Noelia Pérez es una mujer mayor de 89 años que muere de un ataque al corazón, pero inexplicablemente despierta en otra realidad. No se ha convertido en ninguna preciosa jovencita, sigue siendo una mujer mayor, pero esta vez tiene unos 50 años, un gato tuerto, una casa desvencijada y un nieto delicado que viene a vivir por ser rechazado por su preferencia sexual. ¿Qué hará Noelia con esta nueva vida? Acompáñame y verás como solo hay que desear vivir con mucha fuerza para brillar desde la miseria más absoluta.
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Una mentira conveniente
La fiesta de Aritza había quedado atrás, pero el Valle todavía parecía vivir de ella. Durante toda aquella semana se respiraba una alegría extraña y contagiosa. Los adultos seguían comentando los detalles de la recepción. Las mujeres hablaban de los vestidos y los peinados. Los hombres discutían sobre la organización y los adolescentes habían convertido la fiesta en una colección interminable de anécdotas. Todos parecían felices.Todos menos dos personas. Lían y Andrés. Aunque por motivos completamente distintos. Desde aquella noche, Megan había sufrido una transformación que Lían, sencillamente, no comprendía.
La muchacha había llegado a la fiesta convencida de que estaba enamorada de Mateo. Después de bailar con él, sin embargo, su corazón adolescente había decidido cambiar de objetivo con una velocidad desconcertante y esta vez no pensaba quedarse esperando. Primero fueron las tarjetas. Pequeñas cartulinas perfumadas, llenas de corazones rosas, que aparecían dentro de sus libros. Después en su taquilla. Luego en los bolsillos de su mochila. Todas tenían mensajes inequívocos. "Para el chico más hermoso del Valle. ¿Cuándo vas a darte cuenta de que somos perfectos juntos? No puedo dejar de pensar en ti. Vives en mis pensamientos sin renta."
Lían las leía con la misma expresión que habría utilizado para estudiar una factura de electricidad. Después las arrugaba y las guardaba en el bolsillo para tirarlas cuando nadie lo viera, pero había alguien que no las encontraba nada divertidas. Andrés. Desde cierta distancia observaba cómo Megan rondaba cada vez más cerca de Lían y sentía que algo dentro de él se tensaba. Era absurdo. No tenía derecho a sentirse así. Lían no le pertenecía. Ni siquiera sabía si Lían había pensado alguna vez en él de la manera en que pensaba en Lían. Además, durante aquella semana habían ocurrido cosas que, en otras circunstancias, Andrés habría considerado imposibles.
Ya no era el chico que todos miraban con desconfianza. Ahora cruzaba saludos cordiales con el grupo de Lían. Con Mateo incluso había mantenido conversaciones bastante serias sobre el desarrollo del equipo de hockey. Aritza había sido todavía más sencilla. La muchacha estaba tan agradecida con los padres de Andrés que había decidido extender aquella gratitud a él. A veces incluso lo invitaba a almorzar con ellos como hoy y los demás lo habían aceptado con naturalidad. Todos menos él mismo. Porque cada vez que se sentaba cerca de Lían, Andrés tenía que recordar respirar. Aquel día, por ejemplo, estaba sentado a la mesa hablando con Mateo de motocicletas.
-Te digo que esa modificación no tiene sentido. -decía Mateo. -Si quieres más potencia, tienes que tocar el sistema de admisión.
-Depende de lo que quieras conseguir.
Aritza estaba concentrada en su comida. Andrés miró hacia la entrada de la cafetería. Esperaba verlo llegar, pero Lían no aparecía. Lo que ninguno de ellos sabía era que, en ese preciso momento, Lían estaba encerrado en un aula vacía. Megan había esperado a que estuviera solo en el pasillo, lo había interceptado y prácticamente lo había empujado dentro. Después había cerrado con pestillo.
-¿Megan qué te pasa? Me esperan para almorzar.
-No me interesa. -Lían la miró con incredulidad.
