El día de su cumpleaños, Elena Robles recibe decenas de felicitaciones. Ninguna viene de su esposo.
Mientras ella espera un abrazo, sus mellizos preparan un regalo para Marina, la media hermana de Elena. Adrián Valdés también tiene claras sus prioridades: Marina siempre va primero.
Después de años intentando ganarse un lugar en su propia familia, Elena deja su anillo junto a los papeles del divorcio y se marcha. Esta vez, no busca que él la siga. Quiere recuperar su vida.
Vuelve a la empresa tecnológica que ayudó a fundar y retoma la carrera que dejó por su matrimonio. Quienes la subestimaban solo conocían a una esposa callada. Están a punto de descubrir de lo que es capaz.
Adrián está acostumbrado a que Elena siempre lo espere.
¿Qué hará cuando ella deje de hacerlo?
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Capítulo 24
Capítulo 24. No le pidió explicaciones
Se oyeron pasos en el pasillo.
Adrián entró al cuarto.
—¡Papá!
Él se acercó a la cama.
Elena intentó acomodar a Lucía sobre las almohadas para dejarle lugar, pero la niña no quiso soltarla. Estiró el brazo hacia su padre.
Adrián se inclinó y la tomó.
Quedó tan cerca de Elena que ella reconoció su perfume.
Había otro aroma sobre la tela del saco.
El de Marina.
Lo había percibido unas horas antes, durante la cena.
Elena apartó la cara y se levantó. Retrocedió hasta dejar de sentir los dos perfumes.
Adrián apoyó una mano en la frente de Lucía.
—¿Cuánta fiebre tiene? ¿Ya bajó?
Elena repitió lo que le había explicado el médico.
—Bajó, pero quiere seguir pendiente de cómo evoluciona.
Adrián asintió y se sentó con la niña en brazos.
Lucía hizo una mueca.
—Tu saco raspa.
Él se lo quitó y se lo tendió a Elena.
Ella lo recibió por costumbre.
Durante años había hecho ese mismo gesto. Lo tomaba, lo acomodaba y encontraba dónde guardarlo antes de que él tuviera que pedirlo.
Volvió a sentir el perfume de Marina.
Elena miró el saco que tenía en los brazos.
Lo dejó en el respaldo de una silla.
—Voy a preparar el caldo —le dijo a Lucía.
Con los dos padres allí, la niña parecía más tranquila.
—Gracias, mamá.
Elena salió.
Adrián miró su espalda. Después, el saco abandonado en la silla.
***
Elena puso el caldo al fuego y preparó lo que faltaba.
Veinte minutos después, al salir de la cocina, decidió volver a ver a Lucía.
Encontró a Adrián junto a una ventana del pasillo, hablando por teléfono.
—Ya le bajó. No te preocupes.
Elena pensó en Marina.
¿De verdad estaba preocupada por Lucía?
No se detuvo a escuchar.
En el cuarto, la niña ya dormía. Habían terminado de retirarle el suero. Rosa le secaba el sudor con una toalla.
Al ver a Elena, se apartó y le ofreció la toalla.
Estaba acostumbrada a que ella se encargara de todo en cuanto llegaba.
Elena negó suavemente.
Rosa siguió atendiendo a la niña y le cambió la ropa húmeda.
Elena esperó en el sillón.
—¿El médico ya se fue?
—Sí.
—¿Qué dijo antes de irse?
Rosa le transmitió sus últimas indicaciones. Lucía estaba mejor y podían seguir pendientes de ella en casa.
Elena asintió.
Si continuaba así, quizá podría regresar a su departamento esa noche.
***
El caldo seguía en la cocina.
Rosa se ofreció a terminar de vigilarlo.
—Descanse un poco, señora. Ha sido un día largo.
Elena salió hacia la sala.
Adrián estaba en el sofá, leyendo el periódico. La miró un segundo y volvió a bajar los ojos.
Antes, ella habría aprovechado para sentarse cerca. Habría buscado la forma de compartir unos minutos con él sin molestarlo.
Esa noche siguió hacia la escalera.
Él no la llamó.
Elena recordó que había esperado una discusión por lo de Marina y Nova Áurea.
Adrián no había mencionado el asunto.
No sabía por qué.
***
Lucía despertó un rato después y salió a buscarla.
—Mamá, tengo hambre. ¿Ya está?
—Casi.
Elena miró a Rosa, que venía detrás.
La niña estaba mejor y ya no tenía fiebre.
Fue a la cocina. Unos minutos después llamó:
—Lucía, ya puedes venir.
Sirvió un plato.
Cuando levantó la vista, vio que Adrián había entrado con su hija.
—Papá también quiere —dijo Lucía—. ¿Por qué solo hay un plato?
Elena no lo sabía.
Rosa fue por más platos antes de que tuviera que responder.
Elena había preparado suficiente, como solía hacer. Al final se sentó también y tomó una pequeña porción.
Mateo seguía dormido arriba.
Adrián se había quitado el reloj. Mezcló el caldo con la cuchara y empezó a comer.
Lucía probó el suyo.
—Está buenísimo. Hace mucho que no comía esto.
Rosa sonrió.
—Ahora que volvieron, se lo puede pedir a su mamá cuando quiera.
—¡Sí!
Elena dejó de mover la cuchara por un instante.
Volver al país no significaba que ella fuera a estar disponible a cualquier hora.
No lo dijo frente a la niña enferma.
Adrián estaba sentado al otro lado de la mesa. Tampoco habló.
Lucía miró a su madre.
—¿Te quedas a dormir conmigo?
Elena iba a decir que volvería a su departamento.
Vio su cara pálida.
—Está bien.
La niña terminó un plato. Adrián comió un poco y se levantaron. Todavía quedaba caldo en la cocina.
***
Lucía quiso asearse antes de volver a la cama.
Elena la acompañó para ayudarla. Después fue al dormitorio principal a buscar ropa.
Adrián no estaba.
Ella había pensado que quizá ya habían retirado sus cosas.
Entró y vio sus pantuflas en el mismo lugar. La crema de manos seguía junto a sus artículos de cuidado. Su vaso estaba donde siempre.
Abrió el vestidor.
La ropa que no se había llevado también seguía allí.
No parecía que hubiera dejado esa casa.
Elena pensó que Adrián tal vez no quería que Carmen notara nada antes de que el divorcio fuera oficial.
Tomó un pijama y una toalla.
No volvió a dejar sus cosas junto a las de él.
Regresó al cuarto de Lucía.
La niña estaba en la cama con una tableta.
—¿Te vas a bañar aquí?
—Sí.
Elena entró al baño.
Poco después, Adrián apareció en el dormitorio de su hija.