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Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Status: Terminada
Genre:Escuela / Héroes / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:237
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.

Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.

Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun

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CAPÍTULO 9: La sombra que imitaba voces

Al día siguiente, la calma que había quedado tras el susto de la noche anterior se desvaneció antes de que terminara la primera hora de clase. Min‑jun pasó toda la mañana con los nervios de punta, revisando cada rincón del aula, cada persona que pasaba por el pasillo, cada ruido extraño que venía de la calle. Su mente no descansaba ni un segundo: después de confirmar que el Tejedor atacaba siempre que ellos dos estaban juntos, había llegado a una nueva deducción que le helaba la sangre:

> **Nueva hipótesis, 91 % de probabilidad:** la fuerza bruta no le ha funcionado. Las trampas de energía tampoco. Su siguiente movimiento no será otro monstruo, ni otro golpe directo. Será **manipulación emocional**. Usará lo que más nos duele. Usará al uno contra el otro.

Por fuera, sin embargo, nadie notaba nada. Seguía siendo el mismo chico despistado: se le cayó el libro de biología al suelo, se confundió al decir la fecha de la independencia de Corea y se quedó mirando la mosca que volaba sobre la pizarra durante veinte minutos seguidos. Incluso cuando Seo‑jun se acercó a su pupitre en el recreo y le dejó encima una botella de agua fría, Min‑jun reaccionó con un sobresalto exagerado, como si le hubieran gritado al oído.

—¡Ay! —exclamó, llevándose una mano al pecho, fingiendo susto—. No te había visto… perdón.

Seo‑jun frunció el ceño, con la mano todavía suspendida en el aire.

—Estás muy raro estos días. Más de lo normal. Te veo… como si esperaras que algo salte de cualquier esquina.

—¿Yo? No, qué va… —rio Min‑jun con una risa nerviosa, demasiado aguda, demasiado forzada—. Solo… tengo sueño. Ya sabes cómo soy. Duermo mal y luego estoy como una zombi.

No era una mentira del todo. Llevaba tres noches durmiendo menos de tres horas, revisando una y otra vez los mapas de ataques, calculando puntos débiles, diseñando contramedidas por si el villano probaba cada truco posible. Pero no podía decírselo. Nunca.

Seo‑jun lo miró un largo rato, como si quisiera leerle el pensamiento a través de los ojos. Al final suspiró, se sentó a su lado y bajó la voz para que nadie más los oyera:

—Oye… sobre lo de ayer, por el camino a casa… cuando pasó lo del viento y los relámpagos raros… me he quedado pensando. ¿Tú también sentiste algo… raro? Algo que no se puede explicar?

El corazón de Min‑jun dio un vuelco. Había llegado el momento temido: la duda. Tenía que responder con la cantidad justa de inocencia, de confusión y de torpeza para que no sospechara nada. Ni una pizca más, ni una pizca menos.

—¿Raro? —repitió, frunciendo el ceño como si intentara recordar, y luego encogió los hombros con una sonrisa tonta—. No lo sé… yo me asusté mucho y me tapé los ojos todo el rato. Solo recuerdo mucho viento y un ruido muy fuerte. ¿Tú viste algo?

—No… —Seo‑jun miró hacia otro lado, como si no se atreviera a decir en voz alta lo que pensaba—. No vi nada. Pero lo sentí. Como si hubiera habido… alguien más. Algo grande y oscuro, justo al lado.

Min‑jun aguantó la respiración. Por un segundo tuvo miedo de que su propio corazón, latiendo a mil por hora, delatara todo lo que sabía. Pero forzó una carcajada suave, infantil, creíble:

—¡Anda, eres muy raro! Seguro que fue el cansancio del entrenamiento. O que te dio un corte de luz y te imaginaste cosas. Vamos, no le des más vueltas.

Le dio un golpecito suave en el brazo, exactamente igual que habría hecho el chico normal que todos creían conocer. Seo‑jun sonrió débilmente, asintió y dejó correr el tema. Pero Min‑jun anotó el dato en su cabeza con tinta roja:

> **Alerta de riesgo:** Seo‑jun ya empieza a percibir lo sobrenatural. Ya no basta con excusas de tormentas raras. A partir de ahora, cada enfrentamiento debe ser más limpio, más rápido, más invisible. Probabilidad de que descubra algo por sí mismo en los próximos siete días: **14 % → sube a 27 %**. Medida obligatoria: reducir la duración de las batallas a menos de tres minutos siempre que sea posible.

