para Thiago.
Gabriel lo había enseñado a conducir.
A cambiar una llanta.
A hacer un asado.
A no rendirse cuando algo salía mal.
Había estado en sus cumpleaños.
En sus graduaciones.
En los momentos importantes de su vida.
Y ahora lo miraba con un orgullo que Thiago no se sentía capaz de merecer.
—Estás guapísimo, Thiago.
La voz de Gabriel se quebró ligeramente.
—Mi Luna... —sonrió—. Mi Luna va a tener al mejor hombre.
Thiago bajó la mirada.
—Siempre supe que ibas a ser tú.
Aquellas palabras dolieron.
—Desde que tenías diez años y me dijiste que ibas a cuidar a mi niña para siempre.
Gabriel sonrió.
—Y lo cumpliste.
Thiago sintió que algo se clavaba en su pecho.
Una culpa profunda.
Porque Gabriel no sabía.
Nadie sabía.
Todos creían que aquello era una historia de amor perfecta.
Dos mejores amigos que habían crecido juntos.
Dos familias unidas.
Un amor que había tardado años en aparecer.
Una boda esperada.
Una historia hermosa.
Pero la realidad era otra.
Solo Luna y Thiago conocían la verdad.
Él la había obligado.
Había utilizado su poder.
Había amenazado con destruir cualquier posibilidad de que ella escapara con Nicolás.
Y en el cumpleaños de Luna había conseguido que dijera que sí delante de todos.
Había convertido su amor en una jaula.
Y ahora todos lo felicitaban por construirla.
Thiago tragó saliva.
—Gracias, Gabriel.
Su voz salió más baja de lo normal.
—Voy a cuidarla.
Gabriel sonrió.
—Lo sé.
Thiago cerró los ojos durante un segundo.
—Te juro que voy a cuidarla aunque me odie toda la vida.
Gabriel soltó una carcajada.
—¡Te va a amar toda la vida, tonto!
Thiago sonrió.
Pero fue una sonrisa triste.
Porque no podía decirle:
No, Gabriel.
Tu hija me odia.
Y tengo miedo de que ese odio sea lo único que quede de nuestra amistad.
—¡UFFFF!
La voz de Enzo llenó la sastrería.
—¡Señor Del Monte!
Thiago giró la cabeza.
Su mejor amigo desde la universidad estaba sentado en un sofá, disfrutando demasiado de la situación.
—¡Luna va a querer consumar el matrimonio ahí mismo en la iglesia!
Gabriel soltó una carcajada.
Adriano negó con la cabeza.
—Este muchacho nunca puede comportarse como una persona seria.
—¿Para qué? —respondió Enzo—. Ya tenemos a Thiago para eso.
Thiago lo miró con aburrimiento.
—Cállate.
—No puedo. Estoy emocionado. Mi mejor amigo se casa.
Enzo levantó su copa.
—Aunque debo admitir que jamás pensé que Luna fuera a decir que sí.
El ambiente cambió durante apenas un segundo.
Thiago lo notó.
Pero no dijo nada.
Porque nadie allí debía recordar que Luna realmente nunca había querido decir que sí.
A unos metros, Leonardo Domínguez permanecía en silencio.
Leo.
Amigo de todos desde la preparatoria.
Uno de los pocos hombres que había conocido a Luna desde antes de que el apellido Bianchi significara algo más que una familia rica.
Él también estaba allí.
Como padrino.
Como amigo.
Como espectador.
Y como el hombre que llevaba años enamorado de Luna en silencio.
Leo había sido aquel chico que, cada catorce de febrero, aparecía con chocolates.
—Son para Luna —decía.
Y Thiago se burlaba.
—Es tu mejor amiga, pendejo.
Leo nunca respondía.
Porque Thiago nunca había entendido.
Para él, Luna siempre había sido su mejor amiga.
Para Leo, Luna había sido mucho más.
El problema era que nunca se atrevió a decirlo.
Nunca.
Y ahora estaba pagando el precio.
Porque tenía que ponerse un smoking para asistir a la boda de la mujer que amaba.
Y tenía que hacerlo como padrino.
Del hombre que se la había robado.
Leo observó a Thiago.
Luego al espejo.
