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Lazos De Sangre Y Luna

Lazos De Sangre Y Luna

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Vampiro / Yuri
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: maite lucía

Bella Swan, una omega humana con un aroma que vuelve locos a vampiros y lobos, descubre que su destino no es el Edward Cullen que conocemos, sino Alice, una vampira alfa que la ha visto en sus visiones durante décadas. Edward, por su parte, encuentra en Jacob Black (un lobo omega rebelde) una pareja que desafía todas las reglas del universo sobrenatural.

NovelToon tiene autorización de maite lucía para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20: El Eclipse Alice y Bella

Alice deslizó la mano por el cuerpo de Bella con una lentitud casi calculada, como si quisiera saborear cada instante. Su toque dejó al descubierto su piel pálida, ya estremecida, sensible a cada roce.

Sus dedos recorrieron su costado con una suavidad engañosa, contrastando con la intensidad que crecía entre ellas, como una corriente que ya no podían detener.

Cuando se inclinó sobre ella, el contacto fue suficiente para arrancarle el aire.

Bella arqueó el cuerpo, aferrándose a ella, perdida en la sensación, en el contraste entre el frío de Alice y el calor que la consumía por dentro.

—Alice… —su voz ya no era más que un suspiro roto.

Alice no respondió de inmediato. Sus labios rozaron su piel, deteniéndose lo justo para hacerla esperar, para tensar aún más el momento.

—Di mi nombre —susurró contra ella, con una firmeza baja, casi hipnótica—. Quiero oírte.

Y Bella lo hizo.

Bella gritó. Gritó su nombre una y otra vez, mientras Alice la devoraba con una hambre que parecía insaciable. Como si no hubiera otra opción.Como si ese nombre fuera lo único capaz de sostenerla en ese instante.Sus labios recorrían su piel, sus dientes la mordían, sus manos la exploraban como si estuviera tratando de memorizar cada centímetro de su cuerpo.

Se quitó la camiseta de Bella, tirándola al suelo con un gesto brusco. Luego, con una lentitud que torturaba y excitaba a partes iguales, deslizó sus manos hasta la cintura de Bella y se quitó los pantalones cortos que dormía. La ropa voló a un rincón de la habitación, olvidada.

Bella quedó desnuda bajo la luz roja del eclipse. Su piel pálida brillaba, y el vello de su entrepierna, oscuro y rizado, parecía humedecerse en anticipación. Alice la miró con una intensidad que la quemaba, con los ojos dorados oscuros de puro deseo.

—Eres… perfecta—susurró Alice, con la voz baja y cargada de algo más profundo que simple deseo—. No creo haber visto algo tan hermoso en toda mi existencia.

Bella sintió cómo esas palabras le recorrían la piel como un estremecimiento.

—Mírate tú… —respondió en voz suave, alargando la mano hacia ella, como si necesitara comprobar que era real—. Ven aquí.

Alice no dudó. Se inclinó sobre ella, acercándose hasta que sus cuerpos quedaron alineados, casi sin espacio entre ambos. El calor y la tensión se mezclaron en ese contacto, provocando un suspiro ahogado en las dos.

—Alice… —murmuró Bella, con la respiración entrecortada, buscando inconscientemente más cercanía.

—Tranquila… —susurró Alice cerca de su oído, con una calma que contrastaba con la intensidad del momento—. No hay prisa. Quiero que sientas cada segundo… que no olvides nada de esto.

Su voz no era solo suave: era firme, envolvente, como si la guiara sin necesidad de imponerse. Sus manos se movieron con lentitud, explorando, marcando un ritmo que hacía que cada sensación se volviera más intensa.

Bella cerró los ojos por un instante, dejándose llevar.

Y en ese momento, todo lo demás dejó de existir.

Se inclinó y la besó de nuevo, esta vez más despacio, más profundo, como si quisiera perderse en ella. Una de sus manos descendió con calma, recorriendo su cuerpo hasta detenerse entre sus piernas. El contraste hizo que Bella se estremeciera de inmediato.

El aire se le escapó en un gemido contra sus labios.

—Alice… —susurró, con la voz quebrada, incapaz de contenerse.

—Dilo —murmuró Alice, rozando su boca—. No te guardes nada.

Y Bella no lo hizo.

Su nombre salió una y otra vez, entrecortado, cargado de emoción, mientras Alice la guiaba con una precisión casi cruel, llevándola al límite… y sosteniéndola ahí, sin dejarla caer.

—Por favor… —rogó Bella, con los ojos brillantes, aferrándose a ella—. No puedo más…

Alice se detuvo apenas un segundo, lo justo para mirarla, para asegurarse.

—Ya… —susurró, más suave esta vez—. Estoy contigo.

