Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.
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Capítulo 17
Capítulo 17. Alejandro la respalda y hace valer su lugar
Elena levantó la cabeza, sorprendida. Alejandro estaba guardando el teléfono. Miró a Isabel.
—Tía, apostaste. Te toca cumplir.
El rostro de Isabel se tensó. Buscó a doña Mercedes con una mirada de pánico.
La anciana abrió mucho los ojos.
—Alejandro, es tu tía, la señora Montenegro. ¿De verdad vas a obligarla a cumplir esa apuesta y a hacer algo tan indigno?
—Si no podía asumir las consecuencias, no debió apostar.
Al oírlo, Isabel apretó el brazo de la anciana como si fuera su última tabla de salvación.
—Alejandro, ¿todavía no te das cuenta de lo que pasó? ¡Esa mujer le tendió una trampa a tu tía! —intervino Ernesto—. Ayer intentó arrebatarle el medicamento a propósito para que ella creyera que quería destruirlo, desesperada. Después le propuso la apuesta para hacerla caer. ¡Desde el principio quería avergonzarla y dejarla en ridículo!
Isabel habló en cuanto su marido terminó:
—¡Exacto! ¡Todo fue una trampa que me tendió!
Elena soltó una risa de rabia ante semejante descaro.
Había intentado recuperar el medicamento porque no soportaba que Isabel la humillara delante de todos.
Fue Isabel quien interpretó aquel gesto como un intento desesperado por destruir las pruebas.
¡Ahora, como había sacado una conclusión equivocada, la acusaba de haberlo planeado! ¡Qué desvergüenza!
Elena no se apresuró a defenderse. Quería ver cómo resolvería aquello Alejandro.
—En ese caso, la culpa es tuya por ser tan estúpida.
Isabel y Ernesto se quedaron sin palabras.
Elena también. Era verdad, pero ¿no había sido demasiado directo?
—¡Alejandro, es tu tía! ¿Cómo puedes hablarle así? ¡Le debes respeto! —protestó Ernesto, furioso.
—Te estás pasando —dijo la anciana con frialdad.
Patricia y Jorge siempre se habían llevado mal con Isabel y Ernesto. Al verlos humillados, no pudieron ocultar la satisfacción en sus rostros.
—Abuela, tú nos enseñaste que hay que cumplir la palabra, tanto en la vida como en los negocios. ¿Ahora vas a anular tus propias reglas?
La pregunta dejó a doña Mercedes en una posición incómoda. Alejandro había dirigido el reproche contra ella. Ya no pensaba seguir protegiendo a Isabel.
—Cometiste el error tú. Asume las consecuencias.
—Mamá...
—¡Nadie te obligó a apostar!
La anciana la reprendió, irritada por su falta de juicio.
Al comprender que ya no iba a ayudarla, Isabel perdió las formas. Le gritó a Alejandro con el descaro de quien se negaba a reconocer nada:
—¡No voy a cumplir! ¡A ver qué te atreves a hacerme!
—Entonces tendré que pedirle a alguien que lo haga por ti.
Alejandro miró al mayordomo.
El hombre entendió e hizo una seña a los guardaespaldas.
—¿Qué van a hacer?
Entre los gritos de Isabel, dos hombres corpulentos le sujetaron los brazos, uno de cada lado.
—¡Alejandro! ¿Qué te propones? —Ernesto intentó lanzarse hacia ellos, pero la anciana lo agarró—. Mamá, ayúdala...
—¡Cállate! —lo cortó doña Mercedes en voz baja y severa.
El mayordomo se colocó delante de Isabel.
—Discúlpeme, señora.
Ante las miradas atónitas de todos, levantó la mano muy alto y la descargó sobre su cara.
¡Plaf!
La bofetada resonó con fuerza.
Todos aspiraron hondo. El silencio que siguió fue tan absoluto que se habría oído caer una aguja.
Las empleadas abrieron los ojos de par en par, incapaces de creerlo.
¡Era la señora que siempre había mirado a todos desde arriba!
¿Acababan de darle una bofetada así, delante de todo el mundo?
Parecía imposible.
Para Isabel, el dolor en la cara no fue lo peor. Fue la humillación.
Temblaba de pies a cabeza. Clavó en Elena unos ojos rojos y feroces, como los de un demonio.
Elena, esta me la debes. ¡Un día me la vas a pagar cien, mil veces!
Tras jurarlo por dentro, envenenada de odio, empujó a los guardaespaldas y salió del laboratorio a toda prisa.
Ernesto lanzó un resoplido frío hacia Alejandro y fue tras ella.
—Vaya que sabes salirte con la tuya —le dijo la anciana a Elena con una dulzura cargada de veneno.
Se marchó apoyándose en su bastón. Varias empleadas la siguieron.
Patricia y Jorge también se retiraron.
En el pasillo, antes lleno de gente, solo quedaron Elena, Galván y Alejandro.
Elena nunca había esperado que él la defendiera con tanta firmeza. Le estaba profundamente agradecida. Iba a darle las gracias cuando el médico se le adelantó con una pregunta:
—Señora Montenegro, ¿ya ha concedido a alguien una licencia para este medicamento?
Cuando su abuela había sufrido aquella arritmia, Elena le había administrado sulfato de magnesio de inmediato. Aun así, no pudo salvarla.
Su muerte le había hecho comprender que el producto comercial servía para algunos episodios de taquicardia ventricular, pero no bastaba en casos tan graves como el de su abuela.
Por eso había desarrollado el SN1818.
Desde el principio, lo había hecho para salvar más vidas.
Pero cuando las compañías farmacéuticas se enteraban de que no había estudiado más allá de la preparatoria, se negaban a creer que pudiera desarrollar un medicamento.
Y las conversaciones terminaban allí.
—Todavía no —respondió, negando con la cabeza.
—Me gustaría ayudarla a encontrar una institución que gestione las licencias. Este medicamento debería beneficiar a mucha más gente.
Elena parpadeó, sorprendida. Recordó lo que él acababa de afirmar y preguntó:
—Hace un momento dijo que... es el medicamento portátil más eficaz del mundo para salvar vidas ante una muerte súbita cardíaca. ¿Está seguro?
—¡Puedo asegurárselo! ¡Es el medicamento cardíaco más eficaz del mundo!
La certeza tajante de Galván le hizo temblar el corazón.
Había pensado que su preparado solo tenía mayor concentración y eficacia que el sulfato de magnesio comercial. No había imaginado aquello...
¡Seguro que su abuela la estaba protegiendo desde el cielo!
No lo dudó más.
—¿Qué tendría que hacer yo?