En el reino de Aethelgard, el príncipe Aelion es un guerrero élfico invicto, de alma pura y de magia indomable. Pero cuando una traición lo expone a un afrodisíaco, su cordura se desmorona en las profundidades del bosque. Allí se cruza con Mia, una mestiza de ardientes ojos ámbar que, para salvarlo del fuego que lo consume, accede a entregarse a él.
En medio del calor de la pasión, Aelion descubre lo impensable: ¡ELLA ES SU ALMA GEMELA!
Sin embargo, cuando Mia acepta su dinero por desesperación para salvar la vida de su tío enfermo, el orgullo del príncipe se rompe al creer que la mujer de su vida no tiene honor. Obligados a reencontrarse bajo la mirada de la realeza y aplastados por malentendidos, celos e impulsos incontrolables, ambos descubrirán que la peor cicatriz no es la que se lleva en la piel... sino la que se queda grabada en el alma.
NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 20 SU DULCE VISIÓN
Aelion
El estruendo de los vítores resonó contra las altas bóvedas del patio de honor con la fuerza de una marejada. Banderolas de seda azul y plata ondeaban desde los balcones de basalto, y cientos de estudiantes, alineados en ricas filas a lo largo de la arcada, inclinaban la cabeza al paso de la Comitiva Real.
Para cualquier otro, aquella multitud devota y el despliegue de reverencias habrían sido un espectáculo glorioso. Para mí, el aire olía a incienso barato, a hipocresía noble y al peso sofocante de un protocolo que me asfixiaba los pulmones.
Descendí de la carroza real con paso firme y pesado, apoyando la mano en la empuñadura de mi espada ceremonial de mithril. Mi capa de viaje se agitó con la brisa helada de las cumbres, pero la gélida temperatura exterior no era nada comparada con la tormenta que llevaba petrificada en el pecho.
Mantuve el rostro impasible, los rasgos esculpidos en una máscara de arrogante frialdad que enviaba un mensaje claro a cualquiera que intentara acercarse: no estaba de humor para adulaciones.
A mi derecha, la Reina Elora avanzaba con la majestad inherente a su estirpe, saludando apenas con una leve inclinación de barbilla. A mi izquierda, Isolda caminaba a medio paso por detrás de mi madre, intentando desesperadamente colocarse en una posición visible para que la multitud nos fotografiara en su memoria como la pareja perfecta de la realeza.
Sentía la presencia de Isolda como una pústula, un veneno latente que exigía toda mi disciplina militar para no tomarla del cuello allí mismo y exigirle que confesara ante mi madre las artimañas que había echó.
—Mantén la cabeza erguida, Aelion —me musitó la reina sin mover los labios, manteniendo su sonrisa diplomática fija en los Archimagos que nos esperaban al pie de la escalinata—. La corte entera nos observa.
—Mi cabeza está erguida, madre —respondí en un murmullo sordo, sin desviar la mirada del frente—. Es mi paciencia la que se está desmoronando.
A un par de pasos por detrás de mi hombro, el metálico y cadencioso chasquido de las grebas de Albus me proporcionaba el único anclaje real en medio de aquella farsa.
Él marchaba con la mano en la empuñadura de su mandoble, escudriñando los puntos ciegos del patio con la devoción feroz de un sabueso. Solo él sabía que mi aura no estaba helada por el desprecio hacia la academia, sino por la agonía sorda del lazo destrozado que me quemaba las entrañas.
Mientras tanto, el lazo instintivo que nos unía tiraba de mi centro con un dolor físico, una punzada constante que me recordaba a cada segundo que mi compañera elegida estaba en algún lugar del mundo, sola, indefensa y probablemente odiándome por las palabras brutales con las que la herí la primera vez.
—Su Majestad Imperial... Su Alteza Real —el Director de la Academia Celestial, un anciano de túnica bordada en oro y barba encanecida, se inclinó en una reverencia tan profunda que su frente casi rozó las baldosas de mármol—. La institución se honra con su augusta presencia. Las cúpulas del saber se rinden ante la corona de Aethelgard.
