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Objetivo: Inalcanzable

Objetivo: Inalcanzable

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Completas
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor

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Capítulo 15: Regreso a Casa

Espacio Aéreo del Atlántico Norte.

A bordo del C-37 de Transporte Estratégico.

09:40 Horas.

El zumbido constante de los dos motores Rolls-Royce amortiguaba las conversaciones a diez mil metros de altitud.

La cabina principal del avión de transporte del Departamento de Estado estaba configurada como un puesto de mando volante: butacas de cuero gris, mesas de trabajo con terminales encriptadas y mamparas de insonorización.

En la sección delantera, Liam, Gael, Bruno y Mateo ocupaban cuatro asientos en torno a una mesa plegable. Ninguno había dormido. Tenían tazas de café soluble entre las manos y las miradas clavadas en la mampara central, donde la puerta de acceso al compartimento de operaciones permanecía entornada.

—¿Vieron cómo lo levantó en la terraza? —susurró Bruno, con la voz todavía cargada de perplejidad mientras se frotaba los nudillos magullados—. Cruz pesa noventa kilos con el chaleco balístico puesto. Lo arrastró por la nieve como si fuera una mochila de entrenamiento. A nosotros nos costaba sacarlo del barro en Lejeune.

—No fue la fuerza física, Bruno —dijo Liam, con el ceño fruncido y un tono amargo que no lograba disimular—. Fue la intención. No iba a permitir que muriera allí.

A tres metros de ellos, en la fila individual, Dante Cruz no participaba en la charla de los hermanos.

Llevaba una camiseta limpia de algodón verde militar, unos pantalones tácticos oscuros y una gasa estéril pegada con esparadrapo al hombro derecho, donde los sanitarios de Aviano le habían extraído dos esquirlas metálicas antes de subirlo al avión. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza apoyada contra el mamparo de la ventanilla y los ojos entrecerrados fijos en un solo punto: la mesa del fondo.

Allí estaba Sienna.

Había conectado su tableta militar a la consola satelital del avión, redactando el anexo de ciberdefensa del informe final de la Operación Némesis. Llevaba el cabello recogido en una trenza limpia y una sudadera oscura de cuello alto que ocultaba cualquier rastro del esfuerzo en la fortaleza. A su lado, Julian Montgomery revisaba las transcripciones de los interrogatorios preliminares del General Vance con un cruasán en una mano y una pluma estilográfica en la otra.

—Vance cantó hasta la fecha de cumpleaños de su suegra antes de que le pusieran la segunda dosis de anestesia en la pierna —dijo Julian, girando una página con soltura—. El topo de la Junta de Logística no solo vendía las rutas de la OTAN; también cobraba sobornos de Voronin para boicotear las licitaciones de blindaje de los blindados Stryker.

—Un patriota ejemplar —replicó Sienna sin apartar los ojos de la pantalla, donde sus dedos volaban con una cadencia metálica—. Asegúrate de incluir el volcado de sus cuentas en las Islas Caimán en el archivo que va directo a la fiscalía militar. No quiero que sus abogados tengan margen para negociar un arresto domiciliario.

Julian sonrió, inclinándose hacia ella para dejar una taza humeante de té recién servido al borde de su teclado:

—Tus deseos son órdenes judiciales, 774. Por cierto... —el diplomático bajó la voz apenas un decibelio, con un tono cómplice que Dante detectó de inmediato por la tensión en su postura—, el teniente Cruz lleva cuatro horas mirándote la nuca con una intensidad que va a terminar por derretir el fuselaje de este avión. Si sobrevive al vuelo, te sugiero que le asignes una misión en Alaska para que se enfríe.

Sienna no levantó la vista del monitor, pero la comisura de sus labios se tensó con una advertencia gélida:

—Cruz puede mirar lo que le plazca, Montgomery. El espacio aéreo internacional es libre. Concéntrate en la redacción de la fiscalía.

Julian soltó una risa baja y levantó su taza con una inclinación de cabeza:

—A la orden, mi comandante.