Luego volvió a mirar a Thiago.
No podía negar algo.
El traje le quedaba perfecto.
Pero Leo no estaba dispuesto a felicitarlo.
Thiago lo vio a través del espejo.
Sus miradas se encontraron.
Y Thiago supo exactamente lo que había en aquellos ojos.
Dolor.
Celos.
Resentimiento.
Y amor.
Amor por Luna.
La mandíbula de Thiago se tensó.
—¿Qué opinas, Leo?
Leo levantó una ceja.
—¿De qué?
—Del traje.
Thiago giró ligeramente el rostro.
—¿Qué opinas?
Leo se levantó.
Caminó hacia él.
Llevaba un smoking azul marino que también le quedaba perfectamente.
Se detuvo frente al espejo.
Observó a Thiago durante unos segundos.
—Te queda bien.
—Gracias.
—Te ves...
Leo hizo una pausa.
—Como un dueño.
Adriano frunció el ceño.
—¿Dueño?
Leo reaccionó inmediatamente.
—De la situación.
Pero no miró a Adriano.
Miró a Thiago.
—Te ves como alguien que ya tiene todo lo que quiere.
Silencio.
—Aunque la otra persona no lo quiera.
El aire cambió.
Gabriel dejó lentamente su copa sobre la mesa.
—¿Qué quieres decir con eso, muchacho?
Enzo se levantó de inmediato.
—¡Ya! ¡Ya tenemos suficiente drama!
Agarró otro saco.
—¡Que se pruebe este!
—Enzo...
—¡El de terciopelo! —continuó, ignorándolo—. ¡El que parece de James Bond! ¡Ese hará que Luna babeé!
Nadie se rio.
Porque Thiago seguía mirando a Leo.
Sin pestañear.
Leo tampoco apartaba los ojos.
Había cosas que no necesitaban decirse.
Los dos sabían perfectamente de qué estaba hablando.
—Leo está nervioso —dijo finalmente Thiago.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Es la boda.
Sonrió.
Pero no había humor en aquella sonrisa.
—Luna hoy se probó su vestido de princesa.
Leo sintió un nudo en el estómago.
Thiago continuó:
—Cerrado.
Pausa.
—Hasta el cuello.
Otra pausa.
—Mangas largas.
Leo apretó los puños.
Thiago inclinó ligeramente la cabeza.
—Como a mí me gustan.
Luego sonrió.
—¿Verdad que es hermosa con esos vestidos de princesa, Leo?
El golpe fue directo.
Porque Thiago sabía perfectamente que Leo había visto a Luna crecer.
Sabía que Leo conocía sus sueños.
Sabía que él había escuchado cientos de veces a Luna hablar de vestidos de princesa cuando era niña.
Leo tragó saliva.
—Sí.
—Tú siempre la viste como una princesa.
Leo lo miró con odio.
—Sí.
—Entonces deberías estar feliz por ella.
Leo soltó una pequeña risa amarga.
—¿Feliz?
—Claro.
—No sabes nada.
Thiago bajó la voz.
—Sé más de lo que crees.
Leo dio un paso hacia él.
—No.
Sus ojos ardían.
—Tú sabes lo que quieres creer.
Thiago mantuvo la mirada.
—¿Y tú qué sabes?
Leo estuvo a punto de responder.
Pero se detuvo.
Porque Gabriel y Adriano seguían allí.
No podía decirlo.
No podía destruir la mentira delante de ellos.
Así que esperó.
Esperó hasta que los padres comenzaron a discutir sobre las corbatas.
Y entonces se inclinó hacia Thiago.
—¿Sabes qué es lo más curioso?
Thiago no respondió.
—Hoy hablé con Cami.
La expresión de Thiago cambió.
Muy poco.
Pero cambió.
Leo continuó:
—Me dijo que Luna lloró.
El corazón de Thiago dio un golpe.
—¿Qué?
—Que lloró.
Thiago se quedó inmóvil.
Leo bajó todavía más la voz.
—Que gritó que no quería ser una Del Monte.
Thiago dejó de respirar durante un segundo.
—Que no quería ese vestido.
Silencio.
—Que no quería ser una princesa.
Los dedos de Thiago se cerraron.
