Cuando la curiosidad te quita tu primera vida.. significa ¿que deberías cambiar? Vesta no lo cree.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Otros candidatos
La oficina quedó en silencio después de la interminable lista de condiciones de Vesta.
La chimenea seguía encendida.
La nieve golpeaba suavemente las ventanas.
Y el duque Reed permanecía sentado frente a ella, observándola como si intentara resolver el rompecabezas más complicado que hubiera encontrado jamás.
Finalmente habló.
—Lady Vesta.
—¿Qué?
Sus ojos oscuros permanecieron fijos en ella.
—Si yo aceptara esas condiciones...
Vesta dejó lentamente su taza sobre el escritorio.
—¿Cuáles?
—Todas.
El duque enumeró con calma.
—Su independencia económica. La protección del secreto de los Dupont. El apoyo a sus escuelas. Su participación activa en cualquier decisión sobre su futuro. La atención afectiva y física.. Y hasta... su inusual interés por los asuntos sociales de la nobleza.
Vesta intentó parecer digna.
—Es una necesidad legítima.
—Por supuesto.
El tono del duque era tan serio que Vesta sospechó que se estaba burlando de ella.
Entonces él terminó la pregunta.
—Si cumpliera con todo eso... ¿aceptaría casarse conmigo?
El corazón de Vesta dio un pequeño salto.
Pero inclinó ligeramente la cabeza.
—No podría decidirlo sola.
Por primera vez desde que lo conocía, el duque frunció el ceño.
—¿Por qué?
Vesta parpadeó.
—Porque tendría que hablar usted con mi padre.
—mmmm
—Es que el conde Dupont ya me había sugerido considerar a otros candidatos.
El silencio se volvió absoluto.
La expresión del duque cambió apenas.
Pero Vesta lo notó.
Y entonces...
Sus ojos verdes comenzaron a brillar con traviesa satisfacción.
[Oh.]
[Oh.]
[¿Está celoso?]
Intentó no sonreír.
Fracasó miserablemente.
—¿Otros candidatos? —preguntó él.
La calma seguía presente en su voz.
Pero había algo diferente.
Más tenso.
—Sí.
Vesta acomodó distraídamente un mechón de cabello detrás de la oreja.
—El hijo del barón Shaw.
El ceño del duque se profundizó.
—Y el hijo del conde Khrastov.
El silencio volvió.
Vesta intentó mantener la compostura.
[Está celoso.]
[Está celoso.]
[¡El atractivo león rojo está celoso!]
Una alegría absolutamente inapropiada comenzó a instalarse en su pecho.
Porque, después de todo lo ocurrido...
Después del miedo.
De las amenazas.
De la confusión.
Había una parte pequeña, inmadura y bastante femenina dentro de ella que disfrutaba sentirse elegida.
Deseada.
Importante.
Y el hecho de provocar una reacción en aquel hombre tan controlado...
Resultaba peligrosamente fascinante.
—Aunque... —continuó Vesta con inocencia sospechosa— creo recordar que el hijo del barón tiene mi edad.
Los ojos oscuros permanecieron sobre ella.
—¿De verdad?
—Y el hijo del conde seguramente no me haría esperar una hora en un salón rojo sin comida. Y probablemente no me enviaría cartas amenazantes.
La sonrisa de Vesta se volvió más coqueta.
—Eso debería contar como una ventaja.
El duque la observó largamente.
Finalmente preguntó..
—¿Está intentando provocarme?
Vesta abrió mucho los ojos.
—¿Yo?
Se llevó una mano al pecho.
—Jamás.
El silencio duró exactamente tres segundos.
Y luego ella añadió..
—Aunque admito que es interesante descubrir que usted puede ponerse celoso.
El duque permaneció inmóvil.
Y esa inmovilidad resultó más intimidante que cualquier llama que hubiera invocado.
Finalmente se puso de pie.
Vesta tragó saliva.
Lo vio rodear lentamente el escritorio.
Alto.
Seguro.
Elegante.
Con aquella presencia imposible de ignorar.
Su corazón comenzó a acelerarse.
Una parte de ella le decía que retrocediera.
La otra...
Bueno.
La otra estaba curiosa.
