"No estoy adaptado a ser padre" no es una historia de amor incondicional desde el primer latido. Es la historia de un hombre que mira a su hijo recién nacido y siente... nada. Y que tarda cinco años en aprender que esa nada no es ausencia de amor, sino pánico disfrazado de indiferencia.
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CAPÍTULO 15: "Mi jefe cree que estoy de vacaciones"
El primer día que intenté trabajar desde casa fue un desastre anunciado. Yo, en mi infinita ingenuidad, había pensado que podría compaginar las tareas de la paternidad con mis responsabilidades laborales. Había hablado con mi jefe, le había explicado que tendría que teletrabajar durante unas semanas, y él, con esa sonrisa suya que siempre ocultaba una amenaza, me había dicho: "Claro, Pablo, tómate el tiempo que necesites. La familia es lo primero."
Traducción: "No me falles o te recuerdo quién te paga."
El día empezó bien. El bebé había dormido la noche anterior —bueno, había dormido cuatro horas seguidas, que para nosotros era un récord olímpico— y Ana estaba de buen humor. Preparé un café, abrí el portátil, me senté en la mesa del salón y me dispuse a trabajar.
A los diez minutos, el bebé empezó a llorar.
—Yo lo cojo —dijo Ana, levantándose de la cama.
—No, no, yo —dije, porque quería demostrar que podía hacer ambas cosas—. Tú descansa.
Cogí al bebé con un brazo, lo apoyé contra mi pecho, y con la otra mano intenté teclear. El bebé lloraba. Yo tecleaba. El bebé lloraba más fuerte. Yo tecleaba más rápido. El bebé se puso a gritar. Yo cerré el portátil.
—Vale —dije, con el bebé en brazos—. No funciona así.
—¿Quieres que lo coja?
—No. Tengo que aprender a hacer ambas cosas.
—¿Estás seguro?
—No. Pero lo intento.
El resto de la mañana fue una sucesión de intentos fallidos. Cada vez que el bebé se dormía, yo abría el portátil. Cada vez que abría el portátil, el bebé se despertaba. Era un ciclo perfecto, como si el universo estuviera conspirando contra mi productividad.
A las once de la mañana, tenía que hacer una videollamada con mi jefe. Era una reunión importante, de esas en las que se deciden presupuestos y se asignan proyectos. Me puse la camisa planchada —solo la camisa, porque de cintura para abajo seguía en pijama—, me peiné, y abrí la videollamada.
—Pablo —dijo mi jefe, con su sonrisa de tiburón—. ¿Cómo va todo?
—Bien, bien —respondí, intentando sonar profesional—. Estoy adaptándome.
—¿A la paternidad?
—Sí. Y al teletrabajo.
—Me alegra. —Hizo una pausa y miró algo fuera de cámara—. Oye, sobre el proyecto de la cuenta nueva...
En ese momento, el bebé empezó a llorar. No era un llanto suave, era un alarido desgarrado, como si alguien le estuviera clavando alfileres. Yo, con la camisa planchada y el pijama oculto bajo la mesa, intenté mantener la compostura.
—Perdón —dije, con la voz tensa—. Es el bebé.
—¿El bebé? —Mi jefe frunció el ceño—. Pensaba que estabas trabajando.
—Estoy trabajando. Y cuidando al bebé.
—Ya.
Ese "ya" era una sentencia. Mi jefe no había tenido hijos, no entendía lo que significaba cuidar a un recién nacido, y su sonrisa de tiburón se estaba convirtiendo en una mueca de desaprobación.
El bebé siguió llorando. Yo, que no podía dejar la reunión ni podía calmar al bebé, hice lo único que se me ocurrió: cogí el portátil, me levanté de la mesa, y caminé hacia la habitación beige mientras seguía con la videollamada.
—¿Qué haces? —preguntó mi jefe.
—Calmar al bebé. La reunión sigue.
Llegué a la habitación beige, cogí al bebé con un brazo (el otro sostenía el portátil), y empecé a mecerlo mientras intentaba seguir hablando del presupuesto. La imagen que mi jefe debía estar viendo era surrealista: un ejecutivo con camisa planchada, sosteniendo un portátil con una mano y a un bebé con la otra, meciéndose como un péndulo mientras hablaba de márgenes de beneficio.
—Pablo —dijo mi jefe, con una mezcla de sorpresa y exasperación—. ¿Estás bien?
—Perfectamente.
—No pareces muy profesional.
—Es el ruido de fondo.
—El ruido de fondo es un bebé llorando.
—Sí. Es mi hijo.
Mi jefe guardó silencio. El bebé, mientras tanto, se había calmado. No sé si por el movimiento o porque se había cansado de gritar, pero se quedó dormido en mi brazo. Yo, con el portátil en la otra mano, esperé a que mi jefe dijera algo.
—Vale —dijo, al final—. Terminamos la reunión. Tú ocúpate de tu hijo. Pero necesito que entregues el informe para el viernes.
—Lo tendrá.
—¿Seguro?
—Seguro.
Colgué y dejé el portátil sobre la cama. El bebé seguía dormido en mi brazo, con la boca entreabierta y la respiración suave. Lo miré y sentí una mezcla de alivio y frustración.
No había sido profesional. No había sido eficiente. No había sido nada de lo que se supone que debe ser un ejecutivo. Pero había estado allí. Y eso, aunque mi jefe no lo entendiera, era lo único que importaba.
Ana apareció en la puerta.
—¿Qué ha pasado?
—He tenido una reunión con el jefe.
—¿Y?
—Y he mecido al bebé delante de la cámara.
Ana se rió. Era una risa genuina, una de esas que no había escuchado en semanas.
—¿Y qué ha dicho?
—Que entregue el informe.
—¿Y tú qué has dicho?
—Que lo entregaría.
—¿Y lo harás?
—No lo sé. —Miré al bebé que dormía en mi brazo—. Pero intentaré.
Esa noche, después de cenar, me senté en el sofá con el portátil. El bebé estaba en la cuna, dormido por fin, y Ana estaba leyendo en la cama. Tenía dos horas para hacer el informe. Dos horas de silencio, de concentración, de productividad.
A los veinte minutos, el bebé se despertó.
Pero esta vez, no me desesperé. Lo cogí, lo puse sobre mi pecho, y seguí tecleando. El bebé, como si entendiera que aquello era importante, se quedó tranquilo. Me miraba desde abajo, con sus ojos grandes y curiosos, mientras yo escribía.
A las doce de la noche, el informe estaba terminado. No era perfecto, pero era suficiente. Lo envié por correo y cerré el portátil.
El bebé seguía en mi pecho, dormido. Y yo, que había pasado el día entre llantos, videollamadas absurdas y un informe a medias, sentí que, aunque mi jefe creyera que estaba de vacaciones, en realidad estaba trabajando más que nunca.
No en el trabajo. En la vida.
Abrí el bloc de notas y escribí:
"Mi jefe cree que estoy de vacaciones. No sabe que esto es el trabajo más duro de mi vida. No sabe que cada día es una batalla. Pero yo lo sé. Y quizás eso es suficiente."
Luego debajo:
"La paternidad no es un descanso. Es una segunda jornada laboral. Sin sueldo. Sin horario. Sin vacaciones. Pero con un beneficio que ninguna empresa puede ofrecer: la mirada de un hijo."
Cerré el bloc y me quedé mirando al bebé. Dormía sobre mi pecho, caliente y pequeño y frágil. Y yo, que no estaba adaptado a ser padre, supe que, aunque mi jefe no lo entendiera, yo estaba haciendo el trabajo más importante de mi vida.