Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.
En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.
Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent
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CAPÍTULO 9: LIRA
El día cuarenta y seis amaneció con una lluvia fina y fría que mojaba las hojas de los árboles sin parar, como si el valle mismo estuviera llorando por lo que se venía. Ya habíamos pasado tres de los diez días que Vor nos había dado antes de que los Huesos Rojos bajaran de las montañas. Rian y Kael pasaban todo el día afilando lanzas y cortando estacas de roble puntiagudas para clavarlas en los senderos. Mara cocinaba toda la carne seca que podía, para tener alimento suficiente si nos teníamos que encerrarnos en la cueva durante días. Turi trenzaba cuerdas más gruesas que nunca, resistentes como alambre. Gorn se quedaba horas mirando hacia el norte, murmurando frases antiguas que nadie entendía del todo. Nia, aunque nadie le había contado los detalles de la amenaza, se había vuelto más callada, se pegaba más a las piernas de su madre y ya no corría sola hasta los arbustos del claro.
Esa mañana, Lira se acercó a mí donde yo estaba limpiando mi cuchillo de Mara cerca del fuego, con una canasta de cuero vacía colgada del hombro y la mirada seria. Me dijo que necesitábamos subir a la meseta alta, detrás de la montaña de la piedra azul. Allí crecían tres hierbas que no había abajo en el valle: una para parar hemorragias fuertes en segundos, otra para evitar que las heridas de armas se infectaran aunque estuvieran sucias, y una tercera para el dolor tan potente que podía hacer que un hombre durmiera aunque le hubieran roto un hueso. Eran las únicas que servirían para las heridas de guerra que vendrían. Si no las teníamos, cualquiera de nosotros que recibiera un corte profundo moriría desangrado o con fiebre antes de que yo pudiera hacer nada.
Kael dudó un minuto. No quería separar a nadie del clan con el enemigo tan cerca. Pero sabía que tenía razón. Sin esas hierbas, nuestras posibilidades contra treinta guerreros eran casi cero. Ordenó a Rian que nos acompañara hasta el límite del bosque bajo, para asegurarse de que no hubiera Huesos Rojos merodeando por ahí, y luego nosotros dos seguiríamos solos. La subida era dura, solo la conocía Lira, y tres personas tardarían el doble y harían más ruido.
Salimos antes de que el sol terminara de salir por las colinas. El camino subía sin parar, entre rocas resbaladizas por la lluvia y árboles de troncos delgados que se mecían con el viento. Caminamos casi todo el día en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. Yo no podía dejar de pensar en Vor, en su sonrisa de desprecio, en los treinta guerreros que bajaban en siete días más. En que éramos siete, contando a una niña de siete años y a un viejo con un solo ojo. En que por más trampas que hiciéramos, por más lanzas que afiláramos, lo más probable era que no sobreviviéramos.
Lira, que caminaba delante de mí paso firme sin cansarse, como si el suelo inclinado no le costara nada, se detuvo de golpe en una curva del sendero y se giró hacia mí. Tenía el pelo mojado pegado a la frente, las mejillas rosadas por el esfuerzo, y me miró con esa mirada suya que lo veía todo, la misma que me había mirado el primer día cuando todos los demás solo veían a un inútil mojado y temblando.
—Estás pensando que vamos a morir —dijo, no era una pregunta.
Me reí un poco, sin ganas, y me pasé una mano por la cara quitándome el agua de lluvia.
—¿Se nota tanto?
—Se te nota en la frente. La arrugas cuando tienes miedo. Lo he visto muchas veces estas semanas.
Me acerqué hasta estar a su lado, apoyándome en un tronco seco para recuperar el aliento. Por primera vez desde que Vor había aparecido en nuestra cueva, hablé en voz alta del miedo que llevaba dentro desde aquella noche. Le dije que en mi mundo, las guerras se peleaban con armas que mataban desde muy lejos, sin tener que ver la cara del otro. Que yo solo sabía curar, no matar. Que no sabía si sería capaz de clavar una lanza en el pecho de otro hombre aunque fuera para salvarlos a ellos. Que tenía miedo de fallarles, de que todo lo que yo podía ofrecer no fuera suficiente contra tanta fuerza.
Ella no me dijo que no tuviera miedo, como habría hecho Rian. No me dijo que todo iría bien, como habría hecho Nia. Solo se acercó un poco más, hasta que nuestros hombros se tocaron, y miró hacia el valle que se veía allá abajo, pequeño entre las nubes bajas.
