Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.
En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.
Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent
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CAPÍTULO 13: LA VISIÓN
El día sesenta y tres amaneció gris, pesado, como si el cielo mismo estuviera aguantando la respiración antes de gritar. Faltaban dos días para que los Huesos Rojos bajaran de las montañas, tal como Nia los había oído hablar mientras se la llevaban. Faltaban cuatro para el día sesenta y siete, la fecha que Kael me había susurrado en la cueva de la piedra: la última oportunidad real de volver a Seúl antes de que la puerta se durmiera veinte años más.
Habíamos pasado la noche anterior revisando cada defensa por tercera vez. El muro de estacas estaba intacto, las trincheras camufladas mejor que nunca, las lanzas de fuego listas con más resina de pino que antes, las trampas de lazo tensas en todos los senderos. Pero la comida escaseaba: el incendio del ataque sorpresa nos había dejado con la mitad de lo que necesitábamos, así que racionábamos hasta el último bocado de carne seca, hasta la última raíz. Todos comíamos poco para que Nia tuviera un poco más. Nadie se quejó. Nadie dijo nada. Solo se movían en silencio, con la mirada fija en el bosque norte, esperando.
Yo no podía concentrarme en nada. Cada vez que afilaba un cuchillo, se me iban los pensamientos a mi madre. A cómo estaría ahora, en Seúl, en el dos mil veintiséis. Si seguiría yendo todas las noches a la fuente del centro comercial, con una linterna en la mano, llamando mi nombre hasta que la policía se la llevara. Si habría quitado mis cosas de la habitación, o si las habría dejado tal cual, esperando que yo volviera en cualquier momento. Si pensaría que me había muerto, que me habían matado, que nunca volvería a abrazarla. El llavero de tigre que Kael me había dado llevaba tres días pegado a mi pecho, frío contra la piel, recordándome a cada segundo que tenía una salida. Que podía irme. Que no tenía por qué quedarme a morir con los demás si no quería.
Esa noche, cuando todos dormían por turnos y Rian estaba arriba en el roble de la vigilancia, me levanté despacio, sin hacer ruido. Cogí mi cuchillo de Mara del cinturón, me aseguré de que el llavero siguiera seguro cerca del corazón, y salí del claro sin decirle nada a nadie. No quería que Lira me mirara con esos ojos que lo saben todo. No quería que Kael me dijera que elegía lo que fuera mejor para mí. No quería que nadie influyera. Esta decisión tenía que ser solo mía.
Subí a la cueva de la piedra corriendo, con el corazón latiéndome en los oídos. Conocía ya cada raíz, cada piedra, cada curva del sendero. No necesitaba luz. No necesitaba guía. Llegué jadeando en la mitad de tiempo que la primera vez, aparté las lianas de la entrada y me agaché para entrar.
Allí estaba ella. Brillaba más fuerte que nunca, sin que yo tocara nada, como si hubiera estado esperándome. El zumbido en los oídos era ensordecedor, llenaba toda la cueva, hacía vibrar el agua del charco en ondas pequeñas y rápidas. Las vetas azules se movían por dentro como si fueran venas de luz, latiendo al mismo ritmo que mi corazón. Me arrodillé al borde, temblando de pies a cabeza, metí las dos manos en el agua fría hasta las muñecas, y luego apoyé las palmas con fuerza sobre la superficie lisa y fría de la piedra.
El mundo desapareció.
No estaba ya en la cueva húmeda de la montaña. Estaba de pie al lado de la fuente del centro comercial de Seúl, de noche, con las luces de neón brillando a mi alrededor, el olor a gasolina y kimchi frito del puesto de la esquina llenándome los pulmones. Mi madre estaba ahí, de espaldas a mí, con el mismo abrigo gris que usaba todos los inviernos, el pelo con más canas de las que recordaba, llamando mi nombre en voz baja, rota por el llanto. Me giró, me vio, y soltó un grito ahogado. Corrió hacia mí, me abrazó con tanta fuerza que casi me rompe las costillas, llorando en mi cuello, diciendo una y otra vez que sabía que volverías, sabía que no te habías ido, te lo dije a todos, te lo dije a la policía, te lo dije a todo el mundo. Yo la abrazaba también, llorando con ella, oliendo su perfume de siempre, sintiendo su calor, y pensé esto es real, esto es lo que quería, esto es mi casa.
Y entonces la escena se movió sola, sin que yo pudiera detenerla.
Estaba de nuevo en el valle, pero no era yo el que lo veía con mis ojos. Era como si flotara arriba, mirando todo desde las nubes. Era el día sesenta y seis. El sol salía rojo como la sangre. Los Huesos Rojos bajaban del norte, treinta hombres, gritando, lanzas en alto, fuego en las manos. Y nosotros… nosotros éramos solo seis. Porque yo no estaba.
