"CORAZÓN DE CRISTAL, ALMA DE FUEGO" es una historia de segundas oportunidades, de la lucha por el amor verdadero frente a la adversidad familiar y de cómo un alma ardiente puede derretir el más frío de los corazones. ¿Podrán Serena y Julián superar los obstáculos, sanar sus heridas y construir un futuro juntos, o los secretos de su pasado y la oposición de sus hijos destruirán el imperio que han construido con tanto esfuerzo? Adéntrate en un mundo de ambición, pasión y redención, donde solo el amor más puro puede salvarlos.
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FISURAS Y LUCES
El restaurante elegido por Julián no era un lugar ruidoso ni ostentoso; era una joya arquitectónica oculta en una zona residencial de la ciudad, con mesas distribuidas en torno a un jardín interior iluminado por luces tenues.
Serena llegó vestida con un vestido de seda en tono verde esmeralda —haciendo un silencioso guiño a los consejos de Beatriz— que acentuaba su figura y la tonalidad cálida de sus ojos.
Julián ya la esperaba de pie junto a la mesa. Portaba un traje azul marino sin corbata, una elegancia relajada que parecía salirle de forma natural. Al verla acercarse, su mirada se iluminó de un modo que Serena no pudo pasar por alto.
—Buenas noches, Serena —saludó él, acercándole la silla con perfecta cortesía—. El verde te sienta francamente espectacular.
—Buenas noches, Julián —respondió ella, sonriendo con una soltura que rara vez se permitía en público—. Mis amigas juran que vivo atrapada en el gris corporativo, así que decidí darles un descanso.
—Me alegra ser el beneficiario de esa decisión —contestó él con una chispa de picardía en los ojos.
La cena fluyó con una ligereza imprevista. No hablaban de porcentajes de acciones ni de cláusulas de control. Julián la escuchaba con una atención absoluta, sin interrumpirla, riendo genuinamente con sus comentarios secos y refinados.
Serena descubrió en él a un hombre letrado, con una perspectiva de la vida madura y desprovista del ego desmedido que solía plagar su círculo social.
—Debo admitir que me causa curiosidad algo —dijo Serena, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando las manos—. Llevas el apellido Ocampo, pero tu solvencia y tu estilo de negociación reflejan una escuela de negocios muy particular... casi idéntica a la de la familia De la Vega.
Julián sonrió con calma, llevando su copa de vino a los labios antes de responder.
—Ocampo es el apellido de mi madre, Rosalía. Mis padres son Maximiliano y Rosalía De la Vega.
Serena pestañeo, sorprendida.
Los De la Vega eran una de las estirpes empresariales más poderosas y respetadas del país.
—¿Por qué ocultarlo? —preguntó ella—. Con ese apellido habrías tenido cualquier puerta abierta desde el primer día.
—Precisamente por eso —explicó Julián, mirándola fijamente con honestidad—. Quería saber de qué era capaz por mis propios medios. Si utilizas el peso de tu familia, la gente no te respeta a ti, respeta a tu sombra. Mis padres estuvieron de acuerdo; me enseñaron a valerme por mí mismo. Solo muy pocos conocen mi origen completo, y prefiero mantenerlo así.
Serena lo observó con un matiz nuevo de admiración. Mientras la mayoría de los hombres que conocía buscaban inflar su estatus con títulos y apellidos de cuna, Julián prefería la discreción de los hechos.
—Eso dice mucho de ti —admitió Serena en un susurro sincero—. Es una cualidad rara en estos días.
—También dice mucho de mis padres —añadió él con una sonrisa suave—. Por cierto, mi madre sabe que estamos haciendo negocios juntos. Mis padres admiran mucho el imperio que construyeron los tuyos... y a ti en particular.
—¿A mí?
—Saben lo que has tenido que soportar para mantenerte firme. Y yo... yo comienzo a comprenderlo muy bien.
El contacto visual entre ambos se volvió intenso, cargado de un magnetismo silencioso que acortó la distancia entre sus años. En ese instante, para Serena, la brecha de edad simplemente dejó de existir.
Mientras tanto, en la residencia Montemayor, la atmósfera era sumamente distinta.
Aurelio y Eleonora Montemayor, los padres de Serena, disfrutaban de una taza de té en el salón principal junto a su nieta Renata.
—Tu madre se veía radiante cuando salió esta noche, Renata —comentó Eleonora, acomodándose el chal sobre los hombros—. Hacía años que no la veía dedicarle tiempo a su vida personal.
—Se lo merece todo, abuela —respondió Renata con entusiasmo—. Ha trabajado sin descanso desde que se divorció de mi papá. Me hace feliz verla salir y sonreír.
La puerta de entrada se abrió de golpe e Ignacio entró al salón. Se veía alterado, con la mandíbula apretada y carpetas de documentos bajo el brazo.
—Qué buena reunión familiar —soltó Ignacio con tono amargo—. Lástima que la dueña de la casa no esté aquí para ver cómo su nuevo "socio" nos está tomando el pelo a todos.
Aurelio Montemayor, un hombre de setenta años de porte imponente y voz profunda, dejó su taza sobre la mesa con firmeza.
—Mide tus palabras en esta casa, Ignacio —sentenció el abuelo—. Tu madre es una mujer sabia y ejecutiva de primer orden. No vas a venir a faltarle el respeto en su ausencia.
—¡Es que no se dan cuenta! —exclamó Ignacio, arrojando unos papeles sobre la mesa de centro—. Mi papá investigó a ese tal Julián Ocampo. ¡El tipo no tiene historial familiar relevante! Su empresa es una fachada reciente. Mi papá dice que es un cazafortunas que busca embaucar a mi mamá por su dinero y por su edad.
Renata se puso de pie de inmediato, enfrentando a su hermano con rabia.
—¡El único cazafortunas que ha pisado esta casa es tu padre! —reprochó la joven—.
¿Cómo puedes ser tan ciego, Ignacio? Guillermo te está usando para manchar a la persona que te ha dado todo.
—¡Mi papá me está abriendo los ojos! —gritó Ignacio—. No voy a permitir que un aparecido de treinta años se quede con lo que nos pertenece. Si mi madre no quiere reaccionar, yo mismo me voy a encargar de hundir a ese tipo.
—¡Basta! —ordenó Aurelio, poniéndose de pie con la autoridad intacta de su linaje—. No conoces a la persona con la que te estás metiendo, Ignacio, ni tampoco tienes la menor idea de la fuerza que respalda a ese joven. Si sigues escuchando los consejos de un hombre arruinado y lleno de odio como Guillermo, vas a terminar perdiendo a tu madre y destruyendo tu propio futuro.
Ignacio miró a su abuelo con resentimiento, pero la firmeza de la mirada de Aurelio lo hizo dudar por un segundo. Sin añadir una palabra más, dio media vuelta y subió a toda prisa hacia las habitaciones, dejando una densa estela de tensión en el aire.
Eleonora suspiró con tristeza y miró a su esposo.
—Guillermo no va a parar hasta hacer daño, Aurelio.
—Lo sé, mi amor —respondió el anciano patriarca, mirando fijamente la puerta por la que se había ido su nieto—. Pero ese insensato de Guillermo no sabe que al intentar atacar a Julián Ocampo, le está pisando la cola a un león muy diferente al que se imagina.