Ángela Sarmiento murió después de descubrir la verdad más cruel: su hermana adoptiva y el hombre en quien más confiaba habían destruido a su familia. Y Gael Montenegro, el poderoso y temido prometido del que siempre quiso escapar, era el único que la había amado de verdad… y también el hombre que murió por culpa de ella.
Cuando Ángela abre los ojos, ha regresado al momento en que todo comenzó.
Esta vez no piensa huir de Gael. Recuperará lo que le pertenece, hará pagar a quienes la traicionaron y conquistará de nuevo al hombre que sacrificó todo por ella.
Pero Gael todavía recuerda su rechazo. No confía en sus caricias, sospecha de cada palabra dulce y está convencido de que Ángela solo prepara otra forma de abandonarlo.
Entre venganzas familiares, secretos, drogas, hipnosis y una atracción que ninguno de los dos puede contener, Ángela tendrá que demostrar que su amor es real.
Porque en esta segunda vida no permitirá que Gael vuelva a morir.
Y tampoco piensa dejarlo escapar de su cama.
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Capítulo 2
Capítulo 2
Ángela estaba tan concentrada en el celular que sentía las mejillas calientes y el corazón acelerado.
Una llamada interrumpió su lectura. Al ver el nombre de Fabián Segovia en la pantalla, rio sin humor y colgó sin vacilar. Un destello de odio le cruzó la mirada.
Fabián insistió por mensaje. Ángela apenas leyó la primera línea antes de que su expresión se endureciera.
El rechinar de unas llantas se escuchó frente a la casa. Gael entró en la residencia Montenegro y recorrió el vestíbulo con la mirada. Al no encontrarla, una de las empleadas se acercó de inmediato.
—Señor Montenegro, la señorita Ángela volvió por la tarde y desde entonces no ha salido de la recámara. Ni siquiera recibió a la señorita Selene. Ella dejó esas cosas.
La mujer señaló una pequeña canasta de fruta junto a la entrada.
Gael sintió una punzada de inquietud. Ángela siempre había adorado a su hermana. ¿Habría intentado hacerse daño otra vez?
Subió a toda prisa y derribó de una patada la puerta de la recámara.
Encontró a Ángela abrazada al celular, sonriendo como una tonta. En cuanto ella lo vio, escondió el aparato debajo de la almohada.
Gael no mostró nada en el rostro, pero el disgusto le oscureció los ojos.
Otra vez le ocultaba algo.
—Baja a cenar.
Comieron en silencio. Al terminar, Gael se levantó primero y fue al despacho a trabajar.
Ángela permaneció ante la mesa, indecisa. ¿De verdad debía seguir el consejo que acababa de leer? ¿Y si solo conseguía que Gael desconfiara todavía más?
Se revolvió el cabello.
No lo sabría si no lo intentaba.
Llegó hasta el despacho, abrió la puerta y asomó la cabeza. Gael estaba inclinado sobre unos documentos. Cuanto más lo observaba, más injustamente atractivo le parecía: cejas marcadas, ojos oscuros, labios finos y una mandíbula de líneas perfectas.
Gael percibió aquella mirada y frunció apenas el ceño. Ángela jamás lo había contemplado con semejante intensidad.
Ella se quedó en el umbral, retorciéndose los dedos por los nervios. Gael le hizo una seña para que entrara y volvió a los documentos.
Ángela se detuvo frente al escritorio.
—¿Quieres dormir esta noche en la recámara?
Las últimas palabras fueron poco más que un susurro.
La pluma de Gael se inmovilizó. Alzó los ojos hacia ella. Su rostro siguió frío, pero algo se movió dentro de su pecho.
—Lo pensaré. Ve a dormir.
Ángela regresó corriendo a la habitación y se encerró un momento en el baño para controlar la respiración. Después de ducharse, se acostó a revisar el celular.
Mucho más tarde, la puerta se abrió.
Gael todavía llevaba el traje. Se aflojó la corbata con un movimiento descuidado que, en él, resultaba peligrosamente seductor.
Ángela abrió mucho los ojos. El corazón volvió a desbocársele y se escondió debajo de las cobijas.
Gael dejó escapar una risa.
—Si tienes sueño, duerme.
Entró al baño. El sonido del agua terminó por adormecerla.
Cuando salió, Ángela ya dormía. Llevaba un camisón color crema de tirantes y tenía las cobijas atrapadas entre las piernas. La tela se había desplazado lo suficiente para revelar más de lo prudente. Dormida, parecía inocente y vulnerable, muy distinta de la belleza provocadora que mostraba despierta.
Gael tragó con dificultad.
Le bastaba acercarse para tomar lo que llevaba tanto tiempo deseando. Conocía a Ángela: si conseguía hacerla suya, tal vez ella dejaría de intentar escapar.
Pero se obligó a regresar al baño.
No quería solo su cuerpo.
Quería su corazón y que ella lo eligiera por voluntad propia.
Cuando volvió a la cama, le acomodó las cobijas y la rodeó con cuidado entre sus brazos. Tenerla así, sin exigir nada, le bastó para sentir que sostenía el mundo entero.