—Ahorraos los discursos, Director —intervine con voz grave y cortante, interrumpiendo el sermón antes de que pudiera empezar—. Conducidnos a las galerías del claustro superior. Mi madre ha venido a evaluar el estado de la enseñanza, no a escuchar poesía de recibimiento.
El anciano parpadeó descolocado, tragando saliva antes de mirar a la reina en busca de auxilio. Elora tan solo esbozó una sonrisa helada y elegante.
—Mi hijo carece hoy de la diplomacia habitual, Director —comentó la reina con voz suave pero implacable—. Guiadnos. Deseo observar a los nuevos iniciados antes de la ceremonia de la tarde.
El Director se erguyó apresuradamente y dio una indicación con la mano a los guardias del recinto. La comitiva volvió a ponerse en marcha, ascendiendo por la monumental escalinata de caracol que conducía a la galería abierta del segundo nivel.
A medida que ganábamos altura, el murmullo de la multitud se transformó en un murmullo reverente. Las galerías de la academia eran vastos pasillos abovedados que balconeaban sobre el patio central, flanqueadas por columnas de mármol esculpido.
A lo largo de los pasillos, los estudiantes de primer y segundo año se alineaban en filas perfectamente ordenadas. Todos vestían las túnicas oficiales de la institución: una prenda de paño azul medianoche con detalles en hilo de plata y el cinturón de cuero rúnico.
Caminé entre ellos sin mirar a nadie en particular. Para mí, sus rostros se desdibujaban en una marea informe de privilegios. Eran los hijos de los duques de las casas elementales, los herederos de los gremios de alquimistas y los descendientes de las familias nobles de la capital.
Jóvenes que jamás habían conocido el hambre, la desesperación o el frío de una noche en el bosque. Jóvenes que aprendían la magia como un adorno social, una herramienta de estatus, muy lejos de la violencia pura e incontrolable con la que la magia salvaje casi destruye a la mujer que no podía quitarme de la cabeza.
Isolda dio un paso más hacia mí, aproximando su hombro al mío de forma calculada.
—Observa a los estudiantes de la Casa de Agua a la izquierda, Aelion —comentó en un tono confidencial que buscaba simular una intimidad inexistente—. Mi padre me ha informado que dos de los sobrinos del Gran Archiduque se encuentran entre los iniciados. Tal vez deberíamos considerar tomarlos bajo nuestro patrocinio cuando asumamos la regencia.
Un escalofrío de repulsión me recorrió la espalda. Ni siquiera me molesté en mirarla.
—No habrá ningún "nuestro patrocinio", Isolda —dije con una frialdad tan afilada que la joven elfa se tensó en el acto—. Mantén tu distancia. El aire aquí arriba ya es suficientemente denso sin tus maquinaciones.
Isolda apretó los dientes, pero antes de que pudiera responder o que la reina se percatara de la tensión, doblamos la esquina de la arcada norte, donde se agrupaban los alumnos de afinidad telúrica y vegetal.
Iba a seguir de largo, manteniendo la vista clavada en los ventanales del fondo, cuando de pronto el lazo en mi pecho no solo tiró de mi esencia: explotó.
Fue una descarga eléctrica directa al corazón. Un latido salvaje, caliente y ensordecedor que me hizo detener el paso en seco en medio de la arcada. El impacto fue tan violento que la guardia de honor que marchaba tras de mí tuvo que frenar de golpe para no chocar contra mi espalda.
—¿Aelion? —la reina se detuvo un par de metros más adelante, girándose hacia mí con el ceño levemente fruncido—. ¿Qué ocurre?
No le respondí. Ni siquiera la escuché.
Un aroma repentino e imposible atravesó el aire saturado de incienso del recinto: el perfume dulce y la fragancia embriagadora del jazmín silvestre. El aroma exacto de la piel de Mia.
