Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.
Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.
Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun
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CAPÍTULO 23: La sospecha que partió al grupo
El sábado por la mañana, el grupo se reunió en la casa abandonada que usaban de escondite. Nadie hablaba mucho. El ambiente estaba cargado, como si algo malo estuviera esperando justo detrás de la puerta. Min‑jun notaba que Tae‑ho no lo miraba a los ojos, que Ji‑eun jugaba nerviosa con las manos, que Ha‑neul se sentaba lo más lejos posible de él. Las mentiras del Tejedor ya estaban haciendo efecto incluso entre ellos.
—Tenemos que ir al Santuario —dijo Seo‑jun rompiendo el silencio—. Yeo‑wol nos está esperando para despertar la Esmeralda. Es la única forma de ganar protección real.
—¿Y si es una trampa? —preguntó Tae‑ho de golpe, sin levantar la vista—. ¿Y si el que nos llevó a la abuela de Min‑jun fue… alguien de nuestro grupo?
Se hizo un silencio helado. Min‑jun se puso de pie de un salto.
—¿Qué quieres decir? —preguntó con voz tensa.
—Solo digo que el Tejedor siempre sabe dónde estamos —respondió Tae‑ho mirándolo fijamente—. Cada vez que planeamos algo, él llega antes. Cada vez que nos reunimos, aparece una amenaza. ¿Y si nos está escuchando? ¿Y si hay alguien aquí que le cuenta todo?
—Eso es imposible —dijo Seo‑jun firme—. Solo somos nosotros cinco. Nos conocemos desde niños.
—¿De verdad? —insistió Tae‑ho—. No sabemos nada de lo que hacían Min‑jun o Seo‑jun antes de que empezara todo esto. No sabemos qué secretos tienen.
Min‑jun sintió un nudo en la garganta. Quería defender su inocencia, pero las palabras se le quedaron atrapadas. Porque Tae‑ho tenía razón en una cosa: siempre fallaban. Siempre llegaba antes. Y no sabían por qué.
Decidieron ir al Santuario de todos modos, pero ya no iban unidos. Caminaban separados, vigilándose entre sí, cada uno con su propia duda en la cabeza. Cuando estaban cerca del viejo bosque donde se ocultaba la entrada, una figura apareció entre los árboles: era **Min‑jun**, vestido de civil, con la cara seria y la mano cargada de luz verde.
—¡Allí está! —gritó el falso Min‑jun señalando a Ha‑neul—. ¡Es él! ¡Es el espía!
Antes de que nadie pudiera reaccionar, el falso Min‑jun lanzó un rayo de energía contra Ha‑neul. El chico cayó al suelo con un gemido, herido en el brazo. Tae‑ho y Ji‑eun se giraron hacia el verdadero Min‑jun horrorizados.
—¡Tú… tú lo has atacado! —gritó Ji‑eun retrocediendo.
—¡No fui yo! —gritó Min‑jun desesperado—. ¡Es el impostor otra vez! ¡Mirad allá!
Pero el falso ya había desaparecido entre los árboles. Tae‑ho se interpuso entre Min‑jun y los demás, con los puños cerrados y los ojos llenos de rabia y miedo.
—¡Aléjate de nosotros! —le gritó—. ¡Lo he visto con mis propios ojos! ¡Eres tú! ¡Tus ojos, tu luz, todo!
—¡Puede copiarlo todo! —suplicó Min‑jun con lágrimas en los ojos—. ¡Ya lo visteis antes! ¡Por favor, créeme!
Ha‑neul, pálido y temblando por el dolor, se apoyó en el hombro de Tae‑ho y miró a Min‑jun directamente a los ojos.
—Era tú —dijo con voz débil pero segura—. No había ninguna diferencia. Era tú.
Min‑jun se quedó sin aire. Incluso la persona que acababa de ser herida creía que era él. Seo‑jun dio un paso adelante y se puso entre Min‑jun y el resto del grupo.
—No es él —dijo con firmeza absoluta—. Estaba caminando a mi lado todo el camino. No se ha movido. No ha soltado mi mano. Si decís que era él… entonces también dudáis de mí.
Tae‑ho miró a Seo‑jun, luego a Min‑jun, y negó con la cabeza lentamente.
—No sé en quién creer —dijo bajando los brazos, derrotado—. No sé quién es real. No sé si alguno de nosotros es quien dice ser.
Ayudaron a Ha‑neul a levantarse y se fueron caminando hacia la ciudad, dejando solos a Min‑jun y a Seo‑jun en medio del bosque. Sin despedirse. Sin volver la vista atrás. El grupo se había roto. Exactamente como el Tejedor quería.
Min‑jun se dejó caer de rodillas sobre la hierba, sollozando de rabia y tristeza. Seo‑jun se arrodilló a su lado y lo abrazó fuerte, dejándolo llorar contra su hombro.