Cuando terminaron las clases, Min‑jun inventó que tenía que ir a la librería del centro a comprar unos apuntes que se le habían olvidado y se separó de Seo‑jun con una despedida rápida, casi huyendo. No era una mentira del todo: sí tenía que ir hacia el centro… pero no por libros. A mitad de camino, el brazalete de jade empezó a vibrar con una secuencia irregular que Yeo‑wol solo usaba para amenazas de tipo psíquico o emocional.

Min‑jun dobló en un callejón vacío, su postura cambió en una fracción de segundo y pronunció las palabras con la voz fría y clara de siempre:

—¡Luz de Arirang, despierta!

Un segundo después, **Jade Blanco** corría por los tejados hacia el centro comercial abandonado del barrio viejo, el lugar exacto que la vibración le marcaba como origen del peligro. Al llegar, se agachó en la cornisa del tejado más alto y observó: el edificio estaba oscuro, silencioso, sin una luz encendida. Pero en el aire flotaba una energía densa, pegajosa, como si alguien hubiera mezclado recuerdos ajenos y voces rotas en una misma nube invisible.

—Ya sé que estás aquí —dijo Jade en voz alta, sin bajar la guardia, con una mano lista para lanzar un rayo de luz en cualquier momento—. Sal. No me gustan las cobardías.

En respuesta, una risa suave, femenina, conocida, salió de la oscuridad de la entrada principal:

—¿Tan pronto olvidas mi voz, pequeño guardián?

Jade se tensó. Era **la voz de Yeo‑wol**. Exacta. Igualito a ella.

—Vine a decirte que ya no puedes confiar en el otro portador —siguió la voz, saliendo poco a poco de las sombras, con la misma forma, la misma ropa, los mismos gestos de la chamana—. Ámbar Negro es una amenaza. Está siendo corrompido por el Tejedor. Tienes que eliminarlo antes de que sea demasiado tarde.

Min‑jun no se movió. Por dentro, su mente ya trabajaba a toda velocidad:

> **Análisis de voz:** coincidencia del 99,7 % con Yeo‑wol real. Pero error lógico irrefutable: ella nunca me llamaría “pequeño guardián” en misión. Siempre usa mi nombre de pila o “Jade”. Además, ella sabe perfectamente que los Sellos no se pueden destruir sin matar al portador, y jamás me pediría algo así. **Falsedad. 100 %.**

—No te creo —respondió Jade, tranquilo, seguro—. No eres ella. Quiérete ir o te obligo.

La figura de Yeo‑wol se desvaneció en una nube gris con un chillido agudo. Pero antes de que Jade pudiera bajar la guardia, otra voz salió de las sombras. Más joven. Más dulce. Más cercana.

Era **la voz de Seo‑jun**.

Exacta. Perfecta. Igualito a cuando le susurraba cosas bonitas al oído en el patio del colegio.

—Min‑jun… ¿por qué me mientes siempre? —dijo la voz, y a Jade le dio un vuelco el corazón—. Ya sé quién eres. Ya sé que eres tú bajo ese antifaz. ¿Por qué no te lo quitas? ¿Por qué no me dices la verdad de una vez? ¿Acaso no confías en mí? ¿No me quieres lo suficiente como para ser sincero?

Jade dio un paso atrás involuntariamente. El sonido de su propio nombre saliendo de esa voz, en medio de una misión, le rompió toda la concentración durante un segundo. Vio cómo la figura de Seo‑jun salía de la oscuridad, con la misma ropa del colegio, la misma sonrisa triste, los mismos ojos que le pedían una respuesta que él nunca podría dar en voz alta.

—Ven —siguió la voz, acercándose paso a paso—. Quítate el antifaz. Muéstrame tu cara. Solo una vez. Yo lo entenderé todo. Te prometo que no me iré.

Por un instante, Min‑jun lo creyó. Por un instante, su mano se elevó hacia la cinta de su antifaz, dispuesta a quitárselo, a decirle todo, a dejar de mentir por fin…

…y entonces su mente lógica, fría e implacable, le puso un freno de mano antes de que fuera demasiado tarde.

