Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 13
Renata se quedó mirando la pantalla apagada del teléfono con el corazón golpeándole el pecho, y no durmió esa noche.
No fue el miedo lo que la mantuvo despierta, o no solo el miedo. Fue una palabra. Una sola. Accidente. La voz distorsionada había dicho "esta vez nadie va a llamarlo accidente", y esa frase, dicha así, con ese "esta vez", solo tenía sentido si lo de su madre no había sido un accidente para empezar. Beatriz se lo había dicho al mediodía. Y ahora una voz sin rostro se lo confirmaba, doce horas después, amenazándola.
Dos personas, el mismo día, apuntando a lo mismo. Eso ya no era casualidad.
A la mañana siguiente se fue temprano, antes de que Ximena despertara, dejando una nota corta para no dar explicaciones que no sabía dar.
—
El apartamento era pequeño y estaba medio vacío, pero era suyo.
Lo había alquilado la semana anterior, apenas decidió que no volvería a casa de Ximena a quedarse indefinidamente como una arrimada. Necesitaba un lugar propio, cuatro paredes donde nadie le tuviera lástima ni le sirviera la sopa, donde pudiera derrumbarse sin testigos si le hacía falta. Dos habitaciones, una vista fea a un estacionamiento, y el silencio más limpio que Renata había tenido en años.
El día anterior habían llegado por fin sus cosas. Había mandado a una empresa de mudanzas a la mansión de Rodrigo a recoger todo lo que era de ella, con instrucciones claras de no tocar nada de él, y Rodrigo, con tal de aparentar que colaboraba mientras frenaba el divorcio por debajo, lo había permitido. Ahora las cajas se apilaban por toda la sala, doce, quince, toda una vida embalada en cartón, esperando a que ella tuviera cabeza para abrirlas.
Esa mañana la tuvo. No porque quisiera acomodar, sino porque necesitaba las manos ocupadas para no volverse loca con lo de anoche.
Empezó por las de la cocina, después las de ropa, y así, caja por caja, fue llenando el apartamento vacío de pedazos de sí misma. Hasta que llegó a una que no reconoció al principio, una caja vieja, de cartón blando y esquinas gastadas, con su propia letra de hacía años garabateada en la tapa: Mamá.
Se quedó quieta un momento con la caja en las manos.
La había cargado durante veinte años sin abrirla nunca del todo. De casa de su padre a la universidad, de la universidad a su primer apartamento, del apartamento a la mansión de Rodrigo, y ahora de vuelta acá. Lo poco que Renata había logrado rescatar de su madre antes de que Roxana lo tirara todo a la basura cabía en esa caja de cartón blando, y a Renata siempre le había dolido demasiado abrirla.
Se sentó en el piso, entre las otras cajas, y esta vez la abrió.
—
Adentro había poco. Un chal que todavía, si Renata se esforzaba, guardaba un rastro de perfume que su cabeza podía haber inventado. Un par de fotos donde una mujer joven de sonrisa igual a la suya la cargaba de bebé. Un anillo sencillo. Y, en el fondo, un sobre grande, amarillento, que Renata no recordaba haber guardado.
Lo abrió con cuidado. Adentro había documentos viejos, el acta de defunción, papeles de un seguro, y recortes de periódico doblados en cuatro, tan frágiles que crujieron al desplegarlos.
Eran las notas del accidente. Alguien las había recortado y guardado hacía veinte años, y Renata sospechó, con un nudo en la garganta, que había sido ella misma, de niña, en algún momento del que su memoria había tenido la piedad de no dejarle recuerdo.
Leyó los titulares con las manos temblándole. Fatal accidente cobra la vida de una mujer. La nota era breve, escrita con esa frialdad de los periódicos viejos: un carro que se había salido de la vía en una curva, de noche, en la carretera vieja al norte de la ciudad. Elena, treinta y un años, muerta en el acto. Sin otros vehículos involucrados. Las autoridades atribuían el hecho a la velocidad y a las condiciones de la vía.
Renata pasó al segundo recorte, más detallado, con una foto en blanco y negro del carro destrozado contra un barranco. Y ahí, leyendo el pie de foto y el reporte del perito que la nota citaba, algo se detuvo en su cabeza.
Lo leyó una vez. Lo leyó otra vez, más despacio, segura de haber entendido mal.
El reporte hablaba de un carro que se había salido de la vía "sin evidencia de maniobra de frenado". El perito lo mencionaba como prueba de que la conductora se había dormido o iba distraída: no había frenado, decía, porque no había marcas de derrape en el pavimento, ni una sola.
Renata se quedó mirando esa línea.
Su madre había manejado toda la vida esa carretera. La conocía de memoria, la curva del norte, la que bajaba hacia el barranco. Y aunque se hubiera dormido, aunque hubiera ido distraída, había un instante, siempre había un instante, en que el cuerpo reacciona solo, en que el pie pisa el freno por puro reflejo animal antes de que la mente alcance a entender que se va al vacío.
No había marcas de frenado. Ni una.
Renata bajó el recorte muy despacio, con el pulso latiéndole en los oídos, porque solo había dos maneras de que un carro se fuera por un barranco sin que la conductora pisara el freno ni una vez.
Que la conductora ya estuviera muerta antes de la caída.
O que el freno no hubiera respondido.
quedé sorprendida por toda la redacción
Mi imaginación, recreo toda la escena 👏👏👏
Felicidades autora ☺️🎆