El sueño de Ángela, sin embargo, se volvió agitado.
Soñó con Fabián en la residencia Sarmiento, hundiendo un cuchillo una y otra vez en el cuerpo de Santiago. Ella estaba inmovilizada y, por más que luchaba, no conseguía liberarse.
—Fabián Segovia... —murmuró entre sueños—. Voy a matarte...
No alcanzó a terminar.
De pronto le faltó el aire. Abrió los ojos y encontró frente a ella una mirada enrojecida por una furia homicida.
La mano de Gael le apretaba el cuello.
—¿Tanto te cuesta olvidarlo? —escupió entre dientes—. Ángela Sarmiento, ¡mira bien en la cama de quién estás!
Ángela intentó explicarse, pero Gael parecía haber perdido la razón. La inmovilizó contra el colchón y le cubrió la boca con un beso brutal.
Ella trató de apartarlo. Cuanto más se resistía, con más fuerza la sujetaba.
En ese momento Gael era una bestia dominada por los celos. Le abrió el camisón de un tirón. Ángela retrocedió aterrada y se cubrió el pecho con ambos brazos.
—Sé mía —dijo él con la respiración descontrolada—. Así nunca podrás abandonarme.
No parecía el mismo hombre. Gael podía ser autoritario, pero hasta entonces siempre la había tratado con respeto.
Le apartó los brazos y dejó besos febriles en su cuello y sobre su pecho.
Ángela sintió una humillación dolorosa. Se le enrojecieron los ojos y las lágrimas terminaron por rodar.
El contacto de aquellas lágrimas hizo reaccionar a Gael.
¿Qué demonios estaba haciendo?
Tomó las cobijas de inmediato y envolvió a Ángela con ellas. Después salió de la recámara y se encerró en el despacho.
Al verlo marcharse, Ángela se sintió aún más herida. Se abrazó las rodillas y rompió a llorar.
Desde el despacho, Gael escuchó sus sollozos. Se sentó frente al escritorio, agitado, y fijó la vista en la luz suave de la luna.
Recordó la noche de siete años atrás.
Todavía estaba en el Ejército cuando recibió una misión para rescatar a una rehén. Fue la primera vez que vio a Ángela. Los secuestradores la habían atado a una columna como si fuera un animal. Tenía la mirada vacía y una fragilidad que dolía contemplar.
Gael la cargó con sumo cuidado y se ocupó de ella durante una semana, hasta que desapareció por completo el efecto de la droga que le había provocado ceguera temporal.
Fue entonces cuando comprendió que se había enamorado.
Le gustaba que dependiera de él. Le gustaba regresar de una misión y escucharla llamarlo con dulzura.
El sonido de una notificación lo arrancó de sus recuerdos.
Había dejado abierta la sesión de mensajería de Ángela en la computadora.
El mensaje que apareció en la pantalla era de Fabián:
«Acuéstate otra vez con Gael. Averigua cuánto piensa ofrecer en la licitación».
Así que todo había sido una trampa.
Gael creyó que Ángela lo había invitado a la recámara porque deseaba reparar la relación. En realidad...
Tomó el monitor y lo estrelló contra el suelo. La ira terminó por desbordarse y destrozó cuanto encontró en el despacho.
Quería irrumpir en la recámara y preguntarle qué más debía hacer para que ella pudiera ver cuánto la amaba.
Conservando apenas un hilo de razón, llamó a Raúl.
—Consígueme un vuelo a Monterrey. Salgo ahora mismo.
***
Ángela oyó cuando Gael abandonó la casa.
¿De verdad se había marchado así?
Se sumergió en la tina y contempló la ventana sin ver nada. Quizá ya no podría permanecer en la residencia. Al amanecer volvería con su familia.
En el aeropuerto, la brasa del cigarro iluminaba por momentos el rostro inexpresivo de Gael. La presión que despedía mantenía a todos alejados.
Qué ironía tan miserable.
¿Hasta cuándo seguiría Ángela ciega?
Fabián le ordenaba acostarse con otro hombre y ella obedecía. ¿Cómo podía permitir que la degradara de esa manera?
Gael exhaló el humo. El rojo de sus ojos se volvió más intenso, como si toda la oscuridad del infierno se hubiera concentrado en ellos.
Ángela, entretanto, pasó la noche en vela. Solo quería explicarle la verdad. Lo llamó una y otra vez, pero el teléfono permaneció apagado y ninguno de sus mensajes recibió respuesta.
Ya iba camino a la residencia Sarmiento cuando por fin llegó un mensaje de Gael.
«Viaje de trabajo a Monterrey. Regreso en una semana».
La tristeza de Ángela se transformó en una sonrisa.
Mientras él no cortara todo contacto, todavía podría recuperarlo. Bastaría con hablarle con cariño para que su corazón terminara por ceder.
Horas después, Ángela se detuvo ante la casa familiar con el pecho oprimido.
En su vida anterior casi había dejado de visitarla después de perder la pierna. Resentía que su abuelo y Santiago no hubieran logrado rescatarla del poder de Gael.
