Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.
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Capítulo 15
...Valentina...
El domingo amaneció con una luz suave y extraña, como si el cielo supiera que hoy era un día importante y hubiera decidido colaborar.
Martín estaba listo a las nueve y cuarto. Camisa azul oscuro, mangas dobladas hasta los codos, cabello peinado con esa sobriedad de siempre. Llevaba bajo el brazo tres libros que debía devolver y una bolsa de tela con dos más que quería consultar.
Yo llevaba una blusa color crema que me puse, me quité, me volví a poner y finalmente acepté después de que el espejo me dijera por quinta vez que no, no había una mejor opción.
—¿Lista? —preguntó desde la puerta.
—Lista.
Mentira. No estaba lista en absoluto.
Porque ir a la biblioteca con el Profesor Herrera un domingo por la mañana era, técnicamente, una actividad logística. Devolución de materiales bibliográficos. Consulta de referencias. Nada romántico.
Pero mi corazón no entendía de logística.
Caminamos juntos por la acera. El campus estaba medio vacío —era domingo—, pero las pocas personas que había nos miraban. O tal vez no nos miraban y yo estaba paranoica. Pero juro que el guardia de la entrada levantó las cejas cuando nos vio pasar juntos.
—Profesor —susurré.
—¿Sí?
—¿Usted cree que nos están viendo?
—Estamos caminando por una vía pública, Valentina. Es probable que alguien nos vea.
—No me refiero a eso. Me refiero a… vernos. Juntos. Como si fuéramos…
—¿Como si fuéramos qué?
No terminé la frase. Porque no sabía cómo terminarla sin que sonara ridícula o presuntuosa o aterradoramente esperanzada.
La biblioteca de la universidad era un edificio de dos plantas con columnas de piedra y un silencio que se sentía como terciopelo. Olía a papel viejo y a madera encerada. Yo había pasado cuatro años de mi vida entre esos estantes, pero nunca había entrado con él.
La bibliotecaria, doña Refugio, una mujer de sesenta años con el pelo recogido en un moño impecable y la habilidad de callar a cualquiera con una sola mirada, nos vio llegar y dejó de sellar libros.
—Profesor Herrera. —Su voz era un susurro entrenado por décadas—. Buenos días.
—Buenos días, doña Refugio.
Ella me miró. Me reconoció al instante —había procesado mi credencial de estudiante durante cuatro años—.
—Torres Medina. —Sonrió con un gesto mínimo—. Es la primera vez que el profesor viene acompañado. En diez años.
Sentí que las mejillas me ardían.
—Es una compañera de trabajo —dijo Martín, con la naturalidad de un hombre que anuncia el clima.
—Por supuesto —respondió doña Refugio, con un tono que dejaba claro que no le creía ni la primera sílaba.
Subimos a la segunda planta. La sección de literatura hispanoamericana estaba en la esquina del fondo, junto a un ventanal enorme que daba al jardín interior. Había tres mesas de estudio, todas vacías. El domingo era nuestro aliado.
Él empezó a buscar un libro en los estantes altos. Yo devolví los míos en el mostrador de la planta baja y volví casi corriendo, como si temiera que al regresar él ya no estuviera.
Pero estaba. Sentado en la mesa junto al ventanal, con un libro abierto y los lentes puestos, con esa concentración absoluta que convertía cualquier espacio en su territorio.
Me senté frente a él.
—Profesor.
—¿Mmm?
—¿Puedo hacerle una pregunta?
Levantó la vista. Los lentes le daban un aire de erudito accesible, como un personaje de novela que sabe demasiado pero no te hace sentir tonta por saber menos.
—Siempre.
—¿Está nervioso?
Silencio. Él cerró el libro despacio, marcando la página con un separador que reconocí: era la flor de jacaranda prensada que usaba desde que yo tenía memoria de sus clases.
—Es la primera vez que vengo aquí contigo —dijo—. En diez años de visitar esta biblioteca, es la primera vez que traigo a alguien. Así que sí. —Me miró—. Estoy un poco nervioso.
Martín Herrera Solís. Nervioso. El hombre que daba conferencias ante cien personas sin pestañear, que analizaba versos de Neruda como si conversara con un amigo, que enfrentó a Diego con tres dedos levantados y una calma de acero.
Nervioso. Por ir a la biblioteca conmigo.
—Yo también —confesé.
Algo pasó en sus ojos. Un destello cálido, rápido, como una vela que se enciende.
—Bien —dijo—. Entonces estamos iguales.
Pasamos dos horas en esa mesa. Él consultaba libros de teoría literaria; yo hojeaba una antología de poesía que encontré en el estante de novedades. De vez en cuando, levantaba la vista y lo encontraba mirándome. Otras veces, él levantaba la vista y me encontraba mirándolo a él. Y ambos apartábamos la mirada con la torpeza de dos personas que saben exactamente lo que sienten pero no saben exactamente qué hacer con eso.
