Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.
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Capítulo 15: La cinta verde
La cinta verde se dañó por culpa de Beatrice.
Ella habría preferido culpar a una criada descuidada, a una hebilla traicionera o al clima, que últimamente parecía tener opiniones sobre su vida sentimental. Pero la verdad era mucho más irritante.
La había apretado demasiado.
No durante una escena dramática. No durante una discusión pública. No siquiera mientras Nathaniel Ashford decía alguna de esas frases suyas, insoportablemente exactas, capaces de dejar a una sin defensa.
No.
La había apretado mientras leía una nota de tres líneas.
Eso era lo humillante.
La nota decía:
“Beatrice:
He pasado junto a un escaparate con cintas y no he comprado ninguna.
Consideré que ese progreso merecía ser informado.
Nathaniel.”
Beatrice había soltado un sonido que no era una risa. No exactamente. Luego había tomado la cinta verde del tocador, porque estaba allí, visible, insolente y demasiado relacionada con asuntos que ella no pensaba nombrar.
Y entonces la había apretado.
Solo un poco.
Bueno. Más que un poco.
Ahora, una pequeña marca se extendía cerca del borde, donde la tela había cedido.
Beatrice la observó como si la cinta la hubiera traicionado.
—Puede reemplazarse —dijo Clara.
Beatrice levantó la vista con demasiada rapidez.
—No he preguntado eso.
—No, señorita.
—Solo pregunté si podía arreglarse.
Clara miró la cinta. Luego a Beatrice. Luego otra vez la cinta.
—Puede arreglarse.
—Entonces no hay tragedia.
—No, señorita. Solo una reparación.
Beatrice bajó la mirada.
Solo una reparación.
Qué frase tan insoportablemente razonable para algo que no debería importarle.
Lady Agatha, sentada junto a la ventana con una taza de té, habló sin levantar la vista.
—Podemos llevarla a la modista esta tarde.
—No es necesario.
Clara tomó la cinta con cuidado.
—Dijo que quería arreglarla.
—Dije que podía arreglarse.
—Es una diferencia importante, señorita.
—Lo es.
Lady Agatha bebió té.
—Y, sin embargo, iremos a la modista.
Beatrice se volvió hacia ella.
—Tía.
—Necesito encargar unos guantes.
—Eso es una excusa.
—Naturalmente.
—Ni siquiera lo niega.
—A mi edad, uno aprende a conservar energía.
Beatrice miró la cinta en manos de Clara.
La cinta verde. La que había elegido el último día del falso compromiso. La que no había usado al día siguiente, pero tampoco había querido guardarla. La que Nathaniel había notado con esa precisión suya, como si una simple tira de tela pudiera ser una declaración privada.
No era una promesa.
No era una confesión.
No era nada definitivo.
Pero tampoco era nada.
Y eso, por desgracia, era grave.
—Muy bien —dijo Beatrice—. La llevaremos.
Clara sonrió apenas.
—Sí, señorita.
—Pero no porque me importe.
—Por supuesto.
—Es una cinta útil.
—Naturalmente.
—Combina con varios vestidos.
Lady Agatha dejó la taza.
—Nadie ha discutido su valor funcional, querida.
Beatrice entrecerró los ojos.
—Ese tono suyo sabe demasiado.
—Mi tono no sabe nada. Solo sospecha con educación.
La tienda de modas estaba más concurrida de lo conveniente.
Eso fue lo primero malo.
Lo segundo fue que Prudence Vale estaba allí.
Lo tercero fue que, en cuanto Beatrice entró, la campanilla volvió a sonar y la modista anunció:
—Lord Ashford.
Beatrice cerró los ojos.
Naturalmente.
Nathaniel entró con una tarjeta en la mano y la expresión de un hombre enviado por su madre a cumplir una misión textil de alto riesgo. Sebastián venía detrás, demasiado satisfecho para ser inocente.
—Señorita Montclair —saludó Nathaniel.
—Lord Ashford.
—Lady Agatha.
—Lord Ashford.
Sebastián hizo una reverencia exagerada.
—Señoras. Me complace informar que mi hermano ha entrado voluntariamente en una tienda de modas y aún conserva la compostura.
