En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.
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Heredero de la Luz Eterna.
Al acercarse a la esfera, la luz se volvió más intensa, y de ella salieron imágenes que se proyectaron en el aire: vio a sus padres, vio la grandeza de su reino, vio la traición de Malakor, vio su propia huida, vio los años de olvido y soledad… y vio el momento exacto en que conoció a Layla, el instante en que todo cambió, el momento en que la luz empezó a regresar a su vida.
—Tú fuiste el detonante, mi amor —dijo él, volviéndose hacia ella con lágrimas en los ojos, mientras la luz lo bañaba todo—. Sin ti, esta luz seguiría dormida, yo seguiría siendo un hombre roto y perdido. Tú eres el milagro que mis antepasados prometieron.
Layla se acercó hasta quedar justo a su lado, sintiendo cómo su propia magia también respondía a aquella fuente de poder, mezclándose en el aire con la de él, creando una armonía perfecta.
—Y tú eres el regalo que el destino me tenía guardado —respondió ella con firmeza y amor—. Ahora, Caelen. Tómalo. Recupera lo que es tuyo. Sé quien debes ser.
Caelen respiró hondo, levantó las manos hacia la esfera de luz y, con voz fuerte, clara y potente, pronunció las palabras antiguas que nacían solas de su boca, palabras que su memoria había guardado en lo más profundo:
—«Soy Caelen de Velarion. Hijo de Elion y Seraphina. Heredero de la Luz Eterna. Regreso a mi origen. Recupero mi poder. Despierto mi verdad. ¡Que la luz fluya de nuevo!»
En ese instante, la esfera estalló en una lluvia de luz dorada y azul que lo envolvió a él y a Layla por completo. Caelen lanzó un grito que no era de dolor, sino de pura plenitud y poder. Su cuerpo se irguió, creciendo en presencia, su cabello brilló como si tuviera hilos de oro, sus ojos se volvieron del color del cielo más profundo, y las marcas de su piel se expandieron, recorriendo todo su cuerpo, brillando con una intensidad cegadora. Todo el conocimiento, toda la historia, toda la magia de sus antepasados inundó su mente en un segundo. Ya no había lagunas, ya no había olvido. Él lo sabía todo. Él era todo.
Y lo más hermoso: parte de esa luz, parte de ese poder, fluyó también hacia Layla, reconociéndola como parte fundamental de aquel linaje, como su compañera eterna y depositaria de su fuerza. Ella sintió cómo su propia magia crecía diez, cien veces más, conectando directamente con la de él, haciéndolas inseparables, únicas y poderosas.
Cuando la luz se calmó y volvió a su estado suave y constante, Caelen se quedó de pie en el centro, inmenso, hermoso, imponente, radiante de poder y autoridad absoluta. Ya no quedaba nada del hombre inseguro y olvidado. Frente a ella estaba, completo y perfecto, el Príncipe de Velarion, el dueño de la Luz Eterna, el hombre más poderoso que existía en el mundo.
Caminó hacia ella despacio, con una elegancia y una majestuosidad que quitaban el aliento, y al llegar frente a ella, la miró con todo el amor, la gratitud y la pasión del mundo.
—Ya está hecho, mi princesa —dijo él con voz profunda y sonora, una voz que ahora llevaba el peso de siglos de historia—. Soy completo. Soy quien debía ser. Y todo este poder, todo este reino, toda esta magia… es tuyo. Por derecho propio y por derecho de amor.
La tomó entre sus brazos, y al tocarla, Layla sintió una energía increíble recorrerla, cálida, fuerte, infinita. Él la atrajo contra su cuerpo, fundiéndola en un abrazo que parecía querer fusionar sus almas para siempre.
—Te amo, Layla —susurró él contra sus labios, antes de besarla con una intensidad nueva, más profunda, más mágica, más eterna—. Te amo con todo lo que soy ahora y con todo lo que seré. Gracias por salvarme, por creer en mí, por estar a mi lado.
Ella le devolvió el beso con la misma fuerza y sentimiento, sintiendo la diferencia, sintiendo la grandeza del hombre que tenía entre sus brazos, sintiéndose la mujer más afortunada y poderosa del universo.
—Y yo te amo a ti, mi Príncipe —respondió ella al separarse, mirando esos ojos llenos de luz y sabiduría—. Karim y Amara estarán orgullosos de saber lo que hemos logrado. Pero ahora… ahora que tienes todo este poder, ahora que sabes todo lo que sabes… ¿cuál es el siguiente paso? ¿Qué debemos hacer para detener a Malakor?
Una sonrisa fría, decidida y segura curvó los labios de Caelen. La tomó de la mano y la llevó hacia el pequeño pedestal que había en el centro de la cámara, justo debajo de la esfera de luz. Allí, grabado en el cristal, había un mapa del mundo, y sobre él, tres puntos brillaban con fuerza: uno aquí, en Aethyr; otro en Al-Jazair, su hogar; y el tercero en Zoraya, donde reinaban su hermano y su cuñada.
—Malakor cree que ha ganado —explicó Caelen con calma y determinación, mientras su dedo recorría las líneas del mapa—. Cree que Velarion está muerto y olvidado. Pero ahora sabe que me he despertado, y eso lo asusta. Su poder crece en las tierras del sur, alimentándose de la oscuridad y el miedo. Pero hay algo que él no sabe, algo que acabo de comprender al recuperar mis recuerdos: él no puede ser vencido por una sola fuerza. Solo la unión de las tres casas, la suma de nuestra luz, nuestra fuerza y nuestra sabiduría, podrá destruirlo para siempre.
Se volvió hacia ella, con la mirada brillante de propósito y futuro.
—Debemos reunirnos con tu hermano Karim y con tu cuñada Amara. Ellos tienen la parte de la magia que nos falta para completar el círculo. Juntos, los cuatro, formaremos la barrera que salvará al mundo y la fuerza que acabará con la oscuridad. Pero… —la miró con esa pasión que siempre ardía entre ellos, acercándose de nuevo, pegando su cuerpo al de ella, haciéndola sentir su calor y su dureza—… antes de partir, antes de ir a buscarlos, necesito sellar este poder contigo una vez más. Necesito que sientas todo lo que soy, todo lo que puedo darte. Necesito marcarte con mi luz, para que lleves mi esencia grabada en tu alma allá donde vayas.
Layla sintió cómo el deseo, siempre latente, estallaba en su interior con el doble de fuerza, alimentado ahora también por la magia que compartían. Lo veía tan hermoso, tan poderoso, tan suyo… y lo quería más que a nada en el mundo.
—Entonces hazlo —le retó ella con voz ronca y llena de promesas, acariciando su pecho, donde las marcas brillaban con luz propia—. Hazme sentir todo ese poder, mi Príncipe. Hazme tuya aquí, en el corazón mismo de tu magia. Haz que cada parte de mí recuerde quién soy y a quién pertenezco.