> **ALTA. ERROR FATAL DETECTADO.**

> Frase analizada: *“No me iré”*.

> Dato real: Park Seo‑jun, en toda la relación, **nunca ha usado esa palabra para sí mismo**. Siempre dice *“no me voy”*, *“estoy aquí”*, *“no te dejo solo”*. Nunca *“no me iré”*. Es una construcción que no forma parte de su forma de hablar. Además: nadie, absolutamente nadie, sabe mi nombre civil y mi identidad de Jade al mismo tiempo. Ni siquiera Yeo‑wol lo dice en voz alta cuando estamos en misión. **ESTO ES FALSO. 100 %. ES UNA TRAMPA.**

Jade bajó la mano de un golpe, cerró los ojos un segundo y recuperó toda su calma. Cuando los volvió a abrir, ya no había duda, ni emoción, ni debilidad. Solo estrategia.

—Bonito intento —dijo con voz fría, clara, sin temblar—. Pero te equivocaste en un detalle pequeño pero importante. **Él nunca diría eso.**

La figura de Seo‑jun se congeló en el sitio. La sonrisa se retorció, se deformó, se convirtió en algo horrible y oscuro. La voz cambió, pasando de la dulzura a un chillido metálico que partía los oídos:

—¡¿Cómo te has dado cuenta?! ¡Todo era perfecto! ¡Casi lo tienes!

—Nada es perfecto si te fijas bien —respondió Jade, ya en posición de combate, calculando cada movimiento—. Tú copias las palabras, pero no copias el alma. Y eso es lo que te delata siempre.

No atacó con golpes de luz directos. Sabía que esa criatura se alimentaba de la emoción, de la duda, del miedo. Si le respondía con rabia o con fuerza, saldría ganando. Así que usó la lógica, como siempre: creó un campo de luz que hacía rebotar las ondas de sonido, devolviéndole a la sombra sus propias voces falsas, mezcladas unas con otras, confundiéndola hasta que ya no sabía quién era, a quién imitar, qué decir. La criatura gritaba, se retorcía, se deshacía poco a poco entre las sombras, incapaz de mantener una forma estable bajo el peso de sus propias mentiras.

Estaba a punto de disolverse del todo cuando una figura negra y dorada cayó del cielo con los puños cerrados, golpeando el suelo justo al lado de la mancha oscura: **Ámbar Negro**.

—¡No vuelvas a moverte! —rugió, con la voz cargada de rabia contenida.

La sombra chilló una última vez y se desvaneció en el aire, sin dejar rastro. Jade desactivó el campo de luz y respiró hondo, recuperando el ritmo.

—Llegas justo cuando termina todo —dijo, sin reproche, solo constancia.

—Esa cosa… me llamó —respondió Ámbar, y bajo el casco se adivinaba que aún estaba temblando de la rabia y el susto—. Usó tu voz. Me dijo cosas que solo tú podrías saber. Me dijo que habías renunciado al Sello, que te habías pasado al otro lado, que tenía que detenerte. Casi… casi le creo.

Jade asintió, entendiendo perfectamente lo que había pasado. A él le habían pasado exactamente igual, pero con la voz de Seo‑jun.

—Yo también. Usó a la persona que más te importa para hacerte dudar. Esa es su arma. No la fuerza. La duda.

—¿Y cómo supiste que era falsa? —preguntó Ámbar, mirándolo con una mezcla de admiración y curiosidad—. A mí me tuvo engañado durante minutos.

—Por una sola cosa —respondió Jade, y por un segundo su voz sonó un poco más suave, un poco menos estratégica—. Porque hay cosas que solo la persona de verdad dice de cierta manera. Y por muy bien que la copien… nunca lo hacen igual.

Se quedaron en silencio un rato, mirando los escombros del centro comercial vacío. Ninguno de los dos sabía que habían sido víctimas del mismo truco, usando la voz el uno del otro. Ninguno sospechaba que la persona que más les importaba en el mundo estaba justo al lado, bajo el antifaz.