A las once, una estudiante pasó por la sección. Nos vio. Sacó el teléfono. Escribió algo. Se fue.
A las once y cuarto, otra estudiante pasó. Nos vio. Cuchicheó con su amiga. Se fueron las dos.
A las once y media, un profesor del departamento de Historia —un hombre calvo y sonriente que yo había visto en los pasillos de la facultad— se acercó a nuestra mesa con una pila de libros.
—Herrera, ¿tú por aquí en domingo? —Miró la mesa. Nos miró a los dos. Sonrió con esa sonrisa de quien entiende todo sin necesitar explicaciones—. ¿Trabajando?
—Consultando referencias —respondió Martín.
—Ya. Bueno. —El profesor se fue silbando un bolero.
Cuando desapareció por las escaleras, solté el aire que había estado conteniendo.
—Creo que todo el campus lo va a saber antes del almuerzo —dije.
Martín no se inmutó.
—¿Te molesta?
La pregunta era simple. La respuesta, no.
Pensé en el medio paso. En el retroceso fuera del auditorio. En la semana de silencio que casi nos destruyó. En el desayuno donde dije «gracias» con la voz temblando.
—No —dije. Y lo sentí de verdad—. No me molesta.
Él asintió. Volvió a su libro. Pero la comisura de su boca estaba ligeramente elevada, y eso era todo lo que necesitaba ver.
Salimos de la biblioteca a mediodía. El sol estaba alto y el campus empezaba a llenarse de estudiantes que venían a estudiar para los exámenes. Caminamos por el sendero de los jardines, a un paso lento, sin prisa.
Fue ahí, bajo un árbol de jacaranda cuyas flores moradas alfombraban el camino, donde finalmente hice la pregunta que me estaba quemando por dentro desde hacía semanas.
—Profesor.
—¿Sí?
—¿Qué somos?
Él se detuvo. Me miró. Y su expresión no era la del académico que analiza un verso ni la del hombre que cocina con precisión de cirujano. Era algo más abierto, más vulnerable, como una página en blanco antes de que alguien escriba la primera palabra.
—Somos personas que se importan mutuamente —dijo, despacio, eligiendo cada palabra con el cuidado de un poeta—. Que quieren buscar libros juntos, cocinar juntos, enfrentar problemas juntos.
Hizo una pausa. Una flor de jacaranda cayó entre nosotros, girando en el aire como una pluma violeta.
—Somos personas que se están acercando. Poco a poco.
No dijo «somos novios». No dijo «somos amigos». No dijo «somos compañeros de departamento». Dijo algo mejor que todo eso: dijo la verdad.
Se me llenaron los ojos de algo caliente. No lloré. Pero estuve cerca.
—¿Y la mirada de los demás? —pregunté, señalando vagamente hacia el campus—. Las estudiantes que nos vieron. El profesor de Historia. Doña Refugio.
—La mirada de otros no importa, Valentina. Lo que importa es que nosotros sepamos qué somos.
Una flor más cayó. Aterrizó en mi hombro. Él la miró, estiró la mano y la tomó entre sus dedos. No la tiró. La guardó en el bolsillo de su camisa, junto a la otra jacaranda prensada.
—¿Acaba de guardar una flor de jacaranda? —pregunté, con la voz temblando entre la risa y algo que no tenía nombre.
—Es evidencia —dijo, con esa cuasi-sonrisa que a estas alturas era mi cosa favorita del mundo—. De un buen día.
Caminamos de vuelta en silencio. Un silencio distinto a todos los que habíamos compartido. No era incómodo, no era tenso, no era triste. Era un silencio que se parecía a una promesa.
En el 302, él preparó el almuerzo. Yo puse la mesa. Y mientras comíamos, con las flores de jacaranda cayendo al otro lado de la ventana, pensé:
No fue tan terrible como imaginaba. Que nos vean. Que sepan. Que adivinen.
Porque él tenía razón. Lo único que importaba era que nosotros supiéramos qué éramos.
Y yo lo sabía. Cada vez con más claridad, con más fuerza, con más certeza.
Personas que se están acercando. Poco a poco.
Mi teléfono vibró esa noche. El grupo de la universidad. Un mensaje de Mariana:
«VALE. Hay un hilo NUEVO. Alguien vio al Profesor Herrera en la biblioteca con "una chica de blusa color crema". Hay DOCE comentarios. Tres teorías. Un diagrama. ESTO ES UNA NOVELA.»
Leí el mensaje. Sonreí. Y por primera vez, no sentí pánico.
Le respondí con cuatro palabras:
«Que digan lo que quieran.»
Del otro lado de la pared, en su estudio, escuché a Martín teclear en su computadora. El sonido rítmico, constante, como un corazón que late sin prisa.
Me dormí con ese sonido. Y con la certeza de que mañana, cuando abriera los ojos, habría un desayuno esperándome, una nota adhesiva en el refrigerador, y un hombre al otro lado de la barra que sabía exactamente qué éramos.
Aunque el mundo todavía no lo supiera.
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