Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
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Molestia
Luke
La conversación continúa durante varios minutos.
Cassidy y Aria empiezan a hablar de Italia, de playas, de restaurantes y de una cantidad impresionante de familiares cuyos nombres apenas consigo recordar.
Yo escucho mientras termino de trabajar.
Intervengo de vez en cuando.
Hago algún comentario.
Aria se ríe.
Me responde.
Incluso me molesta cuando Cassidy cuenta que una vez me quedé dormido sobre una caja de herramientas después de trabajar casi veinte horas seguidas.
—Eso no es saludable, Luke —dice.
—Fue una vez.
Cassidy resopla.
—Fueron tres.
—Traidoras —murmuro.
Aria sonríe.
—Deberías cuidarte más.
Hay cariño en su voz.
Lo reconozco, pero también hay algo que no consigo identificar.
Una tranquilidad nueva.
Antes, cuando me miraba demasiado tiempo, terminaba apartando los ojos. Ahora puede sostenerme la mirada sin dificultad.
Antes, cuando nuestros brazos se rozaban, sus mejillas adquirían ese tono rosado que me gustaba mucho más de lo que debería. Ahora puede pasar junto a mí, tocarme el hombro para pedirme espacio y continuar hablando como si nada.
Antes parecía buscarme con los ojos cuando entraba al taller. Hoy está perfectamente feliz conversando con Cassidy y Nikos mientras yo trabajo a pocos metros.
Y eso es bueno. Por supuesto que es bueno.
Era lo que quería.
Que estuviera cómoda.
Que no sintiera que debía evitarme.
Que pudiéramos recuperar, al menos, una parte de la amistad que teníamos.
Entonces ¿qué demonios me pasa?
—Luke.
Levanto la cabeza.
Aria está observándome.
—¿Sí?
—Te pregunté si conocías Santorini.
—No.
—¿Nunca has ido?
—Llevo poco tiempo en Grecia, Ari.
Sonríe.
—Cierto.
—¿Por qué?
—Porque estaba diciendo que podríamos organizar un viaje corto antes de irme a Italia, si finalmente decido ir.
Asiento.
—Suena bien.
—¿Vendrías?
La pregunta me toma por sorpresa.
La miro.
Ella me observa con naturalidad.
Sin nervios.
Sin expectativas evidentes.
Simplemente esperando una respuesta.
—Depende del trabajo —respondo.
Cassidy pone los ojos en blanco.
—Por supuesto.
Aria sonríe.
—Bueno, si puedes, sería entretenido.
Se gira hacia mi hermana y continúa hablando.
Así. Sin más.
Me quedo observándola.
No insiste. No intenta convencerme y no vuelve a mirarme para comprobar si mi respuesta significa algo.
Y de pronto descubro algo bastante desagradable sobre mí mismo.
Quería que insistiera.
No mucho. Solo un poquito.
Que volviera a preguntarme.
Que me sonriera de esa manera especial.
Que me hiciera sentir que realmente le importa si voy o no.
Mierda.
Eso es patético.
*****
Aria se marcha poco antes de las cinco.
Tiene que estudiar.
Su última ronda de exámenes empieza en unos días y, según sus propias palabras, si no consigue aprobar todas las asignaturas, piensa mudarse a una isla desierta y dedicarse a vender cocos.
Cassidy considera que es un plan empresarial sólido.
Yo tengo algunas dudas.
—Bueno, me voy —anuncia, recogiendo su bolso.
Mi hermana se acerca para abrazarla.
—Avísame cuando termines los exámenes.
—Por supuesto.
—Y recuerda que tenemos pendiente nuestro viaje.
Aria sonríe.
—No lo olvidaré. —Después se gira hacia mí—. Adiós, Luke.
Me limpio las manos con un trapo.
—Adiós, Ari.
Se acerca y me abraza.
No lo esperaba.
Durante un segundo me quedo inmóvil.
Después levanto los brazos y la abrazo también.
Su perfume me envuelve inmediatamente.
Su cabello roza mi mejilla.
Y mi cuerpo recuerda.
Mierda, cómo recuerda.
La última vez que la tuve tan cerca fue... No. No voy a pensar en eso.
Aria me da unas pequeñas palmadas en la espalda.
—No trabajes demasiado.
Su voz suena divertida.
Familiar.
Me aparto apenas.
—Intentaré sobrevivir.
Sonríe.
—Eso espero.
Después me suelta.
Sin quedarse un segundo más de lo necesario. Sin mirarme los labios. Sin esa pequeña vacilación que antes parecía aparecer cada vez que nos despedíamos.
Simplemente me abraza como abrazaría a cualquiera de sus amigos.
—¡Nos vemos! —exclama mientras camina hacia la salida.
Cassidy levanta la mano.
—¡Adiós!
Yo asiento.
—Cuídate.
Aria sonríe por última vez y desaparece.
Me quedo mirando la puerta.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Después escucho a Cassidy suspirar.
—Qué mujer más encantadora.
No respondo.
Mi hermana se acerca.
—Me alegra que esté mejor.
La miro.
—¿Mejor?
—Sí. —Se encoge de hombros—. Estuvo bastante rara estas últimas semanas. Hoy parecía la Aria de siempre.
Asiento lentamente.
—Sí.
Cassidy sonríe.
—Qué bueno, ¿verdad?
Miro hacia la entrada.
—Claro.
Mi hermana me observa unos segundos. Después vuelve al trabajo.
Yo permanezco donde estoy. Con el trapo entre las manos. Y una sensación bastante incómoda instalándose en algún lugar del pecho.
Porque Cassidy tiene razón, Aria parecía la de siempre.
Se rio.
Bromeó.
Habló conmigo como antes.
Me tomó la mano sin ponerse nerviosa.
Me abrazó sin vacilar.
Y se marchó sin mirar atrás.
Exactamente como habría hecho con cualquier amigo.
Aprieto los labios.
Eso era lo que quería. Que dejara de sentirse incómoda. Que no tuviera que evitarme. Que pudiéramos volver a hablar sin recordar constantemente aquella tarde en Idaho.
Lo conseguí. O eso parece.
Entonces ¿por qué no me siento mejor?
Miro la camioneta.
Todavía tengo trabajo.
Un presupuesto pendiente.
Dos llamadas que devolver.
Y un negocio que, por primera vez en mi vida, depende de mis propias decisiones.
Debería estar pensando en eso.
En los clientes.
En las reparaciones.
En el futuro que estoy construyendo.
No en una mujer rubia que acaba de abrazarme como si nunca hubiera sucedido nada entre nosotros.
Respiro profundamente y vuelvo a colocarme los guantes.
Tomo la herramienta y regreso al trabajo.
Pero hay una pregunta que no consigo apartar de mi cabeza. Una pregunta bastante estúpida. Y, probablemente, completamente egoísta.
¿Y si Aria Greco está empezando a olvidarme?
La idea me provoca una molestia que no sé cómo explicar.
Porque durante semanas he querido que dejara de sufrir por mi culpa.
Solo que ahora, cuando parece que finalmente está consiguiéndolo... Descubro que no estaba preparado para dejar de importarle.