Giré la cabeza despacio, sintiendo que la sangre me zumbaba en los oídos con la violencia de una catarata. Mi mirada barrió la fila de estudiantes de primer año alineados contra las columnas de la izquierda. Pasé por alto a tres elfos de piel pálida, a una bruja de cabello oscuro... y entonces mi mundo se detuvo por completo.
A mitad del pasillo, oculta a medias detrás de la figura de una estudiante de cabello pelirrojo fuego, se encontraba una joven.
Vestía la túnica azul medianoche de los iniciados. Tenía el cabello castaño recogido en un peinado sencillo que dejaba al descubierto la curva suave de su cuello. Sus manos, pequeñas pero firmes, apretaban la tela de sus mangas con una tensión evidente. Tenía la cabeza levemente inclinada hacia el suelo, intentando pasar desapercibida entre la multitud de nobles.
Pero no había túnica en el universo capaz de ocultármela.
El aliento se me congeló en la garganta. Sentí que el suelo de mármol se desmoronaba bajo mis botas, dejándome flotando en un vacío helado. Mis pupilas se dilataron hasta el límite mientras mi mente luchaba por procesar la escena. Parpadeé una vez. Cerré los ojos con fuerza y volví a abrirlos, convencido de que la desesperación, la culpa y la falta de sueño me estaban jugando la broma más despiadada y cruel de mi vida.
Es una alucinación, me dije, sintiendo un sudor frío brotar en la nuca. He perdido la razón. El lazo me ha vuelto loco y mi mente está proyectando su rostro en el cuerpo de una estudiante cualquiera.
Pero la figura no se disipó.
En ese preciso instante, como si sintiera el peso aplastante de mi mirada, la joven levantó la cabeza. Sus ojos —esos increíbles ojos color avellana cargados de un orgullo indomable, de miedo y de una pasión contenida que conocía mejor que a mi propia alma— se encontraron directamente con los míos.
El tiempo se detuvo. El murmullo de los alumnos, la voz retumbante del Director, las quejas ahogadas de Isolda y los pasos de los guardias desaparecieron por completo. En todo el patio imperial solo existíamos ella y yo, separados por diez metros de distancia y por un océano de mentiras, heridas y secretos insostenibles.
La vi palidecer hasta quedar tan blanca como el mármol de las columnas. Vi el temblor imperceptible que recorrió sus labios y cómo sus nudillos se volvieron blancos por la fuerza con la que apretaba su túnica.
Está aquí. No era una alucinación. No era un fantasma convocado por mi culpa. Mia Fisher, la campesina de las Comarcas, la mujer que me golpeó la cara, la chica a la que salvé de unos borrachos y a la que entregué una fortuna sin pedir nada a cambio... estaba dentro de la institución mágica más elitista del imperio, vistiendo el uniforme de la clase alta.
Un mareo violento amenazó con hacerme perder el equilibrio. Di un paso instintivo hacia ella, impulsado por una fuerza ciega que me exigía acortar la distancia, tomarla por los hombros y gritarle mil preguntas a la cara.
Una mano de hierro me sujetó firmemente por el antebrazo, deteniendo mi avance antes de que cometiera una locura irreflexiva frente a toda la corte.
Me giré con furia salvaje, listo para degollar a quienquiera que se atreviera a tocarme, pero me encontré con el rostro adusto y tenso de Albus.
—Aelion... —murmuró Albus en un susurro tan bajo que solo mis orejas de elfo pudieron captarlo. Tenía la voz ronca por la conmoción—. ¿Qué te pasa?
—Albus... —articulé con un hilo de voz que apenas reconocí como mía. Sentía que el corazón me iba a estallar contra las costillas—. Dime que no me he vuelto loco. Dime que no estoy alucinando.
Albus desvió la mirada un milisegundo hacia la fila de estudiantes de la izquierda, identificando a la muchacha de túnica azul que temblaba junto a la columna, antes de volver a clavar sus ojos en mí con una gravedad aterradora.
—No estáis alucinando —susurró el capitán, y el temblor en su voz me confirmó el abismo sobre el que estábamos parados—. Es ella, pero ¿Como?