-Eso es evidente. A ver, suelta lo que tengas que decir rápido. Me muero de hambre. -Megan respiró profundamente.
-Sé mi novio. -Lían parpadeó.
-¿Qué?
-Que seas mi novio.
-No, ni loco. ¿No te gustaba Mateo?
-Eso era un capricho. Estaba equivocada. Quien me gusta eres tú. -Lían levantó las manos.
-Ah, felicidades por aclararte. Ahora, si me disculpas, me voy a almorzar. Mira, no te lo tomes a mal. Eres una chica muy bonita y todo eso, pero yo paso... -mientras hablaba se acercó a la puerta. Sus dedos ya rozaban el pestillo cuando la voz de Megan cambió.
-No te atrevas a abrir esa puerta. -Lían se quedó inmóvil.
-¿Qué?
-No te atrevas a no aceptar ser mi novio. -el tono era tan frío que Lían se giró lentamente. La expresión de Megan ya no tenía nada de adolescente enamorada. Tenía una mirada más fría que el propio invierno.
-Exactamente, ¿por qué no debo hacer ninguna de las dos cosas? -dijo Lian cauteloso.
-Porque si no, le digo al director quién causó el accidente del laboratorio de química. -Lían soltó una risa seca.
-Adelante. Eso fue el año pasado. Como mucho me suspenden una semana, hago una reflexión de cuatro cuartillas y listo.
-Y también le digo que patinas en la pista después del cierre.
-Eso no es un delito.
-Lían... -Megan tragó saliva. Por un instante pareció sinceramente asustada. -De verdad necesito que seas mi novio. Estoy en peligro.
-Mira, no quiero ser insensible, pero eso ¿qué tiene que ver conmigo? Ve y dile al sheriff, al alcalde e incluso al director del instituto.
-No puedo.
-¿Por qué? -Megan bajó la mirada. Cuando volvió a levantarla, sus ojos estaban húmedos, pero tercamente decididos.
-Ódiame si quieres, pero si no aceptas mi petición, le diré a todo el Valle que me violaste la noche de la fiesta. -Lían sintió que la sangre abandonaba su rostro.
-No serías capaz.
-Rétame.
-Oye, oye, cálmate. Estás hablando de un delito. ¿Megan, estás loca?
-Sí. Y más loca me voy a volver si no aceptas.
-No. No has oído la frase de "Aprenderás mucho. Dijo la decepción." 😞
-Lían, solo necesito que finjamos ante los demás que somos novios durante un tiempo. Si quieres redactamos un contrato. Ponemos límites para los dos.
-¿Por qué tendría que hacer eso? -Megan dio un paso hacia él.
-Porque te lo estoy pidiendo. No eres la persona que debería ser, pero eres quien llegó a mí cuando más te necesito. Ve esto como un favor que te voy a devolver.
-Eso no es una razón y no necesito tus favores.
-Entonces porque, si no haces lo que digo, me voy a poner creativa con tu adorada Aritza. -aquello cambió el rostro de Lían. Se enfureció.
-Deja a Aritza fuera de esto.
-Acepta mi propuesta.
-No. -Lían abrió el pestillo. ¿Sabes qué? Me voy. Ve a que te examinen la cabeza, Megan.
-Está bien. Vete. Al perro hay que soltarlo para ver hasta dónde corre. -Lían salió muy enfadado. -Pero hoy, al terminar las clases, espero tu respuesta. -añadió ella desde dentro. -Te esperaré en la pista al cierre. -Lían cerró la puerta de un portazo. Megan se quedó sola. Estaba temblando, pero en sus ojos persistía aquella terquedad absurda. Cuando Lían llegó a la cafetería, Aritza fue la primera en notarlo.
-Con esa cara parece que acabas de declararte enemigo público de la felicidad.
-Creo que acabo de hacerlo literalmente.
-No me digas. -Mateo levantó las cejas. Andrés dejó de mover la bebida.
-¿Y qué es lo que te ha pasado? —preguntó Aritza, ya preocupada. Lían dudó.
