Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 10
Las siguientes horas transcurrieron bajo una atmósfera de tensión invisible. Aunque el príncipe Lucas, ajeno a la gravedad del momento, cenó con un apetito inusual y una tranquilidad que reflejaba la seguridad que había encontrado en ella, Elizabeth no podía borrar de su mente la imagen de los ojos desiguales del emperador. Aquella mirada penetrante, combinada con la agudeza sensorial de un alfa puro, significaba que su fachada de simple niñera pendía de un hilo muy frágil.
Al caer la noche, tras asegurarse de que el niño se hubiera quedado profundamente dormido en su cama con el soldadito de plomo firmemente apretado contra el pecho, Elizabeth se retiró a su pequeña y austera habitación de servicio contigua.
Se sentó al borde de la estrecha cama, con la espalda rígida y la mente trabajando a toda velocidad. Sabía que Vinicius no dejaría las cosas así. Una orden de vigilancia estricta significaba que los guardias y espías del emperador estarían atentos a cualquier desliz, cualquier movimiento fuera de lugar o cualquier rastro de su verdadera identidad como la noble caída en desgracia. Tendría que ser extremadamente cautelosa si quería mantener su plan de venganza a flote sin ser descubierta.
Mientras tanto, en el ala opuesta del palacio, el emperador Vinicius permanecía de pie frente a los grandes ventanales de su despacho, con la copa de vino sin tocar sobre el escritorio. La penumbra de la noche envolvía su imponente figura, pero sus pensamientos estaban fijos en un solo punto: la extraña muchacha que había logrado apaciguar a su hijo y cuyo rastro energético parecía un fantasma en los pasillos imperiales.
—Kaelen —llamó Vinicius en un tono apenas audible, sabiendo que su leal comandante vigilaba al otro lado de la puerta.
La pesada madera se abrió de inmediato y el general apareció en el umbral, haciendo una reverencia respetuosa.
—¿Sí, mi señor?
El emperador no apartó la vista de la oscuridad exterior, donde los jardines se extendían como una mancha negra bajo la luna. Sus sentidos de alfa le recordaban la fragilidad del equilibrio en su corte, y la presencia de esa nueva niñera le picaba en el instinto como una espina invisible.
—Quiero que aumentes la discreción de la vigilancia sobre ella —ordenó Vinicius con voz glacial, cortante como el hielo—. No te limites a los informes de la intendencia. Si tiene algún secreto, si oculta algo... quiero que descubras exactamente qué es antes de que termine la semana.
El silencio de la medianoche se cernía sobre el palacio como un manto de plomo. Dentro de la alcoba real, la respiración del pequeño Lucas era un compás a rítmico y profundo, la prueba de que el sueño lo había atrapado por completo, aferrado aún a su inseparable soldadito de plomo. Elizabeth, de pie junto a los cortinajes de la ventana de su pequeña habitación de servicio, sintió que el aire del interior se volvía demasiado denso, cargado con el eco persistente de la tensa advertencia del emperador.
Necesitaba respirar. Necesitaba un instante de tregua antes de que el peso del mundo volviera a caer sobre sus hombros al amanecer.
Con pasos de pluma, evitando que la madera crujiera bajo sus suelas, se deslizó fuera de su alcoba y buscó una salida secundaria que conducía directamente al patio interior. A esa hora, los guardias cambiaban de turno y los pasillos de servicio quedaban en un limbo de quietud. Empujó una puerta lateral de roble y salió al exterior, donde la noche la recibió con una bofetada de brisa fresca y el aroma húmedo de la tierra y las rosas blancas.
El jardín estaba desierto. Bajo la bóveda celeste, un mar de estrellas titilaba con una intensidad helada, ajeno por completo a las intrigas y los peligros que latían tras los muros de piedra del palacio. Elizabeth caminó despacio por los senderos de gravilla, con los brazos cruzados sobre el pecho para contener el frío, buscando el rincón más apartado, allí donde las fuentes de mármol murmuraban un canto monótono. Alzó la vista al cielo, permitiendo que la inmensidad del firmamento borrara por un segundo la sombra de los ojos desiguales de Vinicius.
Pero el efímero remanso de paz se quebró de golpe.
Un sonido sutil, ahogado pero cargado de un sufrimiento desgarrador, se coló por entre el murmullo del agua. Elizabeth se quedó congelada, conteniendo la respiración. Aguzó el oído, guiada por el instinto agudo que su propia condición de loba —aunque rota y silenciada— jamás había perdido del todo. El quejido volvió a repetirse, un gemido de dolor profundo que parecía arrastrarse desde el cauce del riachuelo artificial que serpenteaba en los límites traseros del jardín, justo donde la vegetación se espesaba y la luz de la luna apenas penetraba.
Sin pensarlo dos veces, impulsada por una urgencia que superaba el miedo a infringir las normas, Elizabeth abandonó el sendero seguro y se adentró entre los arbustos.