—Bueno… me voy —dijo Ámbar al fin, rompiendo el silencio—. Mañana tengo un día largo. Y… gracias. Por no caer en la trampa. Si tú te hubieras creído lo que te dijo… hoy habríamos perdido todo.

—Igual yo —respondió Jade—. Descansa. La próxima vez será peor.

Se separaron. Min‑jun recuperó su ropa de diario, se relajó los hombros, borró toda señal de inteligencia de su rostro y volvió caminando hacia el lugar donde había quedado con Seo‑jun después de la “librería”. Llegó cuarenta minutos tarde. Lo encontró sentado en un banco de la plaza, con la mochila a los pies, mirando las piedras del suelo.

—Llegas —dijo Seo‑jun sin levantar la vista. No había enfado. Solo resignación.

—Perdona… la librería estaba llena y tuve que esperar mucho… y luego me perdí un poco, ya sabes… —balbuceó Min‑jun con la voz temblorosa, la excusa perfecta, ensayada mil veces.

Pero esta vez, la actuación no salió tan bien. Estaba demasiado sacudido por lo de la voz falsa, demasiado paranoico, demasiado cansado de mentir. Su tono sonó más frío, más distante, más falso de lo normal. Seo‑jun levantó la vista y lo miró. Y en esa mirada, Min‑jun leyó que, por primera vez, la excusa no le había creído del todo.

—Sí —dijo Seo‑jun, levantándose del banco y echándose la mochila al hombro—. Ya sé. Siempre pasa algo. Siempre te pierdes, siempre te retienes, siempre hay una cosa u otra.

—De verdad que…

—No importa —lo interrumpió él, y su voz estaba tan vacía que dolió—. Ya me he acostumbrado. Vamos, que se hace tarde.

Caminaron juntos a casa en silencio. No hubo bromas, no hubo rozaduras de manos, no hubo miradas cómplices. Solo pasos sobre la acera y la distancia creciendo entre los dos, paso a paso, sin que ninguno se atreviera a decir nada para pararla. Min‑jun quería hablar, quería explicar, quería abrazarlo y decirle que todo era por él… pero no podía. Y ese silencio pesaba más que cualquier batalla.

Esa noche, de vuelta en su habitación, sacó el cuaderno oculto y escribió con la letra fría y ordenada que solo usaba ahí:

> **Informe Capítulo 9:**

> • Nueva amenaza detectada ✅: sombra parásita que imita voces y recuerdos para generar duda.

> • Método de defensa descubierto ✅: no usar fuerza. Analizar patrones del habla, detalles que solo la persona real conocería.

> • Punto crítico: casi revelo mi identidad por un descuido emocional. Casi me quito el antifaz. Error imperdonable. No volverá a pasar.

> • Estado relacional:

> ◦ Llegué tarde a la cita.

> ◦ Mi actuación de torpeza falló por cansancio y paranoia.

> ◦ Frase clave: *“Ya me he acostumbrado”*. Vuelve a aparecer.

> ◦ Probabilidad de ruptura: **88 % → vuelve a subir a 94 %**.

> • Conclusión amarga: cuanto más intento protegerlo con mis planes, más me alejo de él con mis mentiras. Cuanto más lo quiero salvar del peligro, más rápido se va de mi lado.

> • Dato sin cifrar, sin lógica, sin solución:

> Hoy, cuando esa cosa habló con tu voz… por un segundo deseé que fuera verdad. Deseé que realmente supieras quién soy, y que aun así te quedaras.

> Pero luego recordé: si lo supieras, el Tejedor te usaría contra mí. Y te haría daño.

> Y eso es lo único que nunca, jamás, podré permitir.

Cerró el cuaderno, lo escondió bajo el colchón y se quedó mirando la oscuridad. Afuera, el viento soplaba suave sobre los tejados de Seúl, y en algún lugar que aún no conocía, el Tejedor de Han reía a solas, porque había visto lo que quería ver: la duda plantada en medio de lo que más querían los dos guardianes.

Y Min‑jun lo sabía. Sabía que la batalla más difícil no sería contra monstruos, ni contra trampas, ni contra voces falsas.

Sería contra el silencio que cada día crecía un poco más entre él y la persona que más amaba.

Y aún no tenía ni idea de cómo ganarla.

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**FIN DEL CAPÍTULO 9

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