Ahora sabía que su propia estupidez los había llevado a prisión.
Esta vez protegería a su familia y al Grupo Sarmiento.
Entró y fue directamente al despacho. A esa hora, su abuelo solía trabajar en sus dibujos a tinta.
A mitad del pasillo se encontró con Selene, quien la recibió con una sonrisa serena y amable. Nadie habría imaginado la crueldad que escondía detrás de aquella apariencia dulce.
—Hermana, volviste.
Selene se colgó de su brazo con familiaridad.
Ángela observó el vestido rosa que llevaba. Gael lo había mandado confeccionar como regalo de cumpleaños para ella, pero Ángela apenas lo miró antes de guardarlo en el clóset.
Selene no tenía derecho a usarlo.
Ángela retiró el brazo con brusquedad. El recuerdo del dolor de la amputación encendió el odio que trataba de contener y le dio una bofetada.
Selene soltó una exclamación.
—¡Ángela Sarmiento! ¿Qué te pasa?
Ángela sonrió sin alegría.
—¿Ya no vas a llamarme hermana?
Los ojos de Selene se llenaron de lágrimas al instante.
—Hermana, ¿hice algo que te molestara? Dímelo y voy a cambiar.
De no haber conocido su verdadero rostro, Ángela habría vuelto a dejarse engañar.
—¿Quién te dio permiso de sacar ropa de mi clóset? Quítate ese vestido ahora mismo.
Selene la miró incrédula.
—Estamos en la sala. Si me lo quito aquí, ¿cómo volveré a mirar a alguien a la cara?
—¿Y robar mi ropa sí te permite conservar la dignidad? —La voz de Ángela se volvió glacial—. Recuerda cuál es tu lugar, Selene. Eres la niña que mi familia adoptó porque yo lo pedí. No codicies lo que no te pertenece.
Dejó que el silencio pesara entre ambas.
—Puedes quedarte con el vestido. Pero no vuelvas a tocar mis cosas.
Era su última advertencia. Si Selene se detenía, Ángela le daría dinero suficiente y la enviaría al extranjero. Si insistía, le devolvería multiplicado cada dolor de la vida anterior.
Ángela se dirigió al despacho sin volver la mirada.
Cuando quedó sola, la expresión lastimera de Selene se deformó de odio.
Algún día pondría a Ángela bajo sus pies.
Ante la puerta del despacho, Ángela respiró hondo y tocó.
—Abuelo, ya llegué.
Don Octavio Sarmiento trabajaba en un dibujo a tinta en su escritorio. Al verlo vivo, Ángela sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Su abuelo la examinó de arriba abajo.
—¿Ese muchacho Montenegro te hizo algo? ¿Dónde está?
—Fue a Monterrey por trabajo.
La voz de Ángela se quebró. No se atrevió a decir más, temiendo ponerse a llorar.
Qué hermoso era volver a ver vivo a su abuelo.
—Entonces explícame qué te pasó en el cuello.
Ángela se sonrojó al recordar las marcas. Había estado tan distraída que ni siquiera pensó en cubrirlas.
—Fue un accidente, abuelo. Nosotros... no hicimos nada.
Don Octavio dejó el pincel sobre el escritorio con un golpe seco.
—¿Ese hombre se niega a responder por ti?
Ángela negó con la cabeza.
El anciano suavizó la expresión.
—Gael Montenegro tiene mi aprobación por su carácter y por su familia. Además, esto solo era para que pudieran conocerse. Si al final no son compatibles, yo mismo hablaré con él para cancelar el compromiso. No permitiré que te hagan sufrir.
—¿Compromiso?
Ángela lo miró desconcertada.
—¿No te lo dijo? Tu abuela y doña Elena Montenegro eran íntimas amigas. Doña Elena te conoció cuando eras pequeña y se empeñó en comprometerte con su nieto. Yo tampoco lo supe hasta que tu abuela me lo confesó poco antes de morir. Hace tres meses, Gael vino con la promesa familiar puesta por escrito y juró que se casaría contigo.
Don Octavio sacó el documento de un cajón y se lo entregó.
Ángela lo observó aturdida. ¿No había llegado a casa de Gael porque Fabián la envió como espía?
Si el compromiso existía, ¿por qué Gael nunca se lo mencionó en la vida anterior?
No encontró una respuesta, pero una alegría incontenible le iluminó el rostro.
Ahora tenía una razón legítima para permanecer a su lado.
—Ángela, el joven Segovia no te conviene —continuó su abuelo—. Sus intenciones no son limpias y su capacidad deja mucho que desear. No puede compararse con Gael. No permitas que te engañe.
Ángela asintió dócilmente.
Ella había sido la única tonta.
La noticia del compromiso la mantuvo sonriente durante toda la comida. Don Octavio no soportó verla tan distraída y, al terminar, mandó que la llevaran de vuelta a Lomas de Chapultepec. Antes de despedirla, le exigió que la próxima vez regresara acompañada de Gael.
Selene observó el auto alejarse con rencor.
Después sacó el celular y le envió un mensaje a Fabián.