—Yo también tengo miedo —confesó, en voz tan baja que casi se la lleva el viento—. Mis padres murieron cuando yo era pequeña, atacados por un tigre de dientes largos mientras recogíamos fruta arriba en esta misma montaña. Yo me escondí detrás de una roca y lo vi todo. No me moví, no grité, no hice nada. Desde entonces tengo miedo de quedarme sola otra vez. De que todos se vayan y me tenga que quedar aquí viviendo en el valle sin nadie.
Me giré hacia ella, sorprendido. En todo este tiempo nunca me había hablado de sus padres. Siempre había dicho que Kael y Mara los habían criado, pero nunca nada más. Le pregunté por qué no me lo había contado antes.
—Porque no se lo cuento a nadie —respondió, y por un segundo vi que tenía los ojos brillantes, aunque no dejó que se le cayera ninguna lágrima—. Solo a ti.
Seguimos subiendo después de eso, y el silencio ya no era incómodo. Era el silencio de dos personas que acaban de enseñarse las partes más rotas de sí mismos sin miedo a ser juzgados. Al atardecer del día cuarenta y siete llegamos a la meseta alta: un llano verde cubierto de flores pequeñas y hierbas olorosas, donde el viento soplaba más fuerte y se podía ver toda la cordillera nevada al oeste. Allí estaban las tres plantas que buscábamos, creciendo entre las rocas, exactamente donde Lira decía. Pasamos todo el día siguiente recolectándolas con cuidado, sin arrancar las raíces, para que siguieran creciendo el año que viene. Ella me enseñó cada una, me dijo cómo secarlas, cómo prepararlas, cuánta darle a un adulto y cuánta a un niño para no envenenarlo. Yo le contaba, entre hierba y hierba, cosas de mi mundo que a ella le parecían magia pura.
Le hablé de los coches, cajas de metal que corrían más rápido que cualquier caballo por caminos negros y lisos. De los aviones, máquinas más grandes que la cueva entera que volaban por el cielo llevando cientos de personas de un lado a otro del mundo. De los hospitales, edificios blancos enormes donde cientos de médicos como yo curaban a la gente sin usar hierbas, sino con medicinas hechas en laboratorios. Le hablé de mi madre, de cómo me preparaba kimchi jjigae todos los domingos por la tarde, de cómo me regañaba por llegar tarde a casa, de cómo la había dejado sola sin despedirme. Le conté también de la piedra azul, de la visión que había tenido de ella llorando en la fuente de Seúl, de que había tenido la oportunidad de volver dos veces y la había rechazado.
—Podrías volver todavía —dijo ella, sin mirarme, ocupada atando un manojo de hierbas rojas con una cuerda delgada—. Cuando termine todo esto. Si… si sobrevivimos. Nadie te impediría irte.
Me agaché a su lado, le tomé la mano con suavidad para que me mirara. Tenía los dedos fríos por el viento de la altura.
—No quiero —le dije, y era la verdad más grande que había dicho en toda mi vida—. Allá solo estaba mi madre y mi vida de antes. Aquí estáis vosotros. Tú. Mi hogar ahora es aquí. Aunque sea una cueva de piedra, aunque comamos carne cruda algunas noches, aunque tengamos que pelear por cada pedazo de valle. No me voy. Ni aunque la piedra me llame todas las noches.
Se quedó quieta unos segundos, mirándome a los ojos, y luego sonrió, esa sonrisa tímida que solo me dedicaba a mí, la que le salía solo de un lado de la boca. Esa noche, el día cuarenta y nueve, llovió tan fuerte que el sendero por el que habíamos subido se desbordó con un río de barro y agua, imposible de cruzar sin ser arrastrados. No podíamos bajar. Tuvimos que refugiarnos en una cueva pequeña y seca que Lira conocía, mitad oculta entre unas rocas, con espacio justo para los dos y un fuego pequeño que encendimos con leña seca que había guardado ahí hacía meses.
Pasamos la noche sentados cerca del fuego, comiendo un poco de carne seca que habíamos traído, mirando cómo la lluvia golpeaba las rocas afuera. Allí, con el ruido del agua tapando cualquier otro sonido, ella me enseñó las estrellas. Cuando las nubes se abrieron un poco a medianoche, salimos fuera un momento, sin importarnos el frío, y me señaló las constelaciones que el clan usaba desde hacía generaciones para guiarse en el bosque sin perderse. Me mostró la del Lobo, la del Ciervo, la del Río. Y luego me señaló una pequeña, formada por siete estrellas de brillo débil, que casi no se veía si no sabías dónde mirar.
