Sus ojos eran azules como el mar. Y Noah Lobo quedó atrapado desde el primer instante en que la vió.
Noah tiene poder, domina parte de la mafia italiana y rusa, y nada se le resiste. Pero ella es Eliza Romano: una mujer curvilínea, de belleza deslumbrante, esposa de otro hombre. Lo que nadie sabe es que ese apellido es una cadena. Que ella fue arrancada de su tierra, raptada a los dieciocho y obligada a casarse. Y que cada día finge ser feliz para proteger a su pequeña hija.
Cuando la niña le confiesa que su padre maltrata a su madre, Noah decide que ya basta. Luca Romano tiene una reputación… pero Noah tiene a la familia más temida de Europa. Y esta vez no se trata de negocios.
Ella no es de nadie. No cuando él está dispuesto a quemar el mundo entero por tenerla.
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Bucle.
Eliza 🩵
Los días en esta villa se parecen tanto entre sí que a veces siento que vivo en un bucle sin fin. Me levanto antes de que salga el sol, cuando la casa todavía está en silencio, y empiezo a moverme con la precisión de una máquina: preparo el desayuno, reviso que todo esté en su lugar, elijo la ropa que Luca me indica, aseguro que no haya el menor detalle fuera de su sitio. No hay espacio para errores, no hay margen para el cansancio y los pocos empleados lo saben.
Marisol se despierta poco después, siempre con esa sonrisa dulce que me da fuerzas para respirar. Hoy, mientras desayunamos, la noto un poco pensativa, jugando con la cuchara y mirándome de reojo varias veces. Me pregunto si algo le pasa, pero cuando le pregunto, solo niega con la cabeza y me dice que está bien.
Durante la mañana, salimos un rato al jardín. No podemos ir muy lejos sin permiso, pero al menos ahí Marisol corre, juega y respira aire libre. Yo me siento en un banco, mirando cómo se divierte, y de vez en cuando miro mi mano derecha: la herida de la mordedura de Luca ya se ha cerrado, pero sigue marcada, azulada y sensible al tacto. Cada vez que la toco, vuelvo a sentir el dolor agudo y la sensación de asco que me recorrió el cuerpo aquella noche.
Cuando regreso a la cocina para preparar el almuerzo, hago todo con mucho cuidado. Sé que hoy Luca vuelve temprano, y eso siempre me pone en alerta. Cocino sus platos favoritos, condimento con la medida exacta, sirvo en los platos de porcelana que solo usa para las comidas en familia.
Oigo el motor de su coche entrar por la puerta principal. El corazón se me acelera de inmediato. Cuando entra al comedor, basta con ver su expresión: ceño fruncido, mandíbula tensa, pasos pesados. Llega de mal humor, muy mal humor.
—Marisol —dice con voz seca y cortante, sin siquiera mirarme—. Ve a tu habitación y no salgas hasta que te llame.
La niña se detiene en seco, me mira con miedo y busca mi mano. Aprieto sus dedos con suavidad, le hago una seña con la cabeza para que obedezca, aunque por dentro me rompo en mil pedazos.
—Ve, mi nena —le digo en voz baja—. Todo estará bien.
Ella asiente, camina despacio hacia la puerta y sale cerrando con cuidado, como si el ruido fuera un pecado. En cuanto desaparece, Luca se gira hacia mí y estalla.
—¿Crees que esto es una casa o un hotel de mala muerte? —grita, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡Nada te sale bien! ¡Nunca nada es perfecto!
Me quedo de pie, con la espalda recta, aguantando la mirada baja como siempre hago para no provocarlo más.
—Lo siento, Luca —susurro—. He preparado todo como te gusta.
—¿Como me gusta? —se burla, acercándose hasta quedar a solo unos centímetros de mi cara—. Mira esta carne: está seca, demasiado cocida, insípida. ¿Es que no tienes cerebro o lo haces a propósito para fastidiarme?
—Te la cambio ahora mismo, hago otra en menos de diez minutos… —intento decir, pero me interrumpe.
—¡No quiero otra! ¡Quiero que aprendas a hacerlo bien a la primera! —vocifera, y de un manotazo fuerte tira los platos, las copas y la jarra de agua al suelo. Todo se rompe con un estruendo que hace temblar las paredes.
Me sobresalto y doy un paso hacia atrás, pero no hay dónde ir.
—Eres inútil —me insulta, con veneno en cada palabra—. Una carga, una mujer que no sirve para nada más que para tener la boca cerrada y cumplir con lo que te digo. Si no te hubiera traído aquí, estarías muerta en la calle o vendiéndote por unas monedas. ¡Te lo recuerdo todos los días para que sepas quién eres y a quién le debes todo!
Siento cómo las lágrimas empiezan a acumularse en mis ojos, pero me obligo a no llorar en voz alta. Sé que eso lo enoja más. La mano que todavía me duele la escondo detrás de mi espalda, pero él lo nota.
—¿Qué haces escondiendo esa mano? —pregunta con tono amenazante—. ¿Te duele? ¡Pues que te duela! Es la marca que te recuerda que eres mía, que nadie más puede tocarte ni siquiera con la mirada.
Antes de que pueda reaccionar, levanta la mano y me da una bofetada fuerte que me hace girar la cabeza. El ardor se extiende por toda mi mejilla y me tambaleo, pero logro sostenerme en el borde de la mesa. No se detiene: me empuja contra la pared, me agarra de los hombros con fuerza y me zarandea como si fuera un muñeco de trapo.
—¡Nunca me contradigas! ¡Nunca me falles! —grita una y otra vez, mientras me golpea con el puño cerrado en el brazo y en el costado, con golpes calculados que no dejan marcas visibles en la cara pero que me dejan dolorida por dentro.
Cuando se cansa, me suelta de golpe y caigo de rodillas sobre los trozos de porcelana rotos, sintiendo pequeños cortes en las piernas y manos. Me mira con desprecio, se ajusta la camisa y escupe al suelo cerca de mí.
—Limpia todo esto —me ordena con frialdad—. Y si cuando regrese luego de tres días de mi viaje no está todo impecable y la comida está a mi gusto, te aseguro que esto será solo el comienzo.
Se da la vuelta y sale del comedor, dejándome ahí, temblando, con el dolor agudo en el cuerpo y el alma hecha pedazos.
Me quedo en el suelo, abrazándome a mí misma, sintiendo cómo las lágrimas salen sin control. Escucho los pasos de Marisol detrás de la puerta, supongo que ella también lo ha escuchado todo, y eso me duele más que cualquier golpe.
Mientras recojo los cristales con cuidado, mi mente vuelve a aquel hombre del parque: Noah Lobo. Recuerdo su mirada firme, su voz tranquila, la forma en que hablaba con mi hija. Y por primera vez, en medio de tanto dolor, me pregunto en silencio: ¿Si lo veo otra vez, podré pedirle ayuda para salir de este infierno?
Pero sacudo la cabeza con amargura. La esperanza es un lujo que no puedo permitirme. Si me atrevo a intentar algo y fallo, las consecuencias serán terribles.
Hermosos capítulos donde tantas mujeres lo recibe como su familia ya no se va sentir sola.
Y ya esta cerca de encuentro 🔥🔥🔥 con Naoh, ya lo dos sienten esa química
Que emoción todas juntas¡