Se apartó lo suficiente para acomodarse, acercándose con lentitud, sin prisa, dejando que cada pequeño contacto hablara por sí solo.

Bella reaccionó de inmediato, tensándose, buscándola sin darse cuenta.

El simple roce bastó para arrancarle otro gemido.

—Alice…

—Tranquila —murmuró ella, apoyando su frente contra la suya—. Confía en mí.

Y en ese instante, entre respiraciones agitadas y latidos desbocados, Bella lo hizo.

—¿Estás lista? —preguntó Alice en voz baja, sin apartar la mirada, como si quisiera leer cada reacción antes de dar un paso más—. ¿Estás lista para ser mía?… de verdad?

Bella la sostuvo con fuerza, sus piernas aferrándose a su cintura como si temiera que desapareciera.

—Sí… —susurró, sin dudar—. Soy tuya. Siempre lo he sido.

Entonces Alice entro en ella, avanzó con lentitud, sin prisa, cuidando cada movimiento como si fuera irrepetible. Bella se tensó al principio, aferrándose más a ella, atrapada entre la intensidad del momento y la necesidad de no perderlo.

Un sonido quebrado escapó de sus labios, mezcla de todo lo que sentía y no sabía nombrar.

—Alice… —su voz tembló, casi una súplica.

—Estoy aquí —murmuró ella, apoyando su frente contra la suya—. No voy a soltarte.

Y comenzó a moverse.

Al principio fue lento, casi contenido, como si cada gesto tuviera un peso propio. Cada acercamiento prometía más de lo que daba, y cada pausa dejaba a Bella suspendida, deseando caer… pero sin hacerlo.

Poco a poco, Bella encontró el ritmo, respondiendo, dejándose llevar, perdiéndose en la cercanía, en el calor, en la forma en que todo parecía girar solo alrededor de ellas.

—Más… más rápido.—pidió en un hilo de voz, sin poder ocultarlo—. Por favor…

Alice la miró un instante, y entonces dejó de contenerse.

El ritmo cambió, volviéndose más firme, más urgente. El espacio entre ellas desapareció, y el aire se llenó de respiraciones entrecortadas, de sonidos que ya no intentaban esconder.

—Alice… —su nombre se rompió en sus labios—. Yo…voy a...

—Lo sé —susurró ella, sin detenerse—. No te contengas… ven conmigo. Ven para mí, mi amor.

—Sí —dijo Alice, y su voz era un susurro bajo y ronco —. Ven para mí, mi amor. Ven conmigo.

Bella llegó al orgasmo con un grito que rompió los cristales de la ventana. Su cuerpo se arqueó, sus músculos se contrajeron, y una ola de placer la recorrió de la cabeza a los pies, dejándola temblando y sin aliento.

Alice la siguió un segundo después, con un gruñido profundo que vibró en el pecho de Bella. Se vació dentro de ella, marcándola, reclamándola, y el calor de su semen se extendió por el vientre de Bella como una bendición.

Se quedaron así, abrazadas, con el cuerpo de Alice pesado sobre el de Bella, con sus corazones latiendo al unísono. La luz roja del eclipse se desvanecía, reemplazada por el gris pálido del amanecer.

Se quedaron así, abrazadas, con el cuerpo de Alice descansando sobre el de Bella, y sus latidos acompasándose poco a poco. Afuera, la luz rojiza del eclipse comenzaba a disiparse, cediendo paso al gris suave del amanecer.

—Wow… —susurró Bella, aún tratando de recuperar el aliento—. Eso fue… increíble.

Alice dejó escapar una risa baja, tenue, con un dejo de cansancio dulce, apoyando la frente contra la suya.

—Sí… —murmuró—. Creo que no hay otra forma de decirlo.

Permanecieron así unos segundos, en silencio, dejándose envolver por esa calma que solo llega después de la tormenta.

Luego se besaron.

Esta vez no hubo prisa. No hubo urgencia ni necesidad de probar nada. Fue un beso lento, cálido, cargado de todo lo que no hacía falta poner en palabras. Un beso que hablaba de cercanía, de refugio… de hogar.

—Te quiero —susurró Bella, con una honestidad que le apretó el pecho.

Alice no dudó.

—Y yo a ti —respondió, sosteniéndole la mirada con una intensidad tranquila y firme—. Te quiero, Bella Swan.

Bella sonrió apenas, acariciando su mejilla con la yema de los dedos.

—Eres todo para mí.

Alice cerró los ojos un instante, como si quisiera guardar ese momento dentro de sí para siempre.

Y lo eran.

No perfectas. No simples.

Pero reales.

Eran el caos y la calma.

La herida… y lo que la cura.

El eclipse… y la luz que siempre regresa después.

Continuará 🔥

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