—Esa es la Familia Elegida —me explicó, con la voz suave, señalándola con el dedo índice—. Gorn dice que no son la familia con la que naces. Son las personas que eliges para estar a tu lado, las que te salvan la vida sin conocerte, las que se quedan aunque no tengas nada que darles. Nosotros somos esas siete estrellas. Tú también. Desde el primer día.
Me giré hacia ella. Tenía la luz de la luna reflejada en los ojos, el pelo revuelto por el viento, y en ese momento me di cuenta de que no había sido la votación, ni el juramento de sangre con Rian, ni el cuchillo de Mara lo que me había hecho sentir de verdad en casa. Había sido ella. Desde el segundo día, cuando no se rió de mí cuando me caí con el hacha. Desde que me ayudó a curar a Nia sin preguntar nada. Desde cada noche que se sentaba a mi lado sin hablar, solo para que no me sintiera solo.
La tomé de la cara con las dos manos, despacio, para darle tiempo a que se apartara si no quería. Ella no se movió. Solo cerró los ojos un segundo y luego me miró de nuevo, acercándose un poco más. El beso no fue rápido como el de la noche de la votación, delante de todos, nervioso y apresurado. Fue lento, suave, con el sabor de la hierba que habíamos estado recolectando y el frío de la lluvia en los labios. Fue el beso de dos personas que saben que puede que no tengan mucho tiempo juntos, que hay una guerra esperándoles allá abajo, que cualquiera de los dos podría no estar de aquí a diez días, y que aun así quieren arriesgarse a quererse de todos modos. No dijimos nada después. No necesitábamos palabras. Volvimos a entrar en la cueva, nos acurrucamos cerca del fuego para no pasar frío, y nos dormimos abrazados, con la lluvia golpeando las rocas afuera como si el mundo entero nos dejara en paz por unas horas.
Bajamos al valle al mediodía del día cincuenta, con la canasta llena de hierbas y un silencio nuevo entre los dos, dulce y cómplice, que todos notaron en cuanto cruzamos el claro. Rian nos miró primero, frunció el ceño un segundo, luego sonrió de oreja a oreja y me dio un golpe tan fuerte en el hombro que casi me hace caer. Mara levantó una ceja, miró a Lira, miró la canasta, y sonrió un poquito, tan rápido que casi no lo vi. Kael asintió con la cabeza, serio, pero con un brillo de aprobación en los ojos. Gorn nos miró desde su piedra, sonrió su sonrisa de saberlo todo, y volvió a mirar hacia las montañas del norte sin decir nada. Nia fue la única que dijo algo en voz alta, corriendo hacia nosotros y agarrándose de mi pierna:
—¿Ahora Lira es tu hermana? —preguntó, mirando de uno a otro con los ojos muy abiertos.
Todos nos reímos, incluso yo, incluso Lira, que se puso roja como una cereza y agachó la cabeza para que nadie la viera. No le respondimos. No hacía falta.
Esa noche, cuando todos dormían, nos escapamos un minuto fuera de la cueva. Miramos hacia arriba, buscamos las siete estrellas pequeñas de la Familia Elegida entre las nubes, y luego nos besamos otra vez, rápido, para que nadie nos viera. Me prometí a mí mismo, mirando su cara iluminada por la luz de la luna, que pasara lo que pasara en los días que venían, no dejaría que nada le pasara. No a ella. No a ninguno de ellos.
Faltaban cinco días para que se cumpliera el ultimátum de Vor. Cinco días para terminar las defensas, para preparar todo, para estar listos. Pero por una vez, no sentía miedo. Tenía a Lira de mi lado. Tenía a toda esa familia ruidosa, imperfecta, maravillosa que el río me había regalado. Tenía algo por lo que valía la pena pelear. Incluso morir, si hacía falta.
Apreté su mano con fuerza, miré hacia el norte oscuro donde esperaban los Huesos Rojos, y respiré hondo.
Que vinieran. Ya no éramos solo siete. Ahora éramos siete con algo que los treinta de Drak nunca tendrían: algo que perder, y algo por lo que luchar hasta el último aliento.