Asomó la cabeza con extrema cautela, apartando las hojas de un helecho gigante. Al pie de la orilla del riachuelo, semiobservado por las sombras de los sauces llorones, yacía una masa oscura, inmensa y pesada. Era un lobo de proporciones colosales, un ejemplar de pelaje negro como la noche sin luna que respiraba con dificultad. Su cuerpo se estremecía con espasmos sutiles, y el brillo febril de su costado delataba una agonía silenciosa.
Elizabeth escudriñó los alrededores; la oscuridad era absoluta y el perímetro parecía completamente despejado de guardias. El impulso de compasión, arraigado en lo más hondo de su naturaleza, pudo más que la prudencia. Salió de los límites del jardín y se deslizó por la pendiente de tierra húmeda hasta llegar a la orilla del agua.
Al aproximarse, el olor a sangre fresca y a hierro inundó el aire. El lobo, al percibir su presencia, intentó erguirse con un rugido sordo y ronco en la garganta, mostrando los colmillos en un reflejo instintivo de supervivencia. Pero las fuerzas lo abandonaron, y sus patas delanteras cedieron, haciéndolo caer de nuevo sobre la hierba mojada con un pesado suspiro.
Elizabeth se detuvo a pocos pasos, levantando las manos con las palmas abiertas en señal pacífica. No había rastro de miedo en su rostro, solo una profunda y sombría empatía hacia otra criatura rota.
—Tranquilo... No voy a hacerte daño —murmuró Elizabeth con una voz tan suave y melodiosa que pareció calmar el frenético latido del animal—. Déjame ver qué tienes. Voy a ayudarte.
Para su sorpresa, el enorme lobo pareció entenderla. Las orejas, que antes estaban planas hacia atrás en actitud de amenaza, se relajaron ligeramente. El animal dejó caer la cabeza pesadamente contra el suelo de musgo, exhalando un soplido denso, y la miró fijamente con unos ojos oscuros, profundos y extrañamente inteligentes que brillaban en la penumbra. Se quedó completamente quieto, rindiéndose a su cuidado.
Elizabeth se arrodilló junto a su flanco derecho, arremangándose las telas del vestido con dedos firmes. Al examinar la causa del sufrimiento, su rostro palideció: una gruesa flecha de acero con emblema militar se había clavado profundamente en la articulación de su pata delantera, destrozando la carne y haciendo que la sangre oscura manara sin tregua mezclándose con el agua del río. El metal estaba demasiado hondo; intentar sacarlo a la fuerza arrancaría tendones y causaría un dolor insoportable.
Con la mente fría y calculadora que la había mantenido con vida hasta entonces, Elizabeth miró a su alrededor. Sus ojos se fijaron en las matas de hierba de plata y hojas de gordolobo que crecían silvestres en la ribera, conocidas por sus propiedades anestésicas y cicatrizantes. En cuestión de segundos, cortó varias hojas con destreza, las trituró con las manos hasta hacerlas pasta y regresó al lado del animal.
—Esto dolerá un segundo, resiste —advirtió en un susurro.
Aplicó la pasta de hierbas alrededor de la herida para entumecer la zona y, tomando con firmeza el astil de la flecha, respiró hondo y tiró con un movimiento seco y preciso.
El lobo emitió un gemido sordo y desgarrador que sacudió la tierra, tensando cada músculo de su cuerpo gigantesco hasta casi derribarla, pero cumplió su palabra y no se movió ni intentó morderla. Con un segundo tirón limpio, el proyectil salió despedido, cayendo al agua con un chapoteo. La sangre brotó con más fuerza, amenazando con desangrar a la bestia.
Sin perder un instante, Elizabeth presionó sus manos directamente sobre la herida abierta para contener la hemorragia, murmurando palabras de aliento mientras el animal respiraba de forma cada vez más agitada.
Y entonces, el mundo pareció detenerse.
Un calor repentino, denso y pulsante brotó de las palmas de las manos de Elizabeth. No era el calor normal de la carne; era una energía luminosa, sutil y dorada que comenzó a irradiar desde su piel hacia la herida del animal. El lobo abrió los ojos de par en par, emitiendo un suspiro atónito mientras sentía cómo el dolor punzante se desvanecía de inmediato.
Ante los propios ojos de Elizabeth, la magia olvidada de su estirpe cobró vida: los bordes desgarrados de la carne comenzaron a unirse con una velocidad pasmosa, los tejidos se cerraron y el pelaje negro empezó a regenerarse sobre la piel limpia, sin dejar ni rastro de la brutal lesión. En cuestión de segundos, la pata del lobo estaba completamente sanada, fuerte y firme como si jamás hubiera sido tocada por el acero.
Elizabeth retiró las manos temblando, conmocionada por lo que acababa de hacer, mientras el enorme lobo se incorporaba lentamente sobre sus cuatro patas, sacudiendo su pelaje con una vitalidad renovada. El animal se giró hacia ella, inclinando la cabeza con un respeto solemne y una devoción silenciosa que desafiaba toda lógica, antes de fundirse de nuevo con las sombras del bosque del palacio, dejándola sola con sus latidos desbocados bajo el cielo estrellado.