Katherine estaba a punto de casarse con el hombre que amaba… hasta que lo encontró en la cama con su propia hermana.
Con el corazón destrozado y sedienta de venganza, decide devolverles el golpe de la manera más cruel: contratará a un hombre para fingir ser su novio.
Pero no elige a cualquiera.
Leonardo es peligroso, misterioso y demasiado atractivo. Un hombre con un pasado que nadie conoce y secretos que podrían destruirlo todo.
Lo que Katherine no sabe es que su falso novio también está jugando con ella.
Porque Leonardo no necesita su dinero.
No necesita su contrato.
Y definitivamente no necesita enamorarse de ella.
Entonces, ¿por qué está dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla?
La venganza era el plan.
El amor no estaba incluido.
Y descubrir quién es realmente Leonardo podría ser más peligroso que la traición que los unió.
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Capítulo 3
EL ENCUENTRO CON LA SOMBRA
La dirección que le dieron la llevó lejos de las calles ordenadas, de los barrios donde siempre había vivido. El coche avanzaba entre callejones estrechos, muros desgastados y sombras que parecían alargarse con cada paso. Katherine apretó el volante con manos firmes, aunque el corazón le latía a mil por hora. Había salido de su casa sin pensarlo dos veces, con la determinación clavada en el pecho como una espada, pero a medida que se adentraba en ese sector, una inquietud nueva la recorría: ¿estaba haciendo lo correcto?
—No hay vuelta atrás —se dijo en voz alta, recordando la sonrisa de Diana, el silencio cobarde de Marco—. Si vuelvo, pierdo.
Llegó al destino: un edificio de aspecto rudo, sin letreros, con la entrada de metal oscura y dos ventanales altos que parecían ojos vigilantes. Apagó el motor, se bajó y respiró hondo. El aire olía a humedad y algo más: algo crudo, intenso, como la pólvora antes de encenderse.
La puerta se abrió antes de que tocara. Un hombre de complexión ancha la miró de arriba abajo, sin amabilidad.
—Katherine —dijo, no como pregunta, sino como hecho—. Pasa. Él te espera.
Atravesó un pasillo escasamente iluminado, sintiendo que cada paso la alejaba más de la chica ingenua que planeaba su boda ayer. La sala interior era amplia, sobria, casi vacía. Y allí, de pie junto a la ventana, dándole la espalda, estaba él.
Al girarse, el tiempo pareció detenerse.
Leonardo era imponente: alto, hombros anchos, mandíbula marcada con una sombra de barba que le daba un aspecto más duro, más salvaje. Tenía los ojos oscuros, profundos, de un negro que devoraba la luz, y cuando la miró directamente, Katherine sintió un escalofrío que no pudo reprimir. No era solo que pareciera peligroso; era que irradiaba algo más: una autoridad natural, una calma tensa, como la de un depredador que observa antes de moverse.
—Me han dicho que buscas fuego —dijo él, con voz grave, profunda, que vibró en el pecho de ella—. ¿Estás segura de que quieres jugar con él?
—Busco a alguien que me ayude a devolver la moneda —respondió ella, acercándose un paso, negándose a retroceder—. Alguien que parezca… capaz de todo. Que los haga temblar.
Leonardo dio la vuelta completa, recorriéndola con la mirada: desde el cabello recogido hasta los zapatos elegantes, desde la mandíbula apretada hasta las manos entrelazadas con fuerza. No había en su mirada admiración superficial, sino un escaneo preciso, minucioso, como si estuviera leyendo algo que ella misma ignoraba.
—¿Sabes lo que dicen de mí? —preguntó, deteniéndose a poca distancia—. Exconvicto. Letal. Que no dudo en usar las manos sucias. Que puedo romper a alguien sin tocarlo.
—Lo he oído —respondió ella, sin apartar la vista—. Y por eso estoy aquí.
Él sonrió entonces, una sonrisa que no llegó a sus ojos, afilada y peligrosa.
—Eres valiente… o estás desesperada. A veces son lo mismo.
—Las dos cosas —admitió Katherine—. Mi prometido se acostó con mi hermana. Se burlan de mí, me humillan. Quiero que lo paguen. Quiero que me vean a mi lado y desearon no haberme ofendido. Serás mi novio. En público, en eventos, donde ellos estén. Harás que todos miren. Harás que ellos ardan de celos.
—¿Y a cambio? —Leonardo inclinó la cabeza, curioso.
—Lo que pidas. Tengo ahorros, propiedades de mi familia. Pagaré bien.
Él dio un paso más. Estaban tan cerca que ella podía sentir su calor, fuerte y varonil, un perfume sutil mezclado con algo de cuero y lluvia. Sus ojos bajaron a sus labios y luego volvieron a encontrarse con los suyos. Katherine sintió que el aire se volvía denso, difícil de respirar. No era miedo, era algo distinto: una atracción magnética, inesperada, que la aturdía.
—Dinero tengo formas de conseguirlo —murmuró él, bajando la voz—. Lo que me interesa es saber si aguantarás el juego. Porque una vez que yo aparezca a tu lado, nadie volverá a verte igual. La farsa puede dejar de serlo. Y lo que empecemos… puede consumirte.
—No me importa —repitió ella, y esta vez su voz tembló, pero no de miedo—. Quiero que sepan que no me rompieron. Que puedo tener algo… alguien que los deje en ridículo.
Leonardo la miró largo rato, como sopesando su determinación. Algo en su expresión cambió, una chispa que encendió la oscuridad de su mirada.
—Bien —dijo—. Acepto. Pero con mis reglas. Hago lo que creo mejor. Nadie me da órdenes. Y si en algún momento sientes que el fuego te quema… no vengas a pedirme que te apague.
—Acepto —respondió ella, sin dudar.
Extendió la mano para cerrar el trato. Cuando sus dedos se tocaron, una descarga eléctrica recorrió la piel de Katherine. Su mano era grande, firme, cálida, y la sostuvo un instante más de lo necesario, sus pulgares rozando su muñeca. La mirada de él se intensificó, oscureciéndose, como si viera en ella algo que la llamaba.
—Katherine —pronunció su nombre despacio, saboreándolo—. Ya has abierto la puerta. Ahora no puedes cerrarla.
—No pienso hacerlo —respondió ella, sintiendo que en ese instante su vida se dividía en dos: antes de tocarlo, y después.
Leonardo soltó su mano, pero el calor permaneció en su piel, grabado a fuego.
—Nos vemos mañana en esa cena familiar —dijo él—. Llegaremos juntos. Y nadie volverá a mirarte como antes.
Katherine asintió, dio media vuelta y salió. El aire de la calle le pareció extraño, ligero y pesado a la vez. Sabía que acababa de aliarse con la sombra, con lo que todos temían. Pero mientras caminaba hacia su coche, no sentía remordimiento. Sentía algo que no había sentido en mucho tiempo: poder.
Y en la ventana, Leonardo la observaba irse, con una expresión que mezclaba peligro y algo más profundo, algo que apenas se atrevía a reconocer.