-Ha sido cosa de Megan. -Mateo suspiró.
-Te comprendo. Oye, Lían, disculpa por eso.
-¿Por qué?
-Esa chica te fastidia por mi culpa. Le interrumpiste la confesión que tenía preparada para mí la noche de la fiesta. Todo el instituto lo sabe y ahora se desquita contigo, pero no te preocupes. Eso se le pasa. -Lían dejó caer los hombros.
-Me ha pedido que sea su novio. -Andrés, que acababa de beber, escupió la bebida.
-¿Qué te ha pedido qué? -Mateo silbó por lo bajo. Aritza abrió la boca.
-¿Aceptaste?
-Claro que no.
-Dios... Esto es... No sé qué decir. -Aritza miró a Lían de arriba abajo. -Aunque entiendo a Megan. -Andrés giró la cabeza hacia ella.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Es que mira a Lían. -Mateo sonrió.
-Sí, y...
-No. No así. Míralo bien. Como lo vería una mujer. -Andrés obedeció y cometió el error de hacerlo demasiado tiempo. -Lían es precioso. -continuó Aritza. - Con esa expresión prohibida puede tumbar a cualquiera. Si no fueras mi amigo y nos hubiéramos criado como hermanos, yo también te perseguiría. -tres pares de ojos se clavaron en Lían. El muchacho se puso rojo hasta las orejas.
-Ya basta. -tomó el tenedor. -Me van a quitar el apetito.
La conversación terminó allí, pero Andrés no volvió a probar bocado con tranquilidad. Las clases de la tarde fueron pesadas. Excepto deportes y cuando llegó el cierre del día. Lían ya había conseguido olvidar a Megan. Al menos temporalmente. La pista lo esperaba. Se colocó las cuchillas y salió al hielo. Allí volvía a ser él. No existían las tarjetas rosas. Ni las amenazas. Ni las miradas. Ni siquiera Andrés. Solo el hielo bajo sus pies. Su abuela Lía iba a supervisar al día siguiente los ejercicios que le había dejado como tarea y Lían no quería decepcionarla. Practicó durante una hora. Cuando finalmente se sentó en las gradas para quitarse los patines, estaba agotado. Entonces Megan se sentó a su lado.
-¿Hablabas en serio? -Lían ni siquiera levantó la mirada.
-Sí, pero antes lee esto. -le tendió unas hojas sujetas con una pequeña pinza.
-¿Qué es?
-Un contrato. -Lían la miró.
-¿Eres abogada?
-No, pero mi padre sí y he aprendido cómo se hace. -Lían tomó los papeles.
-¿Y qué quieres que haga con esto?
-Léelo hasta el final. Después modificamos las cláusulas con las que no estés de acuerdo y añadimos las que tú consideres necesarias.
-¿No vas a dejarme en paz?
-No. -Lían cerró los ojos.
-Dame acá eso. Lo leo en casa y mañana te digo. -Megan sonrió.
-Está bien.
Le dio un rápido beso en la mejilla. Se levantó y se marchó sin mirar atrás. Lían contempló las hojas como si de una serpiente mortal se trataran, mientras se limpiaba con furia el cachete. Durante unos segundos consideró dejar las hojas allí, pero si alguien las encontraba, serían material perfecto para el bullying del instituto. Las guardó, fastidiado dentro de la mochila. Ya era tarde. Tenía que subir a la montaña. Mateo seguramente ya se había ido. Casi estaba saliendo del pueblo cuando vio a Andrés. El muchacho hizo una señal con la mano. Lían frenó.
-¿Qué pasa? -Andrés se acercó y le tendió una pequeña bolsa.
-Esto lo envía mi madre para tu abuela.
-Gracias. Se lo daré. -hubo un silencio extraño. Andrés lo miró.
-Oye, Lían.
-¿Sí?
-Aritza tiene razón. -Lían frunció el ceño.
-¿En qué? -Andrés tragó saliva.
-En que eres precioso. -Lían se quedó completamente inmóvil.
