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Los Herederos De Los Elementos

Los Herederos De Los Elementos

Status: En proceso
Genre:Escuela / Mundo mágico / Romance
Popularitas:798
Nilai: 5
nombre de autor: Itzel Velasco

En la Academia Real Arcana, la misteriosa Yoselin despierta el poder oculto de cinco princesas y enseña a los orgullosos príncipes que la unión y el amor son su mayor fuerza para enfrentar al Rey del Vacío.

NovelToon tiene autorización de Itzel Velasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: La nueva instructora

El día que entró en el salón principal de la academia, nadie le prestó atención al principio. Los estudiantes seguían conversando entre ellos mientras los maestros organizaban los pergaminos sobre la mesa principal. Algunos caballeros practicaban movimientos con espadas de entrenamiento y otros discutían sobre el próximo torneo del reino. La recién llegada parecía una persona más entre tantos presentes.

Vestía una túnica sencilla de color gris, sin bordados dorados, joyas ni emblemas que revelaran su origen. Su cabello oscuro estaba recogido en una trenza para que no estorbara durante el combate, y llevaba al hombro una espada de acero que parecía demasiado pesada para su figura esbelta. Su expresión era tranquila, pero sus ojos transmitían una seguridad que pocos notaron en ese instante.

Cuando el director terminó de presentarla, el murmullo disminuyó.

—Soy Yoselin —dijo con voz clara y firme—. A partir de hoy seré su instructora de combate, supervivencia y manejo de armas. No esperaré a que nadie se acostumbre a mi forma de enseñar. El tiempo que tenemos para aprender es demasiado valioso como para desperdiciarlo.

Durante unos segundos reinó el silencio.

Después comenzaron las risas.

Algunos príncipes intercambiaron miradas burlonas. Otros negaron con la cabeza, convencidos de que aquello era una broma.

Daniel fue el primero en dar un paso al frente. Levantó la barbilla con arrogancia y cruzó los brazos.

—¿Una chica que apenas parece mayor que nosotros nos enseñará a pelear? —preguntó con una sonrisa desafiante—. ¿Quién te crees que eres?

Varios estudiantes soltaron una carcajada.

Yoselin sostuvo su mirada sin parpadear.

—Alguien que no confunde el orgullo con la valentía. Y alguien que no pierde el tiempo juzgando a personas que ni siquiera conoce.

Las palabras cayeron sobre la sala como una ráfaga de viento helado.

La sonrisa de Daniel desapareció.

Dante dio un paso hacia adelante, molesto por la respuesta, pero antes de que pudiera hablar, Yoselin levantó lentamente una mano.

Una llamarada de fuego azul emergió del suelo formando una barrera entre ambos. Las llamas no quemaban el piso ni desprendían humo, pero irradiaban una energía tan intensa que todos retrocedieron instintivamente.

Los murmullos cesaron.

—No soy su enemiga —continuó ella con serenidad—. Pero tampoco soy su sirvienta. Si quieren que escuche sus opiniones, primero tendrán que demostrarme que saben respetar a quienes tienen enfrente.

Con un movimiento de su mano, el fuego desapareció como si nunca hubiera existido.

Nadie volvió a reír.

Aquella misma tarde comenzaron las clases con las princesas.

El entrenamiento se realizó en un patio apartado del resto de la academia. Allí solo había muñecos de práctica, espadas de madera, escudos y algunos troncos utilizados para mejorar el equilibrio.

Sin embargo, el primer intento fue un completo desastre.

Aurora apenas sostuvo la espada unos segundos antes de que se le resbalara de las manos y cayera peligrosamente cerca de su pie.

Maya hizo un enorme esfuerzo por levantar el escudo de entrenamiento, pero el peso terminó venciendo sus brazos y tuvo que dejarlo en el suelo.

Flora permaneció inmóvil. Sentía que la espada pesaba mucho más de lo que realmente era y el miedo la paralizaba.

Brisa cerró los ojos incluso antes de comenzar el ejercicio.

Y Elisabeth ni siquiera dio un paso al frente.

Permaneció inmóvil, observando el suelo.

Después de varios minutos de intentarlo, dejó escapar un largo suspiro.

—No podemos —dijo finalmente con la voz apagada—. Nunca hemos podido. Somos exactamente lo que todos dicen... débiles.

Las demás bajaron la cabeza en silencio.

No era la primera vez que escuchaban esas palabras.

Habían crecido creyendo que su único deber era sonreír, obedecer y permanecer protegidas detrás de los muros del castillo.

Yoselin dejó la espada sobre el suelo y caminó lentamente hasta quedar frente a ellas.

Se arrodilló para hablarles a la misma altura.

—Escúchenme con atención.

Las cinco levantaron la mirada.

—El sello que llevan no es una protección. Es una jaula. Les hicieron creer que las mantiene a salvo, cuando en realidad les impide descubrir quiénes son capaces de llegar a ser.

Las princesas guardaron silencio.

—Las jaulas solo sirven para quienes tienen miedo de volar. Yo no voy a enseñarles a pelear para que se defiendan de mí. Voy a enseñarles a pelear para que puedan defender sus vidas, sus sueños y a las personas que aman.

Aquellas palabras parecieron romper algo invisible.

Flora volvió a tomar la espada.

Esta vez consiguió sostenerla unos segundos más.

Brisa abrió los ojos sin apartar la vista del arma.

Aurora respiró profundamente antes de intentarlo otra vez.

Incluso Elisabeth levantó lentamente la cabeza.

A varios metros de distancia, ocultos detrás de un balcón de piedra, los príncipes observaban todo en silencio.

—Se romperán un hueso antes de terminar la semana —comentó César con la mandíbula tensa.

—O algo peor —añadió Daniel—. Se acostumbrarán a una esperanza imposible de cumplir.

Dante no respondió.

Había visto algo diferente en aquella mujer.

No gritaba.

No humillaba.

No castigaba los errores.

Simplemente corregía con paciencia.

Tomó la mano de Flora y le enseñó a sujetar correctamente la empuñadura sin forzar los dedos. Después acomodó la postura de Brisa con suavidad para que mantuviera el equilibrio. Cuando Maya logró sostener el escudo durante unos segundos más que antes, Yoselin sonrió con orgullo, como si hubiera presenciado una gran victoria.

Y entonces ocurrió algo que ninguno esperaba.

Elisabeth dio su primer paso hacia el centro del patio.

Era pequeño.

Tembloroso.

Pero era un paso.

Al terminar la clase apareció otro alumno.

Se llamaba León, el hermano menor de Dante.

Siempre caminaba con la cabeza baja porque todos lo conocían como el príncipe que jamás había despertado su magia. Algunos lo llamaban un error de la naturaleza; otros decían que era una vergüenza para su reino.

Esperaba que la nueva instructora también lo rechazara.

Pero Yoselin simplemente le sonrió.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre una roca y una semilla? —preguntó.

León negó con timidez.

—La roca parece fuerte porque nunca cambia. La semilla parece frágil porque aún no muestra lo que lleva dentro. Pero solo una de ellas puede convertirse en un árbol.

El muchacho permaneció en silencio.

—No eres débil —continuó Yoselin—. Solo llevas demasiado tiempo encadenado. Y las cadenas no se rompen de un día para otro. Se rompen con paciencia, esfuerzo y la decisión de no rendirse.

León sintió que aquellas palabras llegaban directamente a su corazón.

Por primera vez en muchos años, alguien no veía lo que le faltaba.

Veía todo aquello en lo que podía convertirse.

Y sin saberlo, aquel fue el verdadero comienzo de una historia que cambiaría el destino de todos los reinos.

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