—Se han ido —dijo Min‑jun entre lágrimas—. Todos se han ido. Creen que soy un monstruo.
—Tienen miedo —susurró Seo‑jun acariciándole la espalda—. El miedo hace que la gente crea lo que ve, aunque sea mentira. Pero volverán. Cuando se les pase el susto, pensarán. Y entonces se darán cuenta de que algo no encaja.
—¿Y si no vuelven? —preguntó Min‑jun mirándolo con ojos hinchados—. ¿Y si me quedo solo?
Seo‑jun le secó las lágrimas con el dorso de la mano y lo miró fijamente, muy serio.
—Yo no me voy a ir. Pueden dudar de todo el mundo. De mí, de Yeo‑wol, de los Sellos… pero tú nunca dudes de mí. Y yo nunca dudaré de ti. Esa es la única regla que no podemos romper. Pase lo que pase.
Min‑jun asintió y apretó las manos de Seo‑jun entre las suyas. Sabía que era verdad. Mientras se tuvieran el uno al otro, no estaban solos. Pero el grupo se había roto. Y sin ellos, eran mucho más débiles. Y el Tejedor lo sabía mejor que nadie.
Caminaron juntos hasta la entrada del Santuario en silencio, sosteniéndose el ánimo solo con la mano entrelazada. Cuando llegaron, Yeo‑wol los esperaba en la puerta con una expresión sombría.
—He visto lo que ha pasado —dijo sin que tuvieran que contarle nada—. El Tejedor ha ganado esta batalla. Ha sembrado la duda donde debería haber confianza. Y la duda es el arma más peligrosa que existe.
Min‑jun levantó la cabeza.
—¿Podemos arreglarlo? ¿Podemos recuperar a nuestros amigos?
—Sí —respondió ella—. Pero no con luz ni con fuerza. Solo con tiempo y lealtad. Ahora entrad. La Esmeralda os espera. Pero tened cuidado: cada Sello que despierta revela algo nuevo sobre vosotros. A veces algo que no queréis ver.
Min‑jun respiró hondo y apretó la mano de Seo‑jun una vez más. Entraron juntos al santuario oscuro, donde la luz verde de la Esmeralda brillaba débilmente en el centro del cofre de piedra.
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📔 CUADERNO DE CHOI MIN‑JUN
Sábado por la noche, sin amigos pero no solo
Querido cuaderno:
Hoy ha pasado lo que más temía. No que nos atacaran con sombras o monstruos. Sino que nuestros propios amigos nos han dado la espalda. El Tejedor se disfrazó de mí, atacó a Ha‑neul, y todos creyeron que era yo. Incluso él. Me miró con esos ojos llenos de miedo y dijo que era yo. Y se han ido. Todos. Se han ido y nos han dejado solos.
Me sentí tan solo… tan solo como cuando empecé todo esto, pero peor. Porque ahora sé lo que es tener amigos, saber quién eres, caminar con alguien a tu lado… y luego perderlo. Por culpa de una mentira. Por culpa de una cara que se parece a la mía.
Pero Seo‑jun no se fue. Se quedó. Me dijo que no dudaría de mí pase lo que pase. Que esa es la regla que no podemos romper. Y le creo. Porque cuando todo el mundo mira tu cara y ve a un monstruo… la persona que te mira a los ojos y ve a ti… esa es la que de verdad te conoce.
Yeo‑wol dice que podemos recuperar a nuestros amigos. Que la duda se va si hay lealtad suficiente. Espero que tenga razón. Porque sin ellos somos más débiles. Y el Tejedor va a atacar más fuerte ahora que nos ve separados. Lo sé. Lo siento aquí dentro.
Mañana despertaremos la Esmeralda. Yeo‑wol dice que cada Sello revela algo de mí que no quiero ver. No sé qué significa. Pero no tengo miedo mientras tenga a Seo‑jun a mi lado.
Hoy he aprendido algo muy importante: la gente puede confundirse con la cara. Pero nunca se confunde con el corazón. Y si mis amigos no ven mi corazón ahora… espero que algún día lo vean.
No me rendiré. No dejaré que gane. Porque tengo a Seo‑jun. Y eso es más fuerte que cualquier mentira, cualquier cara falsa, cualquier duda.
Buenas noches.
Min‑jun.
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Cerró el cuaderno y miró por la ventana. Seo‑jun estaba abajo, sentado en la acera, vigilando la casa como hacía todas las noches. Min‑jun sonrió con tristeza. Sabía que el camino se ponía cada vez más difícil. Sabía que el Tejedor tenía más planes, más mentiras, más trucos preparados. Pero también sabía una cosa con certeza absoluta: mientras estuvieran juntos, podrían con todo. Incluso con la duda. Incluso con la soledad. Incluso con el mundo entero en su contra.
FIN DEL CAPÍTULO 23