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Tu Precio, Mi Deseo

Tu Precio, Mi Deseo

Status: Terminada
Genre:Romance / Autosuperación / Posesivo / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

A sus veintiocho años, Damiano Serrano lo tiene todo... o eso cree el mundo. Es el brillante y millonario fundador de una de las empresas automotrices más prestigiosas del mercado, un hombre hecho a sí mismo a base de sudor, rabia y un pasado oscuro que prefiere mantener bajo llave. Pero detrás de los motores de lujo y las portadas de revistas, Damiano arrastra las secuelas de una adolescencia perdida en las adicciones y un rencor asfixiante hacia su padre. Está solo, atormentado por una esterilidad que hiere su orgullo, y con un vacío en el pecho que ninguna cantidad de dinero puede llenar.
Scarlett Moreno tiene veintidós años, una meta clara y las reglas muy bien definidas. Para ella, trabajar en la aplicación más exclusiva de acompañantes íntimas es solo un negocio; un intercambio frío de tiempo por dinero que le permite asegurar su futuro. No hay espacio para los sentimientos en su agenda.

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Capitulo 18

La oficina de Damiano Serrano en el piso 30 de *Serrano Motors* era, esa tarde, un templo de silencio tenso. El aire, recargado por el ozono de la tormenta que se cernía sobre la ciudad y la electricidad estática de los ordenadores funcionando a máxima capacidad, se sentía espeso. Damiano, con la camisa negra desabrochada hasta la mitad de su pecho tatuado, permanecía inmóvil frente al ventanal. Las palabras de Matías —*«vas a pasar el resto de tu vida conduciendo solo en la oscuridad»*— resonaban en su cabeza como un eco incesante, golpeando las paredes de su orgullo herido.

Se sentía como un coche de alta gama al que le habían arrancado el motor en plena carrera. Sin Scarlett, la empresa, el éxito, el inminente lanzamiento del *Serrano Cronos*... todo le parecía una carcasa vacía, una farsa de acero y cristal que no le devolvía el calor de los labios de ella, ni la forma en que su cuerpo se adaptaba al suyo con una sincronía casi violenta. El deseo, una picazón constante bajo su piel, no era simplemente lujuria; era una necesidad física de reivindicar lo que él creía que le habían arrebatado.

Fue entonces cuando el sonido de una discusión en el pasillo exterior irrumpió en su burbuja de miseria.

—¡Le he dicho que no puede pasar, señorita! ¡El señor Serrano está en una reunión importante! —la voz de su secretaria privada sonaba aguda, desesperada.

—¡Me importa una mierda su reunión! ¡Dígale que es Camila, la mejor amiga de Scarlett, y que si no me abre ahora mismo, voy a causar un incidente que va a salir en todos los periódicos antes de que termine el día!

Damiano frunció el ceño. Sus dedos se tensaron. Camila. Esa chica que siempre estaba cerca de ella, la que compartía sus secretos, la que conocía cada ángulo de esa complicidad que él había creído, erróneamente, que era solo un contrato.

—Déjela pasar —rugió Damiano, su voz ronca atravesando el cristal de la puerta.

La puerta se abrió de par en par. Camila entró como una ráfaga de aire fresco y cargado de furia. Llevaba unos vaqueros ajustados y una chaqueta de cuero que le daba un aire desafiante. Sus ojos, normalmente llenos de chispa juvenil, estaban ahora oscuros, cargados de una reprobación que habría intimidado a cualquier otro hombre. A Damiano, sin embargo, solo le provocó una punzada de curiosidad eléctrica en la base de la nuca.

—¿Dónde está ella? —exigió Camila, sin siquiera saludar, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco.

—Scarlett dejó de ser asunto mío hace dos semanas —respondió Damiano, caminando hacia su escritorio y apoyándose en el borde con una frialdad estudiada—. Si busca una referencia profesional para su próximo cliente, no puedo ayudarla. El contrato terminó.

Camila soltó una carcajada estridente, un sonido cargado de desprecio que hizo que Damiano se tensara.

—¡Eres un imbécil! —exclamó ella, acercándose al escritorio y clavándole el dedo índice en el pecho—. ¡Eres el hombre más arrogante y ciego que he conocido en mi vida! ¿Contrato? ¿De verdad te crees esa basura que te contaste a ti mismo para no aceptar que te enamoraste?

Damiano se irguió, su imponente presencia llenando la oficina, pero Camila no dio un paso atrás.

—Ella no te dejó porque encontró a alguien de su edad. Ella no te dejó porque fueras un «juguete roto» —dijo Camila, con los dientes apretados—. Te dejó porque te ama, Damiano. Y porque, en su estúpida y noble cabeza, creyó que era la única forma de salvarte.

El corazón de Damiano dio un vuelco violento. Un silencio absoluto cayó sobre la habitación.

—¿De qué hablas? —preguntó él, su voz perdiendo la dureza y convirtiéndose en un susurro peligroso.

