La criaron en la mansión Blackwood, entre los cinco herederos destinados a protegerla. Ayla lo dio todo por esa manada: su lealtad, su don de sangre curativa, su corazón. Hasta que una desconocida llegó con una sonrisa dulce y una mentira perfecta, y uno a uno, los cinco le dieron la espalda.
Acusada, humillada y desechada como si nunca hubiera importado, Ayla no suplica. No llora frente a ellos. Se pone de pie ante toda la manada y pronuncia las únicas palabras que pueden romperlos: los rechaza. A los cinco. En voz alta.
Pero el destino tenía otros planes para la huérfana de ojos plateados. Porque hay un Alfa Supremo que la reconoció desde el primer instante. Porque en su sangre duerme un linaje que creían extinto. Y porque la joven a la que despreciaron no era una omega cualquiera: era la heredera que podía cambiarlo todo.
Cuando la verdad sobre su origen salga a la luz, los que la abandonaron descubrirán, demasiado tarde, a quién dejaron ir.
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Capítulo 21 — La Luna de la Obsidiana
Ayla permaneció inmóvil sobre el caballo.
Los ojos muy abiertos.
La respiración contenida.
Miles de voces resonaban ante ella.
—¡LARGA VIDA A LA FUTURA LUNA!
—¡LARGA VIDA A LA FUTURA LUNA!
—¡LARGA VIDA A LA FUTURA LUNA!
Las murallas de la manada Obsidiana parecían temblar con la fuerza de aquel recibimiento.
Ayla miró a Xavier.
Después a la multitud.
Después a Xavier de nuevo.
—No me dijiste que esto iba a pasar.
Una rara sonrisa apareció en sus labios.
—Lo intenté.
—No lo intentaste.
—Sí lo intenté.
—Olvidaste por completo mencionar a las miles de personas.
Los guerreros cercanos empezaron a reír.
Incluso algunos de los soldados más serios parecían divertirse con la situación.
Ayla suspiró.
—Me gustabas más cuando eras misterioso.
—Sigo siendo misterioso.
—No.
Ahora sé que te gusta ver a los demás pasar vergüenza.
Aquello arrancó unas cuantas risas más.
Xavier solo extendió la mano.
—Ven.
Ayla aceptó.
Y juntos cruzaron las puertas de la manada Obsidiana.
El interior era aún más impresionante.
Las calles estaban decoradas con banderas negras y plateadas.
Las flores cubrían los balcones.
Los músicos ocupaban las plazas.
Y por todos lados había gente sonriendo.
Ayla nunca había visto una manada de aquel tamaño.
Ni siquiera en los libros.
—De verdad te quieren.
Xavier observó a sus propios ciudadanos.
—Son mi familia.
La respuesta fue simple.
Pero sincera.
Y aquello hizo sonreír a Ayla.
Porque empezaba a entender por qué aquella manada era tan leal a su Alfa.
En ese mismo momento...
De vuelta en la Luna de Plata.
Una reunión extraordinaria tenía lugar en el salón de los ancianos.
Magnus ocupaba su lugar.
Los consejeros también.
Y ante ellos estaban los cinco herederos.
Kael.
Darius.
Rowan.
Lucien.
Finn.
Todos en silencio.
Porque sabían que algo importante estaba a punto de ocurrir.
—Ustedes conocen las leyes de la manada.
La voz de Magnus resonó por el salón.
—Sí —respondió Kael.
—Entonces saben lo que significa abandonar una ceremonia oficial del Alfa.
El silencio fue respuesta suficiente.
Porque todos lo sabían.
Muy bien.
—También saben lo que significa desobedecer una orden directa del líder de la manada.
Lucien cerró los ojos.
Aquella parte era todavía peor.
—Padre...
—Les advertí que no me llamaran así.
El dolor en la voz de Magnus era visible.
Y eso hirió más que cualquier castigo.
—Durante meses intenté abrirles los ojos.
Durante meses.
Pero ustedes eligieron ignorarlo todo.
Los cinco permanecieron inmóviles.
—Eligieron mentiras.
Eligieron manipulación.
Eligieron a una desconocida.
Y abandonaron a alguien que siempre estuvo a su lado.
Las palabras caían una tras otra.
Como golpes.
—Pero ese no es el motivo de esta reunión.
Kael sintió que el estómago se le apretaba.
Porque sabía exactamente lo que venía a continuación.
Magnus se levantó.
—Por la autoridad que se me concedió como Alfa de la Luna de Plata...
Declaro que Kael Blackwood, Darius Blackwood, Rowan Blackwood, Lucien Blackwood y Finn Blackwood quedan oficialmente destituidos de su posición de herederos.
