Aurora lo perdió todo en una sola noche. Cinco años después, vuelve con cinco razones para no volver a rendirse.
La víspera de su compromiso, Aurora encuentra a su prometido en la cama con su propia hermana. Y sus padres, en vez de consolarla, eligen quedarse del lado de la hija «perfecta». Sin casa, sin familia y con el corazón hecho pedazos, acaba en un bar… y en los brazos de un desconocido: João Pedro de Andrade, uno de los hombres más ricos del país, frío, reservado y drogado sin saberlo.
Por la mañana, ella se marcha. Él despierta sin poder recordar su rostro.
Cinco años después, Aurora ya no es la joven que salió llorando de aquella casa. Es la dueña de una marca de joyas que se abre paso en el mercado y la madre de cinco pequeños genios: uno hackea computadoras, otro descubre malas inversiones en minutos, dos diseñan joyas y todos tienen más iniciativa que muchos adultos.
Hasta que el destino los pone frente a frente. João Pedro no deja de preguntarse por qué esa mujer le resulta tan familiar… y por qué esos cinco niños lo miran como si ya lo conocieran.
Entre secretos que creía enterrados, una hermana que no se resigna a perder y un pasado que vuelve a tocar su puerta, Aurora tendrá que decidir en quién confiar. Porque hay verdades que no se pueden esconder para siempre.
Traición, maternidad, lujo y un amor que empezó de la forma menos esperada.
Porque Aurora no volvió para pedir perdón. Volvió para demostrar quién es.
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Capítulo 9 — La grabación de la verdad
A Aurora se le aflojaron las piernas.
Una grabación. Después de cinco años tratando de enterrar aquella noche, el pasado había encontrado la manera de volver.
—João Pedro… —lo llamó, tratando de mantener la calma—. ¿Estás seguro de que esa grabación existe?
—Sí.
—¿Y la vas a ver?
Él la miró fijamente.
—Tengo que hacerlo.
Aurora apretó las manos.
—Quizá sea mejor dejarlo así.
João Pedro frunció el ceño.
—¿Por qué?
Ella guardó silencio.
—Aurora, estás asustada.
—No lo estoy.
—Sí lo estás.
Se acercó.
—Desde que entré aquí, te comportas como si supieras exactamente lo que está pasando.
Aurora desvió la mirada.
—Es que creo que hay cosas del pasado que no hace falta desenterrar.
—Para ti, tal vez.
Bajó la voz.
—Para mí, sí.
A Aurora se le humedecieron los ojos.
—¿Y si la verdad no es lo que esperas?
—Entonces la voy a enfrentar.
João Pedro salió de la sala.
Aurora se quedó unos segundos sin moverse. Después tomó el celular. Tenía que impedirlo. No por ella, sino por sus cinco hijos.
Cuando subió al auto, encontró a Miguel, Davi, Theo, Valentina y Livia esperándola.
—Mamá, ¿estás llorando? —preguntó Livia.
Aurora se pasó rápidamente la mano por la cara.
—No, mi amor.
Miguel la observó con atención.
—Sí estás llorando.
Aurora respiró hondo.
—Vámonos a casa.
—Pero ¿vas a volver? —preguntó Theo.
Ella dudó.
—No sé.
Los niños se quedaron callados. Mientras el auto avanzaba, Aurora miró por el retrovisor. Ahí estaban los cinco. Cinco pequeños seres que habían sido su fuerza cuando ya no tenía a nadie. No iba a permitir que nadie se los quitara.
Mientras tanto, João Pedro llegó a su oficina. Un hombre lo esperaba con una computadora abierta.
—Logramos recuperar el archivo.
—Quiero verlo.
El hombre presionó el botón de reproducir.
La grabación comenzó. En la pantalla aparecieron imágenes nocturnas. Un auto estacionado. João Pedro bajaba del vehículo. Poco después apareció una mujer. Caminaba despacio. Parecía estar llorando.
João Pedro se quedó inmóvil.
—Acércala.
El hombre amplió la imagen. La mujer levantó el rostro por unos segundos. A João Pedro se le disparó el corazón.
—Detente.
La imagen se congeló. Se quedó mirándola. No lograba verla con claridad, pero algo dentro de él gritaba que esa mujer era importante.
—¿Tiene audio?
—Sí.
El hombre activó el sonido. Una voz femenina surgió de la grabación.
—Ya no tengo adónde ir.
João Pedro cerró los ojos. Esa voz. Conocía esa voz.
El recuerdo llegó como una tormenta. Una noche. Un bar. Una mujer llorando. Y esa misma frase.
—Ya no tengo adónde ir.
João Pedro abrió los ojos.
—Regresa.
El audio continuó.
—No tienes por qué quedarte conmigo —decía la mujer—. Yo solo necesitaba que alguien me ayudara.
João Pedro sintió una opresión en el pecho. Entonces vino otro fragmento.
—¿Cómo te llamas?
Silencio. Después, la respuesta:
—Aurora.
Se quedó completamente inmóvil.
—Aurora…
El hombre a su lado notó su reacción.
—¿Señor João Pedro?
No respondió. Repitió el nombre en voz baja.
—Aurora.
Cinco años. Cinco años buscando a una mujer cuyo rostro no podía recordar. Y ahora tenía un nombre completo. O casi.
De pronto empezó otra grabación. La imagen mostraba a la mujer subiendo al auto, y por unos segundos el rostro quedó perfectamente visible. João Pedro se acercó a la pantalla.
Era ella. La misma mujer que había tenido frente a sí esa mañana. Aurora Albuquerque.
Se llevó la mano a la boca.
—No puede ser…
Pero lo era. La mujer de aquella noche era Aurora. La mujer que le estaba ocultando algo.
Y entonces João Pedro se acordó de los cinco niños. Cinco niños. Cinco años. La cuenta era demasiado sencilla para ignorarla.
Tomó el celular y buscó una fotografía que había recibido hacía poco. Los cinco hijos de Aurora. João Pedro se quedó mirándolos.
Miguel. Davi. Theo. Valentina. Livia.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Dios mío…
En ese mismo instante, Aurora llegó a su casa. Antes de abrir la puerta, recibió un mensaje.
«Ya sé quién eres.»
Se detuvo. Llegó otro mensaje.
«Y ahora necesito saber quiénes son tus cinco hijos.»
A Aurora se le heló la sangre. No sabía quién había enviado esos mensajes. Pero, por primera vez, tuvo la certeza de que alguien estaba muy cerca de descubrir toda la verdad.
Y en algún lugar de la ciudad, João Pedro ya conocía la respuesta a una pregunta que había cargado durante cinco años. La mujer de aquella noche tenía nombre. Era Aurora. Y quizá los cinco niños también llevaran su nombre en la sangre.