Al ver el gesto de Julian, la mandíbula de Dante se apretó con tanta fuerza que los músculos de sus sienes saltaron. Bajó la vista hacia sus propias manos vendadas. Recordaba el tacto de la piel de Sienna en la bahía médica de Aviano, el pulso desbocado bajo sus dedos y la forma en que ella lo había obligado a inhalar el oxígeno con una furia que solo un idiota confundiría con indiferencia.

Se puso de pie despacio.

El dolor en el hombro protestó con una puntzada sorda cuando estiró la espalda, pero Dante lo ignoró por completo. Cruzó el pasillo central con pasos firmes, pasando entre los asientos de los hermanos Keller sin dirigirles una sola mirada, y se detuvo justo frente a la mesa de trabajo de Sienna.

Julian levantó la vista, evaluando al gigante con una serenidad aristocrática que rozaba la provocación.

Sienna no se detuvo en su tecleo.

—¿Necesita algo, teniente Cruz? —soltó ella con voz plana, sin apartar la mirada de las líneas de código verde—. La enfermería de a bordo está en la cola del avión si sus puntos de sutura se abrieron.

Dante apoyó la mano sana sobre el borde de la mesa de madera laminada, inclinándose apenas hacia adelante para reducir el espacio entre ambos:

—El informe de Vance ya está cerrado, comandante. Lo que necesito es saber cuál es mi próximo destino operativo cuando aterricemos en Andrews.

Sienna detuvo los dedos sobre el teclado. Levantó los ojos despacio, encontrando las pupilas oscuras de Dante a escasos cuarenta centímetros.

—Su destino está claro, teniente. El equipo Bravo regresa a Fort Bragg bajo el mando del Primer Batallón. Su asignación temporal con SOCID termina en el instante en que las ruedas toquen la pista de aterrizaje.

—No voy a regresar a Fort Bragg —respondió Dante, con una voz tan grave, tan tranquila y categórica que Liam y Gael se pusieron de pie de golpe en la sección delantera para escuchar.

Julian arqueó una ceja, claramente intrigado:

—La insubordinación parece ser un hábito crónico en la infantería ligera.

Dante ni siquiera parpadeó hacia el diplomático. Mantuvo sus ojos clavados en los de Sienna, sin concederle a nadie más en la cabina el derecho de existir:

—Pedí mi solicitud de transferencia esta madrugada desde el puesto de mando de Aviano. El Director Vance Sterling de SOCID la tiene sobre su mesa. Solicité el puesto de oficial de enlace táctico permanente para la división de operaciones encubiertas.

El silencio en el avión cayó con el peso de una bomba de racimo.

Liam dio dos pasos rápidos por el pasillo, con los ojos desorbitados:

—¿Estás loco, Dante? ¿Transferirte a la división negra? ¡Esa unidad no tiene promociones regulares! ¡Vas a congelar tu carrera militar!

—Mi carrera me importa una mierda, Liam —respondió Dante sin apartar la mirada de Sienna—. Fui entrenado para la primera línea. Si la primera línea de esta nación ahora la comanda la Operadora Intocable... ahí es exactamente donde voy a estar.

Sienna lo miró fijamente. La frialdad de su expresión no se quebró, pero en el fondo de sus ojos castaños ardió una chispa peligrosa, una mezcla de exasperación y una corriente eléctrica subterránea que amenazaba con incendiar su autocontrol.

Cerró la tableta militar con un chasquido seco.

—Yo tengo derecho de veto sobre cualquier incorporación a mi destacamento, teniente Cruz —dijo ella, con una voz aterciopelada y cortante como un diamante—. Y no tengo ninguna vacante para un soldado que confunde el deber militar con una penitencia personal. Su solicitud será rechazada en cuanto pise tierra.

Dante no retrocedió. Al contrario: una media sonrisa sombría, feroz y decidida curvó sus labios magullados:

—Recházala todas las veces que quieras, comandante. La volveré a enviar cada lunes por la mañana. Te advertí en la nieve que no me iba a rendir. Puedes mandarme a vigilar la puerta de tu búnker, hacerme limpiar los servidores o ponerme en la última línea de asalto... pero no vas a volver a sacarme de tu frecuencia de combate.