Beatrice miró a Nathaniel.
—¿Voluntariamente?
Nathaniel levantó la tarjeta.
—Por encargo de mi madre.
—Ah. Entonces no fue valentía. Fue obediencia.
—A veces se parecen.
—No se halague.
Sebastián se inclinó hacia Clara.
—¿Ve? Yo dije lo mismo y no sonó tan elegante.
Clara lo miró con prudencia doméstica.
—Quizá fue el tono, señor.
—Siempre es el tono.
La modista se acercó a Beatrice.
—¿La cinta, señorita?
Beatrice entregó el pequeño paquete antes de poder reconsiderarlo.
La modista lo abrió sobre el mostrador.
La cinta verde apareció bajo la luz de la tienda, con la pequeña marca cerca del borde.
Nathaniel la vio.
No dijo nada.
Eso fue exactamente lo peor.
Beatrice cruzó los brazos.
—Está prohibido notar cosas.
Nathaniel levantó la mirada hacia ella.
—No he dicho nada.
—Lo pensó con demasiada precisión.
Sebastián se inclinó para mirar la cinta.
—Ah. La famosa cinta.
—No es famosa.
—Entonces tiene aspiraciones.
—Señor Ashford, si una cinta puede tener aspiraciones, usted probablemente se las ha sugerido.
—Me halaga su confianza.
—No era confianza.
Prudence Vale, que hasta entonces había fingido examinar unos encajes, volvió la cabeza hacia el mostrador.
—Le queda bien el verde, señorita Montclair.
Beatrice se quedó quieta.
No era la primera vez que Prudence disparaba frases envueltas en cortesía. Beatrice ya conocía ese tono. O creía conocerlo.
Pero esta vez no sonó como una burla.
Eso la desconcertó más.
—Todavía no la estoy usando —respondió.
Prudence miró la cinta.
—No. Pero la trajo para repararla.
El silencio que siguió fue pequeño y despiadado.
Porque tenía razón.
Beatrice podía haberla reemplazado. Podía haberla dejado en un cajón. Podía haberle dicho a Clara que comprara otra igual, una sin marca, sin historia, sin esa molesta tendencia a significar cosas.
Pero la había traído para repararla.
Nathaniel tampoco habló.
Su silencio cambió. Se volvió más suave. Más atento.
Beatrice lo sintió antes de mirarlo.
—No se ponga satisfecho —dijo.
—No lo estoy.
—Se nota que intenta no estarlo.
—También eso me cuesta.
Sebastián llevó una mano al pecho.
—Qué hermoso. Una cinta reparada, un caballero contenido y una dama negando evidencia. Si esto no es romance, he entendido mal la literatura.
—La ha entendido fatal —dijo Beatrice.
—Probablemente. Pero con entusiasmo.
La modista examinó la marca.
—Será una reparación sencilla. Apenas se notará.
—Eso dicen todas las tragedias textiles antes de volverse visibles en sociedad —respondió Beatrice.
Clara sostuvo la caja de guantes contra el pecho.
—Nadie mirará tan de cerca, señorita.
Beatrice la miró.
—Lord Ashford lo hará.
El silencio fue inmediato.
Lady Agatha levantó apenas las cejas.
Beatrice cerró los ojos.
—No dije eso.
—Lo dijo, señorita —murmuró Clara.
—Entonces nadie lo oyó.
—Lo oímos todas —dijo Lady Agatha.
Sebastián sonrió con la felicidad de un hombre que acababa de recibir una herencia emocional.
—Yo también.
—Usted no cuenta.
—Qué frecuente es esa injusticia.
Nathaniel, para su crédito, no sonrió de forma abierta. Pero sus ojos lo traicionaron.
—No hace falta que mire tan cerca —dijo él.
Beatrice abrió los ojos.
—¿Perdón?
—La marca.
—Ah.
—Si no desea que se note, no la miraré.
Eso era injusto.
Profundamente injusto.
Porque había dicho exactamente lo que ella necesitaba oír, pero de una forma que no podía convertir en pelea.
—No dije que no pudiera mirarla —respondió.
Nathaniel sostuvo su mirada.