El silencio se apoderó del salón.
Aunque lo esperaban, oír las palabras fue devastador.
—A partir de este momento...
Dejan de poseer cualquier autoridad dentro de esta manada.
Finn bajó la cabeza.
Rowan apretó los puños.
Lucien parecía haber perdido todo el color.
Pero Magnus aún no había terminado.
—Y debido a la ruptura de la confianza, el abandono de sus deberes y la desobediencia directa al Alfa...
Quedan desterrados de la manada Luna de Plata.
Esta vez la conmoción fue absoluta.
Hasta algunos ancianos parecieron sacudidos.
Porque el destierro era un castigo extremo.
Raro.
Muy raro.
—¿Qué? —susurró Darius.
Magnus no se echó atrás.
—Tienen hasta la puesta del sol para partir.
Kael miró de frente al hombre al que siempre llamó padre.
—¿Estás expulsando a tus propios hijos?
El dolor atravesó la mirada de Magnus.
Pero su voz permaneció firme.
—No.
Estoy expulsando a cinco hombres que olvidaron quiénes son.
En ese mismo instante...
En el corazón de la manada Obsidiana...
Los preparativos para la boda estaban terminando.
Ayla observaba su reflejo en el espejo.
Y casi no se reconocía.
El vestido era distinto a todo lo que había usado.
Plata y negro.
Los colores de la Obsidiana.
El cabello estaba parcialmente recogido con pequeñas joyas lunares.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sentía miedo.
La puerta se abrió.
Una mujer elegante entró.
—Mi Luna.
Ayla sonrió con timidez.
Todavía se estaba acostumbrando a aquel título.
—Puedes llamarme Ayla.
—Imposible.
La joven rió.
Aquella era la décima persona que decía exactamente lo mismo.
Cuando la ceremonia comenzó, toda la Obsidiana pareció detenerse.
Miles de lobos se reunieron en la plaza central.
Los balcones estaban abarrotados.
Las torres también.
Todos querían presenciar aquel momento.
La llegada de la futura Luna.
Ayla caminó lentamente hasta el altar ancestral.
Su corazón se aceleraba.
Pero no por miedo.
Era algo distinto.
Algo que nunca había sentido.
Xavier ya estaba esperando.
Vestido de negro.
Imponente.
Poderoso.
Pero cuando los ojos dorados encontraron los de ella...
Toda aquella imponencia desapareció.
Quedando solo un hombre observando a su futura esposa.
Ayla se detuvo frente a él.
Y durante algunos segundos el mundo pareció desaparecer.
Sin herederos.
Sin Selena.
Sin pasado.
Solo ellos.
Mientras tanto...
Los cinco herederos dejaban la Luna de Plata.
Sin escolta.
Sin títulos.
Sin posición.
Sin hogar.
La gente miraba desde las ventanas.
En silencio.
Nadie celebraba.
Nadie sonreía.
Porque aquello era triste.
Profundamente triste.
Los hombres que debían liderar la manada se marchaban.
Y todos sabían el motivo.
Sus propias decisiones.
Finn miró hacia atrás una última vez.
La mansión desaparecía en el horizonte.
—Se acabó.
Su voz salió baja.
Lucien no respondió.
Porque no había nada que decir.
Todo realmente había terminado.
En la Obsidiana, el sacerdote alzó las manos.
La energía de la Diosa de la Luna se extendió por la plaza.
Miles de partículas plateadas iluminaron el cielo.
—Ante la Luna...
Ante los ancestros...
Y ante todo el pueblo de la Obsidiana...
Reconozco esta unión.
Xavier sostuvo la mano de Ayla.
Con firmeza.
Con cuidado.
Como si sostuviera algo precioso.
—¿Aceptas a Xavier Blackthorne como tu compañero?
Ayla lo miró.
Y sonrió.
—Sí.
—Xavier Blackthorne, ¿aceptas a Ayla como tu Luna?
Los ojos dorados nunca dejaron los de ella.
—Siempre.
La respuesta arrancó murmullos emocionados de la multitud.
El sacerdote sonrió.
—Entonces que la Luna atestigüe este vínculo.
Una explosión de energía atravesó la plaza.
La marca del vínculo surgió.
Brillante.
Poderosa.
Indestructible.
Y mientras toda la Obsidiana celebraba el nacimiento de su nueva Luna...
Cinco exherederos caminaban rumbo a lo desconocido.
Sin imaginar que la verdad sobre Selena estaba cada vez más cerca de ser revelada.
Y que su verdadero castigo ni siquiera había comenzado.