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Comprada por el rey sin corona

Comprada por el rey sin corona

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Romance oscuro
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.

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Capítulo 12

Capítulo 12 — Cinco días

No comí los duraznos.

Me pasé la mañana mirando la fila de latas como si fueran una trampa, y a lo mejor lo eran. Porque un hombre que te encierra y te quita los sabores de tu casa y después llena tu cajón, en silencio, con lo único que le confesaste que te consolaba de niña, no está siendo bueno contigo. Está estudiándote. Está aprendiendo dónde te duele para saber dónde apretar la próxima vez. Eso me repetí, tercamente, para no ablandarme, porque ablandarme ahí adentro era la manera más rápida de perderme.

Cuando él volvió, esa tarde, no le di las gracias. No mencioné las latas. Estaba tan segura de que las había puesto para que yo cediera —para que corriera a comer y a agradecer— que decidí hacer exactamente lo contrario.

—¿Los abriste? —preguntó al fin, como sin darle importancia, mirando el cajón cerrado.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no le pedí nada, señor. —Levanté la barbilla—. Y lo que no se pide, no se debe.

Algo se le endureció en la cara. No sé qué esperaba —¿que me deshiciera?, ¿que llorara de gratitud?—, pero fuera lo que fuera, no lo tuvo, y a los hombres como él no hay nada que los saque más de quicio que darle algo a alguien y que no lo quiera.

Se acercó. Barrió el buró con el brazo. La lámpara, el vaso, un plato con la fruta cortada que doña Delia me había dejado y que yo no había tocado: todo al suelo, en un estrépito de vidrio. Después pisó los pedazos, despacio, sin dejar de mirarme, como quien te enseña de qué es capaz.

—Aquí no decides tú qué debes y qué no —dijo—. Aquí como, si yo digo. Y callas, si yo digo.

No sé de dónde me salió. Me arrodillé entre los vidrios y tomé uno en el puño. No para amenazarlo a él. Para amenazarme a mí, que era lo único que me quedaba. Cerré la mano hasta que el borde me abrió la palma y sentí el calor de la sangre entre los dedos, y desde el suelo, con esa calma horrible que da tocar fondo, le dije:

—Esta vida es lo único que todavía es mío. Lo único que usted no compró. Si aprieta demasiado, se lo quito. Y entonces se queda sin médica, sin sangre y sin juguete. —Abrí la mano y le enseñé el corte—. Piénselo bien, señor: no todo lo que se encierra sobrevive al encierro.

No fue valentía. Ya lo dije otra vez: era que no me quedaba miedo. Cuando a una la despojan de todo, el propio cuerpo se vuelve la última frontera, y hay una clase de poder amargo en ser la única que decide si esa frontera se cruza. Yo no quería morirme. Quería vivir, volver a mi casa, ver a mi mamá. Pero necesitaba que él supiera que ni siquiera eso —ni siquiera lo más mío— estaba a la venta.

Esperaba rabia. Otro golpe. Lo que vi en su cara fue otra cosa, y tardé en reconocerla porque no le pegaba: fue susto. Un susto blanco, de un instante, que le cruzó los ojos y se fue tan rápido que pude haberlo soñado. Me quitó el vidrio de la mano de un manotazo, me apretó la palma con su propio pañuelo, tan fuerte que dolió, y por un segundo pareció que iba a decir algo.

No lo dijo. Se levantó, llamó a doña Delia a gritos para que me curara y salió del cuarto dando un portazo que hizo temblar los cristales.

Esa madrugada oí el helicóptero.

Me lo contó Delia al otro día, con la voz rara: el señor se había ido antes del amanecer, sin avisar, a la frontera del norte, donde había otra vez fuego con la gente de Baltasar. Se había ido a la guerra como quien se va a esconder. Y no volvió.

No volvió al día siguiente, ni al otro.

Y yo dejé de comer.

