Tenía cinco años, el estómago vacío y un don que nadie le creía: Lula entiende lo que dicen los gatos, las plantas y hasta los peces del estanque. También ve lo que los demás no ven: una niebla negra que se enrosca en el cuello de quien está a punto de morir.
Cuando una desconocida se desploma frente a ella en plena avenida, la niña hace lo imposible para salvarla... y, sin saberlo, cambia su destino. De dormir sobre cartones pasa a una mansión de mármol, vestidos de seda y una familia que no se parece a nada de lo que conoció.
Los Valderrama no son una familia cualquiera. Adrián, el mayor, es un CEO helado que jura no ablandarse por una mocosa parlanchina (y ya le está sirviendo el desayuno en la boca). Sebastián, médico en ciernes, lo analiza todo con lógica y gafas. Cristóbal arma escándalos de payaso con tal de verla reír. Y Dante, el más gruñón, esconde las orejas rojas detrás de un «yo no hice nada».
Pero el mundo de los ricos es cruel, y una niña recogida de la calle tiene demasiados enemigos: socios traidores, maestras clasistas, compañeras que susurran «niña de mala suerte» y rivales dispuestos a todo por el negocio. Que se atrevan a tocarle un solo cabello a la pequeña Lula... y los cuatro hermanos les harán pagar mil veces.
Mientras tanto, el don de Lula guarda un secreto que alguien, desde muy lejos, lleva tiempo buscando.
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Capítulo 4
¡Plaf!
Marina le propinó a Adrián un golpe bastante fuerte en el brazo.
—¡No digas disparates delante de una niña! —lo regañó.
Adrián se frotó el brazo dolorido y miró a su madre sin entender nada.
—Entonces, ¿de quién es esta niña, Mamá? ¿Por qué come en la mesa de la familia? —insistió, perdido.
Marina inspiró hondo para calmarse.
—Ella es Lula. No es hija de tu padre, ni mucho menos bastarda. Es la niña que me salvó la vida ayer.
Adrián frunció el ceño.
—¿Que te salvó la vida? ¿De qué?
—Ayer me dio un infarto frente a la oficina, y fue Lula quien me ayudó.
Adrián miró a Lula con un desdén enorme.
—Mamá, esta niña ni siquiera me llega a la cintura. ¿Cómo va a haberte ayudado?
—Me da igual que lo creas o no. Lo único cierto es que desde hoy Lula vivirá aquí.
Adrián resopló con fuerza. Era un hombre muy lógico, al que no le gustaban las cosas sin pies ni cabeza. Para él, aquella niña debía de ser el instrumento de alguien que quería aprovecharse de la bondad de su madre.
—Mamá, no sabemos de dónde salió. Podría ser una espía de los competidores de Papá —acusó de nuevo.
Bernardo, que había permanecido callado hasta entonces, por fin intervino.
—Ya basta, Adrián. Deja que la niña se quede. A tu madre le ha tomado mucho cariño.
—Pero, Papá, la empresa está al borde de la ruina. No tenemos tiempo para ocuparnos de una niña recogida —replicó Adrián, terco.
Al oír las palabras «niña recogida», la manita de Lula se quedó quieta. Bajó la cabeza y dejó la cuchara sobre el plato con cuidado.
Esas palabras las había escuchado muchas veces en el orfanato.
—Perdón, tío gruñón. Es verdad, yo solo soy una niña recogida —dijo con la voz temblorosa.
Alzó hacia Adrián sus ojos redondos, que ya empezaban a humedecerse.
—Pero te prometo que no voy a dar molestias. Si me dicen que me vaya, me voy.
A Marina se le partió el corazón al oír a la pequeña.
—Lula, cariño, no vas a irte a ninguna parte. Esta es tu casa ahora —dijo, abrazándola.
Luego clavó en Adrián una mirada asesina.
—¡Pídele perdón a Lula ahora mismo, Adrián! —ordenó con firmeza.
Él apartó la cara.
—No he hecho nada malo. Solo digo la verdad —se defendió, orgulloso.
Sin embargo, en el fondo se sentía un poco culpable al ver los ojos vidriosos de la niña. No odiaba a los niños; simplemente estaba bajo una tensión enorme por los problemas de la empresa.
En medio de aquel ambiente cargado, Lula olfateó de pronto el aire.
Sus ojos se quedaron fijos en el maletín negro que Adrián había traído.
De su interior salía un humo gris, tenue. No era tan espeso como la niebla de la muerte, pero era señal de que la mala suerte estaba a punto de llegar.
—Tío gruñón —lo llamó en voz baja.
Adrián volvió el rostro, todavía molesto.
—Me llamo Adrián, no "tío gruñón".
—Tío Adrián, dentro de ese maletín hay un papel malo —dijo ella, señalándolo.
Adrián y Bernardo se miraron sin comprender.
—¿Qué papel malo? —preguntó Adrián, impaciente.