Y Vesta siempre había tenido problemas con la curiosidad.
Se quedó sentada.
Levantando el mentón.
El duque se detuvo frente a ella.
No demasiado cerca.
Pero lo suficiente para que ella tuviera que alzar la vista para sostenerle la mirada.
—Lady Vesta.
—¿Sí?
Su voz sonó mucho más tranquila de lo que se sentía.
Él la observó durante varios segundos.
—No me agrada la idea de que considere a otros hombres.
El corazón de Vesta dio un salto.
Porque aquello no era una orden.
No era una amenaza.
Era simplemente...
Honestidad.
Y viniendo de un hombre tan reservado, la sinceridad tenía un peso distinto.
Vesta lo miró sorprendida.
Luego inclinó ligeramente la cabeza.
Y sonrió.
—Entonces sí estaba celoso.
Las mejillas del duque adquirieron un leve color que habría pasado desapercibido para cualquiera.
Excepto para una mujer cuya afición favorita era analizar expresiones ajenas.
Vesta abrió mucho los ojos.
[¡Se sonrojó!]
[¡El duque Reed se sonrojó!]
Una felicidad absurda comenzó a burbujear dentro de ella.
Porque sí.
Quizás era un poco excéntrica.
Quizás tenía un gusto cuestionable por hombres intimidantes.
Pero le gustaba sentirse querida.
Elegida.
Importante para alguien.
Y el hombre más temido de Sunderland que ella conocía.. acababa de admitir, con toda la dignidad posible, que no le agradaba pensar en ella junto a otro.
Finalmente, Vesta cruzó los brazos.
—Bueno.
El duque esperó.
—Eso sigue sin justificar las amenazas.
El hombre guardó silencio.
Y luego dijo..
—No.
Ella parpadeó.
—¿No?
—No las justifica.
Vesta lo miró sorprendida.
Él desvió brevemente la mirada hacia el fuego de la chimenea.
—Fue una mala decisión. Y si espero una respuesta sincera por parte de usted...
Volvió a mirarla.
—No puedo obtenerla mediante el miedo.
La oficina quedó en silencio.
Vesta sintió que algo se aflojaba lentamente dentro de su pecho.
Porque aquella era la primera vez que el orgulloso duque Reed reconocía un error sin excusas.
Finalmente, ella sonrió un poco.
—Bien.
—¿Bien?
—Eso significa que quizás todavía tenga una oportunidad.
El duque arqueó ligeramente una ceja.
—¿Una oportunidad?
Vesta asintió.
—Para cortejarme correctamente.
Los ojos oscuros permanecieron fijos en ella.
—¿Y qué implica eso?
La sonrisa de Vesta se volvió brillante.
Traviesa.
Llena de vida.
—Flores.
Levantó un dedo.
—Comida caliente.
Otro dedo.
—No hacerme esperar una hora.
Otro.
—Y absolutamente nada de chantajes.
El duque escuchó en silencio.
—¿Algo más?
Vesta pensó unos segundos.
Y finalmente sonrió.
—Sea sincero conmigo.
El hombre permaneció inmóvil.
Ella sostuvo su mirada.
—Si de verdad quiere que considere quedarme en Sunderland...
Su voz se suavizó.
—No me trate como una solución para un problema.
Se llevó una mano al pecho.
—Tráteme como a una mujer que podría elegirlo.
El silencio que siguió fue profundo.
La nieve continuaba cayendo afuera.
La chimenea seguía encendida.
Y por primera vez desde que Vesta había entrado en aquella oficina...
No eran un duque y la hija de un conde negociando contratos.
Eran simplemente un hombre y una mujer intentando decidir si aquello que sentían era suficiente para construir algo juntos.
Y el poderoso león rojo de Sunderland comprendió, con una claridad sorprendente, que ya no quería convencer a Vesta Dupont mediante acuerdos o estrategias.
Quería que ella lo eligiera por voluntad propia.
Aunque eso significara competir contra Mercia.
Contra el sueño de las escuelas.
Y contra dos jóvenes nobles que ni siquiera sabían que una mujer alegre, gritona, honesta y un poco loca les había robado el corazón al hombre más temido del reino.