Antes de que Sienna pudiera replicar, la luz de advertencia de los cinturones de seguridad tintineó sobre sus cabezas con un timbre doble.

La voz del piloto sonó por el intercomunicador:

—Tripulación, prepárense para el descenso. Iniciando aproximación a la Base Conjunta Andrews. Condiciones meteorológicas en Washington: lluvia ligera y ocho grados. Aterrizaje en siete minutos.

Sienna sostuvo la mirada ardiente de Dante durante dos segundos más. Luego, apartó los ojos con una indiferencia meticulosamente ensayada y se abrochó el cinturón de seguridad:

—Tome asiento, teniente. Aterrizamos en territorio hostil.

Base Conjunta Andrews, Maryland.

11:30 Horas.

La pista de aterrizaje militar estaba cercada por una decena de vehículos todoterreno negros con lunas tintadas y antenas de comunicaciones satelitales.

Bajo la llovizna gris de Washington, el C-37 detuvo sus turbinas frente a la entrada del Hangar Seis. La escalinata se desplegó con un silbido hidráulico.

En la pista, esperando al pie de la alfombra de goma, una comitiva de alto nivel aguardaba en formación marcial. En el centro estaba el Director de SOCID, Vance Sterling, flanqueado por dos agentes de seguridad con gabardinas oscuras. Y a su derecha, impecable en su uniforme de gala de cuatro estrellas, con la gorra de plato calada y las manos cruzadas a la espalda con una rigidez que rozaba el dolor físico, estaba el General Marcus Keller.

El primero en descender fue Julian Montgomery, escoltando a los dos policías militares que transportaban el maletín de titanio con los códigos de lanzamiento recuperados.

Luego descendieron Liam, Gael, Bruno y Mateo.

Los cuatro hermanos se cuadraron de inmediato ante su padre al pisar el asfalto.

—General —dijo Liam, con la voz ahogada por la vergüenza y el respeto.

Marcus Keller ni siquiera los miró. Sus ojos, surcados por arrugas profundas y ojeras que delataban días enteros de agonía en vela, estaban fijos en lo alto de la escalinata.

Y entonces, apareció ella.

Sienna Keller descendió los peldaños con el uniforme táctico negro de operaciones especiales, la placa de titanio de INTOCABLE brillando sobre su pecho y la mirada al frente. Detrás de ella, a dos pasos de distancia, Dante Cruz la seguía como una sombra protectora, con el hombro vendado y la postura de un perro de presa que ha jurado no apartarse de su puesto.

Al llegar al último peldaño, el Director de SOCID dio un paso al frente y asintió con una reverencia sobria:

—Misión cumplida con honores, Comandante. El Estado Mayor ha recibido la confirmación de la entrega. La amenaza estratégica está neutralizada.

—Gracias, Director —respondió Sienna con una inclinación protocolar impecable.

Se giró despacio hacia la derecha, quedando cara a cara con el General Marcus Keller.

Padre e hija. Comandante y General.

Marcus Keller miró a su hija menor. Recordó sus palabras crueles en la mesa del comedor: «Te van a destrozar... en setenta y dos horas vas a estar llorando de rodillas... no tienes la madera para esto». La vergüenza y el orgullo colisionaron en el pecho del veterano de guerra con la fuerza de un terremoto interior. Las manos le temblaron levemente a los costados.

Despacio, con una solemnidad que paralizó a los cuatro hermanos y a los agentes de seguridad presentes, el General de cuatro estrellas levantó la mano derecha hacia la visera de su gorra de gala y se cuadró en un saludo militar perfecto, absoluto y subordinado ante su propia hija.

—Comandante Intocable —dijo Marcus Keller, y la voz del hombre más temido del Pentágono se quebró en la última sílaba—. La patria tiene una deuda de honor con usted y con su unidad.

Liam bajó la vista, tragando saliva. Sus hermanos hicieron lo mismo. El General jamás se había cuadrado ante nadie por debajo del Presidente de la nación.

Sienna sostuvo la mirada de su padre. No devolvió el saludo con emoción filial; devolvió el saludo militar con la precisión geométrica de un oficial superior que acepta el reconocimiento de las tropas regulares.