No fue un plan. Al principio fue solo que el corte de la mano se me infectó un poco y me quitó el hambre, y que la comida de convaleciente me daba náuseas, y que en el fondo, sin decírmelo, había descubierto que no comer era lo único que me hacía sentir dueña de algo. Doña Delia me rogaba. Me traía caldito, me daba cucharadas como a una niña, se persignaba. "Coma, mija, por el amor de Dios, se me va a acabar." Yo tomaba dos sorbos para que dejara de llorar y lo demás lo dejaba enfriar.

No buscaba el final. Que quede claro, porque a veces lo confundí yo misma en esos días de niebla: no quería apagarme, quería mandar. En una casa donde no era dueña ni de la puerta ni de mi nombre, negarme a comer era la única palanca que me quedaba, la única frontera donde la última palabra seguía siendo mía. Me agarraba de mi gente para no soltarme: mi mamá abanicándome con el periódico, mi papá remendando la lancha, Chato echado bajo la mesa, el mar de Veracruz sonando de noche. "Aguanta un día más", me decía. "Que se asuste. Que entienda que no puede tenerlo todo. Y cuando afloje, corres." Era un plan terrible, hecho de terquedad y de calentura, pero era mío, y en esos días fue lo único mío que tuve.

Pasó un día. Pasaron dos. La casa entera parecía contener la respiración. Al tercero ya casi no me levantaba. Al cuarto veía luces cuando me sentaba en la cama. Delia mandó llamar al médico a escondidas —tenía prohibido molestar al señor con "tonterías de la muchacha"— y el médico me puso suero y dijo palabras feas en voz baja y mandó razón al Torreón que nadie se atrevió a subir.

Al quinto día volvió Dante.

Lo supe por el ruido: pasos rápidos en la escalera, la puerta abierta de golpe. Venía de la frontera todavía con el olor del norte encima, la ropa oscura de polvo, la cara de alguien que ha matado hace poco y no ha dormido. Traía la mandíbula apretada, listo para reñir, listo para castigar mi silencio de cinco días con más frío.

Se detuvo en seco a los pies de la cama.

Debí de verme muy mal. Lo supe por cómo se le cayó, de golpe, toda la rabia que traía puesta, como una máscara que se resbala. Miró el suero. Miró mi brazo. Miró a doña Delia, que temblaba en un rincón con el rosario en las manos.

Nunca lo había visto así. Ese hombre entraba a los cuartos como entra el frío, seguro de que todo se apartaba a su paso. Ahora se había quedado clavado a los pies de mi cama, y por un instante dejó de ser el Rey sin corona y el dueño de todo: fue nada más un hombre mirando a alguien que se le apagaba entre las manos, sin saber qué hacer con eso, porque a lo mejor nunca le había importado bastante nadie como para tener que aprenderlo.

—¿Qué le pasa? —Su voz no sonó como siempre.

—Ay, señor. —Delia se echó a llorar—. No come. No ha comido casi nada en cinco días. El médico dice… dice que es huelga de hambre, que se dejó caer, que si no reacciona…

—¿Huelga de hambre? —Se acercó, se sentó en la orilla de la cama, me tomó la muñeca. La suya estaba fría y le temblaba, a él, al que nunca le temblaba nada. Sentí que me contaba el pulso con el pulgar, apenas, como si tuviera miedo de no encontrarlo—. Ana…

El nombre se le salió solo. Mi nombre. El de verdad, el que yo nunca le había dicho, el que había enterrado bajo "Mía Duarte" el primer día en el campamento para tener algo que fuera mío y que él no tocara.

Abrí los ojos apenas. Él no pareció darse cuenta de lo que acababa de decir. Me levantó de la cama en brazos, envuelta en la cobija, suero y todo, y ya iba hacia la puerta cuando lo oí ordenar, con una voz que no le había oído nunca —ronca, urgente, casi rota—:

—Al ala médica. Ahora. Y que despierten a todos.

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