—Entonces miraré solo si usted quiere.
Sebastián se llevó la mano a la frente.
—Voy a necesitar aire. O pastelillos. O ambas cosas.
Lady Agatha lo ignoró.
Prudence, en cambio, observaba con una expresión rara. No amable del todo. No enemiga del todo. Como si estuviera viendo una conversación en un idioma que había aprendido por obligación, pero nunca había tenido permiso de hablar.
La modista se llevó la cinta para repararla.
Beatrice se sintió extrañamente despojada.
Ridículo.
Era una cinta.
Una cinta útil.
Una cinta funcional.
Una cinta que no tenía derecho alguno a dejarle las manos vacías.
Nathaniel pareció notarlo.
Por supuesto.
—No diré que significa algo —dijo él en voz baja—. Pero me alegra que haya querido arreglarla.
Beatrice lo miró.
Hubiera querido burlarse.
De verdad lo intentó.
Pero la frase había sido demasiado cuidadosa.
Demasiado Nathaniel.
—Es una cinta útil —dijo al fin—. No una confesión enrollada.
Sebastián hizo un sonido ahogado.
Lady Agatha miró hacia otro lado.
Clara no tuvo tanta suerte y sonrió.
Nathaniel, en cambio, inclinó la cabeza con absoluta seriedad.
—Por supuesto.
—Combina con varios vestidos.
—Naturalmente.
—Y no significa nada definitivo.
—No tiene que significar nada que usted no quiera.
Beatrice bajó la vista.
Esa era la cosa más injusta que podía haber dicho.
Porque hacía que la cinta significara más.
Prudence se acercó al mostrador, tomando unos guantes claros de una caja.
—Quizá algunas cosas no necesitan ser definitivas para importar —dijo.
Beatrice la miró con sorpresa.
Prudence sostuvo los guantes con demasiada precisión.
—No abuse de mi frase. No estoy siendo sentimental.
—No se preocupe. La sentimentalidad aún no le queda natural.
Prudence casi sonrió.
Casi.
—Y a usted la discreción tampoco.
—Estoy trabajando en eso.
—Se nota poco.
—Gracias.
Esta vez, la pequeña sonrisa de Prudence sí apareció.
No duró mucho, pero existió.
La modista regresó con la cinta envuelta en papel fino.
—Lista, señorita. La marca sigue allí si se mira bien, pero el borde quedó firme.
Beatrice tomó el paquete.
—Gracias.
Clara se inclinó para mirar.
—¿Desea revisarla?
Beatrice abrió el papel.
La cinta estaba reparada.
No perfecta.
Reparada.
La pequeña marca seguía visible si una sabía dónde mirar.
Naturalmente, Nathaniel sabría dónde mirar.
Beatrice cerró el papel con demasiada rapidez.
—Está bien.
Nathaniel no se movió.
No pidió verla.
No extendió la mano.
No hizo de aquel pequeño objeto una victoria.
Solo la miró a ella.
Y eso fue mucho peor.
—Me alegra —dijo.
Beatrice apretó el paquete entre los dedos.
—Está prohibido alegrarse demasiado.
—Intentaré moderarme.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Sebastián suspiró.
—Esta conversación tiene más emoción que tres compromisos formales y un funeral bien organizado.
—Sebastián —dijo Nathaniel.
—Ya me retiro al sector de encajes. Allí mis opiniones serán menos peligrosas.
—Lo dudo —dijo Beatrice.
—Conmovedor que crea tanto en mí.
Lady Agatha encargó sus guantes. Lady Ashford, al parecer, sí había enviado a Nathaniel por un encaje específico, aunque Sebastián insinuó que las madres podían manipular el destino con una muestra de hilo y una sonrisa inocente. Beatrice no estuvo completamente en desacuerdo.
Al salir de la tienda, Prudence quedó unos pasos atrás.
Beatrice ya estaba a punto de subir al carruaje cuando la escuchó.
—Señorita Montclair.
Se detuvo.
Nathaniel también, aunque no intervino.
Prudence se acercó lo suficiente para hablar sin que toda la calle escuchara.
—La cinta le queda bien.
Beatrice levantó una ceja.
