Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.
Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.
Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.
Hasta que el destino los hizo encontrarse.
Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.
Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.
Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...
sino al mundo que tu corazón elige.
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El juego de hermanos
Las instalaciones juveniles del Manchester estaban vacías. Afuera, la lluvia de Manchester volvía a golpear los ventanales de la cúpula sintética, pero dentro del campo de entrenamiento cubierto el aire estaba quieto y olía a césped artificial y a caucho.
Mozart, vestido con el uniforme de entrenamiento del club y un gorro de lana calado hasta las cejas para ocultar su cabello decolorado, estaba practicando tiros libres. Llevaba media hora lanzando el balón contra la escuadra derecha. *Pum. Pum. Pum.* El sonido era hipnótico. Regular. Perfecto.
Hasta que escuchó un silbido desde la puerta de mantenimiento.
Mozart detuvo el balón con la suela. Se giró.
Diño estaba apoyado en el marco de la puerta, con una chaqueta de pana, el estuche del violín colgado a la espalda y una sonrisa de medio lado. Tenía el cabello cortado al ras, estilo militar, cortesía del abuelo Adriano.
—¿Qué haces aquí? —susurró Mozart, mirando hacia los pasillos por si venía alguien—. ¿Te has vuelto loco? Si te ve seguridad…
—Le dije al guardia de la puerta sur que era tu primo de Grecia y que te traía el almuerzo. —Diño levantó una bolsa de papel y luego señaló el estuche a su espalda—. Y te traje la resina. La olvidaste en la mesa del hotel esta mañana. Mamá casi la tira a la basura pensando que era un caramelo rancio.
Mozart suspiró, pero no pudo evitar sonreír.
—No deberías estar aquí, Diño. Si papá se entera de que estás en las instalaciones sin pase oficial…
—Papá está en una reunión con los directivos en el edificio principal. Tenemos al menos cuarenta minutos. —Diño dejó la bolsa y el estuche en la grada más baja. Sacó el violín y el arco—. Además, me aburría de Paganini. Quería ver si el famoso Ronaldhino Green es tan bueno como dicen los periódicos.
Mozart rodó el balón hacia él.
—¿Vas a jugar con zapatos de suela lisa? Te vas a romper el cuello.
—No voy a jugar con los pies, músico. —Diño se colocó el violín bajo la barbilla y tensó el arco—. Voy a jugar con esto. Tú mantén el balón en el aire. Si toca el suelo, pierdes.
Mozart soltó una carcajada. Levantó el balón con la punta de la bota, lo subió a la rodilla y lo dejó rebotar en el pecho.
—Cuando quieras, maestro.
Diño atacó las cuerdas. No fue una pieza clásica. Fue una melodía griega, rápida, percusiva, una de esas que el abuelo Adriano tarareaba cuando creía que nadie lo escuchaba. El ritmo era frenético, un 6/8 que exigía precisión y locura a partes iguales.
Mozart cerró los ojos un segundo. Sintió el compás en la planta de los pies. Y empezó a moverse.
Dominó el balón con el empeine derecho. Lo pasó por detrás de la pierna izquierda. Lo subió a la cabeza. Cada toque, cada amague, cada cambio de ritmo caía exactamente en el tiempo fuerte de la melodía de Diño. Era un diálogo. Diño aceleraba el tempo y Mozart respondía con una serie de toques cortos, casi taquicárdicos. Diño deslizaba el arco en una nota larga y melancólica, y Mozart dejaba que el balón rodara suavemente por su hombro, por su espalda, frenando el tiempo.
No había rivales. No había jueces. No había padres ni secretos ni mentiras.
Solo había un campo verde, un violín y un balón. Un juego de hermanos que se estaban conociendo a través del único idioma que ambos dominaban a la perfección.
Diño estaba sudando, riéndose a carcajadas mientras intentaba tocar un arpegio imposible sin perder el ritmo. Mozart estaba jadeando, con la vista clavada en el balón, sintiendo una libertad que nunca había experimentado en un escenario ni en un partido oficial.
—¡Ahora! —gritó Diño, dando un golpe seco con el arco.
Mozart dejó caer el balón al suelo, giró sobre sí mismo y pateó con fuerza. El balón cruzó los cuarenta metros de césped sintético y se coló limpiamente por la escuadra de la portería, justo cuando Diño daba la última nota.
El eco del tiro y el eco del violín se fundieron en el aire de la cúpula.
Ambos se quedaron quietos, con el pecho agitado, mirándose.
—Eres un monstruo —dijo Diño, bajando el violín.
—Tú no tocas mal para ser un futbolista —respondió Mozart, limpiándose el sudor de la frente.
Iban a chocar las manos cuando el sonido metálico de la puerta principal al abrirse los congeló.
—¿Ronaldhino?
La voz de Emmet rebotó en las paredes de la cúpula.
El pánico fue instantáneo. Diño miró a su alrededor. Estaban a veinte metros de la salida y Emmet ya estaba caminando por la banda, con una carpeta en la mano y el ceño fruncido.
