Valeria pensó que su vida se había terminado el día que su padre la obligó a casarse por negocios. El acuerdo familiar era absoluto: debía unirse a Ismael, el heredero de 24 años de la hacienda vecina, un hombre frío al que apenas conocía. Lo que Valeria no imagina es que Ismael odia esa tradición tanto como ella y esconde un secreto: ha construido una empresa millonaria en la ciudad y planea vender las tierras familiares para liberarlos a ambos.
Obligados a mudarse a la gran ciudad para mantener las apariencias, tendrán que convivir bajo el mismo techo compartiendo sábanas, mentiras y roces eléctricos. Pero cuando el juego de actuar como la pareja perfecta empieza a derretirse bajo el calor de las aguas termales de la costa y el asfalto urbano, las frías reglas de su sociedad financiera saltan por los aires. ¿Podrán conseguir la libertad sin perder el corazón en el intento? Una historia de amor forzado, secretos y superación.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 9. HILOS DE UN NUEVO COMIENZO
El regreso al apartamento nos devolvió la calma que la calle nos había arrebatado. Ismael me preparó una taza de té caliente y esperó a que el temblor de mis manos desapareciera por completo antes de sentarse frente a mí en la mesa del comedor. Se había quitado la corbata y la chaqueta del traje, y me miraba con una seriedad que no admitía réplicas, pero en sus ojos ya no había enfado, sino una profunda preocupación.
—Esto no puede volver a repetirse, Valeria —comenzó a decir, cruzando los brazos sobre la mesa—. Hoy he tenido suerte de localizar tu última posición, pero la ciudad es inmensa y no siempre podré salir corriendo de la oficina en mitad de una reunión con clientes. Tienes que aprender a moverte aquí dentro, por tu propia seguridad y por tu independencia.
—Lo sé —admití, bajando la vista hacia la taza humeante, sintiendo que el orgullo me escocía—. Me confié. En el pueblo todo es tan pequeño que pensé que sería fácil. No quiero ser una carga para ti, Ismael. De verdad que no.
—No eres una carga —interrumpió él de inmediato, con un tono sorprendentemente suave que me obligó a levantar la cabeza—. Eres mi socia en esto, ¿lo recuerdas? Y los socios se protegen. Por eso he estado pensando en una solución mientras conducía de vuelta. He hablado con Héctor. Él tiene una hermana menor, Sofía. Tiene tu misma edad, dieciocho años, y nació aquí en la capital. Conoce cada línea de metro, cada autobús y cada rincón de la ciudad como la palma de su mano. Le he pedido que venga mañana a conocerte.
—¿Una chica de mi edad? —pregunté, un tanto sorprendida.
—Sí. Sofía es una fuerza de la naturaleza, completamente diferente a Héctor, pero muy espabilada —esbozó una pequeña sonrisa—. Ella te enseñará a desenvolverte, te mostrará cómo orientarte, cómo usar las aplicaciones del teléfono y te acompañará hasta que te sientas segura de caminar sola por el asfalto. Además, creo que te vendrá bien tener una amiga aquí.
Sentí un alivio enorme en el pecho. La idea de tener a alguien de mi edad que me guiara sin juzgarme era justo lo que necesitaba.
—Gracias, Ismael —susurré, sincera.
—No hay de qué. Pero hay algo más que quiero proponerte —continuó él, acomodándose en la silla y clavando sus ojos oscuros en los míos—. No quiero que te pases los días encerrada en este piso limpiando o esperando a que yo regrese de la oficina. Estás libre de tu padre, Valeria. Estás en la ciudad de las oportunidades. Creo que es el momento de que te apuntes a estudiar lo que realmente te guste. Yo asumiré todos los gastos de la academia o la escuela que elijas; tómalo como parte de nuestro trato financiero. Dime, ¿qué es lo que te apasiona? Si pudieras elegir cualquier profesión del mundo, ¿a qué te dedicarías?
La pregunta me pilló totalmente desprevenida. En la hacienda de mi padre, las mujeres no elegían profesión; su único destino era aprender a llevar una casa y esperar a que un hombre las mantuviera. Jamás nadie me había preguntado qué quería hacer con mi vida. Sentí un vuelco en el corazón y el rostro se me encendió de la emoción. Miré mis propias manos y recordé los momentos más felices de mi adolescencia, esos que pasaba encerrada en mi cuarto lejos de los gritos de mi padre.
—A mí... a mí siempre se me ha dado muy bien coser, Ismael —confesé, con la voz temblando ligeramente por el miedo a que se burlara—. En el pueblo, mi madre me obligaba a ayudar a las costureras con los ajuares, pero a mí lo que de verdad me volvía loca era transformar la ropa vieja. Agarraba los vestidos antiguos de mis tías, los desarmaba por completo, les cambiaba el corte, les hacía apaños modernos y creaba diseños nuevos en secreto. Me gustaría estudiar Diseño de Moda. Sé que suena como una tontería de ricos de la ciudad, pero cuando tengo una aguja y un hilo en las manos, siento que soy dueña de algo.
Me quedé conteniendo la respiración, esperando que Ismael soltara una risa fría o me dijera que la moda no era un negocio serio para una mente matemática como la suya. Sin embargo, él permaneció en silencio unos segundos, analizándome con la mirada, viendo el brillo de determinación que acababa de nacer en mis ojos.
—No suena a tontería en absoluto —sentenció Ismael con una firmeza aplastante—. Al contrario, el mercado textil y del diseño mueve millones de euros al año en la capital si se sabe gestionar bien. Tienes un talento, Valeria, y el talento es una herramienta muy poderosa para conseguir la independencia que tanto buscas.
Se levantó de la mesa, caminó hacia su despacho y regresó un momento después con una tableta digital. La encendió y la deslizó hacia mí.
—Mañana, cuando venga Sofía, le pediré que te lleve a visitar las dos mejores escuelas de diseño y alta costura de la zona centro —dijo, guiñándome un ojo con una complicidad que me aceleró el pulso—. Mira los planes de estudio esta noche. Elige la que más te guste y yo mismo haré la matrícula esta semana.
Contemplé la pantalla de la tableta llena de fotos de maniquíes, bocetos de vestidos y talleres de costura modernos. No podía creerlo. Estaba en la ciudad, tenía un socio que creía en mí y un lienzo en blanco para construir mi propio futuro. Mientras miraba los diseños de moda, una sonrisa victoriosa se dibujó en mi rostro. Pensé en Aarón, en lo orgulloso que se sentiría si pudiera verme ahora. "Espérame un poco más, hermanito", pensé para mis adentros con renovadas fuerzas, "me voy a convertir en la mejor diseñadora de esta ciudad y muy pronto vendré a sacarte de ese infierno". El hilo de mi nueva vida ya estaba enhebrado, y esta vez, nadie iba a cortarlo.