—Todavía sigue sin verme usarla.
Prudence miró el paquete en sus manos.
—No hablaba del color.
Beatrice no respondió.
Prudence bajó la voz.
—Me refería a conservar algo porque usted lo decidió. Incluso después de que dejara de estar perfecto.
La frase quedó entre ellas.
Esta vez Beatrice no supo si había una disculpa escondida allí.
Quizá no.
Quizá sí.
—Está siendo peligrosa, Lady Prudence —dijo al fin.
—No tanto como usted.
Beatrice sonrió apenas.
—Eso casi sonó como un cumplido.
—No abuse.
Prudence se retiró antes de que Beatrice pudiera decir algo más.
Sebastián, desde el otro lado del carruaje, murmuró:
—Creo que acabo de presenciar diplomacia textil.
—Si lo llama así otra vez, lo empujaré bajo el carruaje —dijo Beatrice.
—Con considerable decisión, espero.
Nathaniel ayudó a Lady Agatha a subir. Luego se volvió hacia Beatrice.
No le ofreció la mano de inmediato.
Esperó.
Maldito hombre.
Beatrice sostuvo el paquete con una mano y le permitió ayudarla con la otra.
Al tocar sus dedos, la cinta reparada pareció pesar más.
—No la usaré mañana —dijo ella, sin saber por qué.
Nathaniel la miró.
—Está bien.
—Quizá tampoco pasado mañana.
—También.
—Y si la uso, no será para complacerlo.
—Lo sé.
—Será porque yo quiera.
Nathaniel inclinó la cabeza.
—Eso espero.
Beatrice sostuvo su mirada un segundo más.
—No se ponga satisfecho.
—Demasiado tarde.
—Se nota.
—Lo sé.
El carruaje se puso en marcha.
Beatrice mantuvo el paquete sobre el regazo. Lady Agatha, sentada frente a ella, guardó silencio durante casi una calle entera.
Era un milagro.
O una trampa.
—Dígalo —pidió Beatrice finalmente.
—No sé a qué te refieres.
—Está pensando con demasiada elegancia.
Lady Agatha miró el paquete.
—Solo pensaba que algunas reparaciones son más importantes que los reemplazos.
Beatrice bajó la vista.
—Es una cinta.
—Sí.
—Una cinta útil.
—Mucho.
—Una cinta que combina con varios vestidos.
—Sin duda.
—Una cinta que no significa nada definitivo.
Lady Agatha sonrió apenas.
—Claro que no.
Beatrice la miró.
—Ese “claro que no” acaba de significar demasiado.
—Qué curioso. Tal vez la cinta contagia.
Esa noche, Clara dejó la cinta reparada sobre el tocador.
La marca era pequeña.
Beatrice la tocó con la punta de un dedo.
—Se nota un poco —dijo.
Clara, detrás de ella, respondió:
—Solo si una sabe dónde mirar.
Beatrice cerró los dedos sobre la tela.
Naturalmente.
Nathaniel sabría dónde mirar.
—¿Desea que la guarde, señorita?
Beatrice miró la cinta.
Pensó en el último día del falso compromiso.
En el jardín botánico.
En la tienda.
En Prudence diciendo que conservar algo también podía ser una elección.
En Nathaniel no pidiendo nada, no reclamando nada, no mirando hasta que ella quisiera.
—No —dijo.
Clara esperó.
—Déjela ahí. Visible.
Clara sonrió apenas.
—Sí, señorita.
Cuando Clara salió, Beatrice permaneció frente al tocador.
(todas las imágenes son creadas por IA)
No era una promesa.
No era una confesión.
No era una respuesta.
Pero estaba reparada.
Y seguía allí.
Beatrice apagó la vela antes de que la habitación pudiera verla sonreír.
Mañana, quizá, no la usaría.
O quizá sí.
La diferencia, pensó mientras la oscuridad suavizaba el verde sobre la mesa, era que por fin esa decisión no le pertenecía a Valdoria.
Ni al rumor.
Ni siquiera a Nathaniel Ashford.
Le pertenecía a ella.
Y eso era exactamente lo que volvía peligrosa a una simple cinta.