—¡La jaula! —susurró Mozart, señalando el cuarto de material, una estructura de reja metálica al fondo de la grada.
Diño corrió. Se metió en la jaula, cerró la puerta de alambre por dentro y se agachó detrás de una pila de conos naranjas, abrazando el violín contra el pecho para que no se golpeara.
Mozart recogió el estuche vacío de la grada, lo pateó debajo de la banca, agarró su botella de agua y se sentó en el césped, fingiendo que se estiraba los isquiotibiales. Su corazón latía tan fuerte que le dolían las sienes.
Emmet llegó hasta la línea de banda. Se detuvo. Miró a Mozart. Después miró hacia la portería lejana, donde el balón seguía meciéndose en la red.
—El fisio me dijo que te habías quedado a estirar —dijo Emmet, cruzando los brazos—. Pero llevas aquí media hora.
—Quería practicar los tiros de esquina, papá.
Emmet asintió. Pero no se fue. Sus ojos escanearon la grada. Se acercó al banco de los suplentes. Mozart contuvo la respiración.
Emmet se agachó y recogió algo del suelo. Lo frotó entre los dedos.
—¿Resina? —preguntó Emmet, mirando el polvo amarillento en su yema—. ¿Por qué hay resina de violín en mi campo de entrenamiento?
A Mozart se le secó la boca.
—Es… para las botas.
Emmet levantó una ceja.
—¿Para las botas?
—Sí. El césped sintético está muy húmedo hoy por la condensación de la cúpula. Algunos chicos se ponen resina en la suela para tener más agarre en los cambios de dirección. Me lo enseñó el capitán del sub-19.
Emmet lo miró fijamente. Mozart sostuvo la mirada, rogando que su padre no supiera nada sobre la tracción de las botas de fútbol.
Emmet soltó un bufido y tiró el polvo al césped.
—Dile al capitán del sub-19 que si vuelve a ensuciar mi campo con resina, lo pongo a limpiar las duchas con un cepillo de dientes.
—Se lo diré.
Emmet asintió. Se dio la vuelta para marcharse. Mozart soltó el aire, un suspiro largo y tembloroso.
Pero Emmet se detuvo a mitad de camino. Giró la cabeza.
—Por cierto. Cuando entré… te escuché hablar. Y reír. ¿Con quién estabas?
El silencio volvió a caer, pesado como una losa. Mozart miró de reojo hacia la jaula de material. Vio el brillo de los ojos de Diño entre los conos naranjas.
—Estaba escuchando un podcast —dijo Mozart, señalando los auriculares que colgaban de su cuello—. Con los altavoces del móvil. Es un podcast sobre… sobre táctica defensiva en la liga italiana. Me río porque el presentador tiene un acento muy raro.
Emmet entrecerró los ojos. Miró el banco. Miró el césped. Miró la jaula de material.
Dio dos pasos hacia la jaula.
Mozart sintió que las piernas le fallaban. Si Emmet se acercaba un metro más, vería las zapatillas de suela lisa de Diño asomando por debajo de los conos.
En ese exacto segundo, el teléfono de Emmet empezó a vibrar en su bolsillo.
Emmet se detuvo. Sacó el teléfono. Miró la pantalla y su expresión se endureció.
—Tengo que contestar. Es Ana —murmuró, más para sí mismo que para su hijo—. Termina de estirar y sube a las duchas. No te quedes aquí solo.
—Sí, papá.
Emmet se alejó por el pasillo, contestando al teléfono con un tono seco: *"Ana, te dije que no me llamaras a esta hora…"*
Cuando la puerta metálica se cerró detrás de él, Mozart se dejó caer de espaldas sobre el césped.
En la jaula, Diño se levantó despacio. Abrió la puerta de alambre con un chirrido y salió, abrazado a su violín. Estaba pálido.
—Esto se nos va de las manos, viejo —dijo Diño, con la voz ronca.
Mozart se incorporó, apoyándose en los codos. Miró a su hermano. Miró el campo vacío.
—Lo sé.
—Casi nos atrapa. Casi ve el violín. Casi te pregunta por qué tienes dos botellas de agua en el banco. —Diño negó con la cabeza, guardando el instrumento en el estuche con manos temblorosas—. Un día de estos no vamos a tener suerte. Y cuando papá se entere de que le hemos mentido en la cara durante semanas…
—No se va a enterar hoy —interrumpió Mozart, poniéndose de pie y sacudiéndose las briznas de caucho de los pantalones—. Hoy solo somos dos chicos que jugaron un partido en una cúpula vacía.
Diño lo miró. Ajustó los broches de su estuche.
—¿Y mañana?
Mozart recogió su botella de agua. Miró hacia la puerta por donde había salido su padre.
—Mañana jugamos otro.
Salieron por la puerta de mantenimiento, uno detrás del otro, perdiéndose entre los pasillos de las instalaciones.
Afuera, la lluvia de Manchester seguía cayendo.
Diño miró a Mozart.
—La próxima vez tú escondes el violín.
Mozart soltó una carcajada.
—La próxima vez tú inventas la excusa.
Y siguieron caminando.