Elisa Ramos, una brillante graduada en literatura, ve sus sueños destrozados una fatídica noche tras sufrir una brutal agresión en los suburbios que la deja atrapada en un mutismo selectivo severo. Justo cuando su humilde familia se enfrenta a la ruina y a una tragedia irreparable, en su vida irrumpe Liam Vance, un implacable y hermético CEO de la construcción. Lo que comienza como un frío acuerdo corporativo se transforma en un refugio inquebrantable cuando Liam la traslada a su mansión y se convierte en su "sombra pacífica". Mientras Elisa intenta recuperar su voz a través de las páginas de una libreta, Liam utiliza su inmenso poder para tejer una red de ingeniería legal y atrapar al culpable: Hugo Santoro, un heredero arrogante e intocable de la zona alta. Una historia magistral donde la sed de justicia y el amor más puro se unen para demostrar que los cimientos del corazón son indestructibles.
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CAPITULO 9. LINEAS DE SOSPECHA
El trayecto de regreso a la mansión de la colina se le hizo eterno a Liam. Sus manos apretaban el volante de cuero con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos. La imagen de Hugo Santoro, con su sonrisa altiva y su desprecio absoluto al hablar del callejón de la calle Mayor, se había quedado grabada a fuego en su mente.
No tenía pruebas tangibles. En el mundo de los negocios, una corazonada no valía nada, pero Liam conocía demasiado bien a los tipos como Hugo: chicos nacidos en cunas de oro, acostumbrados a limpiar sus desastres con el talonario de sus padres y convencidos de que las personas humildes eran simples decorados en sus vidas.
Al llegar a la casa, Liam no pasó por su despacho. Subió directamente las escaleras y caminó por el pasillo alfombrado hasta la habitación de Elisa.
Empujó la puerta con cuidado. La joven estaba sentada en la cama, con las piernas cruzadas y el cuaderno apoyado sobre los muslos. El bolígrafo de gel se movía con un ritmo constante, casi hipnótico. Al notar la presencia de Liam, Elisa se detuvo y levantó la vista. Su rostro ya no reflejaba el pánico absoluto de las primeras semanas; había una calma triste en sus ojos claros, una resignación que a Liam le partía el alma.
Liam dio un paso hacia el interior del cuarto, manteniendo la distancia.
—Hola, Elisa —dijo, suavizando el tono de su voz todo lo posible—. He vuelto temprano. He tenido una reunión en el centro.
Elisa lo miró en silencio. Luego, con un movimiento lento, bajó la vista hacia su cuaderno, escribió un par de palabras rápidas y giró la libreta hacia él para que pudiera leerla.
«¿Ha ido bien?», ponía en el papel.
Liam forzó una sonrisa, ocultando el torbellino de emociones que le desgarraba el pecho.
—Sí, los negocios avanzan. Pero he conocido a personas que... —Liam se interrumpió a sí mismo. No podía mencionarle a Hugo, ni el callejón, ni nada que pudiera hacerla retroceder en su recuperación—. Personas que no valen la pena. Me alegra mucho ver que sigues escribiendo.
Elisa asintió levemente. Volvió a girar el cuaderno hacia ella, acarició la hoja en blanco con las yemas de los dedos y escribió algo más largo. Tardó un par de minutos en terminar, borrando y corrigiendo un par de letras con cuidado. Cuando terminó, le mostró el mensaje:
«Escribo sobre el mar. Cuando era pequeña, mi padre decía que el mar se tragaba las penas si le contabas tus secretos en voz alta. Como yo ya no tengo voz, intento dejarlas escritas aquí para que no pesen tanto en mi cabeza».
Liam tragó saliva, sintiendo una opresión feroz en la garganta. La madurez y la poesía que Elisa mantenía intactas en mitad de su destrucción lo conmovieron profundamente. Aquella chica no era solo una víctima; era una artista atrapada en su propio dolor.
—El mar es un buen lugar para dejar las penas —respondió Liam, cruzándose de brazos para ocultar el temblor de sus manos—. Un día, cuando estés lista, te llevaré a verlo. El complejo que estamos diseñando está justo frente a la costa.
Elisa esbozó una línea diminuta en los labios, lo más parecido a una sonrisa que Liam le había visto desde que la rescató.
Esa misma noche, tras asegurarse de que Elisa cenaba el caldo caliente que la enfermera le había preparado, Liam bajó a su despacho privado del primer piso. Cerró la puerta con llave y encendió el ordenador portátil de seguridad. No podía acudir a la policía todavía con una simple sospecha; el inspector Harrison se reiría en su cara si le decía que el hijo de un magnate de los fondos de inversión le parecía un criminal solo por su forma de mirar.
Abrió el buscador interno de la constructora y accedió al registro de las cámaras de seguridad perimetrales de la obra de la calle Mayor. Aunque la policía ya se había llevado las grabaciones de la noche del asalto, Liam tenía acceso a los archivos de los días previos y posteriores.
Pasó tres horas revisando fotogramas de baja calidad bajo la luz de la lámpara de mesa. De repente, en una grabación del viernes por la tarde —el día anterior al ataque—, un coche deportivo de gama alta y color rojo brillante apareció estacionado a pocos metros de la cafetería El Candil.
Liam amplió la imagen todo lo que el píxel le permitió. La matrícula estaba parcialmente tapada por la sombra de una marquesina, pero el modelo era idéntico al que Hugo Santoro presumía tener en sus redes sociales.
—Te tengo —susurró Liam, con la mirada fija en la pantalla.
La sospecha ya no era una simple intuición. Hugo conocía la zona, frecuentaba el lugar y su coche había estado allí. Ahora venía la parte más difícil y peligrosa del plan: encontrar la forma de que Elisa, a través de sus escritos o de un reconocimiento visual seguro, confirmara la identidad de su agresor sin romper el frágil equilibrio de su silencio.