Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.
Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:
—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.
Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.
Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:
—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!
¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.
Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.
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Capítulo 12
Capítulo 12: El contrato
"Aléjate de Maximiliano si quieres a tu hija tranquila."
El mensaje llevaba tres días viviéndole en la cabeza cuando el coche negro volvió a estacionarse afuera de su edificio. Esta vez con una invitación: el señor Argüello la esperaba en el Restaurante Aurora. La cena pendiente. El "pago" que ella le debía.
Valentina debió decir que no. El mensaje anónimo le decía que dijera que no. Pero los oídos de Dulce dependían de un médico que ese hombre, y solo ese hombre, podía traer del otro lado del mundo. Así que dejó a la niña con Camila, se puso el mismo vestido de siempre y fue.
El Aurora era otra galaxia. Manteles largos, meseros que no hacían ruido, una terraza con arcos que daba a un jardín iluminado. Maximiliano la esperaba ahí, en el corredor de piedra, sin sentarse, con una copa de vino que no había tocado.
—Viniste —dijo. No era una pregunta. Sonó casi a sorpresa.
—Le debía una cena. —Valentina se detuvo a una distancia prudente—. Ya está. Vine. ¿Podemos terminar con esto?
—¿Tienes tanta prisa de huir de mí? —Dejó la copa en el barandal. Dio un paso. Las luces del jardín le partían la cara en sombras—. Alguien te dijo que te alejaras, ¿verdad? Se te nota en la cara. —Otro paso—. Dime quién.
Valentina retrocedió hasta que la espalda le tocó un arco de piedra. Él siguió avanzando, despacio, hasta que no quedó aire entre los dos, hasta que ella pudo oler el vino y la loción y los cinco años.
—No sé de qué hab…
No la dejó terminar. Maximiliano le tomó la cara con las dos manos y la besó.
No fue un beso suave. Fue un beso de hombre que llevaba media década tragándose una rabia que ahora descubría que nunca había sido rabia. La besó como quien reclama algo que cree suyo, y Valentina, que tenía toda la intención de empujarlo, descubrió con horror que sus manos se habían cerrado sobre las solapas del saco de él en vez de apartarlo. Por un segundo —uno largo, peligroso— le devolvió el beso. El cuerpo se acordó antes que el orgullo.
Después la realidad la golpeó y lo empujó, con la respiración rota.
—¿Qué le pasa? —jadeó—. Usted tiene novia. Tiene a Joana. ¿Qué clase de juego es este?
Maximiliano la miró con los ojos oscuros, la boca todavía cerca, la respiración tan alterada como la de ella. Por un segundo pareció que iba a decir algo verdadero. Después se enderezó, se acomodó el saco, y la verdad, si la había, se le volvió a guardar bajo el hielo.
—Joana es un nombre en una revista —dijo, limpiándose la comisura con el pulgar—. Nunca ha sido nada. Tú lo sabes. Lo supiste siempre.
—No sé nada de usted. Ya no. —Valentina se llevó el dorso de la mano a la boca, como si pudiera borrar el beso y lo que el beso le había despertado—. Y lo que sea que esté buscando, búsquelo con otra.
—Sube al coche —dijo, ronco, ignorándola—. Hay algo que quiero que veas. Y después decides tú.
Debió negarse. En cambio subió, porque la palabra "decides tú" tenía truco y los dos lo sabían: cuando una madre tiene una hija enferma, nunca decide del todo.
No la llevó a un hotel, como ella temió a medio camino. La llevó a Las Lomas, a una casa con barda de piedra y un portón que se abrió solo. Valentina bajó del coche y se quedó muda.
La Casa de la Lluvia. Así la habían llamado los empleados al abrir, "bienvenida a la Casa de la Lluvia, señora". Un jardín enorme, una fuente de cantera en el centro, y al fondo, contra el cielo nocturno, una pérgola de madera cubierta de enredadera. Valentina conocía esa pérgola. No esa, pero sí la idea de esa. A los veinte años, empapados bajo la marquesina de una parada de camión, él le había prometido que algún día tendrían una casa con un techito en el jardín, "para sentarnos a ver la lluvia caer, tú y yo, sin mojarnos, de viejitos". Lo había dicho riéndose, con el pelo goteándole, mientras los camiones pasaban salpicando. Ella le había contestado que sí, que de viejitos, que lo prometía. Una promesa de niños pobres que no creían de verdad ni en la casa ni en los viejitos, solo en que estarían juntos. Y aquí estaba la casa. Construida hasta el último detalle, con su techito en el jardín, esperando una lluvia que ellos dos nunca habían llegado a ver. Un hombre no construye una pérgola para una promesa que no le importa. Valentina lo sabía, y la certeza le dolió más que cualquiera de sus desprecios.
—¿Por qué me trae aquí? —Le falló la voz—. ¿Por qué me trae justo aquí, de todos los lugares del mundo?