La confirmación me golpeó como un mazazo.
¿Cómo era posible? ¿Cómo había llegado una humana sin recursos ni estatus desde un bar de la ciudad baja hasta los pasillos restringidos de la Academia Celestial? ¿Y cómo demonios había superado los filtros de admisión arcanos sin que nadie en la capital se percatara de que poseía afinidad?
Y lo peor de todo: me había ocultado cada fragmento de su verdad, había huido de mí como si fuera un monstruo...
—Aelion —la voz de la reina resonó a mi izquierda, más cerca esta vez.
Giré la cabeza despacio, obligando a cada músculo de mi rostro a volver a congelarse en la máscara de piedra. La Reina Elora me observaba con los ojos entornados, sus pupilas violetas escudriñando cada centímetro de mi expresión con una perspicacia peligrosa. Isolda, a su lado, me miraba con impaciencia y fastidio.
—Te has detenido en seco —dijo la reina, dando un paso hacia el centro del pasillo—. ¿Se puede saber qué ha captado tu atención con tanta vehemencia entre la clase de primer año?
Sentí a Albus tensarse detrás de mí, listo para intervenir o cubrir cualquier error. A diez metros, vi de reojo cómo la chica pelirroja daba un paso discreto hacia adelante para intentar cubrir a Mia con su cuerpo, mientras Mia bajaba la mirada precipitadamente hacia el suelo, rezando para que la comitiva continuara su marcha.
Tragué el nudo de fuego que me abrasaba la garganta. La sangre me ardía por la combinación de la rabia, la conmoción, la incredilidad y un alivio salvaje que me inundó el alma al saber que estaba viva y a salvo.
—Nada que deba preocuparte, madre —respondí, logrando que mi voz sonara con una arrogancia impecable, seca y distante—. Simplemente estaba observando la pésima postura de la clase de iniciados.
El Director soltó un risita nerviosa y apenada, ahogándose en su propio cuello de encaje.
La reina no se rió. Su mirada viajó despacio por la fila de estudiantes donde se encontraba Mia, deteniéndose un segundo en la zona antes de volver a clavar sus ojos violetas en los míos. Sabía que no se había creído mi excusa del todo.
Sabía que la conmoción en mi aura había sido demasiado intensa para responder a un simple fallo de postura. Pero el protocolo público le impedía cuestionarme más a fondo frente a los estudiantes.
—La disciplina se demuestra en la arena de exhibición, hijo mío —dijo Elora con voz pausada y majestuosa—. Esperemos que las habilidades de estos jóvenes superen tus bajas expectativas cuando comience la ceremonia.
—Eso lo veremos muy pronto —sentencié, fijando una última mirada de advertencia sobre la figura de Mia antes de darle la espalda de forma categórica.
Me puse en marcha de nuevo, encabezando la marcha de la comitiva a lo largo del pasillo hacia el gran estrado real.
Caminé con la barbilla elevada y los hombros erguidos, pero por dentro era un hombre destruido y reconstruido en cuestión de segundos. El juego había cambiado por completo.
La monotonía del viaje a la academia, el tedio del protocolo y la rabia retenida contra Isolda se disiparon, reemplazados por una tormenta de anticipación y posesividad que amenazaba con hacer arder el recinto entero.
Mia Fisher estaba aquí. A mi alcance. Bajo el mismo techo de piedra.
Había intentado huir de mí, me había ocultado su poder y me había dejado sufriendo por el fantasma de su ausencia. Pero el destino la había puesto directamente en mi tablero.
Esa misma tarde, en la arena de exhibición elemental, cuando el protocolo me exigiera escoger a un estudiante para la demostración oficial, no elegiría a ningún heredero noble de la corte.
La elegiría a ella. Obligaríara a la pequeña humana a dar un paso al frente ante los ojos de la reina y del imperio entero. Y finalmente, obligaría a mi compañera a mirarme a los ojos y entregarme todas las respuestas que me debía.