—El deber está cumplido, General Keller —dijo ella, con una voz tranquila y distante que cerró cualquier intento de acercamiento emocional en la pista—. Puede retirar a sus hombres.

Iba a avanzar hacia la furgoneta de transporte de la agencia cuando el ronquido grave de un motor V12 rompió el protocolo de la base militar.

Un Aston Martin negro de última generación cruzó el control de acceso del hangar con una velocidad imprudente, frenando en seco a escasos cinco metros del avión y levantando una estela de agua sobre la pista.

La puerta del copiloto se abrió.

Vivienne Keller descendió bajo la lluvia con un paraguas de seda negra sostenido por su chófer, envuelta en un abrigo largo de cachemira color camello y gafas de sol oscuras que se retiró con un movimiento aristocrático.

Ignoró por completo al General Marcus Keller —pasando a su lado como si el militar de cuatro estrellas fuera un poste de señalización de la pista— y se detuvo directamente frente a Sienna.

Vivienne recorrió a su hija de arriba abajo: vio el uniforme táctico negro, la placa de titanio, pero sobre todo, vio la entereza intacta de sus ojos.

Una sonrisa hermosa, afilada y llena de un orgullo visceral iluminó el rostro de la empresaria:

—Te dije que el negro táctico te quedaba mil veces mejor que el camuflaje de tus hermanos, cariño —dijo Vivienne, extendiendo ambos brazos para envolver a Sienna en un abrazo cálido que olía a jazmín y libertad.

Sienna cerró los ojos por una fracción de segundo, rindiendo sus defensas solo en el refugio de su madre:

—Hola, mamá.

Vivienne se apartó despacio, acomodándole un mechón suelto a Sienna detrás de la oreja. Luego, giró el rostro hacia Dante Cruz, que permanecía de pie a dos pasos, con el brazo herido y la mandíbula tensa.

Los ojos de Vivienne se afilaron como dos cuchillas de acero:

—Teniente Cruz —soltó la mujer con una frialdad exquisita—. Veo que sobrevivió a los Alpes. Una pena que su sentido de la oportunidad siga siendo tan deficiente como su educación.

Dante se cuadró de inmediato, bajando la cabeza con un respeto genuino:

—Señora Keller. Me alegra verla.

—A mí no me alegra verlo cerca de mi hija, teniente —sentenció Vivienne con una elegancia implacable—. Pero tengo entendido por el Director Sterling que solicitó una transferencia a su unidad.

Sienna frunció el ceño:

—La rechacé, mamá.

Vivienne sonrió, una sonrisa tan parecida a la de Sienna que a Dante se le erizó la piel:

—No la rechaces todavía, cariño. Un perro guardián que sabe recibir disparos y que está dispuesto a arrastrarse en la nieve por ti siempre tiene utilidad operativa. Además... —Vivienne miró a Dante con una mezcla de desafío y burla aristocrática—, ver al mejor cadete de la academia militar sirviéndote el café y pidiendo permiso para respirar en tu oficina es un espectáculo que no pienso perderme por nada del mundo.

Julian Montgomery soltó una carcajada abierta desde el lateral de la furgoneta, mientras Dante, lejos de amilanarse, levantaba la barbilla con una mirada tan firme que dejó a todos en silencio:

—Llevaré el café con una sonrisa, señora Keller —dijo Dante, clavando sus ojos oscuros en Sienna—. Y si tengo que limpiar el suelo por el que ella camina para demostrarle que no me voy a ir... empezaré a fregar ahora mismo.

Sienna rodó los ojos con un suspiro de hastío fingido, aunque el calor que le subió por el cuello delató la grieta en su armadura:

—Suban a los vehículos —ordenó ella, dándose la vuelta hacia la caravana oficial—. La guerra contra Voronin terminó... pero la auditoría de SOCID empieza en dos horas.

Y mientras la comitiva se ponía en marcha bajo la lluvia de Washington, en la pista de aterrizaje de Andrews quedó claro que la intocable había regresado para reclamar su trono... y que el soldado que una vez la llamó frágil estaba listo para arder en su fuego tantas veces como fuera necesario.

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