Luna lloró.
No podía ser.
Luna odiaba llorar frente a los demás.
Desde pequeña había sido así.
Si se caía, se levantaba.
Si se lastimaba, decía que estaba bien.
Si algo le dolía, sonreía.
Pero había llorado.
Por culpa de él.
Leo lo observó.
—¿A ti te suena a que quiere ser tu princesa?
Thiago sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Durante un instante, todo desapareció.
El traje.
La sastrería.
Su padre.
Gabriel.
Enzo.
La boda.
Todo.
Solo pudo imaginar a Luna sentada en el suelo de aquel probador.
Llorando.
Con aquel vestido que él había imaginado sobre ella.
Un vestido que para él representaba un sueño.
Y para ella...
Una prisión.
Thiago quiso salir corriendo.
Quiso ir a la boutique.
Quiso verla.
Quiso quitarle el vestido con sus propias manos.
Quiso abrazarla.
Quiso decirle que no tenía que usarlo.
Que no tenía que ser una princesa.
Que no tenía que ser una Del Monte.
Que podía ser simplemente Luna.
Su Luna.
Como cuando tenían cinco años.
Cuando ella se escondía debajo de la mesa.
Cuando jugaban con aquel camión de bomberos.
Cuando ella lo llamaba Thi.
Cuando él era su mejor amigo.
Cuando todavía no había destruido todo.
Pero no se movió.
Porque sabía que si iba tras ella, probablemente solo conseguiría que Luna lo odiara más.
—Mi princesa llora porque está nerviosa —dijo finalmente.
Leo lo miró con desprecio.
—Te estás mintiendo.
Thiago sostuvo su mirada.
—Y va a ser una Del Monte en cien días.
—¿Aunque no quiera?
La pregunta cayó como una piedra.
Thiago no respondió inmediatamente.
—Sí.
Leo negó lentamente.
—Entonces no eres el hombre que ella necesita.
Thiago sintió el golpe.
Pero respondió:
—Eso no cambia nada.
—Lo cambia todo.
Thiago dio un paso hacia él.
—Tú vas a estar ahí.
—¿Dónde?
—En primera fila.
Su mirada se endureció.
—Vas a verme ponerle el anillo.
Leo sintió que algo se rompía dentro de él.
—Como mi amigo.
Thiago enfatizó la última palabra.
—¿Verdad, amigo?
Leo lo miró durante varios segundos.
Finalmente sonrió.
Pero fue una sonrisa llena de dolor.
—Sí.
Se acercó un poco más.
—Ahí voy a estar.
Luego susurró:
—Para cuando se arrepienta.
Thiago apretó la mandíbula.
—No se va a arrepentir.
—Ya lo está haciendo.
Y Leo se alejó.
Adriano regresó con otro saco.
—¡Este!
Lo levantó orgullosamente.
Terciopelo negro.
Solapas de satén.
—Este es el que vas a usar para el vals.
Enzo silbó.
—Ese sí está brutal.
Gabriel asintió.
—Luna va a quedar impresionada.
Thiago miró el saco.
No sintió nada.
Lo tomó.
Pesaba.
No por la tela.
Por todo lo que representaba.
La boda.
La mentira.
La pérdida.
La culpa.
Y entonces su celular vibró.
Una notificación.
Thiago lo sacó del bolsillo.
El nombre que apareció en la pantalla hizo que su corazón se acelerara.
MI PRINCESA ODIOSA ❤️
Abrió el mensaje.
Una fotografía.
Thiago dejó de respirar.
Era Luna.
Sentada en el suelo del probador.
El enorme vestido extendido a su alrededor.
Los ojos rojos.
Las mejillas húmedas.
Allegra abrazándola.
Su rostro completamente destruido.
Thiago sintió un vacío en el pecho.
Debajo de la fotografía había un mensaje.
LUNA:
Borra esto.
No se lo enseñes a nadie.
Te odio, Thiago Del Monte.
Te odio por hacerme esto.
Thiago leyó aquellas palabras una vez.
Dos.
Tres.
No podía apartar los ojos de la fotografía.
Su Luna.
La niña que había conocido con dos coletas mal hechas.
La adolescente que se tiraba a la piscina y le gritaba que la mirara.