Maximiliano se detuvo en el primer escalón. No volteó.
—Yo no construí esto pensando en ti —dijo, demasiado rápido para que fuera verdad—. Es una casa. Nada más. —Y subió, dejándola con la mentira flotando entre los dos como humo.
Habían llevado a Dulce —Ulises la recogió de casa de Camila por instrucción de Maximiliano—, y la niña corría por el jardín persiguiendo los reflejos de la fuente, fascinada, ajena a todo. Se reía sola, metía la mano en el agua, perseguía a un gato que vivía entre las macetas. Verla ahí, tan feliz, en ese jardín que parecía de cuento, en un mundo que Valentina jamás podría darle con su sueldo de enfermera, le apretó el corazón de una manera nueva y peligrosa. Por un instante imaginó a Dulce creciendo en un lugar así, sin frío, sin goteras, sin contar monedas. Y se odió por imaginarlo, porque sabía el precio que tenía esa imagen.
Una empleada se acercó a ofrecerle a la niña un vaso de leche y galletas, y se la llevó hacia la cocina entre risas. Valentina la vio irse y supo que la habían dejado a propósito a solas con él.
En el estudio, Maximiliano le tendió una carpeta.
—Ábrela.
Adentro había un expediente médico completo. El doctor Wesson. Fechas, estudios, un plan quirúrgico para Dulce, hospital privado, todo pagado, todo listo. La operación que devolvería a su hija al mundo de los que oyen. Valentina pasó las hojas con las manos temblando, sin poder creer lo que veía, los ojos llenándosele otra vez.
Y debajo de la última hoja médica había otra hoja. Una distinta. Mecanografiada, formal, con una línea para firmar al pie.
La leyó. Y el aire se le fue.
Era un contrato. Redactado con frialdad de abogado. Valentina Rivas se comprometía, "de manera libre y voluntaria", a ser la amante de Maximiliano Argüello —su mujer, a sus horas, bajo su techo, a su disposición— hasta el día en que él decidiera terminar. A cambio, él se haría cargo de todos los gastos médicos de la menor, y de su educación, y de cuanto hiciera falta.
Los oídos de su hija. A cambio de ella.
—Es una bajeza —susurró Valentina, levantando la cara—. Lo que está haciendo es comprarme. Con la salud de mi hija. ¿Tan poco le quedó del hombre que yo conocí?
—Ese hombre se murió en un lago hace cinco años. —Lo dijo sin levantar la voz, y por eso dolió más—. Tú lo mataste. Lo dejaste arruinado, sin padre, sin empresa, y te fuiste con el primero que tenía dinero. Así que no me hables del hombre que conociste. Ese ya no existe.
—Yo no me fui con nadie por dinero. —A Valentina le ardieron los ojos, pero no dejó caer ni una lágrima delante de él—. Usted no sabe nada de por qué hice lo que hice.
—Entonces explícamelo. —Por un segundo, un solo segundo, la máscara se le agrietó; la pregunta salió más rápida y más honda de lo que él hubiera querido, casi como una súplica—. Explícame por qué, Valentina.
Y ahí estaba la trampa más cruel de todas. Porque ella tenía la explicación entera atorada en la garganta —la quiebra, la última noche, el embarazo que no le confesó para no encadenarlo a una ruina, su madre muriéndose, todo— y no podía decir ni una palabra de eso sin tirar del hilo que llevaba a Dulce. La verdad la condenaba a su hija. El silencio la condenaba a ella.
—No tengo nada que explicar —dijo, y vio cómo la grieta en la cara de él se volvía a cerrar, más dura que antes.
—Llámalo como quieras, entonces. —Empujó la pluma sobre el escritorio—. Tú me dejaste a mí. Ahora me toca poner yo las condiciones. Tu hija oye, o no oye. Está en tus manos. Literalmente.
Valentina miró la pluma. Miró, por la ventana, a Dulce reír junto a la fuente, sin oír el sonido del agua que tenía enfrente. Miró el contrato. La humillación le quemaba la cara. Pero debajo de la humillación, en un lugar que se odiaba por sentirlo, latía otra cosa: la certeza terrible de que una parte de ella nunca había dejado de ser de ese hombre, y de que firmar no era solo rendición.
Tomó la pluma. Firmó. Y como el contrato lo pedía, mojó el pulgar en el cojín de tinta que él le acercó y estampó su huella junto a la firma, roja sobre el blanco, como una herida pequeña.
—Ya está —dijo, dejando la pluma, alzando la barbilla para no quebrarse delante de él—. ¿Contento? Ya soy suya. ¿Qué sigue?
Maximiliano rodeó el escritorio. Despacio. Le quitó la carpeta de las manos y la dejó a un lado, sin dejar de mirarla, y puso una mano en el respaldo de la silla, a la altura de su cabeza, encerrándola.
—Sigue esto —dijo, en voz muy baja, y se inclinó hacia ella.
di la verdad de una y ya....