Vi caer las defensas una por una. Sin mí, nadie sabía exactamente dónde estaban todas las trampas, nadie había planeado las señales, nadie había pensado en cerrar las aberturas del muro en el orden justo. Vi a Rian salir corriendo primero, gritando de rabia, matar a dos, luego tres, hasta que cuatro de ellos le clavaron lanzas por todos lados y cayó de cara en el barro, todavía apretando su cuchillo en la mano. Vi a Kael pelear como un gigante contra el jefe Drak, cubriendo a Mara que llevaba a Nia en brazos, hasta que una lanza le entró por la espalda y salió por el pecho, y cayó de rodillas mirando hacia el río, como si esperara que yo apareciera de cualquier momento. Vi a Mara esconder a Nia en una grieta de las rocas, luego salir con dos cuchillos y matar a tres más antes de que la rodearan. Vi a Turi trepar al roble alto tirando piedras, hasta que una flecha negra le dio en el cuello y cayó al suelo sin un grito. Vi a Gorn parado en la entrada de la cueva, con el bastón en la mano, sin moverse, hasta que lo alcanzó el fuego.
Y vi a Lira. Estaba al final del claro, de espaldas a la roca, con su cuchillo pequeño en la mano, rodeada por cinco de ellos. No lloraba. No rogaba. Solo miraba hacia el río, hacia donde yo debería haber estado, y susurró mi nombre una sola vez, justo antes de que se lanzaran sobre ella.
Luego vi a Drak entrar en la cueva de la montaña, sacar la piedra azul del charco, reírse a carcajadas mientras la cargaba al hombro, y el valle se quedó en silencio. Todos muertos. Todos los que me habían dado un hogar. Todos los que me habían querido cuando no tenía nada. Y yo estaba a diez mil kilómetros de distancia, en Seúl, abrazando a mi madre, sin saber que los había matado a todos por haberlos abandonado.
Grité. Quise correr, quise pararlo todo, quise volver atrás, pero no podía moverme. Estaba atrapado en la visión, obligado a verlo todo hasta el final.
Y entonces, de repente, la escena cambió de nuevo.
Seguía flotando arriba, pero ahora veía otro futuro. En este, yo sí estaba.
Vi el día sesenta y seis. Vi las trincheras funcionar, vi las trampas cerrar, vi el fuego caer sobre las filas de los Huesos Rojos desordenándolos. Vi a Rian reír mientras peleaba, vi a Kael derribar a tres de un solo golpe, vi a Mara protegiendo a Nia con la furia de una loba, vi a Turi disparar flechas desde el árbol sin fallar ni una, vi a Gorn guiar cada movimiento con su bastón, vi a Lira curar heridas rápido y luego agarrar una lanza y pelear al lado mío. Vi que ganábamos. Vi que sobrevivíamos todos. Vi que reconstruíamos la cueva, que el clan crecía, que más gente venía de las montañas a unirse a nosotros, que yo me convertía en el curandero y el consejero que todos necesitaban. Vi que Lira y yo teníamos un niño, que Nia crecía fuerte y valiente, que Rian se convertía en el mejor cazador de todo el valle, que Kael envejecía tranquilo sabiendo que el clan estaba a salvo. Vi que éramos felices.
Pero al final de esa visión, la escena se movió otra vez, y volví a Seúl. Veinte años después. Mi madre era ya una anciana, el pelo completamente blanco, caminando lenta con un bastón hasta la fuente del centro comercial, que seguía rota, sin agua. Iba todas las noches, igual que siempre. Dejaba un vaso de kimchi jjigae caliente en el borde, hablaba bajito a la piedra, decía que la comida estaba lista, que ya podía volver cuando quisiera, que ella seguía esperando. Nunca superó mi desaparición. Nunca dejó de esperar. Murió sola, en su cama, con una foto mía de los dieciocho años en la mano, sin volver a abrazarme nunca más.
La visión se apagó de golpe.
Volví a la cueva fría de la montaña, de rodillas en el barro, las manos todavía pegadas a la piedra azul, temblando como una hoja, la cara empapada de lágrimas que no sabía cuándo habían empezado a caer. El zumbido se había hecho suave otra vez, casi imperceptible. La piedra seguía brillando, esperando. Sabía que si apretaba un poco más, si me dejaba llevar, iría. Estaría en Seúl en un segundo. Abrazaría a mi madre. Arreglaría todo. Pero vería a todos los demás morir en mi cabeza, cada noche, por el resto de mi vida. O podía quedarme. Ganar la guerra. Vivir feliz con Lira, con la familia. Pero sabría que mi madre se había quedado esperando, sola, hasta el final.
No había elección buena. No había forma de no romper el propio corazón en dos pedazos.