-No sé qué responder a eso.
-No tienes que responder. -pero Lían ya estaba encendiendo la moto.
-Adiós. Nos vemos mañana.
Arrancó demasiado rápido. El corazón le saltaba uno de cada tres latidos. Hoy definitivamente no era su día. Cuando llegó a casa, Lía lo recibió con un abrazo. Lían se dejó envolver. Lo necesitaba. Después de cenar se retiró a su habitación. Sacó el contrato de Megan de la mochila y lo extendió sobre la cama. La primera página tenía un título absurdo para lo absurdo de aquella situación. ACUERDO PRIVADO DE NOVIAZGO SIMULADO Lían arqueó una ceja. Comenzó a leer. Primera cláusula. Ambas partes acuerdan mantener ante terceros la apariencia de una relación sentimental durante el período establecido, evitando contradicciones públicas que puedan despertar sospechas.
Segunda cláusula. Ninguna de las partes estará obligada a mantener contacto físico que le resulte incómodo a solas, pero estará permitido ante terceros. Los abrazos, tomarse de las manos y cualquier otra muestra de afecto deberán ser previamente consentidos. Lían asintió lentamente. Al menos Megan había entendido que aquello necesitaba límites. Tercera cláusula. Ninguna de las partes podrá interferir en los estudios, amistades, actividades deportivas o familiares de la otra. Cuarta cláusula. La relación ficticia implicará exclusividad sentimental real. Cada parte conservará plena libertad respecto a sus sentimientos y relaciones personales dentro del acuerdo. Lían se detuvo. Aquella cláusula le produjo una sensación extraña.
Siguió leyendo. Quinta cláusula. Ninguna de las partes revelará a terceros la existencia de este acuerdo sin consentimiento mutuo. Sexta cláusula. El acuerdo tendrá una duración inicial de noventa días, prorrogable únicamente mediante consentimiento de ambas partes. Séptima cláusula. Si una de las partes decide poner fin al acuerdo, deberá comunicarlo con veinticuatro horas de antelación. Octava cláusula. Ninguna de las partes utilizará amenazas, chantajes o información personal para obligar a la otra a mantener el acuerdo. Lían soltó una carcajada incrédula.
-Después de lo de hoy... ¡Qué ironía!
Al final había un espacio para observaciones y una frase escrita a mano. Puedes cambiar lo que quieras. Lían dejó el papel sobre la cama. Podía negarse. Debía negarse. Megan estaba loca. Aquello era absurdo y sin embargo, había algo mucho más peligroso que cualquier cláusula en aquel montón de hojas. Andrés. Lían cerró los ojos. Recordó su voz. "Eres precioso". Recordó la forma en que lo había mirado. La facilidad con que su corazón había comenzado a golpearle el pecho y recordó también todas las veces que había sentido aquella incomodidad inexplicable cuando Andrés estaba cerca. No quería pensar en ello. No quería averiguar qué significaba. No estaba preparado. Quizás ni siquiera quería estarlo. Porque algunas verdades daban miedo antes de ser pronunciadas.
Lían tomó nuevamente el contrato. Lo leyó una última vez. No iba a aceptar por las amenazas. No por Aritza, no por Mateo. Ni siquiera por las tarjetas rosas de Megan. Iba a aceptar porque aquella mentira le ofrecía algo que necesitaba desesperadamente. Una excusa. Una pantalla. Una forma de mantener a Andrés a distancia. Una manera de convencerse de que el vértigo que sentía cuando él estaba cerca no significaba nada. Por primera vez no caminaba sin destino. Lían tomó un bolígrafo. Durante varios segundos contempló el espacio reservado para su firma. Después escribió su nombre. Lían y mientras observaba la tinta fresca, sintió que acababa de tomar una decisión que quizá algún día lamentaría. No porque Megan fuera a convertirse en su novia. Sino porque acababa de utilizarla para huir de la única persona de la que, en realidad, estaba empezando a enamorarse.
Andrés Santiesteban