La mujer que había amado en silencio durante años.
Estaba llorando.
Y él era la razón.
Su mano comenzó a temblar.
Enzo lo observó.
—¿Todo bien?
Thiago apagó la pantalla.
—Sí.
Mentira.
Nada estaba bien.
Guardó el teléfono.
Miró el espejo.
El hombre reflejado allí seguía pareciendo perfecto.
Pero por primera vez, Thiago no reconoció al hombre del reflejo.
Porque aquel hombre tenía el traje perfecto.
La familia perfecta.
La boda perfecta.
La mujer que decía amar.
Todo.
Todo excepto lo único que realmente había querido desde que era un niño.
La sonrisa de Luna.
THIAGO
—¿Quieres cancelar la prueba? —preguntó el sastre.
Thiago tardó unos segundos en responder.
—No.
—¿Seguro?
Miró nuevamente su reflejo.
—Termina el traje.
El sastre asintió.
Thiago cerró los ojos.
Perdóname, Luna.
No lo dijo.
No podía.
Porque una disculpa no solucionaría nada.
Una disculpa no le devolvería su libertad.
Una disculpa no borraría las amenazas.
Una disculpa no convertiría aquella boda en una elección.
Una disculpa no devolvería a su mejor amiga.
Y esa era la parte que más miedo le daba.
No perder a su futura esposa.
Eso ya estaba casi decidido.
Lo que verdaderamente temía era perder a Luna.
La chica que se sentaba junto a él a comer helado.
La que le robaba sus sudaderas.
La que se quedaba dormida durante las películas.
La que le contaba sus secretos.
La que lo llamaba cuando tenía miedo.
La que una vez le había dicho:
«Tú eres mi lugar seguro, Thi.»
Ahora él era todo lo contrario.
Él era el motivo por el que ella necesitaba escapar.
Thiago abrió los ojos.
Su teléfono volvió a vibrar.
Otro mensaje.
Esta vez solo eran tres palabras.
LUNA:
Te odio.
Thiago miró la pantalla durante mucho tiempo.
Podría haber respondido.
Podría haber escrito alguna de sus frases posesivas.
Yo también te amo.
No vas a escapar.
Serás mi esposa.
Pero no escribió nada.
Por primera vez, no supo qué decir.
Porque la fotografía seguía apareciendo en su mente.
Luna llorando.
Luna temblando.
Luna atrapada dentro de un vestido que él había elegido para ella.
Y entonces comprendió algo que le dio más miedo que cualquier amenaza.
Tal vez cien días no fueran suficientes.
No para conseguir que Luna lo amara.
Sino para conseguir que algún día volviera a mirarlo como antes.
Thiago bajó lentamente el teléfono.
—Cien días... —murmuró.
Leo lo escuchó desde el otro extremo del salón.
—¿Qué dijiste?
Thiago negó con la cabeza.
—Nada.
Pero por dentro pensaba:
Me quedan cien días.
Cien días para casarme con ella.
Cien días para convencerme de que hice lo correcto.
Cien días para intentar recuperar a mi mejor amiga.
Y quizá...
Solo quizá...
Cien días para descubrir que podía tener a Luna como esposa y, aun así, haberla perdido para siempre.
Porque Thiago Del Monte podía obligarla a caminar hacia el altar.
Podía comprarle el vestido más caro.
Podía ponerle un anillo.
Podía llamarla su esposa.
Podía hacer que el mundo entero creyera que eran una pareja enamorada.
Pero había algo que no podía comprar.
No podía obligar a Luna a quererlo.
Y mucho menos podía obligarla a perdonarlo.
Por primera vez desde que decidió convertir su amor en una obsesión, Thiago sintió miedo.
Miedo de que cien días no fueran suficientes para que ella lo perdonara.
Miedo de que la tuviera como esposa...
Pero hubiera matado a su mejor amiga para siempre.
Y mientras todos a su alrededor hablaban de la boda perfecta, Thiago solo pudo mirar su reflejo y pensar en la niña de dos coletas que alguna vez lo había mirado sin miedo.
La misma niña que ahora lloraba por su culpa.
Y por primera vez...
El traje de novio le pareció una condena.