Me quedé ahí un buen rato, arrodillado en el suelo frío, mirando la piedra brillar. Pasaron por mi cabeza todos los momentos de estos sesenta y tres días: Nia metiéndome nueces a escondidas la primera semana, Turi dándome el colgante de lobo, Mara poniendo su cuchillo en mi mano, Rian mezclando su sangre con la mía jurando ser hermanos, Kael dándome su llavero de hace veinte años, Lira besándome en la montaña bajo las siete estrellas de la Familia Elegida. Todos ellos habían elegido arriesgarse por mí, una y otra vez, sin dudar, sin pedir nada a cambio. ¿Cómo iba a darles la espalda ahora? ¿Cómo iba a irme sabiendo que morirían por mi culpa?
Apreté los dientes, limpié las lágrimas con la manga de la túnica, y retiré las manos de la piedra despacio. No la toqué para irme. No cerré la puerta del todo. Solo me alejé un paso, y le hablé bajito, como si fuera una persona que pudiera entenderme:
—Espera un poco más. Cuatro días más. Déjame salvarlos primero. Déjame asegurarme de que todos vivan. Luego… luego veremos. Si todavía quiero irme, si todavía me necesitan allá, volveré. Lo prometo.
La luz de la piedra parpadeó una vez, suave, como si hubiera entendido, y luego se apagó del todo, volviendo a ser solo una piedra gris azulada con vetas brillantes, quieta en el fondo del charco.
Bajé de la montaña caminando despacio, con la cabeza llena de las dos visiones, con el corazón roto por los dos lados, pero con una cosa clara: no me iría antes de la batalla. No abandonaría a la familia que me había salvado. Primero pelearía. Primero ganaría. Primero me aseguraría de que todos estuvieran vivos y a salvo. Solo después, si todavía tenía fuerzas para decidir, pensaría en volver.
Cuando crucé el claro, Gorn estaba de pie esperándome cerca del fuego, apoyado en su bastón, como si llevara horas ahí. No me preguntó qué había visto. No me preguntó qué había decidido. Solo me miró con su único ojo bueno, asintió despacio, y me dijo bajo, para que solo yo lo oyera:
—Siempre supe que te quedarías. El agua no te trajo hasta aquí para que volvieras corriendo a la primera dificultad. Te trajo para esto. Para ser su puente. Para salvarlos.
No le respondí. No hacía falta. Me acerqué al fuego, me senté en mi sitio de siempre, y Lira, que estaba medio dormida, se movió en cuanto me oyó llegar, abrió los ojos y se sentó a mi lado sin preguntar nada. Me pasó un trapo seco para que me secara la cara mojada por el rocío de la montaña y las lágrimas, y luego apoyó la cabeza en mi hombro, callada, dándome calor sin decir una palabra.
—Ya está decidido —le susurré al oído, bajo, para que nadie más nos oyera—. Me quedo. Pase lo que pase, me quedo con vosotros. No me voy.
Ella levantó la cabeza, me miró a los ojos, y sonrió, esa sonrisa suya que me hacía olvidar incluso el dolor de haber visto a mi madre morir sola en la visión. Apretó mi mano con fuerza, entrelazando sus dedos con los míos, y no dijo nada. No necesitaba palabras.
El día sesenta y cuatro amaneció claro, frío, con el sol saliendo despacio por detrás de las montañas nevadas. Faltaba un día. Solo un día, y luego vendrían. Todos se movían más rápido ahora, con una calma fría, casi sobrehumana. Rian probaba el filo de su lanza una y otra vez. Mara preparaba a Nia, le explicaba dónde esconderse si todo salía mal, qué hacer si nos veía caer. Turi subió por última vez al roble de la vigilancia. Kael repartió las últimas raciones de carne seca, diciendo que comieran bien, que necesitarían fuerzas. Gorn bendijo cada arma con un trozo de hierba sagrada. Lira y yo guardamos las hierbas medicinales en bolsas pequeñas, listas para usar en cualquier herida, sin hablar mucho, sabiendo que probablemente tendríamos que usarlas en nosotros mismos antes que en nadie más.
Esa tarde, me quedé un rato solo mirando hacia el norte. Saqué el llavero de tigre de Kael de debajo de la ropa, lo miré a la luz del sol, y luego lo volví a guardar cerca del corazón, junto a los colgantes de Turi. Tenía cuatro días. Cuatro días para cambiar el futuro que había visto. Cuatro días para hacer que la segunda visión fuera la verdadera, y la primera solo un mal sueño que nunca pasaría.
Apreté el cuchillo de Mara al cinturón. Respiré hondo el aire frío del valle que ya olía a mi hogar.
Mañana sería el día sesenta y cinco. La noche antes del final.
Y cuando saliera el sol del día sesenta y seis, pelearía. Por ellos. Por la familia que el río me había dado. Por todo lo que valía la pena.
Incluso si eso significaba nunca volver a abrazar a mi madre.
Incluso si eso significaba llevar ese dolor conmigo el resto de mi vida.