Aethelgard Draconis (El Patriarca): Un vampiro de presencia imponente y fría elegancia, con siglos de existencia a sus espaldas. Su mente es una fortaleza inquebrantable.
Nyxandra Draconis (La Matriarca): De una belleza etérea y calculadora. Es la estratega del clan, capaz de leer las intenciones más ocultas antes de que sean pronunciadas.
Kaelen Draconis: El hermano mayor. Protector, de pocas palabras y con un aire de misterio melancólico que oculta una ferocidad implacable.
Vespera Draconis: La hermana menor. Ágil, perspicaz y con una fascinación peligrosa por el mundo efímero de los humanos.
Onyx Draconis (El Protagonista): El miembro más introspectivo de la familia. Vive con el peso de una eternidad que apenas comienza a comprender hasta que un giro del destino cruza su camino.
orden
- Ecos De Cenizas y Ónix
- El Eclipse Del Tiempo: Crónicas Del Valle Eterno
- El Eclipse Del Tiempo: El Despertar Del Abierto Horizonte
- Eclipse Del Tiempo: El Umbral Del Amanecer
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El Abismo De La Verdad
El silencio que se cernía sobre el claro del bosque era tan denso que parecía adquirir una consistencia física, cortado únicamente por el goteo constante de la llovizna sobre las hojas de los abetos. Lyra permanecía inmóvil, con la espalda apoyada contra el tronco húmedo de un árbol secundario, mientras sus ojos seguían fijos en el rostro de Onyx. La luz que emanaba de su piel pálida, un reflejo sutil semejante al diamante pulido, destellaba con una fría elegancia bajo el dosel de nubes grises. Para cualquier otra persona, presenciar la manifestación física de lo imposible habría desencadenado un pánico descontrolado, una huida desesperada hacia la seguridad de las luces del pueblo. Sin embargo, en la mente de Lyra, el miedo inicial se transformaba rápidamente en una comprensión abrumadora, encajando de golpe todas las piezas sueltas que había recopilado desde el primer día en Oakhaven.
—¿Eres... un monstruo? —preguntó Lyra finalmente, con la voz temblorosa pero extrañamente firme, rompiendo el hechizo que los mantenía atrapados en esa burbuja de revelación.
Onyx experimentó una punzada aguda en el fondo de su pecho, un recordatorio doloroso de la naturaleza que cargaba sobre sus hombros desde hacía siglos. Bajó lentamente la mano, permitiendo que el brillo de su piel se suavizara mientras recuperaba la opacidad de su fachada cotidiana, aunque la profundidad abisal de sus ojos permanecía inalterada.
—Esa es la palabra que los humanos suelen utilizar para definir aquello que no pueden comprender o controlar —respondió Onyx con voz grave, dando un paso medido hacia adelante, cuidando de no abrumarla—. Los mitos hablan de sangre, de destrucción y de una maldad innata que guía cada uno de nuestros pasos. Pero la realidad es infinitamente más compleja, Lyra. Sobrevivimos en la sombra, al margen de vuestro mundo, cumpliendo reglas estrictas para no alterar el orden de vuestras efímeras vidas.
—No hablo de mitos, Onyx —replicó ella, despegándose lentamente del tronco y cruzando los brazos para contener el temblor que le provocaba el frío y la conmoción—. Hablo de ti. De la forma en que te mueves, de cómo me salvaste en el acantilado, de la fuerza inhumana que posees. Todo este tiempo has estado viviendo entre nosotros fingiendo ser algo que no eres. ¿Por qué? ¿Por qué arriesgarse a venir a un instituto lleno de humanos si nuestra simple presencia representa una tentación constante?
—Porque a veces, en medio de una eternidad vacía y monótona, uno busca fragmentos de algo que perdió hace demasiado tiempo —confesó Onyx, bajando la mirada por primera vez con una vulnerabilidad que pocas veces se permitía mostrar—. Mi familia eligió Oakhaven buscando aislamiento. Yo no planeaba encontrarte. Desde el instante en que sentí tu presencia en el pasillo, el equilibrio que tardé siglos en construir se desmoronó por completo. No eres una simple tentación, Lyra. Eres la única razón por la cual este lugar dejó de ser un simple refugio temporal en el mapa.
Las palabras de Onyx flotaron en el aire, cargadas con una intensidad emocional que disipó los últimos vestigios de duda en la mente de la muchacha. A pesar del abismo insondable que los separaba —la vida frente a la eternidad, la fragilidad humana frente al poder depredador—, la conexión que se había gestado entre ambos durante las últimas semanas era ya inquebrantable.
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