—El humo es gris y huele a quemado. Si tú firmas ese papel, el abuelo va a llorar muchísimo —explicó Lula con toda su inocencia.
El rostro de Bernardo se tensó de golpe.
—Adrián, ¿qué llevas en ese maletín? —exigió saber.
Adrián lo abrió y sacó una carpeta roja.
—Es el contrato de unos inversionistas dispuestos a salvar nuestro proyecto de la Avenida Central —respondió—. Lo enviaron esta mañana para que lo firmes cuanto antes.
Bernardo extendió la mano y tomó la carpeta. Aquella era la única salida para librar a su empresa de la quiebra.
—Espera, Papá. No me digas que vas a hacerle caso a una niña —dijo Adrián, incrédulo—. Si ni siquiera sabe leer un documento de negocios.
Bernardo contempló la carpeta con dudas. Su instinto empresarial, afinado durante décadas, percibió de repente que algo no encajaba. Era demasiado extraño que un inversionista apareciera justo cuando estaban más acorralados.
Abrió la carpeta y empezó a leer, página tras página, con minuciosidad.
El comedor quedó en un silencio absoluto. Solo se oía el roce de las hojas que Bernardo iba pasando.
Adrián esperaba con impaciencia, lanzando de vez en cuando miradas sarcásticas a Lula. Ella las ignoró y siguió comiendo su pollo asado con toda tranquilidad.
Pasaron cinco minutos.
El rostro de Bernardo, hasta entonces pálido, se puso rojo de furia. Le temblaba la mano sobre la última hoja.
—¡Maldita sea! —estalló, rompiendo el silencio.
Adrián dio un respingo.
—¿Qué pasa, Papá? ¿Las condiciones son demasiado duras? —preguntó, alarmado.
Bernardo arrojó el documento sobre la mesa, justo frente a su hijo.
—Lee la cláusula dieciocho de la última página. ¡Léela con atención! —ordenó con la voz quebrada.
Adrián tomó el documento de inmediato y leyó el apartado que su padre señalaba. Los ojos se le abrieron como platos.
«Si el proyecto fracasa en un plazo de tres meses, todos los activos de Grupo Faro serán embargados como garantía absoluta.»
Era una frase mínima, escondida entre párrafos larguísimos. El corazón le latía a toda velocidad. Aquello no era un contrato de inversión, sino una trampa para arrebatarles la empresa entera. Si su padre lo hubiera firmado de inmediato, apremiado por el tiempo, la historia de Grupo Faro habría terminado ahí.
Bajó despacio el documento y miró a su padre.
—Lo hicieron a propósito para tendernos una trampa —susurró con voz trémula.
—Sí, y casi caemos de cabeza en la boca del lobo —respondió Bernardo, frotándose la cara con brusquedad.
Los dos giraron a la vez hacia la niña sentada a la mesa. Lula se lamía tan campante los restos de salsa de los dedos.
Aquella pequeña acababa de salvar un patrimonio de cientos de millones de dólares de la familia Valderrama. Y lo había hecho con solo mirar un maletín.
Marina sonrió, orgullosa de la reacción de su marido y de su hijo mayor.
—¿Ahora sí creen que Lula es una niña especial? —los picó, certera.
Adrián tragó saliva con dificultad. Su orgullo y su lógica se habían hecho añicos ante una niña de cinco años.
Bernardo la miró con un respeto nuevo. El hombre maduro se acercó y se agachó junto a su silla.
—Lula, gracias —dijo con sinceridad—. Acabas de salvar el futuro de nuestra familia.
Ella sonrió radiante, mostrando sus dientecitos.
—De nada, abuelo —respondió con inocencia.
A Bernardo se le agrió el gesto al instante: lo habían llamado abuelo.
—Dime Papá. Todavía no soy tan viejo —protestó.
Lula ladeó la cabeza, confundida.
—¿Papá? ¿Entonces ahora yo tengo un papá y una mamá? —preguntó con los ojos brillantes.
Marina asintió enseguida y la abrazó también.
—Sí. Desde hoy te llamas Lula Valderrama, la hija menor de esta familia.
Adrián seguía plantado, inmóvil, y solo pudo suspirar con resignación. Tenía que admitir que la presencia de la niña quizá no fuera algo tan malo.
—Adrián, ¿no quieres saludar a tu hermanita? —bromeó Marina.
Él volvió la cara, un poco sonrojado.
—Todavía no me creo del todo esas cosas místicas —se justificó, orgulloso.
Dio media vuelta y salió a paso rápido del comedor. Pero, antes de cruzar la puerta, miró hacia atrás un instante.
—Asegúrense de que se termine la leche. A su edad necesita mucho calcio —dijo con frialdad, y desapareció tras la puerta.
Marina y Bernardo rieron por lo bajo al oírlo.
Sabían que Adrián era testarudo como una mula, pero incapaz de ser cruel con su familia.
Lula también rió, feliz de tener por fin una familia cálida y comida deliciosa.
Su destino había cambiado por completo ese día.