—Héctor Serrano —soltó Camila, y el nombre pareció una bomba de relojería—. Tu padre. El muy desgraciado la abordó en la salida de la universidad. La amenazó con arruinar tu reputación, con hundir *Serrano Motors* y con publicar en todos los medios que su hijo «el gran magnate» paga por sexo. Y no se quedó ahí, Damiano. Sabía todo sobre su familia, sobre la clínica de su abuela. Amenazó con destruir su fuente de ingresos para los gastos médicos si ella no se alejaba de ti.

Damiano sintió cómo el mundo se le venía encima. La revelación no fue una sorpresa; fue un impacto visceral. La rabia, una furia ciega, primigenia y volcánica, le recorrió las venas, desplazando cualquier vestigio de su anterior frialdad. Su padre. Siempre su padre, siempre la sombra destructiva que intentaba quemar cualquier rastro de felicidad que él pudiera encontrar.

—Ella se sacrificó... —susurró él, con la mandíbula temblando de pura rabia—. ¿Todo por un puto chantaje?

—¿Qué esperabas? —Camila se cruzó de brazos, los ojos llorosos—. Ella te ama, idiota. Te ama tanto que prefirió romperse el corazón y dejarte pensar que era una oportunista fría antes de permitir que tu padre te quitara lo único que has construido con tu propio esfuerzo. Lleva dos semanas encerrada, sin comer, destrozada por el dolor de haberte tenido que decir esas mentiras que te hicieron tanto daño. ¿Crees que una chica que solo busca dinero se comportaría así? ¿Crees que alguien que no siente nada se jugaría su futuro solo para proteger a un cliente?

Damiano dio una vuelta completa a la oficina. Su mente, habitualmente fría y calculadora, estaba en llamas. Cada pieza del rompecabezas encajaba con una violencia que lo dejaba sin aliento. Los celos, el dolor, la frialdad que ella había mostrado en esa última noche... todo no había sido una traición, sino un acto de devoción desesperada.

Él había estado sufriendo por un ego herido, mientras ella sufría por un corazón destrozado.

—¿Dónde está ahora? —la pregunta de Damiano salió como un rugido.

—Está en casa. O lo que queda de ella —respondió Camila, suavizando un poco el tono al ver la expresión de arrepentimiento y furia que deformaba el rostro de Damiano—. Pero te aviso, Serrano: si vas a buscarla solo para pedir perdón y volver a jugar con tus normas corporativas, mejor quédate aquí con tus coches. Ella no necesita a otro hombre que no sepa luchar por ella.

Damiano no respondió. Sus ojos grises, antes fríos y distantes, ahora ardían con una intensidad magnética que hizo que Camila retrocediera un paso, intimidada por la pura fuerza de su voluntad. Se movió con la rapidez de un depredador, tomando su chaqueta de cuero que descansaba sobre el sofá de la oficina.

—No voy a pedirle perdón —dijo Damiano, su voz resonando con una autoridad que nunca había tenido—. Voy a ir a buscarla. Y luego voy a encargarme de que mi padre entienda, de una vez por todas, que no debe tocar nada que me pertenezca.

—Damiano, mañana es el lanzamiento. Los inversores... —intentó decir Camila, pero él la interrumpió.

—Los inversores pueden esperar. El *Cronos* puede esperar. Toda mi maldita vida puede esperar si significa recuperar lo que es mío.

Sin decir una palabra más, Damiano salió de la oficina a zancadas. El personal del piso ejecutivo se apartó a su paso, asustado por la aura de peligro y urgencia que emanaba de él. Bajó los treinta pisos en el ascensor privado, con el pulso a mil por hora, sintiendo una descarga de adrenalina que no había sentido ni en las carreras más peligrosas de su juventud.

Al salir al estacionamiento, el cielo de la ciudad estaba despejado tras la tormenta. El aire fresco le golpeó el rostro, pero él solo sentía el calor que le subía por el pecho, una llama de amor y protección que le consumía las entrañas.

Se subió a su coche personal, un prototipo que aún no había sido presentado al mundo, y encendió el motor. El rugido del bloque V8 resonó en el garaje subterráneo, una sinfonía metálica que parecía cantar a la velocidad.

Mientras conducía a través del tráfico de la ciudad, Damiano solo podía pensar en una cosa: el momento en que volviera a ver sus ojos avellana. Necesitaba verla. Necesitaba tocarla, no como un cliente, sino como el hombre que había descubierto que, después de todo, no estaba tan roto como creía. Ella lo había salvado. Ella le había dado un futuro, aunque ella pensara que él no podía dárselo. Y Damiano, el hombre que controlaba el acero y la velocidad, estaba a punto de demostrarle que, cuando se trataba de lo que amaba, no conocía límites, no conocía distancias y, sobre todo, no conocía la derrota.

El infierno de la distancia había terminado. Ahora comenzaba la batalla por el fuego de su amor, una batalla que estaba dispuesto a ganar a cualquier precio.

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Lau
comenzando me gusta 🤭
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